Museo estatal de historia y algo más

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Hmmmmm, ya siento tener que marearos así, pero no hay forma de que los proveedores de blogs funcionen como es debido. ¡Qué aburrimiento! Es la tercera vez que tengo que cambiar de proveedor y espero que la última. Como varios de vosotros habéis podido comprobar durante estos últimos meses, blog.com no permitía que la gente hiciera comentarios a mis artículos con facilidad y daba otros problemas constantemente. La última de hoy ha sido encontrarme con todas mis fotos borradas por falta de capacidad. Así que no me ha quedado más remedio que volver a cambiar. ¡Lo siento! Espero que sea la última.

Pero bueno, nosotros a lo nuestro. Hoy hemos ido de visita cultural. (No siempre vamos a estar de juerga.)

Nos hemos desplazado en metro y hemos bajado en la parada donde se encuentra la famosa estatua del perro, esa que se supone que te da suerte si le frotas el hocico. Como podéis comprobar, esa parte del animal está pulida por el frecuente acariciar de cientos de manos y resalta sobre el resto de la estatua. Creo que ya os he dicho en alguna otra ocasión que los rusos son tremendamente supersticiosos. Seguro que os estáis preguntando si la he acariciado…

El Museo estatal de historia se alza en plena Plaza Roja. De hecho, se construyó a instancias de los científicos de la época y como museo desde el principio, no como parte de la plaza ni del Kremlin, y ha seguido cumpliendo su función hasta hoy.

El edificio es de ladrillo rojo profundo, de estilo neo-ruso, y parece sacado de un cuento de la Reina de las Nieves. Se inauguró el año en el que subió al trono el Zar Alejandro III, allá por 1874, y se supone que incluye objetos de toda la historia de Rusia, aunque muchos de ellos no pueden exponerse por falta de espacio. Según nos han contado hoy, la cantidad de piezas almacenadas en sus almacenes es ingente.

La visita ha sido rápida, mucho más apresurada de lo que a mí me suele gustar. Pero eso es lo que tiene ir con guía y con un grupo de gente con un horario limitado. Solo hemos podido pararnos un poco en las piezas más importantes pero intentaré contaros qué más he visto por el camino.

Comenzamos en una entrada auténticamente rusa, cuyas columnas, paredes y techo tanto nos recuerdan a otros edificios que hemos visitado. Sobre nuestras cabezas hay un gigantesco árbol genealógico no demasiado ortodoxo en el que se ilustran las familias reales. Están todos hasta Alejandro III (obviamente, porque los demás todavía no existían, jajaja.)

Las salas están ordenadas más o menos cronológicamente, por lo que se empieza con la prehistoria y los hallazgos de restos humanos en tierras rusas.

Aquí a la derecha podéis ver unos colmillos de mamut encontrados en Siberia.
Y a partir de ahí el recorrido es más o menos lineal en términos históricos.Hemos visto un poco de todo: desde huesos de mastodontes a túmulos antiquísimos o figuras de bronce y oro.

Algunas cosas me han llamado más la atención que otras, como este dolmen que tienen expuesto en el centro de una de las salas. Es impresionante. Y, como aquí hace tanto frío, está muy bien conservado. Según nos explicó la guía, se han encontrado muchos restos prehistóricos parecidos a este en las grandes extensiones rusas. Son de la época de Stonehenge y tampoco aportan pistas nuevas sobre sus posibles usos.
Aquí podéis ver otra cosa que me ha gustado, esta figura en madera que representa a un hombre. Me encanta. Tiene el tamaño de un brazo y es tan tosca que me parece fantástica. Probablemente fuera un dios pero, claro, ya no se sabe con certeza.
Y a la derecha hay una foto de una barcaza de madera que encontraron unos niños jugando en un río. Es muy, muy antigua, y está fabricada con la vieja técnica de aplicar fuego para quemar el interior, retirar lo quemado y volver a quemar otra zona hasta conseguir un hueco suficiente para poder sentarse.

Esta figurita no es muy grande, tendrá la altura de un dedo extendido, pero me ha parecido divina. Mirad esa cara. Nadie diría que tiene tantos años a sus espaldas.
¿Y qué me decís de esta calavera? Os prometo que está así expuesta en el museo, que no he manipulado la foto.

Y esto parecen alces, que por aquí hay muchos. Ya en aquella época a la gente parecían gustarles porque el museo tenía un montón de figuritas que los representan. ¿No son monísimos?

Sin embargo, también hay cosas que me han gustado menos, como estos dos pobres armiños de la vitrina que están expuestos para que la gente sepa de dónde venían las pieles usadas por los emperadores, unas pieles mucho más valoradas aún que las de visón. Pobrecitos. Con lo canijos que son, ¿os imagináis cuántos tenían que utilizar para hacer un abrigo imperial? Brrrrr.
Hemos corrido de sala en sala, siguiendo a nuestra guía, porque teníamos que salir del museo a eso de la una para poder volver a la urbanización a tiempo de recoger a los niños al salir del cole. Por eso hay muchos objetos que ni os los puedo describir. Una pena.

Pero estas puertas sí os las voy a describir porque además me han impresionado un montón. No solo son bonitas, sino que su historia me ha puesto los pelos de punta.Según nos ha dicho la guía, estas puertas de metal están pintadas con una técnica desarrollada por un ruso en la que se mezclaba el oro con el metal usando mercurio. Como veis, el oro sigue claramente resaltado sobre el negro metal. El único problema es que los trabajadores que morían como moscas cuando el mercurio se evaporaba en el proceso de fijación. ¿Por qué tantas cosas bellas tienen historias tan trágicas detrás? Lo único medianamente bueno de esta es que después se prohibió el uso de la técnica en todo el país.

Varias salas tienen motivos decorativos impresionantes y ya solo el edificio y sus interiores merecen una visita.Todo en el edificio está decorado: puertas, ventanas, paredes, techos… Mires donde mires hay algo que ver.

Hay iconos de artistas famosísimos, joyas de todas las épocas, desde collares de cuentas de piedra o ámbar a piezas de oro de la más intrincada filigrana, aperos de trabajo y utensilios de cocina… una mezcla ecléctica que solo sigue el orden del pasar del tiempo.

Como este portalón de metal que cerraba la entrada a la Plaza Roja antiguamente. Es como los de las películas: una inespugnable verja de metal que se bajaba con esa madera redonda en forma de polea para sellar la entrada a la plaza. Viéndola uno se puede imaginar perfectamente aquella época, ¿no os parece?

O esta ventana hecha con fragmentos de mica antes de que se inventara el vidrio.Un claro objeto de lujo utilizado únicamente por los más afortunados. La mica es tan frágil que solo se podían fabricar ventanas con fragmentos pequeños porque sino se rompían a la mínima. De ahí esa imagen de vidriera de iglesia.

Algunas de las secciones incluían objetos que no había visto antes o que son típicamente rusos. Aquí os pongo un par: las cajas pintadas que tanto nos gustas a los extranjeros y que, como vemos, tienen historia. Según nos dijo la guía, estas cajas expuestas tenían esa forma tan peculiar porque las usaban los comerciantes que viajaba para llevar sus papeles, su dinero y otros objetos de valor. Como las rutas eran tan peligrosas, las ponían bajo sus cabezas (junto con una almohada) cuando se iban a dormir, a fin de que no les robaran durante la noche.

O estos cuencos que, según la guía, eran lo más habitual en todas las casas rusas de la época. Según dijo, cada casa usaba los grandes como olla-sopera para servir. Ponían la sopa o los cereales en los cuencos gigantes y estos sobre la mesa. Llenaban los pequeños a modo de plato, comían con las cucharas que veis y no usaban nada más. Así eran las comidas cotidianamente. El mega cuenco multiusos servía para todo.¿Y estas planchas? Son para dar forma al pan de jengibre. El pan de jengibre era algo que se usaba solo en las fechas más señaladas, bodas, nacimientos… Se preparaba en cantidades gigantescas y se decoraba con estas planchas a modo de sellos, presionando sobre él y marcándolo. Qué chulo, ¿verdad? Yo solo he visto pan de jengibre en forma de casitas y muñecos pero nunca así decorado. Tiene que ser precioso.Y esto era lo que usaban para extraer la sal de los pozos de agua salada. Como veis, todo un montaje. Pero la sal era tan carísima que se usaba como moneda, así que había que inventar lo que hiciera falta para poder conseguirla. Los que tenían pozos con agua salada eran los ricachones del pueblo, claro.¿Y el trono tan discreto de Iván el Terrible? Sus decoraciones explican los motivos por los que se justifica que adoptara el águila bicéfala como símbolo suyo cuando lo era del antiguo imperio romano. Pero el trono que hay en este museo (y en la foto) no es el auténtico, solo es una réplica.

Estos objetos, sin embargo, sí que son auténticos: son piezas utilizadas por primeros zares y zarinas de la dinastía de los Romanov. Nos volvemos a encontrar con las vidrieras de mica, aunque en este caso solo decoren un biombo.

¿Y este traje de Iván el Terrible? Fijaros en los botones. No se usaban para cerrar o fijar la ropa sino que eran un símbolo de riqueza; cuanto mayores y más llamativos, más rico se era y mejor posición se ostentaba. Así que la ostentación a los rusos les viene de muy atrás…

Y el cuadro que está colocado sobre el traje es un marco hecho a medida de un icono. Los rusos ortodoxos creen que los iconos son milagrosos y por eso, cuando se les concede un deseo o una petición, decoran el icono al que se lo pidieron con joyas u oro. Este marco era de los zares y de ahí que contenga tantísimas perlas y piedras preciosas. ¿Será cada una un reflejo de una petición concedida?

Observad las lámparas y los techos de estas salas. Son increíbles. Y tan rusos…

Y no podían faltar los motivos religiosos de la propia Iglesia Ortodoxa, claro. El Patriarcado con toda su parafernalia, sus objetos de culto, sus ropas singulares y únicas, sus coronas… En aquella época los zares todavía se vestían como los patriarcas de la iglesia. Compartían tipo de vestimenta e incluso imagen pública, ya que todos llevaban barba. Según la iglesia, se ofendía a Dios si uno se afeitaba. Por eso los retratos de los emperadores hasta ese momento nos recuerdan a los de los patriarcas de la iglesia. No había mucha diferencia visual entre unos y otros.

Pero a partir de aquí nos dirigimos a la segunda planta, que comienza con el reinado de Pedro el Grande. Allí están Catalina y los últimos zares de la dinastía y llegamos a épocas más modernas.

Nos encontramos con la carroza-trineo de Pedro el Grande. Pedro fue quien instauró la nueva capital en San Petersburgo y de ahí que tuviera que desplazarse en distancias gigantescas sobre los ríos helados, por ejemplo entre su nueva ciudad y Moscú. (Observad una vez más las ventanas de la carroza…)

Pedro I fue todo un personaje. No solo se coronó emperador, sino que instauró la última dinastía y amplió el país muchísimo. Era un gigante de 2,04 m de altura, manos descomunales pero cabeza y pies diminutos que no distinguía entre nobles y plebeyos. Si alguien hacía algo que le parecía merecedor de reconocimiento, le concedía un título nobiliario sin importarle que fuera un siervo. En varias ocasiones ayudó a personas en apuros con su fuerza física, como si fuera uno más.

También llevó a cabo importantísimas reformas, en su afán por modernizar el país. Importó artistas, arquitectos, diseñadores y constructores de Europa para erigir sus edificios y ordenó a los hombres que se afeitaran (so pena de pagar un impuesto por llevar barba) y usaran pantalones (también con multa en caso de incumplimiento.) Cambió leyes y modificó miles de aspectos de la vida cotidiana. Su reinado fue rico y refinado. Fue un auténtico revolucionario para su época y su entorno. Aunque, obviamente, su sociedad siguió siendo una tiranía en la que los ricos eran dioses y los pobres siervos.

Mirad en la fotografía de la derecha otro ejemplo de trineo de alguna dama de alta cuna.

O este trono que habla por sí solo.

Cuando Pedro I murió por causas naturales en sus cincuenta, comenzó una época de incertidumbre hasta que le sucedió su hija en el trono. Ella se dedicó a celebrar fiestas y dar mucho esplendor a la corte. A su muerte se convirtió en zar su hijo, un pelele a quien casaron con una joven princesa alemana casi desconocida que acabó deshaciéndose de él y convirtiéndose en Catalina la Grande por aclamación popular.

Me encanta la ropa que veo expuesta. Creo que me hace imaginarme la época con mucha más claridad que la mayoría de los demás objetos expuestos. Y en este museo y en estas salas hay bastantes vitrinas con ropa de diferentes épocas. Esta corresponde al reinado de Catalina. No os voy a poner todas las fotos porque no me cabrían en el blog pero sí un par para que os hagáis una idea.

¿No os imagináis a los rusos afrancesados de la época montados en sus carrozas o trineos, camino de alguna recepción en palacio?

Ahora, la que me hizo mucha gracia fue esta vitrina. Yo no sabía que Mary Poppins también hubiese visitado Rusia… Ni que se dejará aquí su uniforme.

Y con esto prácticamente se terminó la visita. Quedaban un par de salas con objetos más modernos, como esta cerámica rusa, pero poco más. Recordad que en Moscú también hay un museo de historia contemporánea, del que ya os escribí hace poco, así que supongo que de alguna manera se reparten los objetos por épocas.

Espero que este nuevo proveedor de blogs funcione mejor que los dos anteriores y que ya nos quedemos aquí. Yo seguiré intentado contaros todo lo que veo y todo lo que vivo.

Un abrazo y hasta la próxima, J.

Y a continuación os copio entradas antiguas que se han perdido por tener que cambiar de servidor:

Estoy muy aburrida

Posted on Noviembre 23, 2012 by Julia Esténoz

Queridos amigos,

Estoy muy aburrida de tener que pelearme con los proveedores de este blog para recibir vuestros comentarios, de que la página no funcione por sobrecarga, de que me quieran cobrar por poner más fotos, por tener más espacio, por llegar a más gente, por todo… Y por eso me marcho. Pero espero que os vengáis conmigo. Cambio a otro proveedor que espero que nos trate mejor a todos. Me podéis seguir siguiendo en lavidadeunaviajera.wordpress.com.

¡LO SIENTOOOOOOO!

Espero veros allí. Un abrazo, J.

Coches fúnebres bis

Posted on Noviembre 22, 2012 by Julia Esténoz

 

He pensado que os haría ilusión saber que ya he descubierto por qué no veo un solo coche fúnebre en Moscú. Aquí la costumbre es trasladar los féretros en furgonetas y que la familia viaje con el cadáver en el vehículo…

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

Posted in Vida cotidiana | 2 Comentarios | Editar

Falsos amigos

Posted on Noviembre 17, 2012 by Julia Esténoz

 

No estoy hablando de esas personas que dicen ser tus íntimos y se comportan como malas personas, qué va. Más bien estoy pensando en términos lingüísticos. Un “falso amigo” hace referencia a esa palabras que suenan parecidas en dos idiomas pero significan cosas muy distintas. Conozco unos cuantos entre el inglés y el español, como podéis imaginar: constipated/constipado (en inglés significa, al igual que pasaba en español antiguamente, estreñido.)

 

Ayer descubrí que también hay falsos amigos entre el ruso y el español. Kompot/compota. No, no se trata de una mermelada sino de una bebida dulzona a base de frutas y sirope que se sirve caliente y con o sin alcohol. Y está buenísima.

Así que los rusos en verano preparan “limonadas” con todo lo que se les ocurre y en invierno hacen lo mismo pero lo calientan. No está mal el invento. La compota que me tomé yo tenía fresas, arándanos, limón y no sé qué mas.

Un abrazo, J.

Actividades de urbanización

Posted on Noviembre 14, 2012 by Julia Esténoz

 

Ayer celebramos el Segundo Café Matinal de nuestra urbanización. ¿Qué es eso? Ahora os lo explico.

Vivimos en una urbanización cerrada y con seguridad, como la inmensa mayoría de los extranjeros en Moscú. En ella hay gente de unos 70 países del mundo. Y aunque tenemos un centro deportivo con gimnasio, piscina, bolera, salón de peluquería y cosmética y restaurante, solo conocemos a unos pocos vecinos, a aquellos con los que coincidimos en el colegio, en alguna actividad o por otros amigos.

Una vez al mes ayudo a preparar un Café Matinal al que están invitados todos los residentes de la urbanización (y de otra que tenemos puerta con puerta). La dirección de la urbanización ofrece pastas y galletas, café y té a los asistentes y en paralelo organizamos alguna actividad para entretener a los participantes. El objetivo del Café Matinal es crear un encuentro en el que los vecinos nos podamos conocer e intercambiar información.

 

El primer café fue el mes pasado y como actividad invitamos a una escuela de cocina que nos enseñó a decorar galletas y mazapán.

 

Ayer el tema era el voluntariado e invitamos a varias ONGs a presentarse y recabar ayuda. Vinieron de un refugio de animales, de una asociación de apoyo a los niños con cáncer, de una iglesia que ayuda a los inmigrantes y a los sin hogar, del sistema de reciclaje de la zona, y de un par de sitios más.

Charlamos, tomamos café y, como veis, unos cuantos caprichos inesperados, y pasamos la mañana conociendo nueva gente y escuchando diferentes propuestas.

Al final montamos una mesa para diseñar y crear postales de Navidad que donamos a la organización de ayuda a los niños. Ellos montan varios mercadillos en estas fechas y venderán las postales, quedándose con el dinero que recauden. Hubo bastante participación y algunas de las postales fueron de lo más chulas.

 

Este es otro aspecto de nuestra vida aquí.

Un abrazo y hasta la próxima, J.

Una extraña experiencia vietnamita

Posted on Noviembre 11, 2012 by Julia Esténoz

 

Leí en un periódico que publican aquí en inglés que hay una zona vietnamita en Moscú donde los habitantes no hablan más que su lengua nativa y donde se puedn probar platos de ese país e incluso visitar su mercado. También había oído decir, por una antigua vecina vietnamita que ya se marchó hacia otras tierras, que en el mercado no se vendían productos a los extranjeros… Pero hemos decidido ir a visitarlo.

El artículo ya avisaba que la zona no es especialmente recomendable por su higiene o elegancia, que más bien esperáramos encontrar lo contrario.

 

Siguiendo las instrucciones impresas en el periódico, nos metemos en una calle cutre, sucia, donde hay un montón de puertas con carteles en vietnamita. Como las puertas tienen cristal, podemos mirar al interior… hmmmm, no parece demasiado atractivo. Pero el diario dice que la comida es fantástica…

Así que entramos en una de esas habitaciones. En su interior hay un chico y una chica. Efectivamente, no hablan ni inglés ni ruso. Por gestos les decimos que queremos comer. ‘Soup?’ pregunta la chica en un intento de hacerse entender y con una sonrisa que casi se le sale de la cara. ‘Yes, yes, soup,’ respondemos nosotros.

 

Ambos están encantados de tenernos allí. Se les nota por cómo nos sonríen y por cómo se mueven. No pueden darse más prisa en servirnos.

Los cubiertos están sobre la mesa en unos contenedores de plástico. Hay palillos pero también cucharas, tenedores y cuchillos. Pedimos agua. Como no conseguimos hacernos entender “con gas,” la chica me lleva a otra habitación donde hay una nevera y me deja que elija lo que quiera. Los refrescos, incluso la Coca Cola, son importados de Vietnam (lo sé por las letras.)

Todo el local es viejo, amarillo, destartalado. Pero la chica y el chico se desviven. Unos minutos más tarde aparece el que debe ser su padre. Es el cocinero. Nos saluda con educación y vuelve a la cocina.

En una esquina hay un televisor. Están retransmitiendo un partido de fútbol europeo. Sobre unas estanterías se amontonan un montón de cosas, desde huevos hasta frascos. Y hay una cafetera y una tetera. Sobre el suelo se apilan cajas y trastos.

 

La comida es de verdad buena. La sopa es la tradicional, Pho, con carne, especias y fideos. La chica nos acerca un frasco donde hay láminas de ajos y cayenas macerados para que los añadamos a la sopa. Lo hacemos. Está bueno, todo está muy bueno.

Junto con la sopa nos sacan otros dos platos. En uno hay una especie de rollitos parecidos a los chinos y que debemos remojar en un líquido en el que nadan un trozo de zanahoria y otra cosa que podría ser jengibre. En el segundo plato hay una especie de panes fritos en forma de huesos que, siguiendo las instrucciones de la servicial chica, untamos en la sopa.

 

Como sabéis, mi marido y yo somos bastante aventureros pero eso de comer perro o gato no va conmigo. Así que, cuando pido la comida por gestos le digo a la camarera: ‘guau, guau, arf, arf no, niet, ok?’ Ella se echa a reír y hace gestos de que no, por supuesto que no. Así que quiero creer que lo que nos sirven es cualquier otro tipo de carne.

 

Mientras nos ponemos hasta arriba porque las raciones son, como veis, generosas, la chica se dedica a preparar cayenas. Con unos guantes de plástico en la mano (imaginaros cuánto deben picar para que se tenga que proteger la piel) arranca el rabito a los pimientos.

Toda la comida está sabrosa. Disfrutamos un montón.

Y después salimos para continuar con nuestra excursión. Damos un par de vueltas por las calles. Entre las puertas que hay a ambos lados no solo hay restaurantes. También vemos una barbería, una peluquería, un par de puestos de recuerdos rusos (??) y una especie de droguería. Mejor no os hablo de lo limpios que están todos.

 

Buscamos el mercado. Hemos leído que su horario no es muy regular pero que es más fácil encontrarlo abierto por las tardes. Y tenemos suerte. Es un pasillo con pequeños puestos a izquierda y derecha. Hay un constante movimiento de personas con mercancías y vemos todo tipo de productos a pesar de lo diminuto del lugar.

Venden de todo. Hay cerdos descuartizados, todo tipo de verduras y hierbas, pollos, pescado, bolsitas rellenas de seis pececillos y colgadas de una cuerda, productos mil, muchas patatas y paquetes y paquetes de cosas que no tengo ni idea de para qué sirven…

No compramos nada. No me quiero arriesgar a encontrarme con algo que no quiero ver, así que salimos rápido de allí.

Y con eso nos marchamos de la zona vietnamita, de este gueto en el centro de Moscú donde parecemos habernos perdido en otro país. Ha sido curiosa, la comida de hoy.

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

Coches fúnebres

Posted on Noviembre 9, 2012 by Julia Esténoz

Simple curiosidad. No he visto ni un solo coche fúnebre en el año y poco más que llevamos en Moscú. ¿Será solo una casualidad o que aquí usan algún otro medio para transportar a sus muertos? Lo tengo que preguntar.

 

Otra cosa que me ha llamado la atención es este té que ya me han ofrecido (y he tomado) un par de veces y que además de estar buenísimo dicen que es de lo más sano. Mirad las bayas con las que se prepara. ¿Os recuerdan a algo?

En mi pueblo las conocían coloquialmente como “tapaculos” y los niños pronto aprendíamos que no nos las debíamos comer cuando íbamos a buscar moras porque podríamos tener problemas serios después.

 

En realidad son los frutos de la “rosa canina” (que lo he mirado) y hay en España en muchísimos sitios. Parece ser que aquí recogen los frutos, los secan, los almacenan y luego se dedican a preparar té. Así vistos, no resultan demasiado apetitosos, ¿verdad?

Pronto os cuento más curiosidades de estas tierras. Un abrazo, J.

La pirámide mágica de Moscú

Posted on Noviembre 6, 2012 by Julia Esténoz

 

Cuando fuimos a la granja la vimos de pasada y, durante la vuelta, intentamos parar para verla con calma pero no conseguimos dar con la salida de la autopista. Es una pirámide de fibra de vidrio de 44 metros de altura, construida sin un solo fragmento de metal, ni clavos ni tornillos.

Mi conductor me contó que él estuvo dentro una vez y que, aunque en el interior hacía 30 grados bajo cero, el agua que había en una vasija permanecía líquida, sin congelarse. Me explicó que la pirámide es mágica; que está construida de tal manera que se acumulan las energías positivas de la zona y que en su interior hay magia pura.

Así que me puse a investigar y leer. Parece ser que el creador de la(s) pirámide(s), un tal Golod, se ha dedicado a ir sembrando Rusia y algunos países limítrofes como Ucrania y Bielorrusia de estas estructuras: según algunas fuentes hay más de 15 en territorio ruso y unas 20 en otros lugares.

Muchos las visitan con frecuencia, convencidos de sus poderes curativos y sanadores.

La vi de pasada desde la carretera pero me ha picado la curiosidad. Tendré que hacerle una visita y contárosla. Ya tengo plan para un próximo fin de semana.

Hasta pronto, un abrazo, J.

Ultimo día en la granja rusa

Posted on Noviembre 4, 2012 by Julia Esténoz

 

Pues no ha habido lobos o yo no los he oído.

 

Hoy hemos ido a los establos a las 9 porque habíamos pedido que nos dejaran ayudarles a recoger los huevos de las gallinas por un recuerdo que yo tengo de mi infancia y que siempre hemos comentado mis hijas y yo. Pero antes de ir al corral hemos estado una hora dando de comer a los demás animales. ¿Sabéis que los cerdos roncan? Yo lo he descubierto hoy. A pesar del ruido que estábamos haciendo y de la bulla que montaba una de las terneras que, según me han contado, acaba de ser separada de su madre, los cinco cerdos han seguido durmiendo a pierna suelta.

 

¿Y sabíais que a las cabras y a las vacas les encanta el pan? Se lo comían de nuestra mano. La vaca sin madre, Lima, luego mugía para pedir más pan. Y sacaba la lengua interminable para intentar coger los trozos de mi mano. Y lo mismo hacían las cabras, sobre todo Grisha, un macho con unas barbas bicolores que parecía la reencarnación de Cruella de Vil y que trepaba por el comedero hasta casi salirse del establo en su afán por pillar un trozo de pan duro.

 

Anda que los nombres que se inventan aquí para los animales… las terneras y el torete se llaman Limón, Lima, Mandarina y Milka, los dos cerdos grandes Misha y Masha y los tres  cerdos del mismo tamaño son Nif-Nif, Naf-Naf y Nuf-Nuf.

 

Y también hoy he visto por primera vez un toro dormido. ¡Qué a gusto estaba!

Y a las cabras les encanta que les rasquen el cuello.

 

¿Habéis visto alguna vez lo largas que son las pestañas de las vacas? ¡Y qué duro es el pelo de los cerdos!

Sabir, uno de los uzbecos que trabaja en la granja, nos ha hecho de anfitrión. Nos ha ido explicando cosas de los animales mientras él mismo seguía con sus tareas y nos ha dado el pan para los bichos. Nos ha contado que tiene tres hijos en su país y nos ha llevado a ver las crías de los conejos. Pero no las hemos visto porque estaban escondidas en la esquina más profunda de la caja que les hace de nido.

 

Los uzbecos viven en los establos. Sí, de verdad. Tienen una especie de habitación sobre la zona de los animales. Por eso estaba ayer tendida la ropa en la calle y tienen ese baño cerca. No quiero plantearme dónde (ni cuándo) se duchan. Sabir ha subido un momento para coger unos gorros típicos uzbecos que nos ha regalado de recuerdo. ¿Os imagináis qué vida? Trabajan y viven en la granja para sacar adelante a la familia que se ha quedado en Uzbekistán. Y trabajan duro, os lo puedo asegurar. Los hemos visto en movimiento durante todo el día. Si no estaban barriendo los establos o dando de comer a los animales, estaban ordeñando o apilando alfalfa.

Nos ha prometido que la próxima vez que vengamos él y sus compañeros nos prepararán un pilaf auténtico (es un plato típico de su región a base de arroz y carne. Buenísimo.)

 

 

Después hemos ido a recoger los huevos y a soltar a las ocas, patos, pavos y demás aves. Había un par de huevos de pato y varios de gallina. Sabir nos ha contado que pronto comenzarán a poner más, que cuanto mayor es el frío, más huevos ponen. Y también nos ha contado que aquí suelen recoger los huevos al anochecer, mientras que en España los recogíamos por la mañana. Curiosas costumbres diferentes. Seguro que hay alguna razón pero la desconozco.

 

Había gallinas y gallos diferentes en el corral, algunos de lo más curiosos.

 

Y ahora estamos esperando a que nos venga a recoger nuestro conductor. Acaba de llegar un grupo de 35 personas a la granja en una excursión organizada. Les han preparado un almuerzo en una de las pistas de caballos y he aprovechado para comprar algo de la miel que ellos mismos recolectan de sus abejas.

Sí, han sido tres días de lo más entretenidos y agradables. Las niñas han disfrutado un montón y yo me he relajado como hacía mucho tiempo. Y no os quiero ni contar cuántas cosas hemos aprendido…

Espero que podamos volver con mi marido. Le encantaría este lugar. Espero que a vosotros también os haya gustado.

Hasta pronto. Un abrazo, J.

Otro día más en una granja rusa.

Posted on Noviembre 4, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Esta mañana ha sido tranquila. Yo he aprovechado para terminar el cuento que estaba escribiendo mientras la peque jugaba fuera y la mayor descansaba. Hemos dado algún paseíto corto con los perros porque todavía estaban agotados de ayer.

Pero durante el rato en que he estado dibujando el cuento y las niñas dormían, he alucinado a colorines. He puesto la tele, pensando que una sesión de dibus infantiles me serviría de lección adicional de ruso, y en ese sentido ha sido genial. Primero he visto unos programas como los de cualquier otro país, pero luego ha empezado la sesión especial…

 

Los dibus que he visto después eran antiguos, tenían que ser de la época de la Unión Soviética porque el contenido me ha parecido alucinante. En el primero se dedicaban a ensalzar la figura del policía militar. El protagonista era un poli de un tamaño muy superior al resto de los habitantes de ese mundo, que a modo de supermán ruso, se dedicaba a corregir entuertos y a salvar al mundo. Solo con su mirada podía hacer que un ladrón devolviera lo robado o que un malhechor se entregara.

 

El segundo programa, también de dibus y también antiguos por el color y el diseño, nos presentaba a un conjunto de niños que ni nuestros abuelos. Ellos les ayudan a ellas, son corteses y caballerosos a la antigua y ellas cantan y bailan, modosas y recatadas. Ellos van todos vestidos de uniforme, de un tipo u otro, y se cuadran cuando pasa un militar (!). Y pensar que la gente que estamos conociendo hoy creció con esa animación como entretenimiento…

 

Sin embargo, estaréis conmigo en que los dibujos tienen muchísimo más encanto que la mayoría de los que se ven hoy en la tele. ¿O no? El nivel de detalle no se parece en nada al actual y eso que no contaban con todos los adelantos.

Ha sido muy curioso ver esos dibus, algo que solo se puede hacer aquí. Muy interesantes.

 

Por la tarde nos han invitado las encargadas de la granja en la que estamos a visitar otra granja muy especial: una donde crían ciervos. No lo hemos dudado, claro. Así que allá nos hemos ido, con la dueña y la encargada de nuestro hotelito rural, a buscar nuevas aventuras.

 

El lugar es muy grande y, además de los animales, se dedican a la pesca de agua dulce. Tienen dos lagos llenos de salmones, truchas, esturiones y otro montón de peces de nombre ruso que, obviamente, ya no recuerdo. Alrededor de los lagos hay unas casas diseñadas para este negocio por un inglés amigo donde la gente se puede alojar para pasar la noche y seguir pescando. Están aisladas del todo contra el frío. Me ha contado el encargado que en invierno tienen muchísimo público que viene a pescar en el hielo. Taladran un agujero grande y pescan así, como en los dibujos animados de los esquimales.

 

Nos ha enseñado los pequeños estanques desde donde abastecen los lagos de pescado. En cada uno hay unas especies de peces determinados.

 

Después nos hemos ido a la zona de los ciervos. El cuidador nos ha llevado primero a ver las cabras, entre ellas una de Camerún (nada menos) y luego nos ha sacado al recinto donde pacía la manada.

Primero se ha acercado él con una cajita con pienso. Cuando una hembra se ha animado a comer, ha llamado a mi hija pequeña para que se acercara. Y sí, la cervatilla ha comido de la cajita que sujetaba mi hija. Impresionante.

 

Al rato se ha acercado la mayor. La manada se iba inquietando poco a poco. Solo ha conseguido que el animal comiera un poco de su caja.

Para cuando he podido aproximarme yo, ya estaban bastante asustados y ni siquiera se me han acercado mucho. Pero no importa. Era impresionante verlos tan próximos, sobre todo al jefe de la manada, un macho de astas impresionantes. Todos han caminado un par de veces a mi alrededor en una especie de círculo, sin acercarse más, pero tampoco alejándose. Había un montón de hembras y algunas crías y tan solo otro par de machos más jóvenes. Ha sido una gozada.

 

Y cuando volvíamos nos hemos encontrado con que había llegado el camión con el pescado para rellenar los estanques. El guía nos ha invitado a quedarnos para ver cómo pasaban los peces del camión al agua porque ha dicho que era muy interesante. Allí nos hemos quedado.

Había nada menos que diez hombres. Primero han montado un trípode de madera sobre el que han apoyado una especie de tubería abierta de metal desde el borde del camino hasta el borde del agua. Han sujetado todo. ¿Pensaban abrir la esclusa de los contenedores y que los peces se deslizaran hasta el agua?

Como he dicho, había diez hombres. La mayoría no hacía nada más que hablar. Eso lo he visto en muchas situaciones en Rusia. Siempre hay muchos hombres alrededor de alguna tarea, como hacer un agujero en la tierra o reparar algo, y la mayoría solo está hablando, ofreciendo su opinión sobre cómo se deberían hacer las cosas.

 

¡Cuál no habrá sido mi sorpresa cuando de pronto veo que sacan los peces (truchas arcoíris) del contenedor una a una con una tomadera (red), los meten en un cubo y cuando tienen dos, llevan el cubo entre un par de hombres hasta el borde del agua y lo vacían allí. ¿Para qué han montado el trípode y la tubería?

 

Nunca lo sabré. En ese momento me llama la encargada de la granja donde nos alojamos y me dice que nos tenemos que ir. Nos ha llevado hasta allí la dueña de la granja y parece que se quiere marchar. Oh, el misterio del trípode y la tubería. Nunca sabré para qué servían. Si solo es para vaciar el agua de los contenedores, ¿por qué no la echan directamente al lago? ¿Será para alguna especie de pez que sea más fuerte que las truchas? En fin, no lo sé.

Y que no se me olvide contároslo… mientras estábamos con los ciervos ha pasado este helicóptero por encima. El encargado nos ha dicho que es el helicóptero personal de Putin, que siempre pasa por aquí porque le pilla de camino desde su casa hacia Moscú, hacia el Kremlin. Si es que me lo encuentro cada dos por tres… De todas maneras, así ya se puede, sin tener que merendarse el tráfico de la capital.

Y ahora estamos en nuestra cabaña otra vez. La peque se ha ido al establo a ver los animales y la mayor y yo estamos disfrutando del calorcito porque en la calle hace hoy muchísimo frío. Hoy ha sido otro día de descubrimientos y diversión. Me lo he pasado genial. Esta noche intentaré prestar atención porque me han dicho que en el bosque que bordea la granja hay lobos y me encantaría oír un lobo de noche.

Ya os lo contaré. Un abrazo, J.

En una granja rusa…

Posted on Noviembre 3, 2012 by Julia Esténoz

 

Una vez más, nos hemos ido al fin del mundo. Ayer recorrimos algo más de cien kilómetros en coche partiendo desde Moscú. El camino fue un poco largo porque había obras por todas partes y las carreteras estaban cubiertas de nieve y, en algunos tramos, hielo. Llevábamos ruedas de invierno y solo en un momento nos patinaron un poco. En un tramo vimos dos coches en la mediana y otros dos en la cuneta, que habían parado para ayudar a empujar a los anteriores y sacarlos del atolladero.

Nos tocó cruzar unas vías de tren y a ambos lados, en la lejanía, vimos a personas caminando por ellas como si de una carretera se tratara.

 

Muchos de los tramos de la carretera estaban flanqueados por bosques interminables de verde y plata. Y digo plata porque la nieve acumulada en los árboles sin hojas contrastaban con los abetos creando la ilusión de ser auténticamente plateados. He visto otros muchos bosques nevados pero algo había, tal vez la luz de aquella tarde, que le confería al paisaje esa sensación magnífica y mágica.

 

La granja donde nos hospedamos se dedica a la cría de caballos. También tienen vacas, ovejas y una colección de gatos y perros que campan a sus anchas. Alquilan casitas tipo bungalow. Son cabañas de madera con dos habitaciones en la planta de arriba y una cocina-salón en la de abajo. Obviamente, cada casa tiene chimenea.

 

Hay una decena de casitas flanqueadas bordeando una pequeña carretera. En uno de los extremos, al principio, se alza la casona de los dueños y en el otro, los establos de los caballos. Y todo está blanco. Detrás de las casas de nuestro lado hay un estanque donde se puede pescar (aunque ya imaginaréis que eso no entra precisamente en mis planes de estos días.)

 

En el otro extremo está el bosque. ¿Se nos aparecerá un oso en mitad de la noche? ¡Qué boba soy! Mi hija pequeña me recuerda que los osos hibernan…

Ayer mis hijas ya se acercaron a los establos y la mayor montó un caballo que, según le contaron, trabajó en un circo. El animal creía estar en la pista y se ponía sobre dos patas. Hoy pedirá que le dejen otro diferente para poder salir al campo a pasear.

 

Salimos a explorar la granja después de desayunar. Al principio nos preocupa un poco llevar a los perros sueltos pero pronto vemos que su amigo Black, un carolino negro que no se les despega, les piensa hacer de anfitrión.

 

Visitamos los establos donde hay un puñado de vacas, un montón de ovejas y corderos, algunos cerdos y un cochinillo y varias cabras y sus crías. Todos los animales son sorprendentemente dóciles y se dejan acariciar como si nos conocieran de toda la vida. Incluso se acercan a olisquear a los perros que, como os imaginaréis, están alucinando con tanto bicho extraño que olfatear. Y no os perdáis lo listo que es el gato. No quiero imaginar qué estarán cocinando en esa olla los trabajadores: ¿será su comida o la de los perros? Porque por la pinta…

 

Los trabajadores son muy simpáticos y todos nos dan información sobre los animales o sus costumbres (sí, en ruso, claro.) Nos invitan a que volvamos a las seis, hora en la que ordeñarán a las vacas. Os podéis imaginar la emoción de mis hijas, sobre todo de la pequeña. ¿Nos dejarán probar?

En el corral que hay detrás del establo encontramos un montón de conejos y aún más allá otro pequeño rebaño de ovejas. Todo está limpio, ordenado y recogido.

Hay pistas para los caballos en casi cada esquina y vemos aperos varios de labranza, montones de paja y gavillas y varios tractores de diferentes colores.

 

Incluso hay un pozo como el del cuento de Blancanieves…

 

Entramos a ver  los caballos. Hay unos cuantos, desde varios pequeños a media docena de gigantes, cada uno en su espacio. Dos o tres mozos limpian y organizan todo. Van a preparar dos animales para que mi hija mayor salga a cabalgar por el bosque con uno de los cuidadores.

Mientras tanto salimos a seguir viendo la granja.

 

En una esquina nos encontramos con este cuadro surrealista: supongo que será la ropa de los peones, tendida a secar al… ¿frío de la nieve? ¿Quién puede tener el valor de ponerse después esa ropa sobre el cuerpo? ¿Y qué me decís de ese edificio que parece un ataúd tipo Drácula? ¿Será un W.C.? (Si ya os digo yo que los rusos tienen algo con los baños…) La verdad es que en estos días hemos visto varios como ese. Será el modelo utilizado en la región para baños de exterior. Porque había mucha nieve, que si no me habrían recordado a los retretes que se usaban en Estados Unidos antes de que se inventaran los de interior. ¿Estos tendrán por lo menos taza?

 

 

Junto al tendedero hay un pajar. El intrépido Black sube por la paja hasta las alturas y se sienta a retar a mis perros. ¿No os atrevéis a subir? El pequeño lo intenta. Pero le pesa el trasero. Ya no está para esas bravuras. Mi hija menor sí que sube y luego salta sobre el montón de paja desde las alturas. Se lo pasa bomba. ¿No es ese uno de los sueños de todos los niños? Una gozada.

 

Lo más auténtico del peque es que intentaba trepar por la paja sin soltar el trozo de carámbano de hielo que llevaba en la boca. ¡Ese es mi chico!

 

 

Cuando la mayor se marcha hacia el bosque sobre su caballo, la peque, los perros y yo les seguimos a pie. Los árboles están deslumbrantes. Y como no sentimos frío, seguimos caminando siguiendo las huellas de los jamelgos.

Este era uno de los sueños de mi hija mayor, volver a cabalgar en un bosque sin tener que limitarse a dar vueltas en un picadero. Lo hizo hace ya varios años en Escocia y desde entonces soñaba con poder volver a hacerlo. Lo que no creo que imaginara era un paisaje cubierto de nieve y hielo, en medio de Rusia.

 

Y por el camino me encuentro esta especie de choza donde está claro que vive alguien. Mirad el gato en la ventana. ¿Qué tipo de vida llevará una persona en una casa así, y en un lugar como este? ¿No será una babayaga, una bruja rusa, que se esconde en este bosque, alejada del resto de la humanidad?

Salimos a un claro en el bosque. A lo lejos vemos los caballos y los jinetes a galope. Seguro que mi hija está disfrutando como nunca. Los perros se lo están pasando bomba. Supongo que luego no habrá quién los mueva porque estarán agotados. Ya son muy viejos. Pero un paseo por un sitio así no se lo pierden por nada del mundo.

 

Y ahora estoy en la cabaña escribiendo y esperando que nos traigan la comida. Sí, nos traen hasta la comida a casa. Lo que pidamos. Hoy será sopa de pollo y carne con patatas. Y por supuesto que podemos comprar huevos y leche de producción propia. Esto es la gloria. Además, como no hay internet, el mejor plan es disfrutar de la granja. Y eso es lo que pensamos hacer los próximos tres días.

Por la tarde hemos estado un rato en la cabaña mientras la pequeña hacía un muñeco de nieve. Qué bien se está de relax y sin grandes planes a veces.

 

Pero la granja no para y de pronto hemos oído un gran escándalo. A la puerta de nuestra cabaña había un montón de ocas gritando. Hemos salido a verlas y nos han recibido con el escándalo típico de su especie. Después nos hemos acercado al establo de los pájaros y allí nos hemos encontrado con unas cuantas aves de diferentes especies dando un paseo: un pavo blanco, una pava, varios patos diferentes, uno de ellos con cara de drogado…

 

Un par de horas más tarde nos han invitado a ir a ordeñar las vacas. Sí, a que probáramos a ordeñarlas nosotras. Ha sido toda una experiencia.

Hemos dado de comer a las vacas, a los cerdos, a las ovejas y a las cabras. Ya nos hemos aprendido el nombre de muchos de los animales. ¡Menudo susto nos hemos llevado cuando nos hemos encontrado a Misha, el cerdo, dando un paseo por la calle!

 

 

Ordeñar es bastante más difícil de lo que parece. El encargado me ha dicho cómo debía hacerlo unas cuantas veces pero el chorrito de leche que yo conseguía sacar de las ubres de la pobre vaca no se parecía en nada al pedazo de chorro a presión que sacaba él. Por lo menos Milka no se me ha mosqueado y ha estado bastante tranquila mientras yo intentaba sacarle la leche.

 

Debo decir que me ha sorprendido mucho con cuánto mimo tratan aquí a los animales. ¡A la vaca le ponen crema hidratante en los pezones antes de ordeñarla! Y la cepillan con una especie de cepillo de metal, también.

Cuando yo era niña los animales del pueblo en el que teníamos la casa no eran seres vivos para los campesinos; eran comida. Jamás se les habría ocurrido barrer los establos a diario. Pero aquí los tratan mejor. ¿Será porque es una granja con turistas o tratarán los rusos así a todos sus animales?

Y ahora estamos de vuelta en la caseta. Mi hija mayor ha encendido la chimenea y tenemos previsto cenar lo que nos ha sobrado de la comida (que ha sido mucho) y tal vez ver una peli. Mañana nos espera otro día lleno de aventuras. Hasta entonces, un abrazo, J.

 

Cruella

Posted on Octubre 26, 2012 by Julia Esténoz

 

Halloween y otras cosas más

Posted on Octubre 26, 2012 by Julia Esténoz

 

La vida en Moscú sigue y, como vivimos en una urbanización para extranjeros (aunque hay bastantes familias rusas) hay que organizar las fiestas más habituales de las grandes comunidades que viven aquí. Así que, entre otras cosas, celebramos Halloween. Pero no lo celebramos como en el resto del mundo anglosajón. Qué va. Aquí celebramos Halloween un día en el que todos los niños puedan participar, no el 31 de octubre, como manda la tradición. En nuestra urbanización hay un colegio británico. Pero muchos de los hijos de los expatriados de aquí asisten al colegio Anglo americano de Moscú. Resulta que las vacaciones de ambos centros no coinciden jamás. Los dos tienen vacaciones de una semana en octubre y en febrero pero siempre en fechas distintas. ¿Qué ocurre? Que un montón de familias se va de viaje una semana y otro montón a la semana siguiente. Y organizar fiestas como Halloween se convierte en un problema porque hay que dar la oportunidad a todos los niños de participar. Así que este año la fiesta en nuestra urbanización se celebró el 18 de octubre… casi dos semanas antes de lo normal.

 

Los niños (de todas las nacionalidades y de todas las edades) vienen a mi puerta a pedir caramelos. Y se me quedan con cara de susto cuando aparezco vestida de Cruella de Vil y escoltada por mis dos fieras, mis dos golden retreiver ancianos y achacosos pero ambos elegantes con sus cuernos de diablo en la cabeza.  ¡Cómo me lo paso!

Y después nos acercamos al restaurante de la urbanización donde se celebra una fiesta (de Halloween) para los residentes, aunque nos tengamos que pagar lo que consumamos.

Y como la vida sigue, salimos de la urbanización y visitamos diferentes rincones de Moscú y nos seguimos encontrando con edificios que solo pueden existir en la capital moscovita…

 

Y con lámparas que, para qué contaros… Os juro que esta lámpara estaba expuesta en una tienda de Moscú. No se ve la tulipa porque las fotos hay que hacerlas un poco a escondidas, ya que se enfadan, pero creo que el pie se percibe con claridad. Y también creo que obvia todo tipo de comentario.

 

Y también como la vida sigue, tenemos más y más actos sociales en este mundo un tanto artificial en el que vivimos… La asociación de padres organiza diversas actividades y una de ellas es la Noche del Concurso, a la que asistí la semana pasada. Es una especie de competición entre mesas con preguntas tipo Trivial. Hay cuatro parejas por mesa: padres, profes… Aunque hay cena incluida en el programa, nos pidieron que todos lleváramos algo y yo llevé tres jarras de sangría (de las que no quedó nada  .) Otras parejas llevaron albóndigas, bruschetta, vino, cava… Algunas de las preguntas se las traían: ¿cómo se llaman las siete torres construidas por Stalin en Moscú? ¿A qué película o canción corresponde este fragmento? En fin. No quedamos demasiado mal (y estoy orgullosa de haber contribuido con unas pocas respuestas.) Fue una noche diferente. La pena que mi marido estaba de viaje y no pudo participar. Pero este es el tipo de planes que hacemos los extranjeros en situaciones de expatriados.

 

Y hace un par de días, camino del colegio, me encontré con las esclusas abiertas bajo el puente que me toca cruzar cada mañana. Había un barco a punto de cruzar. Estaba cargado de basura: bolsas y bolsas. Me llamó mucho la atención. Son cosas que no se ven todos los días y con las que solo puedes coincidir en momentos muy especiales.

Más pronto. Un abrazo, J.

Hoy sí

Posted on Octubre 19, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Hoy sí. Hoy no hacía tanto frío y he conseguido terminar el examen y aprobar. Y Obninsk me ha parecido hasta un poco más interesante  . Incluso su monumento a los caídos en las guerras. Y los pupitres de escuela y las lámparas de los años cincuenta de la nueva biblioteca donde me han preparado lo necesario para el examen. Está visto que lo mío es viajar por Rusia para ver bibliotecas…

Pronto más. Un abrazo, J.

El ¿gospel? de ¿Harlem?

Posted on Octubre 15, 2012 by Julia Esténoz

 

Anoche fuimos de nuevo a la magnífica sala de conciertos moscovita conocida como la Casa de la Música. Íbamos (en teoría) a escuchar al “Original Gospel of Harlem.” Y nos lo pasamos genial, sí, fue muy divertido, entretenido… cantamos, batimos palmas al son de la música, nos pusimos de pie y bailamos en nuestros sitios, respondimos a la animación del grupo…

 

Pero aquello tuvo poco de gospel y aún menos de Harlem. Esperábamos un coro y nos encontramos con un grupo formado por tres músicos y cuatro cantantes: tres mujeres y un hombre. Algunas de las canciones fueron de gospel pero las menos. Incluso interpretaron una de Michael Jackson. Y como he dicho fue entretenido, tenían unas voces increíbles, el cantante principal era todo un hombre espectáculo que no paró un instante en el escenario, cantando, brincando, bailando y animándonos a participar… pero no era gospel. Y ninguno de ellos era de Harlem.

 

A la gente le gustó, a juzgar por la participación batiendo palmas y cantando y por las largas colas que se formaron al salir para pedir autógrafos y comprar discos del grupo. No deja de ser curioso ver una sala llena de rusos cantando canciones americanas y respondiendo en inglés a un grupo de negros cuando luego los maltratan en el metro y les hacen la vida imposible. Ayer se empujaban por pedir sus autógrafos. Sí, hay muchísimo racismo en este país, como ha podido comprobar la amiga negra de una vecina brasileña que vino de visita. Juraron no volver a viajar en metro porque el trato fue degradante y horrible. Y no son las primeras que nos cuentan algo así.

Otra cuestión cultural.

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

La Traviata en el Bolshoi

Posted on Octubre 13, 2012 by Julia Esténoz

 

Está diluviando cuando llegamos pero no importaba. ¡Vamos nada menos que a ver una ópera en el famosísimo teatro Bolshoi! ¡Y de estreno! Voy con mi marido y mi hija mayor. Es la primera vez que vamos a una ópera.

Pero antes, mi hija y yo tenemos que esperar a que mi marido termine una reunión de trabajo y se una a nosotras. Así que decidimos tomarnos una copita en un bar cercano. Es un lugar curioso, lleno de color. Me encanta, sobre todo, el suelo con esas baldosas multicolores. Pero esto es Moscú, así que tiene que haber una anécdota. En el menú que nos presentan hay un aperitivo de salami, pan gratinado, queso, tomatitos asados, aceitunas… Pedimos eso para picar con el margarita y la capiriña. Primero nos sacan un plato con seis lonchas de salchichón y un puñado de hojas de diferentes tipos de ensalada, por supuesto, sin aliñar. Cuando pregunto dónde está el resto me dicen que eso es todo. “Pero en el menú salen un montón de cosas…” protesto. “Ah,” me contesta la camarera al mejor estilo de servicio moscovita, “no sé, voy a preguntar.” Unos minutos más tarde aparece con un plato donde sí hay lo que dice el menú. Está claro que en los locales de esta ciudad están convencidos de que los clientes somos tontos o no sabemos leer y que pedimos las cosas por pedir.

 

Al entrar al teatro dejamos los abrigos en uno de sus innumerables guardarropas. En la planta baja hay tantos que dan la vuelta al interior del edificio y se organizan por números. Nuestro número, en la sexta planta, es el 1417.

 

El teatro tiene una forma de herradura curiosamente estrecha así que, desde donde estamos vemos el gigantesco escenario de costado.

La gente no va vestida de gala. Ni siquiera en el antiguo palco del emperador al que solo entran los invitados cuando ya ha sonado el tercer timbre, como si no quisieran ser vistos allí.

Las entradas para el Teatro Bolshoi se venden casi en masa en cuanto llegan a las taquillas. Aquí lo que se estila es la reventa. Los revendedores, casi auténticos profesionales, compran casi todos los billetes y luego te paran en la calle a las puertas del Bolshoi, ipad en mano, para ofrecértelos con un pequeño (o no tan pequeño) aumento o comisión. Te enseñan imágenes de la sala para explicarte dónde estarían tus asientos y te ofrecen todo tipo de localidades y funciones. Obviamente, las entradas no muestran el precio impreso por ningún lado. El revendedor que me ofreció las mías me dijo que podía conseguir para cualquier estreno y me llegó a dar su tarjeta de visita para futuras adquisiciones. Así funcionan aquí las cosas.

 

Lo más impactante de esta sala de espectáculos es, en mi opinión, el escenario. Es descomunal. Y los decorados se hacen a mano, a medida y con todo lujo de detalles, como ya os conté cuando visité los talleres del teatro. A modo de ejemplo os contaré que en un momento de la ópera se ha alzado el telón y en mitad del escenario había dos perros preciosos junto con todas las demás piezas de decorado. Eran parte de la escena. Luego han salido paseando como si de dirigieran al jardín que se veía al fondo. No escatiman con los detalles. En otro momento ha entrado una calesa tirada por un caballo y en ella se ha marchado la protagonista. (Podéis verlos en la fotografía, detrás de los “ventanales.”)

 

El reparto nos gusta mucho excepto por el tenor que hace de Alfredo, que tiene una voz poco agraciada. La protagonista y “su suegro” nos gustan un montón. Y la puesta en escena, las bailarinas que animan algunas escenas, la orquesta y el resto del plantel también nos convencen. Se nos pasa la función en un suspiro y cuando acaba, dos actos más tarde, parece que justo acabase de empezar. Nunca creí que una ópera se me pudiera pasar tan rápido.

 

Sin embargo hay una nota curiosa en todo el montaje. Los miembros de la orquesta van todos muy elegantes: ellas de negro, en su mayoría con vestidos, ellos de pajarita blanca… excepto por el violinista principal que va… ¡en chándal! Nos hacemos cruces. ¿Cómo puede ser posible?

He aquí la prueba:

 

Esta foto la saco justo antes de que comience el segundo acto. Ahí lo tenéis, delante del director de la orquesta, con chándal y unos zapatos que más bien parecen zapatillas. Y el otro violinista de pajarita blanca…

Curiosamente, hubo una ovación mucho más larga y profunda en el concierto de Claudio Abbado. La Traviata ha gustado pero quizá no tanto. Y eso que escucho algún “¡bravo!” suelto desde varias esquinas…

Se acaba la función. Sí, la hemos disfrutado y mucho. El sonido era maravilloso. Nos vamos a cenar.

Hasta la próxima, J.

Obninsk

Posted on Octubre 8, 2012 by Julia Esténoz

 

Obninsk está a unos 120 kilómetros de Moscú y cuenta con la (no muy afortunada) dicha de haber sido la primera ciudad donde se construyó una planta nuclear en toda Rusia. Hoy ya no existe la planta. La desmantelaron hace algunos años, pero ese fue el motivo de que Obninsk naciera y se mantuviera hasta hoy.

¿Qué hacía yo en Obninsk? Nada menos que presentarme a un examen. Me quería sacar un título y no conseguía que me hicieran el examen en Moscú, así que me puse en contacto con la universidad de esa ciudad y acordé acercarme hasta allí para hacer el examen. Se trataba de una prueba que debía hacer en ordenador y con un tiempo marcado y limitado.

 

Salí de Moscú a las 7,30 de la mañana y ya hacia las 9,00 me estaba tomando un café en una cafetería. Tuve mucha suerte con el tráfico. Sin embargo, la ciudad me pareció bastante poco atractiva.

Cuando llegó Leo, el representante de la universidad, ya estaba más que lista para ir a hacer el examen. Pero no iba a ser tan sencillo. Según me contó, están de obras junto a su oficina y la noche anterior les cortaron los cables de internet. Así que nos íbamos a acercar a la biblioteca municipal local para hacer allí el examen.

Por el camino Leo me iba describiendo lo que veíamos. Hablaba con mucho entusiasmo y orgullo de todas las instalaciones y centros de investigación que hay en la ciudad.

 

Recorrimos unas cuantas calles y luego nos metimos por caminos embarrados hasta llegar a una pequeña plazoleta rodeada de árboles. Allí se alzaba el edificio de la biblioteca, o eso decía la placa en su puerta…

 

Nunca la habría encontrado, de haber ido sola. Ni habría imaginado que ese edificio era una biblioteca. En fin. Pero allí era.

Entramos. El interior estaba viejo y descascarillado. Subimos hasta la sala principal ubicada en el primer piso. Nos estaba esperando la bibliotecaria.

 

Había varios ordenadores en una mesa central. Allí debía preparar mi examen con ejercicios simulados y después presentarme a uno real en línea.

Pero no me pude sentar de inmediato. Como se me ocurrió comentar que me encantan los libros, la bibliotecaria se sintió obligada a enseñarme sus fondos y me llevó a las habitaciones interiores, donde guardan los “tesoros” para que pudiera ver y tocar las “joyas” de su biblioteca.

 

Me enseñó algunos libros antiguos y sus ediciones más preciadas y me animó a que los cogiera y los apreciara.

 

Y después de eso por fin me pude sentar ante los ordenadores y comenzar a preparar el examen. Debía hacer unos cuantos ejercicios y después pasar al examen real.

Pero al cabo de una hora estaba tiritando y temblando de frío. Me explicaron que, como la calefacción es centralizada en toda Rusia, y todavía no hemos llegado a la temperatura establecida para que se conecte el sistema automático, estábamos sin calefacción. Al cabo de dos horas tenía tanto frío que las manos me temblaban sin poder remediarlo. Y eso que llevaba puesto el abrigo.

La bibliotecaria me echó una manta por los  hombros y me sirvió dos tazas de té caliente. Incluso me trajeron la tetera llena de agua caliente para que me calentara las manos. ¡Tenía que teclear en el ordenador y no conseguía que las manos me dejaran de temblar!

Comencé el examen y no lo pude acabar a tiempo por todo lo que tenía que corregir al teclear. Así que lo suspendí.

Tengo que volver a Obninsk dentro de un par de semanas para repetirlo. Espero que en mejores condiciones.

Un abrazo, J.

Museo Estatal Central de Historia Contemporánea de Rusia

Posted on Octubre 7, 2012 by Julia Esténoz

 

Fui con un grupo de vecinas de mi urbanización. No es un museo al que se me hubiese ocurrido ir por mi cuenta, así que me vino de perlas que una de ellas organizara una visita guiada. Éramos todas de habla hispana pero, al llegar al museo, nos llevamos la desagradable sorpresa de recibir una llamada de la guía contratada para decirnos que no podía venir y que la sustituiría otro que solo hablaba inglés. Así que me tocó traducir durante toda la visita porque algunas de las personas que venían en nuestro grupo no entendían inglés… Es curiosa la falta de compromiso del pueblo ruso. Como a la guía no se le habían abonado sus servicios por adelantado consideraba que no tenía ningún tipo de obligación hacia nuestro grupo. (Aunque tampoco había pedido que se le pagara con antelación…)

El museo está organizado por salas cronológicas, por lo que hace un resumen bastante fácil de seguir de la historia del este país en los últimos decenios. El guía que al final nos acompañó nos relató los detalles más relevantes y nos indicó las vitrinas y objetos más singulares de cada sala.

 

El edificio es el antiguo Club de los Ingleses. Cuando en el resto de Europa los caballeros se juntaban en clubes privados donde no se permitía la entrada a las mujeres y donde dedicaban sus horas a leer, hablar de política, jugar a las cartas o cenar, en Rusia no existía nada parecido. Por eso, los británicos desplazados a Moscú decidieron crear su propio club privado. En él instalaron su biblioteca, su restaurante y sus salas de juego.

 

 

Poco a poco, los rusos se fueron acercando al Club de los Ingleses y solicitando su aceptación como socios. Uno de los mayores atractivos para ellos eran las mesas de cartas donde se apostaban cantidades de dinero tan importantes que provocaron muchos suicidios y llegaron a conocerse como “las mesas del infierno.”

 

Comenzamos la visita al museo en la época de los zares, allá cuando el noventa por ciento de la población estaba formada por siervos o esclavos… En la foto de la derecha vemos la ropa y las herramientas típicas de los campesinos. El calzado estaba hecho de paja trenzada.

Obviamente, la gran mayoría de la población era analfabeta.

 

Y este otro conjunto era el de la aristocracia, los afortunados amigos del zar.

La servidumbre se mantuvo en Rusia hasta 1861 no mucho antes de que se aboliera en Estados Unidos en 1865. En este país los esclavos no eran negros, sino los rusos menos favorecidos. Entonces sí que todo estaba en manos de unos poquísimos.

 

A la derecha podéis ver las herramientas típicas de un ingeniero de la época. De nuevo, los zapatos de paja, pero esta vez reforzados con metal por debajo.

En Rusia no existía una verdadera clase media, tan solo una muy pequeña de la que surgió lo que se dio en llamar la inteligentsia, que daría lugar a los grandes pensadores de la revolución y de la que saldrían sus líderes: Lenin, Trostky, etc.

 

La sociedad pudiente, la aristocracia y los pocos burgueses que había en el país experimentaron en aquella época una explosión cultural que se reflejaba en la gran cantidad de conciertos, veladas musicales o literarias que se celebraban y en una auténtica eclosión de nuevos autores y dramaturgos como Chéjov, Tolstoy o Gorki.

 

 

La rusa era una sociedad romántica y alegre, volcada en divertirse y disfrutar de las artes. No solo intentaban divertirse los más adinerados, sino que también la gente más humilde iba al circo o a ver obras de teatro. Existía una enorme afición por todo aquello que entretuviera o divirtiera.

La sociedad rusa ha tenido dos revoluciones importantes durante su historia con el objetivo de conseguir un nuevo modelo social. La primera, la de 1905, no derrocó a los zares pero sí creó cambios políticos, como la instauración de la Duma, una especie de Parlamento o la promulgación de una Constitución. La segunda, en 1917, fue la que acabó con los emperadores.

 

La derrota de Rusia en la guerra ruso-japonesa fue la gota que colmó el vaso de los campesinos y trabajadores rusos de finales del s. XVIII y acabó provocando la primera revolución entre los menos favorecidos.

 

Aunque los japoneses no vestían los trajes tradicionales de los samurai, en el museo sí se puede ver uno de ellos, junto con los retratos del emperador nipón y  del comandante en jefe de sus fuerzas y alguna de las armas con las que lucharon en aquellas batallas.

 

Cansados de pelear por un país que no los amparaba, familias enteras de rusos se congregaron tras la derrota en una marcha pacífica en San Petersburgo para pedir al zar reformas políticas que mejoraran su calidad de vida y sus pesadas cargas laborales pero el emperador malinterpretó la marcha y dio orden a los soldados de atacar a la muchedumbre en lo que hoy se conoce como el Domingo Sangriento.

 

A raíz de aquella masacre, el pueblo se alzó y se organizaron las primeras barricadas y la primera lucha armada contra el todo poderoso ejército del zar.

La segunda revolución también se vio precipitada por las pérdidas bélicas de los rusos, en este caso en la I Guerra Mundial. Parece ser que perder batallas realmente les provoca mucha ira a los rusos.

 

 

En aquella época ya se enviaba a los que causaban problemas a Siberia. Las condiciones en los campos de concentración eran terribles y la tortura estaba a la orden del día. Lo peor para los prisioneros eran las celdas de castigo, ilustradas por la fotografía de la izquierda, y algunas de las torturas a que eran sometidos eran como la que vemos en la de la derecha: una camisa de fuerza fabricada en cuero y con unas largas cuerdas con las que se ataba fuertemente el cuerpo del prisionero como si se tratara de una camisa de fuerza. La chaqueta se empapaba en agua. Cuando se secaba, ejercía una enorme presión sobre el cuerpo del preso.

 

Pendón auténtico de Nicolás II, donde se puede ver la N central de su nombre en el medio. De la familia de los Romanov, fue el último de los emperadores. Se vio obligado a abdicar tras la Revolución de 1917 y después fue asesinado junto a toda su familia.

A la caída del imperio le siguieron unos años de gobiernos interinos y luchas políticas hasta que estalló la guerra civil.

 

Lenin, del partido bolchevique, había vuelto a Rusia desde el exilio para participar en la revolución junto con sus compañeros de partido: Stalin, Trotsky, etc. (A la derecha, una de las capas de Lenin.)

 

Mientras tanto, la vida seguía en el extensísimo territorio del país, como demuestra ese traje típico de un cazador siberiano fabricado, obviamente, con pieles de animales.

 

En aquella época había muchísimas expediciones científicas a lugares remotos, como ilustra la exposición de algunos de los utensilios que utilizaban aquellos aventureros intrépidos (o chiflados, no sé muy bien cuál). Podemos ver una cámara, una lupa, una pipa y una burda raqueta para caminar sobre la nieve.

 

Entre otros objetos expuestos también vemos este auténtico diente de mamut que encontraron los exploradores en tierras siberianas.

 

Los revolucionarios buscaban un alzamiento mundial y por eso adoptaron la estrella de cinco puntas como uno de sus símbolos, representando los cinco continentes que debían unirse en la lucha proletaria.

Tras conseguir que Nicolás II abdicara, los revolucionarios intentaron organizar su propio gobierno pero el país estaba demasiado fragmentado y empobrecido por la guerra. Políticamente, se dividió en dos grupos enfrentados: los blancos y los rojos. Los rojos eran los bolcheviques. Ganaron la guerra civil porque los blancos nunca contaron con un líder claro.

La guerra civil se extendió desde 1918 hasta 1922 y, como todas las guerras civiles, sembró el país de muerte y desolación. Ambos bandos actuaron con especial crudeza y crueldad.

 

Entre los documentos y objetos exhibidos en el museo hay algunos que demuestran la implicación de fuerzas extranjeras en el comienzo del conflicto civil.

Bandera del bando blanco (fotografía de la derecha.)

 

Esta pistola acabó con la vida del Zar Nicolás II y con las vidas de toda su familia durante el verano de 1918. Fueron asesinados estando ya lejos de Moscú y después de más de un año de su abdicación.

 

Y entonces comenzó una terrible época en la historia de Rusia. Entre otros cambios impulsados por el “comunismo de guerra,” se impuso entre 1918 y 1921 un sistema de racionamiento para los habitantes del país que limitaba no solo los alimentos, sino también objetos como la ropa, la madera o el carbón. Los más avezados creaban sus propias estufas, como la de la fotografía a la derecha, y otros objetos de primera necesidad. Se abolió el uso de dinero.

 

Esta fotografía nos muestra un libro de poemas de Chéjov utilizado para sacar caramelo de contrabando de una fábrica y dos muestras de raciones de pan. Cada pedazo de pan tiene el tamaño de la mitad de un paquete de cigarrillos. Esa era la cantidad de pan diaria que se permitía adquirir con los libros de raciones. Algunas veces, dada la escasez de cereales, el pan se fabricaba añadiéndole serrín para darle mayor cuerpo y consistencia. Durante aquella época la gente vendía sus objetos personales en los mercados negros con el fin de adquirir alimentos y productos de primera necesidad.

 

Unos pocos años más tarde, y dada la poca popularidad de las medidas adoptadas durante la guerra, se permitió la creación de pequeños negocios como esta tienda de ultramarinos.

Los bolcheviques lanzaron entonces su revolución económica y pusieron en marcha sus enormes proyectos de reconstrucción industrial, en un afán por calmar las críticas y el hambre del pueblo y sacar al país de la terrible crisis en que se veía inmerso.

 

Había nacido la Unión Soviética. Varios países se unieron a la Unión, formando el mapa que se muestra en esta fotografía.

 

Durante los años 20 se produjeron increíbles avances en todos los campos de la industria y la agricultura y se realizaron enormes inversiones para modernizar el país. Se creó una cierta economía capitalista que permitió la reapertura de algunos restaurantes y algunas tiendas.

 

El crecimiento económico en los años veinte y treinta fue muy rápido y de gran envergadura. Se premiaba a los trabajadores que más rendían con banderolas como la de la fotografía…

 

…o se hacía entrega de esas tortugas de metal a los que menos se esforzaban en su trabajo. Existía un espíritu de colaboración proletaria.

 

Se abrió el primer metro de Moscú con las paradas que aparecen en esta imagen ilustrada con los retratos de los grandes líderes de la revolución. A pesar de una extendida pobreza entre los rusos, todos ellos tenían derecho a una educación gratuita y no existía el desempleo.

Mientras tanto, muchos de los grandes intelectuales rusos huyeron al exilio y miles de sus compatriotas emigraron buscando otra vida en el extranjero. En muchos países surgieron comunidades rusas donde sus habitantes intentaron preservar su idioma, su cultura y sus tradiciones.

La iglesia ortodoxa rusa desapareció y muchos de sus cabezas fueron ejecutados por “anti-revolucionarios.” Se cerraron o quemaron iglesias y catedrales y muchas otras fueron convertidas en fábricas.

Lenin murió en 1924. En 1922, Stalin ocupó el puesto de Secretario General del Comité Central del partido comunista y no lo abandonó hasta su muerte. Entre otras curiosidades os puedo contar que ninguno de los dos se apellidaba como los conocemos y que “Lenin” (el que pertenece al río Lena) y  ”Stalin” (hecho en acero) son apodos.

 

Con Stalin empezó la época del terror, de los campos de trabajos forzados y de las purgas. Establecía una cuota de “enemigos” y su temida policía secreta debía identificarlos y eliminarlos o deportarlos. Si no los “descubría”, los sacaba de entre la población con cualquier motivo. El caso era contar con el número que hubiese marcado Stalin en la cuota.

Despacho del Comisario de Industria Pesada. El teléfono negro conectaba directamente con Stalin.

 

Para muchos rusos de la época, Stalin era una especie de semidiós. Lo consideraban un ser superior. Antiguo seminarista, Stalin sufrió dos accidentes en su juventud que le dejaron con un brazo izquierdo casi inútil. No muy alto, llegó a matar a varios retratistas que lo pintaron con su apariencia real.

 

Uniformes de las juventudes comunistas.

 

La primera televisión rusa. Como veis, tenía una pantalla igualita a las de ahora de plasma.

Y entonces estalló la II Guerra Mundial. Para los rusos empezó en 1941, con la invasión de su territorio por parte de los nazis, que incumplieron su acuerdo de no agresión.

 

Los rusos ganaron la guerra a duras penas. Hitler había llegado a las puertas de Moscú pero cometió el mismo error que Napoleón y no contó con el terrible invierno ruso. En la fotografía se ven los zapatos de paja que los soldados alemanes intentaban fabricar para protegerse.

 

Pendones nazis conquistados tras las batallas de liberación de Rusia. Botín de guerra.

Stalin murió a los 74 años. Todavía le sucedieron varios Secretarios Generales más hasta que llegó Gorbachov, el primer Presidente de la Unión Soviética y promotor de la perestroika,y el cambio político que permitió la caída del sistema comunista. Boris Yeltsin fue el primer Presidente de la Federación de Rusia.

El resto ya lo conocéis.

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

 

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Aventuras de una liebre

Posted on Octubre 4, 2012 by Julia Esténoz

 

Pepita está en su nuevo hogar.

Tras más de diez días de curas y tratamiento, Pepita ha salido otra vez a la calle. Se ha ido a vivir a un pequeño parque zoológico que hay en una urbanización y centro hípico no lejos de aquí. Resulta que en ese lugar tienen docenas de conejos que viven en semilibertad en una zona acotada y vallada del complejo. Perfecto para ella porque se había acostumbrado demasiado a nosotros.

Cuando la he soltado, lo primero que ha hecho ha sido coger una de las muchas hojas que había por el suelo y empezar a comer, como si no pasara nada…

 

La he llamado y se me ha acercado, me ha lamido la mano como es su costumbre y se ha quedado junto a mí, mordisqueando otra hojita…

Después me he alejado y poco a poco ha dado algún pequeño salto para investigar su nuevo entorno.

Pronto se han acercado otros conejos, curiosos, a ver quién había llegado nuevo al lugar.

 

Sobre todo se ha acercado una conejita adulta que la miraba desde la distancia. Pepita ni caso. No iba con ella.

Así que me he marchado a tomar algo mientras esperaba que pudieran pasar a recogerme otra vez.

Cuando me iba a marchar, he ido a despedirme de Pepita…

 

Me parece que está claro que pronto ser hará la reina del lugar. Las liebres son bastante más grandes que los conejos y si ya, con lo peque que es, se ha hecho con el comedero de la zona, no sé qué hará cuando crezca un poco más y sea la mayor de todos.  Bien por ti, Pepita.

Y con esto cerramos un nuevo capítulo de nuestras aventuras por Rusia. ¿Qué nuevo animalito me encontrará la próxima vez? ¿O tendré suerte y decidirán darme unas pequeñas (y creo que bien merecidas) vacaciones? Ya os lo contaré.

Un abrazo, J.

Otras salidas por Moscú…

Posted on Octubre 1, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Me dijeron que el montaje y la decoración del restaurante se basa en una película de cine muy popular en Rusia y que todo el mundo reconoce a todos los personajes que, en forma de muñecos, ilustran la historia cinematográfica en el local. Imagino que el film tuvo una gran influencia en la cultura rusa y de ahí que se montaran este lugar. (La película en cuestión se tituló en español “Sol blanco del desierto” y es de 1970.) Parecía que estuviéramos comiendo en un parque temático en lugar de un restaurante cualquiera de una gran ciudad.

 

 

El menú está formado por platos uzbecos, persas, árabes y chinos (?) y cuentan con una amplísima variedad de ensaladas tipo bufé y otra gama igual de amplia de postres para quien lo prefiera.

 

Entre los motivos decorativos del lugar, y además de los maniquíes, hay una especie de barco varado en una esquina y toda la parafernalia de árboles y ramas que podéis ver en las fotografías.

La comida está muy buena y, aunque el tema decorativo acaba cansando un poco, es un lugar que merece la pena visitar por lo menos una vez si se vive en Moscú. Se llama Beloe Solnche Pustini.

 

Al salir nos encontramos con una de esas imágenes que solo se ven en Moscú. En mitad del sempiterno tráfico había un trabajador… ¡barriendo la carretera! Y no creáis que se inmutó por el pasar de los coches, qué va.

 

Se había limitado a poner el recogedor en mitad de la carretera, supongo que como señal de “peligro” o algo parecido, y barría el polvo acumulado por unas obras cercanas. Además, como había llovido, el polvo se había convertido en barro y eso es lo que estaba intentando barrer…

En fin, que estos rusos están locos

 

 

Por la noche salimos a cenar con unos amigos que habían venido desde España. Elegimos un restaurante uzbeco por eso de que probaran algo diferente y nos encontramos con bailarinas de la danza del vientre para amenizar la velada. (Observaréis en las fotos que los clientes del restaurante no les hacían a las pobres demasiado caso…) A nuestros amigos les encantó la comida, el lugar, el pelo de la bailarina  …

 

Y ayer estuve en un restaurante georgiano y me gustó tanto el pastel de manzana que hacen que os lo he querido enseñar. Aquí lo tenéis. Cuando vengáis a visitarme lo iremos a probar.

Un abrazo, J.

¿Dónde estoy, en Ohio, en Nueva Orleáns, en Carolina del Sur?

Posted on Septiembre 29, 2012 by Julia Esténoz

 

Ayer salí a comer con mi hija mayor y fuimos a un sitio nuevo. Nos sorprendió. Tenían menú del día (que aquí se llama Business Lunch) y estaba bueno y a un precio más que decente. Yo me tomé una ensalada variada, una sopa de pollo y unas gambas a la americana. Excepto lo último, un poco seco para mi gusto, los dos primeros platos resultaron sabrosos y bien presentados.

 

Sin embargo, lo llamativo del lugar no era su comida sino su ambiente y su decoración. Os prometo que era como hubiésemos viajado hacia atrás en el tiempo y nos encontrásemos en algún rincón de Estados Unidos en los años 50. La música, la decoración, los uniformes de las camareras… fue divertido. ¿Será que los rusos añoran no haber tenido algo así? Por cierto, el sitio se llama Pink Cadillac, claro.

 

Sirven comida estadounidense y la lista de batidos es, como podéis comprobar, interminable.

 

También nos llamó la atención que en el rato que estuvimos entraron unos 10 clientes pero había por lo menos 25 empleados, entre camareras, camareros, gente de la cocina, etc. ¿Estarían esperando una avalancha?

Además cuentan con una zona con escenario donde varias noches por semana hay música en vivo. Sé que los jueves es jazz y los viernes música latina pero no tengo más detalles.

 

Después me fui a cenar con mi marido a un restaurante oriental en Crocus City Mall, uno de los centros comerciales más elegantes de la ciudad. (Sí, ayer fue día de salidas familiares.) Y allí nos encontramos otro ejemplo de la humildad y la discreción rusas.

Y la vida sigue por Moscú. Un abrazo, J.

 

La picaresca rusa

Posted on Septiembre 22, 2012 by Julia Esténoz

 

Ayer viajaba por el centro de Moscú con mi chófer cuando este señaló un coche que estaba aparcado y me preguntó. “¿Ves esa hoja en ese coche?” Al principio no sabía de qué me estaba hablando porque el otoño ha empezado con fuerza por aquí y había hojas en todos los rincones. Pero mirando con más detenimiento vi una hoja caída sobre la matrícula del coche en cuestión. “Sí,” le contesté. “¿Qué tiene de especial?” “Que está puesta estratégicamente para evitar que la policía pueda multar al dueño por aparcar mal. Como el lector de la matrícula es un ordenador, no reconoce las cifras tapadas con la hoja y no le pueden poner la multa.” Ni el Lazarillo de Tormes en sus mejores tiempos.

Un abrazo, J.

Esto es la jungla

Posted on Septiembre 20, 2012 by Julia Esténoz

 

En otra ocasión os conté que dos gatos domésticos de nuestra urbanización habían atacado a un perro que iba con su dueña tranquilamente. Esos mismos gatos atacaron a mis dos perros (!) y luego he visto a un tercer gato perseguir a mis perros escondiéndose entre los arbustos para sorprenderlos. Todo eso lo he visto yo de primera mano. No me lo han contado. Y ya sabéis que mis perros no son precisamente unos chihuahuas…

 

Y ayer me vino uno de mis conductores por la mañana con esta cosita pequeñaja ensangrentada y aterrorizada porque la había atacado un gato de la urbanización. ¿Qué tendrá nuestra urbanización que vuelve a los gatos tigres?

 

Sí, es una cría de liebre, quizá de la propia Pepa Pepova. Cuando la llevaron al veterinario le tuvieron que dar varios puntos por los mordiscos del felino y ahora la tengo en casa con un tratamiento de antibiótico durante diez días. Tengo que ponerle dos inyecciones diarias. Sin comentarios.

¿Y después de esos diez días? ¿Cómo puede volver un animal así a vivir en la calle? No puede. Por eso estoy buscando casa y familia para una liebre. Lo que me faltaba.

Lo que no nos pase en Moscú…

Un abrazo y hasta la próxima. J.

Claudio Abbado en Moscú

Posted on Septiembre 20, 2012 by Julia Esténoz

 

La BBC hizo una encuestas sobre los mejores directores de orquesta del mundo. Abbado quedó tercero. Y con lo que les gusta la música a los rusos, os podéis imaginar que la sala de conciertos Tchaikovsky se quedó pequeña ayer para el concierto que dirigió allí.

 

La primera parte, el Concierto para piano y orquesta nº 17 de Mozart contó con la solista María Joào Pires al piano. Cuando terminó, la ovación fue tan larga y tan cerrada que la intérprete se vio obligada a salir a saludar por lo menos seis veces y finalmente ofreció otra pequeña interpretación fuera de programa. Algún ruso gritó “¡bravo!! cuando completó el concierto pero la gran mayoría se limitó a batir palmas rítmicamente durante muchos largos minutos hasta conseguir que la pianista tocara de nuevo.

 

Salimos a tomar el aire y observar a la gente en el ambigú durante la pausa. Muchos tomaban un vino espumoso o una copita de algo, a varios los vi con cajitas de zumo pero lo tenían en común es que TODOS tomaban un pastel, un bombón, un helado o cualquier otra cosa dulce. ¿Será costumbre rusa tomar una golosina entre actos?

Y para quienes se intereses por esas cosas… había gente para todos los gustos; desde vaqueros y camisetas a vestidos largos de noche y tocados y recogidos de peluquería.

 

Entramos para la segunda parte: Sinfonía nº 1 de Bruckner. La orquesta era, claro, mucho mayor. Silencio absoluto en la sala. Varias veces vi entrar a las acomodadoras (todas ellas mayores, potentes y muy serias) para llamar la atención con severidad a quienes estaban sacando fotos. Parece ser que estaba prohibido.

La acústica de la sala es espectacular. Como dice mi marido, los graves son auténticos graves con todo su peso y poderío. El sonido te envolvía totalmente. Una delicia.

 

Y al acabar toda la sala se puso en pie. La ovación siguió y siguió, todos ante el maestro, quien salió a saludar y alabar a sus músicos unas diez veces pero no aceptó que se interpretara nada más. El concierto había terminado. Al pobre hombre se le ve mayor y tenía que estar cansado. Se lo perdonaremos. Al salir mi marido consultó en internet y leyó que esa pieza dirigida por Abbado está considerada la mejor interpretación del mundo. Todo un lujo. ¿Somos o no somos afortunados? Yo creo que un montón.

Un abrazo, J.

Más curiosidades en Moscú

Posted on Septiembre 18, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Hoy me he acercado al centro comercial que han abierto cerca de nuestra urbanización para comprar una raqueta de tenis para mi pequeña y me he encontrado con una curiosa sorpresa. Han inaugurado una tienda dedicada exclusivamente a la venta de productos japoneses.

En España tenemos las tiendas de productos chinos, que suelen ser imitaciones y objetos baratos de una calidad bastante cuestionable. Pero aquí el concepto es otro, según me ha explicado la chica de la tienda, ya que lo que buscan es lo contrario: calidad. Me ha dicho que los productos japoneses, sobre todo los de droguería, tienen una calidad tan superior a los demás, que los rusos los buscan y los compran.

Ahora tendré que mandar las fotos a mis amigas japonesas para que me digan qué es cada cosa, para qué sirve y cómo se usa porque, como tenga que leer las instrucciones en japonés…

 

Y de vuelta de la tienda he parado en este edificio que han construido junto a la carretera. Los vecinos de mi urbanización llevan meses haciéndose cruces, preguntándose qué es. Al principio mis chóferes me decían que era un vivero de plantas porque se llama “En el bosque” pero hace ya unas cuantas semanas que veo carteles donde se anuncia como una microciudad de pisos. ¿Pisos? ¿Dónde metes pisos ahí?

Así que hoy le he pedido a mi conductor que parara y nos hemos acercado. El interior es como el exterior, dividido en zonas con mamparas y biombos. Muy curioso. Había una mesa de recepción y una recepcionista. Cuando le he preguntado qué es el edificio me ha dicho: “pisos.” Pero, al ver que mi ruso no es para echar cohetes, se ha acercado uno que andaba por ahí y me ha explicado que se dedican a fabricar y vender unos pisos cercanos y que esto es su punto de venta. Y sí, está hecho de plástico. Supongo que cuando ya no haya nada que vender lo desmontarán y se lo llevarán.

Un abrazo, J.

Ha llegado el otoño

Posted on Septiembre 14, 2012 by Julia Esténoz

 

Los empleados municipales ya han sacado sus rastrillos y comienzan a recoger las hojas que caen de los árboles por toda la ciudad. Se terminó el verano en Moscú. Algunas mañanas me levanto y el termómetro marca 3 grados. Brrrrrrrrrr.

Un abrazo, J.

Así es más divertido hacer la compra

Posted on Septiembre 9, 2012 by Julia Esténoz

 

 

En otras ocasiones os he contado qué cosas me he encontrado en algunos centros comerciales moscovitas: una pista de patinaje sobre hielo, una exhibición de natación sincronizada… El centro comercial de ayer no iba a ser una excepción. En este caso me encontré con toda una zona dedicada al ocio de la familia, donde uno puede ir a pasar la tarde sin problemas (supongo que ese era el objetivo cuando lo construyeron, en particular durante los duros meses de invierno…)

 

El complejo comercial cuenta con salas multicines, como muchos otros, pero también hay dos espacios dedicados a video juegos. El de la planta de abajo, gigantesco, incluye una sala de cine 7D (es decir, una especie de realidad virtual) flanqueada por un gigantesco robot dinosaurio que hace las delicias de los más peques cuando empieza a moverse y a hablar.

 

Y para después de la experiencia virtual, una de bolos. Hay unas pistas magníficas en las que jugar en familia, además de una zona de cafetería donde sentarse tranquilamente a disfrutar de una bebida o algo para comer, un número inmenso de video juegos e incluso una portería de fútbol donde practicar penaltis virtuales con un balón auténtico… no creo que falte de nada.

 

Y luego llegamos a lo más espectacular del centro comercial… su acuario. Sí, sí, todo un acuario oculto en el subterráneo del edificio. Os cuento un poco cómo es la visita.

Primero, los pingüinos.

 

No os voy a enseñar todas las fotos de todas las peceras que hay, pero sí un breve resumen por si algún día os quisierais plantear visitarlo.

Hay un montón de peces diferentes, claro. Desde los más habituales en otros acuarios, como las rayas, los peces payaso, los peces globo, a otros que no creo haber visto nunca. Este me hizo gracia porque parecía una mezcla entre caracol desconchado y caballito de mar.

 

Una de las peceras se extiende a lo largo de toda una pared de un montón de metros, tan solo interrumpida por las columnas que sujetan y separan las ventanas y en ella ves los distintos bancos de peces nadando desde un lejano extremo hasta el otro. Los chiquillos se quedan extasiados.

 

Aunque para ser un acuario, no deja de ser original… Mirad qué “peces” más extraños nos encontramos en una de las “peceras.” Resulta que, aunque se llama “acuario”,  hay otros animales, no solo peces ni solo de agua. Hay unos cuantos animales de otro tipo como estos dos pequeños canguros que dormitan sin prestar atención a los visitantes.

 

En otro de los huecos vemos unas cuantas aves curiosas, como esa que nos mira con cara de buitre y cuerpo de gallina exótica.

 

O este mega lagarto que intenta trepar por esas rocas hasta las alturas y no deja de patinarse hacia abajo, una y otra vez. Pero lo vuelve a intentar. Mi hija pequeña pasó un rato larguísimo mirando cómo trepaba y alucinando con las patas y los dedos tan curiosos y planos del bicho en cuestión.

 

 

Hay monos de varios tipos en grupo o solos…

Y entre “pecera” y “pecera” con animales de tierra, las hay con peces de verdad y de todas las formas y colores.

 

 

Y entonces llegamos al estanque de las focas… En el momento en que llegamos nosotras había media docena de animales nadando en el agua y haciendo las delicias de los visitantes. Mi hija, por ejemplo, se sorprendió un montón por los ojos melancólicos de las focas. Nunca había visto una foca tan de cerca y le  impresionó un montón.

No sé cuánto tiempo pasamos dentro del acuario pero sí que es una visita entretenida e inesperada para una tarde de compras domésticas.

 

 

Pero todavía nos quedaban unas cuantas sorpresas animalarias más. Peces, más peces y algunos peces más, con lagartos, serpientes, murciélagos y hasta cocodrilos (o caimanes, no lo sé, no hay carteles) intercalados entre ellos.

 

Pero, si hubo una cosa que fascinó a mi hija pequeña, fueron estos dos animales de la izquierda. La gamba de tres colores estaba sobre esa especie de anguila, limpiándole el interior de las branquias. De vez en cuando el pescado se agitaba como si le hubiese hecho daño, o tal vez cosquillas, pero la gamba seguía a su faena. Cuando terminó con la branquia, trepó hasta el lomo y comenzó con los pliegues de la espalda.

 

En la zona final del acuario había un pasillo en forma de tubo con una zona cubierta de agua donde nadaban, entre un montón de peces y varias tortugas de gran tamaño, varios tiburones. Supongo que es uno de los atractivos principales de este lugar para los más pequeños.

Ya veis que ir a hacer la compra en Moscú resulta bastante entretenido y mucho más fácil cuando se va con peques.

A ver qué me encuentro en el próximo centro comercial al que vaya.  Quién sabe.

Un abrazo, J.

El centro de Moscú

Posted on Septiembre 8, 2012 by Julia Esténoz

 

Siempre os he contado que Moscú es una ciudad de contrastes. Habéis visto ya unas cuantas fotos que reflejan el caos de su tráfico y el desorden de sus calles y construcciones. Pero hoy os quiero enseñar algo que vi ayer. Estuve de visita en casa de una amiga. Vive en un conjunto de edificios en pleno centro de la ciudad, en unos rascacielos inmensos que forman una comunidad privada como la de nuestra urbanización. Su familia ocupa uno de los apartamentos en el 18º piso y lo primero que te corta el aliento al entrar es las vistas infinitas desde sus ventanales.

 

Como podéis comprobar, en la ciudad hay sitios verdaderamente privilegiados.

Ese espacio abierto junto al canal es un antiguo aeródromo. Mi amiga me contó que durante los días anteriores a la celebración del Día de la Victoria, los helicópteros militares se concentran en ese lugar para practicar y ensayar el desfile en el que participan con motivo de la celebración. Durante unos días, los rascacielos se ven rodeados de gigantescos moscardones que hacen maniobras y piruetas en el aire acompañados de un sordo tut-tut-tut hora tras hora.

También es un espectáculo veraniego observar a los que practican vela o esquí acuático y durante el invierno uno se puede entretener viendo esquiar y patinar a los rusos sobre las aguas heladas.

Curioso sitio para vivir, ¿no os parece?

Un abrazo, J.

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Hasta para comprar…

Posted on Septiembre 6, 2012 by Julia Esténoz

A los rusos les encanta complicar las cosas. Nada puede ser sencillo porque, si lo fuera, habría que complicarlo. O sería americano, supongo.

Y si no, comprobadlo vosotros mismos.

 

Esta mañana he visto que se me había roto mi maravillosa cafetera tras unos cuantos años de servicio diario y leal. Snif. Así que por la tarde he corrido en una escapada improvisada a una tienda para comprar una nueva. He consultado con el empleado que me ha confirmado que tenían la que yo quería y me ha hecho entrega de una tarjeta con un código de barras para que la pudiera recoger en las cajeras. He llegado, la cajera ha pasado todos los objetos (barra de códigos incluida) por caja y me ha dicho el importe. Le he entregado mi tarjeta de crédito. Primero ha pasado la banda magnética por el lector. Después ha introducido la tarjeta con el microchip en la máquina correspondiente. (No sé por qué siempre hacen las dos cosas.) Me han pedido el código PIN. Lo he introducido. Ha salido el recibo que primero ha firmado la cajera y luego me ha hecho firmar a mí (¿para qué me piden el código, entonces?). Una vez ha verificado las firmas, ha cortado el tíquet de la compra, lo ha firmado (sí, también ese), ha marcado con un rotulador todos los objetos que he comprado excepto la cafetera, que ha marcado con otro, y acto seguido ha rasgado la parte inferior del papel.

Siempre es así. Y yo me pregunto, ¿qué objeto tiene un ritual tan complejo? ¿Para qué banda magnética más chip más código PIN más firma del cliente? En fin, que si se les ocurre alguna forma adicional de complicarlo todavía un poco más, seguro que lo hacen. Es agotador y te roba el poco tiempo libre que te dejan los atascos de tráfico.

Y luego, obviamente, he tenido que ir a otro mostrador con mi tíquet de la compra a pedir que me hicieran entrega de mi cafetera nueva. ¿Os sorprendería mucho si os dijera que han tardado cerca de un cuarto de hora? Ufffff, a veces es muy cansado vivir en Rusia.

Un abrazo, J.

 

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A la caza del coche dorado

Posted on Septiembre 5, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Este mediodía iba en el coche de una amiga de vuelta a la urbanización después de una reunión en la Organización de Mujeres Americanas cuando hemos visto un coche dorado en el carril de la derecha. No era un Rolls Royce, tan solo un BMW, por lo que todo el rato hemos tenido claro que no era de oro. Pero un coche así solo se puede ver en Moscú. Si hubiese sido de verdad lo habríamos podido encontrar en los Emiratos Árabes.

Yo quería hacerle una foto a toda costa para enseñároslo así que mi amiga le ha dicho a su chófer que intentara alcanzarlo… Es como si el conductor del coche dorado nos hubiese oído. En cuanto nuestro vehículo ha pasado de carril para alcanzarlo, él ha salido despedido en dirección contraria. Y así ha empezado una persecución como las de Starsky y Hutch en nuestros tiempos. Por un momento parecía que estuviéramos echando una carrera por las avenidas de Moscú. ¡Qué terror!

Hemos cruzado al carril de la izquierda para intentar pillarlo por la derecha, donde yo estaba, con el objetivo de sacar el brazo por la ventanilla y hacerle una foto decente. Imposible. En cuanto nos hemos movido, ha adelantado él a otro coche y se nos ha alejado.

 

Nuestro chófer le ha metido gas.

¡Ahí está!

Nos movemos de carril para atraparlo. Pero el coche dorado se nos pone delante. ¡Así no le puedo sacar una foto decente! Y ahora obras, un carril menos. ¿Cómo voy a poder pillarlo?

He sacado el brazo fuera de la ventanilla y hecho fotos al azar por encima de nuestro propio vehículo. “Más vale una mala foto que nada,” he pensado.

Y eso me temo que es lo que he conseguido.

Cuando por fin nos hemos puesto a más o menos su altura, ha tomado un desvío hacia la derecha y se ha perdido en el tráfico a toda velocidad.

Sí, esas cosas pasan en Rusia. He pensado que os divertiría. Un abrazo, J.

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Prohibido comprar alcohol

Posted on Septiembre 2, 2012 by Julia Esténoz

Cuando la semana pasada fui a hacer la compra después de las vacaciones, como os podéis imaginar, mi despensa se había quedado vacía. Así que entre otras cosas, me pasé por la sección de vinos y cervezas. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando una empleada del supermercado me dijo que dejara las botellas que había cogido de nuevo en su sitio! Como no le acababa de entender muy bien, supongo que por la sorpresa, me llevó hasta un cartel donde pude leer que no se puede comprar nada de alcohol entre las 10 de la noche y las 10 de la mañana siguiente. Parece ser que es una nueva norma que han aprobado los políticos de por aquí en un intento por reducir las increíbles tasas de alcoholismo de la población. Y yo me pregunto… quienes beben, ¿no serán lo suficientemente inteligentes como para irese de compras a las 9 en vez de a las 10? En fin, allí se quedaron mis dos botellitas de vino y mis cervezas…

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

Hoy ha empezado el colegio en Rusia

Posted on Septiembre 1, 2012 by Julia Esténoz

 

Claro, hoy han empezado las clases en Rusia porque es 1 de septiembre y aunque haya caído en sábado y sea el cumpleaños de Moscú, todos los niños del país tenían una cita en sus colegios para conocer a sus profesores y recoger sus materiales escolares.

 

Hemos acompañado a nuestra hija mayor en su primer día. No sabíamos muy bien qué tenía que hacer ni con qué se iba a encontrar. Lo único que nos habían dicho es que debía presentarse allí a las 10 de la mañana. Y nos hemos encontrado con todo el colegio y muchos padres en el patio ante la puerta principal. Los niños más pequeños formaban filas y los mayores esperaban junto a los adultos. Muchos de los alumnos llevaban ramos de flores. La directora, micrófono en mano, hablaba, supongo que sobre cómo se iba a desarrollar el curso escolar. Más vale que no llovía porque nos ha tenido a todos más de media hora allí de pie…

 

 

Las instrucciones decían, además, que los niños debían ir vestidos con ropa formal: hoy no están permitidos los vaqueros ni nada medianamente informal. Abundaban los lazos, las minifaldas, los trajes, las corbatas y unos pompones en el pelo que parecían montañas de nata sobre la cabeza de algunas niñas.

Después del discurso los niños han ido entrando en orden para dirigirse a sus aulas. El colegio, público, está bastante viejo y casi totalmente pintado de amarillo pero los niños parecían contentos y no hemos visto ni una sola mala cara o gesto de inapetencia.

 

Nuestra hija se ha dirigido a su aula. Había unos diez niños y niñas en total. Allí se ha presentado su profesora, les ha explicado un montón de cosas de las que no ha entendido nada y les ha hecho entrega de los libros para el curso. Luego se han despedido hasta el próximo lunes, día en que comienzan las clases como tal.

Así empieza el colegio en Rusia cada año. Hasta la próxima. Un abrazo, J.

Valenki

Posted on Septiembre 1, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Algunos de vosotros tal vez recordéis las botas que me compré en un mercadillo de artesanías rusas no hace mucho. Hoy he descubierto la historia de ese tipo de botas. Aunque las tradicionales no son exactamente como las que compré sino como las de la otra foto de la derecha, se trata de un calzado que ya se usaba desde tiempos inmemoriales en este país. Fabricadas de vellón prensado, cada par necesita por lo menos un kilo de ese material, que se debe cepillar hasta formar unas tiras muy finas, conformar, hervir y secar para conseguir el resultado final. En el siglo XVIII se consideraban un regalo de lujo y varios emperadores como Pedro I y  Catalina la Grande mandaron fabricar pares de valenki para sus vestuarios personales. Pero no solo ellos, incluso Lenin y Stalin las usaban. En el campo y en el ejército son muy habituales todavía día, pero no es de extrañar ya que soportan hasta 40 grados bajo cero. ¿Tendré que acabar poniéndome las mías este invierno?

Ya os lo contaré. Un abrazo, J.

¡No puedo abrir la boca!

Posted on Agosto 29, 2012 by Julia Esténoz

Empezó en Estambul, 3 días antes de que volviéramos a Moscú. Creía que eran unas anginas provocadas por el aire acondicionado porque me dolía el lado derecho de la garganta. Pero día tras día el dolor fue subiendo por el lado derecho de la cara. Me despertaba por las noches porque tragar saliva era un infierno. Más vale que me había llevado paracetamol. Cuando llegamos a Moscú me estaba tomando 1 gramo cada cuatro horas para soportar el dolor.

El primer día fui al médico. No aguantaba más. El de medicina general que me vio primero no sabía qué me podía estar pasando. Sí, una de las amígdalas parecía mayor que la otra pero no había síntomas de inflamación ni de infección en el análisis de sangre. Solicitó una ecografía por si hubiera un… en las glándulas salivares. ¡Qué susto! Y me acompañó a hacerla y estuvo conmigo durante todo el rato. “Bueno, no hay nada malo,” me dijo alegremente al terminar el procedimiento.

“Pues no sé qué puede estar provocando ese dolor tan agudo. Viendo su historial, está claro que usted está más que acostumbrada a soportar el dolor y que su umbral debe de estar muy alto. Hmmmm, voy a solicitar una consulta con un otorrino y, si él no encuentra nada, con un dentista. No se me ocurre nada más.”

Alentador, ¿no os parece? Para ese momento el dolor era tan agudo que no podía abrir bien la boca y tenía que apoyar los dedos sobre el oído y la sien y presionar ligeramente para soportarlo.

Pero el otorrino sí que vio algo. Nada más mirar las amígdalas. Una infección producida por una bacteria transmitida por los frutos secos. ¡Lo que me faltaba! ¡Con lo que me gustan los frutos secos! Habrán sido las pipas que me tomé en Turquía. Bueno, el caso es que me han provocado una especie de úlceras en las amígdalas y esa inflamación afecta al nervio glosofaríngeo (¡toma ya!) provocando un dolor muy agudo que va desde la base de la amígdala, pasando por las mandíbulas y el oído hasta la cavidad ocular y la cabeza. Vamos, que me duele todo el lado derecho de la cara un montón. Según el especialista, es uno de los peores dolores que existen. Y me tenía que tocar a mí, claro, como no había tenido suficiente con la espalda…

El médico me trató directamente las lesiones, me puso un líquido dentro de la garganta con un palo muy largo, y me recetó unas gárgaras especiales. No mejoré nada.

Al día siguiente me propuso un spray con anestesia para la amígdala y unas pastillas que consiguen adormecer el dolor del nervio durante unas cinco horas. Resultado: sigue doliéndome un montón al tragar pero la cara está mejor hasta que deja de hacer efecto la medicación. A la vez, las pastillas son tan fuertes que estoy atontada y mareada.

¿Habíais oído alguna vez un caso así? ¡Lo que no nos pase  a nosotros! Una infección por un fruto seco…

Me voy a la cama. Ya os contaré cuando me sienta mejor. Un abrazo, J.

Incluso en domingo

Posted on Agosto 29, 2012 by Julia Esténoz

Sí, caiga en lo que caiga, aunque sea en domingo, el 1 de septiembre, todos los niños de Rusia empiezan el colegio. Se visten con ropa formal: faldas, blusas, camisas, pantalones largos de tela (nada de vaqueros ese día), zapatos de cuero, incluso corbatas… y el día 1 tienen una reunión para inaugurar oficialmente el curso escolar. Intentaré hacer algunas fotos para enseñaros tan solemne momento.

Un abrazo, J.

De paseo por el mundo

Los delfines, Dolmabahce y adiós Turquía

Posted on August 27, 2012 by Julia Esténoz

 

El último día en Turquía y nuestro primer plan es irnos a nadar con los delfines. De verdad. Mi hija pequeña vio la publicidad en un folleto y nos encantó la idea, así que llamamos y reservamos una plaza. Aunque las sesiones son de solo diez minutos se trata de algo tan especial que pensamos que merecerá la pena. Así que nos ponemos en camino. Paramos un taxi y le preguntamos, plano en mano, cuánto nos costaría llegar hasta el delfinario, situado en el conocido como el Cuerno de Oro: “lo que marque el taxímetro,” nos contesta el taxista. “Vale, pero ¿aproximadamente?” le vuelvo a preguntar, ya que no tengo ni idea de la distancia de la que estamos hablando. “Unas quince liras.”

 

Aceptamos y nos montamos en el taxi. Unos quince minutos más tarde el conductor me señala una calle peatonal y me dice: “allí a la derecha está el delfinario. Son quince liras.” Aunque el taxímetro marca 10,11 no quiero discutir, pago y nos bajamos.

¡Vaya con el taxista! No solo nos roba cinco liras, sino que encima nos engaña. El delfinario está por allí a la derecha, sí, pero a tres paradas de autobús… Si lo pillo… Tenemos que preguntar tres veces, cruzar un cementerio y por fin un policía nos explica dónde subirnos a un autobús de línea, pidiéndole al conductor que nos avise dónde bajarnos para asegurarse de que esa vez sí llegamos. Hmmmm, no me gusta que me engañen.

 

Cuando finalmente llegamos a nuestro destino, nos llevan a una especie de vestuario y nos piden que nos pongamos la ropa de baño y nos demos una ducha. En unos minutos estamos preparadas mi hija pequeña y yo junto a la piscina donde ya nadan dos maravillosos delfines. ¡Qué emoción!

Nos indican que nos metamos al agua. Junto al borde de la piscina está uno de los entrenadores de los animales. Tiene un cubo con pescaditos a su lado. Nos metemos mi hija pequeña y yo, cada una junto a uno de los delfines. Nos explican que podemos tocarles en cualquier lugar menos en la cabeza y que, para nadar con ellos, debemos sujetarnos con ambas manos a la base de la aleta dorsal.

 

Seguimos todas las instrucciones y, efectivamente, nadamos con los delfines. Y jugamos con ellos, los acariciamos, nos dan un besito, cantan y bailan para nosotros… El instructor les va diciendo a cada momento qué deben hacer y les premia con un pedacito de pescado cada vez. No deja de ser un poco de circo, un poco artificial, por eso de que es como un conjunto de trucos aprendidos, pero aún así es emocionante y especial.

Los delfines tienen una textura muy suave, más suave aún que el terciopelo. Su cuidador nos enseña cómo se te queda la mano si los acaricias fuera del agua: cubierta con una capa de polvos color gris. Están recubiertos de esa sustancia por todo el cuerpo.

Nadamos, nos reímos, disfrutamos como locas las dos. Tan solo son diez minutos pero me lo paso bomba y mi hija pequeña recordará ese rato como algo muy especial. Sale entusiasmada de la piscina. Ha merecido totalmente la pena. Lo repetiríamos ahora mismo.

 

 

Volvemos hacia el hotel para dejar la ropa mojada tomando primero un autobús y luego el tranvía. No más taxis para nosotras.

Al llegar junto al hotel y como el agua nos ha abierto el apetito, paramos junto a una de las tradicionales barquitas de pescado. Se dedican a preparar bocadillos de unos pescados a que cocinan allí mismo a la plancha. Creo que se trata de berdel. Los sirven entre pan y pan con lechuga y cebolla. No venden nada más que esos bocadillos. Pides los que quieres, pagas, y te sientas en cualquier “mesa” libre que haya.

 

Está buenísimo.

Y de allí nos acercamos al famoso Mercado de las Especias, que solo está a unos metros al otro lado de la carretera.

 

Se parece un poco al Gran Bazar porque no dejan de ser calles llenas de puestos. Y aunque se venden muchas especias, también hay otras mercancías expuestas, como anillos, colgantes, pañuelos, ropa…

 

Está muy limpio y ordenado y da gusto ver los montoncitos de especias de todos los colores en los puestos. Me encanta. Me las llevaría todas a casa y tendría un cajón lleno de cajitas con todas ellas. ¡Con lo ricas que son!

En este mercado no te abordan los vendedores como en los otros, intentando detenerte a toda costa y que les compres algo. El ambiente es mucho más tranquilo y pacífico.

Llegamos al hotel, dejamos las cosas y nos volvemos a montar en el tranvía para ir hasta el Palacio Dolmabahce, el último palacio de los sultanes, construido durante el siglo XIX y convertido en residencia real hasta la instauración de la república.

 

 

Para diseñar, construir y decorar este palacio contaron con los mayores profesionales de la época y de todos los países. Usaron los mejores materiales e intentaron conseguir un efecto deslumbrante que hiciera comprender a quienes lo visitaran cuán importantes eran el sultán y su familia.

Una de las características más chocantes del palacio es su absoluta simetría. Todo está repetido y es como una imagen en un espejo. Hay doble de todo. Si hay un salón al lado derecho de un pasillo, habrá otro de las mismas dimensiones y decoración casi del todo igual al lado izquierdo. Curiosísimo. Desgraciadamente, tampoco están permitidas las fotografías en su interior, por lo que os lo tendré que contar.

 

 

Todo en él es ostentoso: arañas de cristal que pesan toneladas, muebles importados de la India, de China, de Rusia, de cualquier rincón del mundo, suelos de maderas preciosas como el ébano formando mosaicos colocados pieza a pieza a mano, alfombras interminables, espejos gigantescos, el primer teléfono que se instaló en todo Estambul… me recordaba a los palacios de los zares rusos y su afán por mostrar riquezas. Cualquiera diría que estaban realmente compitiendo por ver cuál era más rico.

Al contrario que en el caso del Palacio Topkapi, el Dolmabahce es un único edificio de gran tamaño. Pero también en este caso hay jardines reales con árboles maravillosos. Todo el conjunto se encuentra al borde mismo del mar, con puertas que abren directamente al agua, permitiendo así a la familia real partir en barco con toda discreción. Además, como la entrada al Bósforo estaba cerrada por una enorme cadena que cruzaba de orilla a orilla, el tráfico marítimo estaba controlado para que solo ellos pudieran transitar por sus aguas.

 

 

Fue también en este palacio donde vivió y murió el primer presidente de la actual república, Ataturk. Y los salones de palacio aún hoy se utilizan para recepciones importantes aunque todo el conjunto sea un museo.

Como veis, Estambul tiene docenas de cosas interesantes que ver. Es de las ciudades que conozco que más ofrece al turista. Por algo ha sido una de las ciudades más importantes en la historia del mundo y escenario de imperios, califatos y mucho más.

 

Y así damos nuestro último paseo por las céntricas calles de Estambul. Nos detenemos a admirar el trabajo de un calígrafo tradicional que, rotulador en mano, decora platos con letras y diseños antiguos y cargados de encanto.

 

Y mis hijas se llevan un último recuerdo de Turquía en las manos  No es que sea algo típico de este país, pero siempre habían querido hacerse un tatuaje de henna y, cuando han visto a un chico ofreciéndolos, no se lo han pensado dos veces.

Hemos disfrutado mucho visitando todos estos lugares de Turquí y hemos aprendido muchas cosas sobre este país y sus gentes.

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

▪    El Palacio Topkapi

 

Posted on August 26, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Ya estamos de vuelta en Estambul y ¡hace un calor!

Por la mañana nos aventuramos en tranvía para ir a ver una zona de la ciudad que no conocíamos. Como habíamos visto el nombre anunciado entre las paradas durante nuestro viaje de vuelta de dejar el coche en el aeropuerto, nos dirigimos hacia Topkapi con intención de ver el antiguo castillo del Sultán, donde se guarda el tesoro de joyas antiguas.

Y las ruinas de un castillo sí que visitamos, pero no el que esperábamos. Nos encontramos con los restos de esa muralla y con el Panorama de Estambul, uno de esos museos con una pintura que cubre toda una bóveda y que en este caso representa una batalla con decoraciones bélicas que le aportan un mayor realismo.

 

Esto que veis a la derecha es la maqueta de la instalación completa. La pintura auténtica es gigantesca y hay un pasillo por el que pueden caminar los turistas para poder verla desde todas las perspectivas.

Y abajo podéis ver una imagen de cómo es realmente parte de la pintura.

 

 

Así que al salir preguntamos dónde quedaba el auténtico palacio Topkapi y resulta que está junto a Haguia Sophia. Anda que no estoy despistada ni nada… Eso me pasa por no querer cargar con la guía de viaje. Pero hace demasiado calor y pesa…

 

Por fin llegamos a la plaza del Sultanahmed, donde están las dos mezquitas. No os había enseñado el obelisco egipcio que también se trajeron para estas tierras. Es auténtico.

El Palacio Topkapi es la residencia bizantina de los sultanes. Es un conjunto de edificios conectados por jardines que parecen sacados de las Mil y Una Noches. Está rodeado por una muralla y se ha convertido quizá en la principal atracción turística de Estambul porque resulta de interés para todo tipo de gentes.

 

No nos dejaron sacar fotos de las exposiciones interiores pero un par tendré que buscar en internet y enseñároslas porque es auténticamente increíble. Entre las piezas expuestas está, sí, el tesoro en joyas y objetos de los sultanes. Pero lo que más me chocó, con diferencia, fue el conjunto de reliquias de sus profetas, y que entre otras incluyen: una huella del pie de Mahoma, un gorro de José o un cuenco de Abraham y la vara de Moisés. Que sí, que exponen todos esos objetos como auténticos y por eso el palacio recibe tantos millones de visitas cada día.

 

 

Pues va a ser que no. Acabo de buscar imágenes en google para que vierais alguna de las reliquias pero no sale nada. Sí que las tienen bien protegidas.

Bueno, luego vuelvo al tema de las reliquias. Mientras os sigo contando nuestra visita.

Hay salas que se han preservado más o menos como debieron estar en la época de los sultanes; otras son solo espacios vacíos donde lo que se admira es la arquitectura y la decoración de las paredes, con esas magníficas baldosas pintadas o unas increíbles alfombras interminables.

 

El tesoro está expuesto en varias salas, en vitrinas. La gente debe hacer cola y pasar rapidito (porque así te lo recuerdan los guardias de seguridad si te detienes un microsegundo más del tiempo que les parece correcto) ante cada pieza. Hay docenas de esmeraldas de un tamaño increíble, además de diamantes, brillantes, tronos de oro y maderas preciosas… Pudimos ver espadas, colgantes, cetros, muebles, todo de los materiales más finos y caros y de una calidad y un tamaño tan inusual que parecían falsos. Hay un diamante, por ejemplo, que tiene el tamaño de un huevo de codorniz de verdad y está rodeado por dos filas de brillantes. Y algunas de las esmeraldas también tenían ese tamaño. Vimos una caja de cristal tan grande como dos paquetes de un kilo de azúcar juntos llena hasta los bordes de esmeraldas de todos los tamaños. Pero había tantas que a mí me parecían cuentas de plástico o cristal. Aunque los que me conocéis ya sabéis que eso de las joyas y las piedras preciosas no me dice gran cosa.

 

 

Lo que más impresiona a la mayoría de la gente, además de las supuestas reliquias, es el harén, para el que hay que pagar una entrada adicional, además de la general para todo el Palacio. Obviamente, el harén está situado en la zona más céntrica del conjunto de edificios y para llegar a su interior hay que pasar por una serie de pasillos que en su día defendían los eunucos.

 

 

Visitamos muchas de las salas; no todas. El Palacio es gigantesco.

Miráramos donde miráramos veíamos mármol, nácar, maderas preciosas… No, no era nada difícil imaginarse aquí a Sheherezade contándole sus historias al sultán.

Comimos un bocadillo en uno de los puestos que había por los jardines y nos fuimos a visitar el famoso harén.

 

Os he dicho que el harén estaba protegido por eunucos que vivían en la zona de acceso al interior del edificio; lo que no os he comentado es que existía la costumbre de que todos ellos fueran negros. Quién sabe por qué.

 

En el harén las habitaciones y salas estaban perfectamente organizadas siguiendo una jerarquía y unas normas muy estrictas. La más importante era siempre la sala de la madre del sultán y después la de la mujer principal. No quiero ni imaginar cómo se viviría entre tanta mujer y con tanta lucha de poder. Los hijos también vivían aquí hasta que alcanzaban el nivel de madurez y conocimiento suficientes para pasar a formar parte de la vida en la corte del sultán.

 

 

Todo el harén estaba decorado con el mismo lujo que el resto del Palacio.

La luz en todo el entorno era mágica. Jugaban con celosías, cristales de colores y la ubicación física de los edificios para conseguir tonos mágicos y mucha frescura durante el calor sofocante del verano. También por ese motivo hay muchas fuentes y agua por todos los rincones, con el objetivo de transmitir frescura y relajación.

 

 

Mi hija pequeña alucinaba cuando le conté cómo vivían aquellas mujeres. Luego comentó que no le gustaría vivir como ellas porque a pesar del lujo y las riquezas, que se tenían que aburrir un montón.

Los edificios estaban todos unidos por unos jardines esmerados y llenos de majestuosos árboles. Se respiraba mucha paz. Era una especie de oasis en la ciudad, una gozada.

 

 

Al salid del Palacio Topkapi entramos unos minutos a los mausoleos de los sultanes, situados a muy poca distancia. Allí se guardan los cuerpos de varios miembros de las diferentes familias reales en estos sarcófagos que veis cubiertos de tela verde, el color real. Los había de adultos y de niños.

Hoy en día Turquía es una república, pero no hace tantos años que era un califato con estas familias reales tan poderosísimas, ya que dejaron el poder en 1923.

 

Aquella noche resolvimos otro de los misterios de este viaje. Íbamos por la calle y nos encontramos a un niño vestido con un traje como los que tanto nos habían llamado la atención en los escaparates. Parece ser que es lo que visten para celebrar su circuncisión… No creo que deba hacer más comentarios.

 

Cenamos en otro restaurante local donde pudimos por fin tomar esa especie de crepes turcos rellenos de queso, carne o espinacas. Estaban buenísimos y, como podéis comprobar, se hacen en el momento.

Hasta la siguiente. Un abrazo, J.

 

Problemas con los mensajes

Posted on August 24, 2012 by Julia Esténoz

Dos o tres personas me habéis escrito mensajes de correo electrónico comentando que aquí no podíais responder porque, desde que cambiaron el formato, os da problemas. Os agradecería a quienes me leéis que intentarais dejarme un breve mensaje para que pueda comprobar el funcionamiento de la página y, si hiciera falta, presentar una queja para facilitar que lo podáis hacer. En caso de no poder dejar una nota en el blog, por favor, enviadme un email personal. Gracias y un abrazo, J.

Éfeso y la casa de la Virgen María

Posted on August 24, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Ayer visitamos Éfeso, o lo que queda de ella, después de disfrutar de un desayuno de ensueño y de lo más auténtico en el jardín del hotel donde dormimos. Entre las cosas que nos sirvieron os puedo decir que había tortilla hecha con los huevos de las gallinas con las que había estado jugando mi hija pequeña el día anterior y aceitunas de la huerta, además de queso hecho con la leche de las cabras del establo. Pero algunas otras de las cosas que nos sirvieron no tengo ni idea de qué eran.

 

Llegamos a Éfeso y primero nos acercamos a la iglesia de San Juan, donde se supone que está enterrado el apóstol y donde visitamos las ruinas de lo que fue su iglesia. Sobre la colina se alza la fortaleza Ayasuluk pero no pudimos visitarla porque está en plena restauración y cerrada al público.

 

Según el Nuevo Testamento, Jesús pidió desde su lecho de muerte a Juan que se encargara de su madre y a María que “adoptara” a Juan. Y se cuenta que ambos vinieron a vivir a estas tierras y aquí murieron. Entre las ruinas de la iglesia está la tumba del apóstol rodeada de cuatro columnas. También fue aquí donde se supone que escribió su Testamento.

 

Daba cosa eso de pasear por las ruinas de un edificio en el que estuvo nada menos que uno de los apóstoles de Cristo. Como que se sentía más la historia que en otros lugares, quizá porque he leído tantísimas historias sobre esa época. No me resultaba nada difícil imaginarme el templo reconstruido y completo bajo el sol.

 

Éfeso está lleno de ruinas, además en muy buen estado. Como solo estuvimos aquí durante la mañana porque queríamos llegar a tiempo para devolver el coche en Estambul, no las visitamos todas pero sí que las vimos desde la carretera. Impresiona sobre todo lo que queda de la antigua ciudad romana con sus calles, sus templos y su teatro.

 

 

Lo que no nos perdimos fue lo que queda del antiguo templo de Artemis (Diana) porque es una diosa que le gusta especialmente a mi hija mayor. El entorno en el que estaba el templo se reconoce con facilidad. A uno de sus lados hay un estanque que en primavera se llena de agua y donde aún se pueden ver varias de las piedras que lo rodeaban y al otro lado se alza una columna y varios restos más que nos permiten hacernos una idea de las dimensiones y de la orientación que tuvo que tener todo el conjunto.

La impresión que nos llevamos quedó reforzada por la repentina aparición de un ibis en escena que se puso a pasear por las aguas del pequeño estanque, donde también había una manada de gansos salvajes y unas cuantas tortugas, algunas de gran tamaño. Parecía una imagen sacada de una película de época.

 

Y esto que veis en esta fotografía es la que se supone que fue la última residencia de María, madre de Jesús. Una vidente de Bavaria que nunca salió de su ciudad tuvo una visión dos años antes de morir en la que vio que la casa se encontraba enterrada en esta zona. Los arquitectos la encontraron y la rescataron. También junto a la casa hay unas fuentes de un manantial supuestamente milagroso al que se le atribuyen cientos de curaciones inexplicables. Hicimos la cola que podéis ver en la foto y luego pasamos rápidamente por su interior (en el que no se permiten las cámaras): una entrada diminuta y dos minihabitaciones con un altar y una imagen de la Virgen. Se salía al exterior por una puerta abierta a la izquierda.

 

 

El grupo de mujeres de blanco estaba rezando y la que ocupaba el lugar central del grupo parecía estar en trance y tenía los ojos en blanco.Hacía muchísimo calor, como unos cuarenta grados, y las pobres se arremolinaban bajo la sombra de los árboles inmersas en su oración.

La casa en cuestión está perdida entre las montañas y resultaría casi imposible de encontrar si no estuviera tan claramente señalada. No hay nada junto a ella ni ningún pueblo cerca. Es tan solo una casa de piedra entre árboles. Si María vivía aquí sola, no sé qué comería ni cómo se proveería de alimentos. Más lejos de todo no podía estar.

 

Sin embargo, todo el conjunto se ha convertido en un verdadero centro de peregrinación para varias religiones diferentes, y no solo la cristiana, ya que los musulmanes, por ejemplo, también consideraban a Jesús un gran profeta y a su madre en cierto sentido divina.

Junto a las fuentes del manantial milagroso hay todo un muro cubierto de pedacitos de papel que han ido dejando los peregrinos con sus ruegos a la virgen. Es parte de la tradición de la visita. Primero se ve la casa, luego se bebe el agua y después se escribe la oración o el ruego y se coloca entre el montón de manera que no se caiga.

 

 

Y con eso acabamos la visita y bajamos al pueblo llamado Selçuk, el Éfeso moderno para visitar el museo y ver, entre otras cosas, las dos estatuas de Artemis que se guardan allí, una de piedra y unos dos metros de alto, del siglo I antes de Cristo (foto de la derecha), y la otra más pequeña pero con la mitad superior cubierta de oro. Ambas son impresionantes. El museo es pequeño, como de pueblo, pero todas sus piezas son increíbles. Disfrutamos un montón visitándolo.

Comimos en el pueblo y nos pusimos en marcha. Y a partir de ahí empezó una nueva parte de nuestra aventura por Turquía. Queríamos llegar hasta uno de los dos pueblos donde hay ferry hasta Estambul porque habíamos acordado devolver el coche alquilado antes de las 12 de la mañana de hoy, jueves. Decidí, por lo tanto, parar a tomar un café por el camino porque el único que servían en Selçuk era turco y prefería algo más occidental. Recordábamos haber visto un Starbucks a la ida y no dejé la carretera hasta encontrarlo. ¡Qué bueno estaba! Y aprovechando que habíamos parado y con el fin de estirar un poco las piernas, entramos en una juguetería que había al lado. Unos minutos más tarde seguíamos nuestro camino.

Hasta ese momento, el viaje por carretera había sido tranquilo. Mi hija mayor dormía y la pequeña se entretenía jugando en el asiento trasero. Pero después del café empezamos a cantar a voz en grito y a recordar las típicas canciones de las excursiones escolares. ¡Cómo nos lo pasamos! Estábamos contentas, también, porque ya solo nos quedaban unos treinta kilómetros hasta Yalova, el pueblo donde queríamos embarcar para el último tramo hasta Estambul.

Por eso no me di cuenta hasta pasadas un par de horas. ¡Había dejado mi cámara de fotos olvidada en uno de los dos sitio: Starbucks o la juguetería! ¡Maldición! ¿Qué hacer? Todo nuestro buen humor se esfumó. No solamente teníamos todas las fotos de Éfeso en la cámara, sino que era un regalo de mi marido… Paré en una gasolinera y pregunté si hablaban inglés. Ni palabra. Así que me planté en mitad de la sala y pregunté en voz bien alta a los clientes si alguien hablaba inglés. (¡Tendríais que haberles visto las caras!) Pero una mujer dijo que ella sí. Le expliqué mi problema. Teníamos el recibo de la compra en la juguetería y aparecía un número de teléfono pero yo, obviamente, no podía llamar porque no hablo turco. En seguida se ofrecieron a ayudarnos y llamaron a la tienda. No hubo respuesta. Nadie contestaba.

No me quedó más remedio que dar media vuelta y volver a la juguetería. Ya estaba oscureciendo. Me llevaban todos los diablos. ¿Y si no la habían recogido? ¿Y si no me la había dejado allí? ¿Y si alguien se la había quedado? No os podéis imaginar qué tres horas de infierno pasé. Además del montón adicional de gasolina que tuve que meterle al coche, claro.

Tuve suerte. La cámara estaba en la juguetería.

 

 

Empecé a deshacer el camino andado por segunda vez. Y esta vez me dirigí a otra ciudad más cercana donde hay ferry porque ya era tarde, estaba muy cansada y seguro que no íbamos a llegar a tiempo a Yalova antes de que cerraran. Pero llegamos tarde, casi a las 10 de la noche y ya no había barcos tampoco allí. Así que cenamos y nos alojamos en un hotel cercano con intención de embarcar hoy por la mañana y recorrer los últimos kilómetros con calma.

Por lo menos tuvimos suerte con el hotel que, además de estar limpio, tenía una habitación disponible para las tres. (Y así aprovecho para enseñaros que todos los hoteles en los que hemos estado por Turquía fuera de Estambul ponían bolitas de alcanfor en los lavabos. Curioso, ¿no?)

El caso es que hoy nos hemos levantado y nos hemos dirigido a la cola del ferry para comprar billetes porque el primero salía  las 9.30. Pero hemos llegado tarde una vez más. Para las 9.15 ya no quedaba un billete en ninguno de los barcos de hoy. Vuelta al coche y a la carretera. ¡Qué deprimente! Hemos conducido hasta Yalova pero ya no nos hemos detenido allí sino que hemos seguido de tirón hasta Estambul. Hemos llegado a la una y cuarto. ¡Por lo menos no me han cobrado por entregar el coche tarde! Eso sí, estoy molida. Hoy por la tarde nos lo hemos tomado con calma y nos hemos quedado en el hotel descansando. Mañana seguiremos con el turisteo. Hoy me he ganado una cervecita y un buen libro.

Hasta mañana. J.

Şirince

Posted on August 22, 2012 by Julia Esténoz

 

Según nos han contado, se trata de un antiguo asentamiento griego que, según las viejas leyendas, surgió tras la desaparición de la antigua Éfeso. Sin embargo, después de la guerra y por cuestiones claramente políticas, se envió a los griegos de vuelta a Grecia y se trajo a turcos que vivían en Tesalónica a repoblar la aldea. Por eso hay tantas casas antiguas de estilo otomano y algunos de los ancianos todavía son capaces de comunicarse en griego. El pueblo está perdido entre las montañas de la región de Izmir y, aunque rico ya de por sí en agricultura, hoy también se ha convertido en un atesorado destino turístico para el país.

 

A la derecha podéis ver una imagen del hotel donde nos hemos alojado. Es más bien una casa rural pero con mucho encanto. Nuestra habitación está en uno de los tres o cuatro edificios de piedra que conforman el conjunto hotelero y a unos escasos cinco metros del corral de las gallinas y de los establos donde duermen las cabras. Estoy segura de que mañana me despertará el cantar del gallo porque ya le he oído practicar alguna que otra vez durante la tarde. Como os imaginaréis, hemos llegado a un rincón muy bucólico y rural de Turquía, algo que ni en sueños esperábamos ver en este viaje cuando salimos de Moscú hace unos días.

 

Ha sido precisamente por el hotel que hemos acabado viniendo a este pueblo, ya que buscábamos algo cerca de la antigua Éfeso y hemos descubierto esto. Pero no creo que lleguen muchos turistas extranjeros por estos lares. Sí que los hay a mares desde otros rincones del país, pero de fuera, no creo que sea algo tan común.

 

Y, como podéis comprobar en la foto de la izquierda, el hotel tiene unas vistas magníficas y unas terrazas de lo más apetecibles para tomarse una cervecita o una cena a la luz de la luna.

Este lugar es un verdadero pueblo, más bien una aldea, con calles de adoquines sin asfaltar y empinadas cuestas que subir a riesgo de partirse un tobillo. Los lugareños, cuando no están atendiendo un puesto en alguna de las calles o un restaurante en el jardín trasero de su casa, se sientan ante la puerta sobre una banqueta de madera y paja y se dedican a ver pasar a los turistas.

Otra de las curiosidades de esta aldea es que, aún estando en el corazón de una región turca, tiene dos iglesias y no solo una mezquita. Pero claro, eso son retazos de la cultura bizantina que se estableció originalmente aquí.

 

 

Entre algunos de los atractivos que nos han recomendado están las frutas y verduras de temporada, tanto en invierno como en verano, y son muy famosos sus vinos de frutas, vinos de todos los sabores de frutas que uno se pueda imaginar: de kiwi, sandía, cereza, manzana… lo que sea. Hemos probado el de melón. Creía que  sería como los licores de frutas que se venden en España como digestivos para después de comer pero, qué va, es auténtico vino.

 

 

Todo el pueblo se ha convertido en una especie de gran bazar. Hay puestecitos y tiendas en todas las callejas y en los rincones más inesperados, que conviven en perfecta armonía con los perros y gatos y el siempre presente polvo de las calles. El pueblo huele a pueblo de verdad y constantemente se oye el balar de alguna cabra o el rebuznar de un burro.

Y de pronto, se oye la voz del muecín rompiendo la penumbra del anochecer para llamar a la oración. No me diréis que no tiene encanto…

 

 

Sirince cuenta incluso con un pequeño museo. Hemos entrado a verlo brevemente porque ya estaban cerrando y nos hemos llevado una agradable sorpresa. No es que contara con una colección de arte maravillosa sino solo con un par de habitaciones habilitadas como probablemente lo estuvieran hace unos cuantos cientos de año. El ambiente que creaban encaja perfectamente con la sensación de antigüedad que transmite el pueblo.

 

 

La gastronomía es otro de los reclamos de la zona. Y no me extraña. Hemos cenado en uno de los locales regentados por una de las familias de la aldea por recomendación del dueño de nuestro hotel  y hemos alucinado a colores. ¡Qué cena más maravillosa y fantástica! Entre otros muchos platos hemos comido flores de calabacín y pan de harina de calabacín. Todo realmente delicioso. Las flores tenían un sabor y una textura que no se parecían a nada que haya probado antes y el pan era una especie de torta que hacía la dueña de la casa en un horno especial que se deshacía al morderlo. Hemos comido otros muchos platos, a cada cual más sabroso, pero varios de ellos sería incapaz de deciros de qué estaban hechos. Mirad…

 

Estas son las flores de calabacín.

 

Y esto de la derecha no tengo ni idea de qué era pero estaba buenísimo, también.

 

Hemos disfrutado un montón de la cena y del paseo por el pueblo. Es como si nos hubiésemos trasladado a otro planeta. Nadie habla una palabra de inglés y las costumbres y hasta los sabores son muy distintos de lo que estamos acostumbradas. Me encanta.

 

Espero poder contaros más cosas diferentes mañana. Un abrazo, J.

 

Perdidas por Turquía

Posted on August 21, 2012 by Julia Esténoz

 

 

 

Perdidas, perdidas, no estamos, pero qué aventuras estamos teniendo. ¡Qué lugares curiosos hemos visitado! Os cuento… como todo está cerrado en Estambul durante tres días, ayer nos fuimos al aeropuerto y alquilamos un coche para irnos de excursión. Preparamos el equipaje para pasar un par de noches fuera y nos pusimos en camino. Decidimos irnos hasta la antigua Éfeso. Según las guías, es un viaje de un día, de ida y vuelta, cuando se organiza en autobús. Así que intentamos cargar la dirección en el GPS que, curiosamente, no reconocía la ciudad. Bueno, nos dijimos, pues pongamos la más cercana. Así que introdujimos Izmir y nos pusimos en ruta. El aparato nos decía que llegaríamos a las 8.30 de la noche pero supusimos que estaba mal. Hmmmm, tal vez nos lo deberíamos haber creído pero, entonces, ¿cómo hacen las excursiones de día con los turistas?

 

La salida de Estambul fue un gigantesco atasco. Nos contaron que todo el mundo aprovecha los tres días para irse de vacaciones, que es como un puente nacional. Y se notó en las carreteras, sobre todo a la salida. (Como cosa curiosa os diré que las mujeres aquí conducen fatal y que no es broma. Cada vez que hemos visto a alguien haciendo algo mal, era una mujer. Y cuando el que conduce es un hombre, las mujeres se sientan atrás y cualquier otro hombre que vaya en el coche, tenga la edad que tenga, hace de copiloto.)

 

Una de las cosas que hemos visto por el camino y que nos ha sorprendido un montón son los clubes hípicos. Descomunalmente gigantescos, tan grandes que se perdía la vista en el horizonte y aún se veían praderas y establos en la lejanía. Y docenas y docenas de caballos. No tenía ni idea de que en Turquía hubiese tantísima afición equina.

 

Después de conducir durante más de cuatro horas decidimos parar en un pueblecito para pasar la tarde/noche y descansar. Mirad cómo se llamaba el pueblo… jajaja

 

Era un pueblo turco, tan turco y tan poco acostumbrado al turismo que cuando nos sentamos en una cafetería para cenar la gente se nos acercaba a la mesa con cualquier excusa para vernos y oírnos hablar. Era de lo más gracioso. Junto a nosotras había una mesa con tres chavales jóvenes que no nos quitaban la vista de encima. ¿Y en inglés? Qué va, nadie hablaba inglés, solo turco. Pedimos la comida usando las fotografías del menú.

 

Allí sí que pudimos observar a la gente turca auténtica, y no lo que se ve en Estambul, que es como cualquier otra ciudad grande. En Mustafakemalpasa las mujeres jóvenes no llevaban velo y charlaban de lo más animadas con los chicos. Pero era como si hubiésemos retrocedido cincuenta años en el tiempo. Las parejas iban de la mano y ellos les trataban con el respeto que hoy vemos en las películas de la época de nuestras madres, cediéndoles el paso, el asiento… Y la familia es muy importante, eso se ve en la forma de pasear juntos, habitualmente el padre con los hijos y la madre detrás, asegurándose de que todo está bien.

 

 

Después de cenar nos sentamos en una heladería a disfrutar de algún postre típico… una fondue de chocolate y frutas al chocolate. No nos apetecían más dulces turcos; llenan un montón.

El pueblo tiene un río (que apesta a basura) donde vimos un montón de niños jugando cuando llegamos y una calle principal llena de tiendecitas y puestos de comida. Y poco más. Como os he dicho, un pueblo. Junto a nuestro hotel había una especie de hogar de jubilados para hombres. Estaban cantando. No sabría deciros si era un canto religioso o no.

 

El hotel del pueblo era muchísimo mejor que el de Estambul y, obviamente, más barato. Cosas de estar en un pueblo.

Mirad la foto de la izquierda. Ese caballo estaba junto al agua del río de pie, sin moverse. Lo hemos visto así durante casi media hora. Estaba en los huesos, como los otros que hemos visto tirando de carros. Este parecía viejo, antiguo, agotado. No sé qué habrá sido de él porque ya no hemos vuelto a pasar por ahí, pero me ha llamado la atención. Está claro que hambre no tenía porque había hierba detrás suya en la orilla del río. ¿En qué estaría pensando?

 

Y esta mañana hemos salido después de desayunar con intención de seguir el viaje y no parar hasta llegar a Izmir, la ciudad de mayor tamaño antes de llegar a nuestro destino final. El viaje ha sido curioso, muy curioso. Después de recorrer unos cien kilómetros de paisajes llenos de olivos, vides, pueblos polvorientos y puestos callejeros de melones y sandías, nos hemos encontrado con un complejo de outlets en mitad de ningún sitio donde no hemos podido evitar parar para tomar un café de Starbucks (en el hotel el desayuno solo incluía Nescafé de sobre…). Había de todo, tienda tras tienda, ropa, calzado, McDonalds, Burger King, accesorios… Y un montón de coches aparcados en la puerta.

Otra curiosidad… cuando hemos parado para tomar algo y dejado el coche aparcado junto a la puerta de la cafetería de la gasolinera, nos lo han lavado por fuera. Parece ser que se lo hacen a todos los que los aparcan allí para tomar algo.

 

Mirad la fotografía de la derecha. En todos estos pueblos las mujeres llevan pantalones y no vestidos o faldas. Supongo que les resulta más cómodo.

 

Siguiendo al GPS nos ha tocado dar un par de vueltas y acabar en lugares de lo más remotos, allá donde no sé cómo nos habríamos comunicado con los locales de haberlo necesitado.

 

Además del mega-outlet, hemos visto otras cosas curiosas por el camino, como esa “pedazo estatua” en mitad de una carretera entre dos aldeas. No tengo ni idea de a quién representa pero era gigantesca. No sé por qué me ha hecho pensar en Rusia y Kazajstán.

No hemos querido parar en ningún sitio más porque queríamos llegar; ya llevábamos suficiente tiempo en la carretera, pero creedme que no ha sido por falta de ganas de ver cosas. Las había de lo más increíbles.

 

Así hemos llegado a Izmir. ¡Qué gozada de ciudad! No solo bordea el mar, el Egeo, sino que además en ella se respira paz. Y no creáis que es pequeña, es bastante grande. Está claro que se trata de un destino turístico muy común entre los turcos. Hemos decidido comer allí. Siguiendo al GPS en busca de marisco, hemos llegado a una calle peatonal donde había un montón de terracitas y decidido que nos gustaba. Hemos comido en una de ellas, disfrutando del buen ambiente, de la gente joven que nos rodeaba y de saber que éramos las únicas extranjeras en muchos kilómetros a la redonda. Obviamente, solo se podía comer cosas turcas, lo que le daba todavía más encanto.

 

Junto a nuestra mesa había dos chicas jóvenes que, al acabar su comida, se han pedido un café turco y un licor. Cuando les he vuelto a mirar tenían las tazas boca abajo sobre los platillos. ¡Estaban leyendo los posos del café! Yo creía que eso ya no se hacía.

Como veis en la foto, el ambiente era joven y alegre, para nada lo que sería de esperar en un pueblo turco musulmán poco conocido fuera de sus fronteras. Nos ha encantado.

 

Y después de comer hemos seguido nuestro viaje.

No me diréis que no es auténtico, con bandera y todo…

El paisaje parecía sacado de una Biblia, os lo juro: olivos, tierras ocres polvorientas y de pronto el alegre verde de las vides y los frutales sobre colinas salpicadas de alguna casita blanca.

 

Y al final hemos llegado a nuestro destino para hoy: Sirince, un pintoresco pueblecito en las montañas cuajado de casas antiguas otomanas y a unos escasos diez kilómetros de la antiquísima Éfeso y al casita donde vivió la Virgen María al final de sus días. ¿No os parece increíble?

Mañana os cuento más, que hoy nos vamos de investigación y disfrute. Un abrazo, J.

Tres días de fiesta en Turquía

 

Posted on August 20, 2012 by Julia Esténoz

 

 

¡Todo está cerrado! Bueno, casi todo. Ayer intentamos hacer turismo: palacios, mercados… pero todo está cerrado durante tres días por el final de Ramadán. Así que hemos decidido alquilar un coche e irnos de excursión. El único problema es que la empresa de alquiler todavía no nos lo ha confirmado. En fin, esperemos que no haya problemas.

Por eso, porque todo estaba cerrado, ayer nos fuimos a pasear por otra zona de la ciudad. Vimos la famosa torre Gálata y llegamos hasta la zona de Taksim, la más comercial de Estambul, con una avenida larguísima y cuesta arriba flanqueada por tiendas y restaurantes a ambos lados. Lo único que estaba abierto eran los puestos de recuerdos y alguna franquicia. La avenida es tan larga que cuenta con su propio tranvía para subirla y bajarla, un tranvía a la antigua.

 

Después de comer nos animamos a seguir paseando en dirección al mar, buscando el Palacio de Dolmahce, el que utilizaron los últimos emperadores y sultanes y que se construyó como zona ajardinada y de ocio al borde mismo del Bósforo. ¡Pero estaba cerrado! Y lo peor es que nos dijeron que todos los monumentos seguirán cerrados durante tres días.

 

Lo bueno es que, al estar tan cerca del mar, había unas terrazas de lo más agradables donde nos pudimos sentar a disfrutar de una fantástica limonada. Se había levantado viento y no hacía tanto calor como los días anteriores, por lo que se estaba en la gloria.

 

Por el camino fui haciendo fotos a cosas que me parecieron divertidas o graciosas, como esos dos chicos sentados junto a la fuente. Fijaros en su peinado. Es EL peinado aquí. Todos van iguales. Pasear por las calles de Estambul es estar rodeada de chavales con los pelos de punta.

 

Y aquí tenéis a un limpiabotas callejero en acción. Es el único al que he visto realmente trabajando porque todos los demás estaban sin clientes. Al limpiabotas le hizo muchísima ilusión que le sacara la foto; tanta, que me pidió verla y, cuando se la enseñé, se puso todo contento. El cliente no parecía turco aunque sí que hablaba ese idioma.

 

Una cosa que nos ha llamado mucho la atención estos días y que ya os he comentado en alguna otra ocasión brevemente es la enorme cantidad de animales que hay por las calles. Siempre que nos sentamos en una terraza aparece algún gato (o varios) y hay perros vagando por todo. Angelique nos contó que todos están vacunados contra la rabia y es cierto que hemos comprobado que tienen una etiqueta en la oreja. Aunque todos los animales son muy pacíficos supongo que si te dan miedo, Estambul puede ser un destino no muy cómodo o agradable. A mí me parece genial, ya sabéis.

 

Pero no solo hay gatos y perros. Nos encontramos unas cuantas gallinas, gallos y pollitos en un jardín en mitad de la ciudad. Yo no sé cuánto durarían en cualquier otra metrópolis (sobre todo ahora, que hay una crisis tan grande…)

 

También parecen tener un especial cariño a las palomas. Todas esas están en la plaza que hay delante del Mercado de las Especies junto al puente. Hay vendedores de alpiste por toda la plaza y ayer, antes de que llegáramos, alguien había tirado unos cuantos kilos por el suelo, por lo que los pájaros estaban en una orgía de comida y alegría. ¿Estarían celebrando también el final del Ramadán?

 

Lo que sí estaba abierto, claro, eran las mezquitas. Esta de la derecha es una que estaba metida en una calleja. La descubrimos porque tenía cuartos de baño (sí, de esos con un agujero en el suelo, que es lo más habitual aquí) porque el resto del edificio no parecía un templo en absoluto. Pero había un continuo entrar de gente que, antes de entrar a orar, se paraba para mostrar su respeto por los restos de los constructores de la mezquita expuestos como veis en una habitación a la entrada.

 

Cenamos cerca de Hagia Sophia y, estando allí, a mi hija pequeña se le partió la tira de la chancleta. ¿Cómo volver al hotel? Le pedimos una grapadora al camarero pero el plástico era demasiado duro para clavar las grapas. Al final fue el propio camarero quien nos lo resolvió con un imperdible. ¡Si es que lo que no nos pase! Así volvimos al hotel, con un imperdible en la chancleta.

Hasta pronto. Un abrazo, J.

Más magia en Constantinopla

 

Posted on August 19, 2012 by Julia Esténoz

 

Primero la magia de Hagia Sophia (Santa Sofía), esa basílica-mezquita hoy convertida en museo y donde cada rincón, cada esquina, cada detalle es de una belleza sublime. Mirad qué lámpara, algo tan sencillo como una lámpara, y veréis que es singular, como todo lo que hay en este lugar increíble.

 

Todo el edificio está cubierto en su interior por mosaicos, mármoles, pinturas, frescos, tallas y esas lámparas colgando desde unos techos que se pierden en la lejanía.

La “Santa Sabiduría” (nombre original del edificio) se empezó a utilizar como catedral en el 360, casi nada. Fue durante 1000 años la catedral de mayor tamaño del mundo y ejemplo de la perfección de la arquitectura bizantina. Después fue conquistada por los turcos otomanos y convertida en mezquita hasta 1931, año en que se secularizó y se convirtió en museo abierto al público. De ahí la mezcla de elementos religiosos.

 

 

El interior de la catedral-mezquita es grandioso. Algunos de sus mosaicos son del siglo IX y X y todavía sobreviven con fuerza y claridad. Como se trata de una catedral ortodoxa, está llena de luz. El espacio central, sin columnas, da sensación de inmensidad.

 

Además de los motivos religiosos cristianos vemos el palco donde se coronaba a los emperadores o la zona elevada desde donde oraban los líderes musulmanes. A ambos lados hay columnas talladas siguiendo las tradiciones árabes y celosías de cuento de hadas. Es sorprendente que los mosaicos hayan sobrevivido hasta hoy en día si tenemos en cuenta que para los musulmanes la representación de la figura humana no está permitida por su religión, ya que lo consideran algo sacrílego.

 

 

En la planta baja está el “agujero de los deseos.” Se trata de un agujero en una de las columnas donde se supone que debes introducir el pulgar, formular un deseo y girar la mano apoyándola sobre la superficie, sin levantarla, hasta completar una vuelta completa. Una curiosidad, como la de la Catedral de Santiago de Compostela. Pero por supuesto que lo hicimos, retorciéndonos y contorsionándonos lo que hiciera falta para completar el giro porque la buena suerte y los deseos cumplidos no son ninguna tontería

 

Tras visitar la planta baja subimos a la primera planta, desde donde la vista que se tiene del recinto es espectacular. Allí se encuentra, entre otras cosas, el lugar desde donde seguía misa la emperatriz.

 

El acceso a la planta superior se hace por unos pasillos en rampa cubiertos de losas milenarias tan desgastadas por el uso que patinan y no a través de escaleras, algo que yo no había visto hasta ahora y que resulta de agradecer. En otras catedrales subir al piso de arriba o al campanario es casi una tortura.

Allí es donde rezaban las mujeres durante la época en que el edificio funcionaba como mezquita. Ya recordaréis que ambos sexos no se podían mezclar durante los rezos, en teoría para que ellos no se despistaran por la cercanía de ellas. Todavía hoy rezan en recintos separados por celosías o muretes. Pero eso también se hacía en las iglesias y, de hecho, aún se hace en unas pocas, aunque no sé si por los mismos motivos. Yo conozco una. Pasé los fines de semana y las vacaciones de mi infancia en un diminuto pueblo de Navarra donde todavía hoy los hombres se sientan en los bancos delanteros del templo, las mujeres y los niños en los de atrás y los jóvenes solteros van arriba, al coro.

 

 

Creo que en la foto de la izquierda podéis percibir la altura de la catedral. Impresionante, ¿no os parece? Fijaros lo pequeñas que parecen las lámparas desde aquí.

Y al subir a esta planta veíamos los mosaicos a mucha menos distancia. Es increíble el trabajo minucioso y la belleza tan perfecta de estas imágenes milenarias.

 

Este edificio está tan cargado de historia que me podría pasar todo un día en él, mirando rincones y detalles e imaginando todos los libros que he leído sobre ellos. Es muy emocionante.

Salimos de Hagia Sophia a la maravillosa plaza donde se enfrenta a la Mezquita Azul y nos dirigimos a otra de las causas por las que esta fantástica ciudad es tan especial: la Basílica Cisterna.

 

Pero por el camino nos detuvimos a comprar unas libretas hechas a mano que un calígrafo tradicional marcaba con el nombre o las palabras que le pidiéramos, otra de las viejas costumbres de este país que aún se mantiene. Nos pareció un bonito recuerdo de nuestro viaje, especialmente para las niñas.

 

 

La cisterna más conocida (Yerebatan) es la que visitamos nosotras aunque solo es una de las muchas que hay bajo Estambul. Era la manera de preservar el agua potable y que, aunque se derruyeran los acueductos que había en la superficie en caso de ataque, el pueblo (y sobre todo el emperador y su séquito) pudiera seguir bebiendo. La cisterna que visitamos es la que suministraba agua al palacio imperial. Es una construcción increíble y de una extensión enorme de allá por el siglo VI donde hoy viven multitud de peces. Está abierta al público e incluso tiene una cafetería en su interior.

 

 

Dimos un paseo por los puentes que se han construido en su interior hasta llegar a las famosas cabezas de Medusa. Son dos bases de columnas de origen desconocido aunque la leyenda cuenta que se salvaron de un antiguo templo romano que había por aquí. Como sabéis, Medusa petrificaba con la mirada y por eso las cabezas están puestas boca abajo y de costado, para neutralizar su poder. Y sí, se trata de aquel ser mitológico que se supone que tenía serpientes en la cabeza en lugar de cabello.

 

La columna que veis a la derecha es lo que queda de un arco del triunfo que se alzaba en Constantinopla en el s. IV y actuaba como “kilómetro cero” en el imperio porque a partir de aquí se medían todas las distancias.

 

Y este era el ambiente en las calles a las 8.15, hora en el que terminaba oficialmente el Ramadán. Como veis, era un ambiente de fiesta y callejeo. Una vez más, cantó el muecín y un montón de botellas de agua se alzaron casi simultáneamente para apagar la sed de todo un día. Se respiraba mucha alegría por las calles. Fue una gozada estar ahí para verlo.

A ver qué vemos hoy. Ya os lo contaré. Un abrazo, J.


El Gran Bazar y más

 

Posted on August 18, 2012 by Julia Esténoz

 

Ayer nos fuimos de compras. Salimos en dirección al Gran Bazar, visita obligada para quien viene por primera vez a Estambul. La idea era pasar allí todo el día porque es enorme y se supone que hay cientos de puestos con todo tipo de productos que cotillear y comprar.

 

Ya por el camino encontramos algunas cosas diferentes, como estos escaparates llenos de ropa infantil sacada de las Mil y Una Noches. Había varios escaparates como estos, así que llegamos a la conclusión de que aquí los niños tienen que tener algún tipo de celebración infantil parecida a la de la Primera Comunión para lo que se visten como veis. Tendré que investigar…

Pero no solo había ropa infantil de cuento de hadas…

 

También la había para mujeres. No sé cuándo se vestirán así ni para qué pero había varias tiendas. En las que exponían la ropa fuera siempre había carteles prohibiendo sacar fotos. Estaría genial comprar un modelito así para el próximo baile de disfraces, para Halloween o carnaval, ¿verdad?

 

Pero parece ser que también las niñas tienen algún momento en el que se “disfrazan” o quizá solo sea lo que aquí se considera elegante para bodas u otro tipo de celebración. Está claro que nuestra moda festiva tal vez pueda parecer una adefesio para quien vive aquí. Lo que sí os garantizo es que ayer no compramos nada en ninguna de estas tiendas  .

En unos minutos llegamos a la entrada del famoso Gran Bazar. Se trata de un mercado entre calles con toda la historia del mundo.

 

Entramos. Es más amplio de lo que yo esperaba. Otros bazares donde he estado tienen calles mucho más estrechas y un aire más antiguo. Aquí hay tiendas con escaparates de cristal y no solo productos colocados ante puestos callejeros.

He de deciros que no compramos nada en el Gran Bazar. Dimos muchas vueltas, vimos muchos escaparates pero nos llevamos la sensación de que todos tenían lo mismo y que, curiosamente, a los turcos no les agradan demasiado los turistas. Me pareció un reclamo publicitario para extranjeros y no un auténtico mercado para la gente local. Si nunca has estado en un bazar, supongo que este te puede gustar. Pero cuando has visitado otros auténticos, donde la gente apenas habla idiomas y sobre todo trata con clientes locales, este te resulta un poco falso, artificial, de decorado de película. O por lo menos es la impresión que me llevé yo. Una pena.

 

Entramos a comer en un pequeño restaurante dentro del propio bazar. Disfrutamos de unos pinchos morunos magníficos, con un sabor increíble. Lo cierto es que toda la comida turca que hemos probado hasta ahora es deliciosa. Mi hija mayor se compró ayer un libro con recetas de aquí para aprender a cocinarlas ella. Ya nos ha dicho que cuando volamos a Moscú nos va a intentar preparar toda una comida con platos turcos. Ya os contaré qué tal se le da.

 

Así que nos marchamos del Gran Bazar un poco decepcionadas.  ¡Qué pena!

Y al salir me encontré con esta botella colgada de una pared llena de tapas de otras botellas. ¿!¿!?!!?!? Gran misterio.

 

Junto al hotel hay un restaurante curioso donde  nos sentamos a tomar algo mientras esperábamos que fuera la hora de ir a ver el espectáculo de los derviches. Mirad cómo se llama el sitio, David Villa. Os prometo que ese es el nombre del restaurante. Jajaja, está claro que una cervecita teníamos que tomar allí.

 

Habíamos reservado entradas para ver el ritual de los derviches bailarines. Se trata de una tradición que empezó en el siglo XIII y se ha mantenido hasta hoy. No es un baile ni un espectáculo (aunque vendan entradas para que lo vean los turistas) sino un rezo, una especie de oración. Incluso está prohibido aplaudir y sacar fotos.

 

Los derviches giran siguiendo un ritual organizado en el que siempre hay uno de ellos en el centro. Dan vueltas sin moverse del lugar y sin que se note que levantan los pies, por lo que es como si giraran sobre una plataforma. Se ve que están en una especie de trance, todo ello acompañado de una música especial interpretada con instrumentos antiguos y animada por un monótono cántico similar al de los muecines llamando a la oración.

Los derviches se mueven con pasos precisos, medidos, exactos. Y tienen una elegancia que les confiere solemnidad. No es que se pasen toda la hora girando sin parar, qué va. Llegan al recinto portando unas pieles de oveja que supongo que son sagradas porque las besan y se las llevan a la frente y luego les hacen reverencias. Primero uno de ellos se coloca en el centro y los otros cuatro bailan en los correspondientes puntos cardinales. En movimientos coordinados y siguiendo una música que solo ellos entienden, alzan y bajan los brazos a la par y se detienen para volver a hacer reverencias. Entonces es otro el que se coloca en el centro. Así varias veces. Pero los giros duran varios minutos sin interrupción.

 

Fue impresionante. Me encantó. Pocos rituales he visto que me hayan sorprendido tanto. Podía sentir lo solemne del acto para los bailarines. Ya solo ver a los derviches ha merecido con creces venir a Estambul. Es algo mágico y único, cargado de sentimiento religioso y de una profunda paz.

Y con esa paz os dejo por hoy. Un abrazo, J.

▪    Paseando por Asia

 

Posted on August 17, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Ayer sí, ayer cruzamos a la zona asiática. Quedamos para tomar un café con Angelique, una amiga de los tiempos de Polonia que vive ahora aquí y ella fue quien nos guió sobre qué ferry coger y nos enseñó la zona de callejas y tiendecitas típica de esa zona de la ciudad.

Pasear por aquellas callejas era como haberse pedido en otro mundo, un mundo sin preocupaciones, sin problemas ni agobios. No se veía a nadie con prisa ni tensión. La gente sonreía, te hablaba, charlaba… Sí, allí me relajé y me dejé llevar por el ambiente. Dimos paseos, entramos en tiendas, miramos cosas curiosas o diferentes… fue una mañana de vagancia y desconexión.

 

Algunos de los puestos que más nos gustaron fueron, como siempre, los de especias… las había de todos los gustos, formas, olores y sabores. Mi hija pequeña se quedó realmente sorprendida al descubrir por primera vez que la canela no crece en forma del polvitos marrones.

 

Por recomendación de Angelique descubrimos la limonada. Es buenísima. Habíamos visto unos cuantos puestos donde exprimen naranjas y granadas para hacer zumo en el momento pero no se nos habría ocurrido nunca pedir limonada. Resulta que está fantástica. Igual que el zumo de naranjas recién exprimidas de Marrakesh, que era especialmente bueno, aquí lo que hay que pedir es limonada.

 

En las tiendas había cosas que yo no había visto nunca, como estas cáscaras de berenjenas secas que, según nos explicó mi amiga, luego rellenan con algo para comer en un plato típico de aquí. También había tomates secos e incluso largas esponjas de mar.

 

Como os he dicho, hasta los colores son diferentes y nos llaman la atención. Mirad cómo presentan aquí el pescado, con las agallas claramente hacia afuera. Es para demostrar lo fresco que está, claro, pero parece un motivo decorativo en lugar de un reclamo publicitario porque resalta sobre todo lo demás que hay expuesto en cada lugar.

 

Lo que nos dio bastante asquito a todas fue cómo presentaban el cordero, con la fila de cabezas toda recta y colocada en orden. Aquí consumen muchísimo cordero, claro, pero esos ojos…

Hacía más calor que en los dos días anteriores, aunque eso se notaba menos entre callejas. Fue un buen día para adentrarnos allí porque en las avenidas más grandes nos habríamos derretido.

 

Angelique llamó nuestra atención sobre estas maniquíes. Fijaros que la de la derecha es mucho más ancha que la de la izquierda. Parece ser que eso es algo relativamente habitual aquí, donde no se limitan a ofrecer tallas mini para las mujeres, sino que también presentan con orgullo ropas y accesorios de mayor tamaño para mujeres con cuerpos que no son de modelos anoréxicas. Tomad ejemplo, países de occidente.

 

Y aquí no me pude resistir y me compré un par de zapatos. Me parecieron geniales y muy divertidos y la piel es suave como un guante. Son una gozada. Todos los diseños eran diferentes aunque seguían la misma línea. Los míos tienen marcianitos.

 

Y esto también lo veía por primera vez… McDonalds con servicio a domicilio!!! Según Angelique, aquí el servicio a domicilio es tan habitual que hay páginas web dedicadas solamente a ofrecer los distintos productos que te pueden entregar en tu casa. Supongo que, para los más ortodoxos, es muy cómodo que las mujeres no tengan que salir a comprar nada y que se les pueda llevar hasta su puerta sin necesidad de contar con un hombre que les acompañe a recogerlo.

 

 

Esta tienda nos encantó. Era como entrar en una de las tiendas antiguas que se ven en las películas, donde se vende de todo, como en la que veíamos en la Casa de la Pradera.  No hay más que ver las máquinas para moler café que tenían y que aún hoy siguen utilizando. Normal. Para preparar el café turco, tan famoso, el grano tiene que estar molido hasta tener la consistencia del polvo de coco así que supongo que habrá quien solo lo compre molido de la manera tradicional, como ocurre en occidente con otras cosas que siempre preferimos “a la vieja usanza.”

 

Ayer os conté que habíamos visto un montón de gatos y perros en las calles y varios comederos. Ayer vimos a una mujer darles de comer. Llevaba pienso para gatos en una bolsa y se agachaba allí donde veía un gato a poner un puñadito para que pudieran comer. ¡Ay, cuánta gente podría aprender de un simple gesto como ese!

 

Durante la comida (tan copiosa, genial y auténtica como todas las que hemos disfrutado en este país) tomamos esta bebida, también recomendada por Angelique. Se trata de una especie de licor anisado (con 45 grados, vaya con la abstinencia de los turcos…) que mezclan con agua y/o hielo. Estaba bueno pero a mí me  parecía más una bebida digestiva para después de comer que algo para tomar a la vez. Aunque quizá sea porque estoy acostumbrada al patxarán, que se toma después y también sabe tanto a anís y esta bebida me lo recordaba.

 

En el ferry de vuelta vimos algo que nos habían contado pero no habíamos visto en los viajes anteriores. Hay gente que da de comer a las gaviotas. Pero no les dan de comer sin más. Llevan pan o algo parecido y lo empiezan a arrojar al aire. Poco a poco, las gaviotas se van acercando y empiezan a coger los pedazos de comida al vuelo. Cada vez los cogen desde más cerca. Hasta que acaban comiendo directamente de la mano de quien les está dando el pan. Es como las palomas de las plazas de España, que con un poco de paciencia acaban comiendo de la mano de quien les está dando la comida. Lo impresionante en este caso es, obviamente, que todo ocurre a la vez que el barco está en movimiento, por lo que resulta vertiginoso.

 

Y mirad cómo anuncian aquí las cosas. “Niñeras, las mejores de Turquía, o su hijo se porta bien o lo colgamos. Resultados garantizados.” (Es broma, claro. Pero sí que vimos ese maniquí así presentado. Daba un poco de yuyo.)

 

Al volver al lado europeo nos despedimos de Angelique y volvimos al hotel a dejar las compras que habíamos hecho. Poco después salimos a cenar en una de las incontables terrazas que hay por todas las calles de Estambul y a disfrutar de la noche una vez más.

Hasta la siguiente. Un abrazo, J.

Días tranquilos por Estambul

Posted on August 16, 2012 by Julia Esténoz

 

Ayer decidimos tomarnos el día tranquilo. Debemos relajarnos antes de poder realmente disfrutar de esta maravillosa ciudad. Así que por la mañana hicimos extenso uso de las instalaciones hoteleras: baño turco, sauna, piscina interior y exterior, un masajito de reflexoterapia para recuperarnos… ¿Suena bien? Os lo detallo.

 

Me levanté la primera, como siempre, y bajé a desayunar. Me sorprendió ver que no todo estaba aún preparado en el restaurante y que el camarero corría y corría para preparar las cosas. Me tomé unas cuantas tazas de café tranquilamente mientras empezaba a contaros nuestras aventuras por este nuevo país. Poco a poco fue apareciendo gente y ocupando las mesas. Probé unas cuantas cosas del bufé y me lo tomé con muuuuucha calma. Hasta que me di cuenta de que eran las diez menos veinte y, si no me daba prisa y despertaba a mis hijas, les cerrarían el restaurante y no podrían desayunar.

La mayor casi me mata. En realidad eran las nueve menos veinte. Yo, veterana viajera por el mundo, había caído en el manido error de no cambiar la hora y confundirme con la de Moscú. ¿Lo bueno? Que sí pudieron desayunar cuanto quisieron.

 

 

Una vez cargadas de energía, bajamos a la zona de mimos. Allí contratamos un paquete de baño turco, sauna, baño de vapor, piscina y jacuzzi y un masaje de reflexología para cada una. Empezamos por la sauna. Era bastante grande y nos tumbamos allí durante unos diez minutos. Mundo, olvídate de nosotras durante un rato. En el baño de vapor aguantamos menos. Y el baño turco estuvo bien pero no nos hicimos ningún masaje ni nada. El siguiente destino fue la piscina cubierta y el jacuzzi: un poquito de ejercicio en el agua, algo de masajito suave… Ahora, lo de la reflexología fue otra historia…

Yo no sé si me tocó la masajista más dura de cuantas había o si realmente tenía tanta cantidad de estrés y tensión acumuladas como ella me explicó pero… ¡la madre qué daño me hizo! Cuando presionó en los pulgares fue como si me estuviera aplicando un carbón al rojo en cada uno. ¡Qué dolor! A mis hijas sus masajistas nos les hicieron daño. Es por eso que supongo que en mi caso tuvo que ser uno de esos dos motivos. ¿Deberé probarlo otra vez antes de irme para comprobar si las vacaciones me han relajado? No sé si me atreveré.

 

Y con eso terminamos la sesión de mimos. De allí subimos a la terraza del hotel a darnos un “chapuzón” en su minipiscina y tomar un poquito el sol. Se estaba de ensueño porque había levantado algo de viento y no hacía demasiado calor. Así que nos quedamos allí hasta la hora de comer.

Tras ducharnos, arreglarnos y demás, nos fuimos a descubrir algo más de Estambul.

 

De nuevo, las calles estaban llenas de alegría, ruido y color. En todas las tiendas se veía alguien y no cesaban los bocinazos de los coches y tranvías llamando la atención a la multitud que se saltaba las normas y cruzaba las carreteras cuando les venía en gana. Y, por supuesto, había gente de todos los colores y motivos: árabes enturbantados, turistas quemados por el sol, musulmanas tapadas hasta las cejas, americanas con sandalias y calcetines, hombres de negocios con bigotes y gafas de porte serio, orientales en grupos siguiendo fieles a su guía…

 

En todos los rincones encontrábamos algo diferente, curioso, entrañable o simplemente llamativo. Como el peso de la estación del tren, que parecía tener trescientos años. ¡O qué decir de los peculiares y misteriosos cajones de los limpiabotas turcos! Como llevo sandalias, no me atrevo a pararme delante de uno de ellos para ver qué contienen todas esas botellitas. ¿Serán betunes de diferentes colores o alguna otra sustancia misteriosa que ni siquiera se me pasa por la imaginación¿

 

Nos detuvimos a comprar unas botellas de agua en uno de los quioscos que salpican las calles y donde venden bocadillos de ternera. Y no nos pudimos resistir. ¡El pan turco es tan delicioso! Así que pedimos tres panes. Total: dos euros y medio. ¡Lo que no esperábamos es que estuviera completamente lleno! Creíamos haber comprado pan y en realidad habíamos encargado bocadillos. Bueno, olían de maravilla, así que nos sentamos allí mismo a comer. Buenísimos.

 

Y después seguimos nuestro camino despacio, tranquilas, disfrutando de lo que veíamos, oíamos, olíamos, de todo lo que nos rodeaba.

Por cierto, no os lo he contado pero me está ocurriendo algo realmente curioso. No consigo aprender a decir gracias en turco. Mi hija mayor me lo lleva repitiendo tres días. Lo he escrito, lo he dicho, redicho y requetedicho, lo he memorizado, lo he rimado, cantado y casi gritado… pero no se me queda en la cabeza. Si intento decirlo casi sin pensar, la mente se me queda de inmediato en blanco y se vacía de toda palabra. ¡No me sale! Así que, cada vez que quiero dar las gracias en turco, levanto una mano en un gesto que pide tiempo, pongo cara de pensar y me tomo unos segundos… Entonces, si hay suerte, me viene la inspiración y puedo decir la primera parte de la expresión, algo así como teshecür. A eso le sigue algo parecido a ederim pero, claro, ahora no vale porque tengo tiempo para pensar. Con la facilidad que suelo tener para los idiomas, ¿qué tendrá el turco que me provoca esa especie de amnesia?

 

 

Paseando, paseando, llegamos junto al Bósforo, un cuadro azul miráramos donde miráramos. Ante nosotras, la costa asiática, Asia. Así es Estambul: una zona es Asia y la otra Europa, dos continentes en una única ciudad. Nosotras nos hemos alojado en la europea y por eso mirábamos hacia Asia. Decidimos montarnos en un ferry y cruzar a la asiática para cenar allí. Había docenas de barcos cruzando de un extremo al otro, cargados de pasajeros y turistas.

Y en la orilla el trajín era el habitual de toda costa turística: vendedores ambulantes, pescadores, algún mendigo…

 

Perdimos el primer ferry en el que quisimos subir porque nos costó algunos minutos entender cómo debíamos comprar los billetes. Así que corrimos al segundo y, para asegurarnos, preguntamos antes de acceder: ¿Asia? “Sí, sí,” nos respondió en encargado. Así que accedimos al interior y nos encaminamos a la zona más alta del barco para disfrutar del viaje al aire libre.

 

¡Qué gozada! No me diréis que esto no es vida. Estambul se extendía a ambas orillas del Bósforo con sus incontables minaretes, sus palacios y su luz.

La temperatura era perfecta. No hacía demasiado calor y la brisa y el viento producido por el moverse del barco hacían que fuese una delicia estar allí.

Como sabéis, acabamos de volver de un viaje por las islas de Helsinki también en ferry, así que las comparaciones resultan casi inevitables. Mirad la foto que he puesto más arriba. Me parece que el ferry de Estambul está bastante más nuevo, limpio y cuidado que el de Finlandia. El de aquí invita a entrar y sentarse, a disfrutar del trayecto, a pesar de ser tan breve.

 

Las vistas allí eran verdes, todo verde, verde esmeralda, brillante y vivo. Las de aquí son azules, todo es azul, el mar, el cielo, las cúpulas, la luz, una imagen líquida y envolvente.

 

Y de pronto el ferry atracó en la costa. Pero no en la asiática, como esperábamos, sino en la europea, un poco más arriba. “Esperemos,” dijimos, “a ver si se trata de una pausa y solo se bajan algunos pasajeros para seguir de aquí a la zona asiática.” Pero qué va, se bajó todo el mundo. ¡Nos habían engañado!

Lo pensamos unos segundos y decidimos no bajarnos del ferry y volver al lugar del que habíamos partido originalmente. Por lo menos allí estaba la zona de restaurantes pesqueros del puente.

 

 

La zona del puente es totalmente turística; de hecho, en casi todos los restaurantes venden cerveza y vino, algo poco musulmán, como ya pudimos comprobar ayer. Todos los restaurantes están especializados en pescado y todos tienen una cuadrilla de camareros que te asaltan mientras caminas por el pasillo intentando decidir cuál de los establecimientos elegir. Todos los camareros te invitan a sus mesas o te abordan en cuatro idiomas diferentes con frases como: “déjame que te diga solo una cosa,” o “solo quiero hacerte una pregunta.” Es un poco agobiante. Y, como decía mi hija mayor, se suelen dirigir a las mujeres porque, si ellas eligen un sitio, el acompañante lo suele aceptar sin rechistar.

Nosotras nos recorrimos todo el pasillo, de un extremo a otro, buscando el lugar donde mi hija mayor había cenado durante su viaje de estudios a Estambul hacía unos meses. Recordaba el lugar por la calidad de su pescado y el buen trato que recibieron, así que optamos por volver allí.

 

 

La verdad es que todo lo que veíamos en los distintos restaurantes resultaba apetecible e interesante.

Nos sentamos a tomar un cerveza (:-)) antes de elegir el restaurante definitivo en el que cenar. Y nos lo pasamos pipa. Creo que los camareros estaban un pelín aburridos porque no se despegaron de nuestra mesa. Una de las preguntas más habituales aquí es: “¿de dónde sois?” Y claro, con nuestra respuesta, siempre les rompemos los esquemas: “yo soy de Estados Unidos, la mayor de España y la pequeña de Kazajstán.” Obviamente, la siguiente pregunta es: “Y eso, ¿cómo puede ser?”

Una vez te “cazaban” (o mejor dicho, “pescaban”) los camareros para cenar y te sentabas, te sacaban su particular bandeja de pescados a elegir. En nuestro caso nos ofrecieron varios diferentes y pedimos uno turco que no conocíamos, por eso de probar algo diferente. ¡Y vaya si lo fue!

 

Al principio pensé que sería cabrarroca pero no sabía igual. Ahora, ¡mira que era feo el bicho, eh!

La cena estuvo deliciosa pero cenamos tanto que hoy, por la mañana, todavía estoy llena.

Las niñas están siendo las sensación de Estambul. Todos los camareros se están enamorando de ellas. A todos les encantan. De la mayor no hacen más que decir qué ojos más maravillosos tiene y de la peque, qué guapa es. Aunque eso no hace falta que me lo digan a mí. ¡Lo sabré yo!

 

Pero para feo el bicho que estaba colgando del techo del restaurante. Esta es para mis amigos zoólogos… ¿Qué animal es eso? Porque un pez con esa cola y esa especie de patas… Los camareros insistían que sí, que era un pez pero mis hijas dijeron que no, que eso tenía que ser por lo menos un dinosaurio mini o un extraterrestre capturado en Estambul. Y yo tiendo a estar de acuerdo con ellas, ¿qué queréis que os diga?

 

Y llegó la noche con sus luces mágicas y sus temperaturas cálidas. Si Estambul es de ensueño durante el día, imaginaros su encanto de noche. Todo invitaba a pasear y perderse de nuevo por sus callejas. Pero eso lo tendremos que dejar para otra ocasión. Caminamos de vuelta a nuestro hotel y decidimos investigar la noche más adelante y acabar el día entonces, con ese buen sabor de boca.

 

Sí, definitivamente Estambul merece la pena. Sin duda alguna.

Un abrazo, J.

 

Estambul huele a Mediterráneo

Posted on August 15, 2012 by Julia Esténoz

 

a mar, a calor, a especias, a pinchos morunos (kebab) y a sol. No es como Moscú que, según algunos, huele a cebolla cocida (aunque a mí me huele a eneldo.) Estambul huele a Mediterráneo.

Llegamos ayer y la primera impresión fue la de haber regresado a la pequeña isla de Malta, con plantas y piedras antiguas como el tiempo y tan cargadas de historia como él. Luego el tamaño de la ciudad me hizo cambiar la percepción. Pero Mediterráneo, al fin y al cabo.

 

Decían que el hotel en el que nos alojamos tenía cuatro estrellas pero me temo que un par se le han perdido por algún hueco o se le han caído por algún balcón. No solamente nos han dado una habitación diminuta y poco acogedora, sino que las instalaciones se ven viejas y deslustradas. Por no mencionar la conexión a internet… una pesadilla. Pero no importa, estamos en Estambul. Y la gente sonríe.

Llegamos por la tarde y, como nuestros lujosos aposentos no estaban preparados, nos recomendaron en recepción que subiéramos a la terraza a tomar algo mientras esperábamos (pero pagando, claro, no como detalle del hotel por no tener las cosas preparadas.) Allí nos encontramos con la mega piscina olímpica que habíamos visto anunciada en la página web…

 

Tras deshacer el equipaje, salimos a la ciudad a pasear, pasear, pasear. Y disfrutar del calor, de la gente por las calles, del sol, de la luz, de los olores y del bullicio. En Moscú siempre hay gente pero nunca hay bullicio. De hecho, si te ríes fuerte o hablas con tono alto, es probable que la gente te lo recrimine por invadir su “espacio sonoro.” Aquí no. Aquí estás en el Mediterráneo.

Caminamos por calles y callejas admirando los minaretes, los árboles, las terrazas.

Había muchos animales por las calles, sobre todo gatos (lo que, una vez más, me recordó a Malta.) En varios rincones vimos platillos con comida o agua para los callejeros. Todo un detalle.

 

 

 

Entramos en la Mezquita Azul. Qué lugar mágico. Obviamente, nos hicieron cubrirnos: a mí los brazos, que no la cabeza. Eso nos sorprendió. Yo tenía entendido que todas las mujeres debían taparse los cabellos para entrar en las mezquitas pero aquí me dijeron que no, que bastaba con que me tapara los brazos con el pañuelo que me entregaron. Y también nos debíamos descalzar, claro. Todo aquel que fuera con los brazos o las piernas al aire, en camisetas de tirantes o pantalones cortos, debía taparse las extremidades correspondientes con una especie de pañuelo azul.

 

Los fieles deben lavarse muy bien antes de entrar en la mezquita. Para poder hacerlo tienen una serie de fuentes en una de las fachadas donde lo pueden hacer con bastante discreción. Las abluciones son básicas, igual que lo es quitarse los zapatos.

 

El interior de la Mezquita Azul es impresionante, con su juego de luces, diseños, colores y vidrieras. Las bóvedas infinitas decoradas con los círculos sagrados y las interminables ilustraciones musulmanas, inspiran recogimiento. Había gente dentro de la zona acotada para la oración. Solo hombres, las mujeres se hacinaban en sus reductos segregados, tras las celosías. Y en la zona reservada a ellos, el imán oraba con su voz monótona y cantarina, con un murmullo tántrico ondulante y cantarín. Y los hombres se le acercaban con muestras de respeto, y se acuclillaban o arrodillaban ante él y oraban.

 

Y los turistas mirábamos desde el otro lado de la valla, con respeto, eso sí, aunque sin acabar de entender todo lo que estábamos viendo.

 

Estamos en época de ramadán. Es decir, que los creyentes musulmanes ayunan durante todo el tiempo que el sol cruza el cielo. No pueden tomar nada: ni comida, ni bebida, ni tabaco si quiera, mientras no se ponga el sol. Y veíamos grupos enteros de familias paseando o disfrutando de los jardines, portando neveras y bolsas con comida, a la espera de que el muecín anunciara que el sol se había puesto y podían por fin romper el ayuno.

Cerca del ocaso vimos a varias familias preparando alimentos y a cientos de ellas haciendo colas eternas ante los restaurantes y cafés de la ciudad con el objetivo de estar sentados dentro y que les sirvieran cuando sonara el canto anunciando el fin del ayuno. Quienes preparaban sus alimentos en los parques y céspedes llevaban tortillas de harina (como las mejicanas) y a más de uno vi ponerle una especie de carne picada, añadirle zumo de limón exprimido, lechuga y alguna otra cosa más antes de enrollarla. Todo debía estar preparado para el canto del muecín.

 

 

Y eso fue alrededor de las ocho y cuarto. Estábamos aún cerca de la Mezquita azul. Y lo primero que vimos al oír el canto fue a muchos musulmanes abrir botellas de agua y beber con fruición. Y después encender un cigarrillo.

Todavía no he conseguido encontrar a nadie que me sepa contestar qué hacen los musulmanes que viven en zonas donde hay Noches Blancas, como en San Petersburgo. Tengo amigos musulmanes en Moscú y lo pasan bastante mal porque hay muy pocas horas de oscuridad. ¿Alguno de vosotros conoce las normas?

 

Fue un momento de fiesta. La gente comenzó a comer y se les veía felices, disfrutando.

 

Tiene que ser muy difícil cumplir con ese precepto del ayuno: ¿no comer ni BEBER desde que sale el sol hasta que se pone? ¿Y los fumadores? Uf, qué duro.

Vimos otras cosas interesantes durante el día, como el árbol maravilloso de los jardines de la Mezquita azul o el caramelo callejero formado por varios caramelos derretidos de diferentes colores que se enrollan en un palito y encima están buenísimos…

 

 

Vimos cosas muy curiosas en un mercadillo que hay con artesanías y materiales antiguos de Turquía. Había de todo, desde el típico cestero, hasta recetas de productos alimenticios antiguos, telas diseñadas y decoradas con tinta siguiendo patrones de hace siglos o joyas que parecían sacadas de algún museo.

Entre paseo y paseo acabamos yendo a aparecer a las puertas del Gran Bazar. Pero no nos decidimos a entrar. Había muchísima gente y decidimos dejarlo para otro día.

 

Así que nos fuimos a cenar a un restaurante turco. No era lo que buscábamos porque nos apetecía elegir un lugar que fuese auténtico, y no para turistas pero, claro, en los musulmanes de verdad no se sirve cerveza y, entre el calor y los paseos, me moría por una. Así que sacrificamos la autenticidad por un poco de cerveza y decidimos sentarnos en una terraza más turística. Y no estuvo tan mal. Probamos un poco de todo y disfrutamos del ambiente y del trajín de las calles. Pero lo más gracioso es que lo de la cerveza y la ley musulmana les debe provocar algún remordimiento de conciencia a los dueños del restaurante porque solo la servían en vasos de papel. Pero no os creáis que eran vasos de papel cualquiera… eran vasos de papel reciclado. O por lo menos el mío lo fue. Para mi segunda cerveza se llevaron mi vaso DE PAPEL y me volvieron a traer lleno. ¿Que cómo sé que era el mío? Por el pintalabios, cómo será.

 

Junto al restaurante había una pequeña heladería turca de esas que son poco más que un hueco en una pared y un par de heladeros vendiendo conos. Debo contaros que el helado turco no es como el italiano. Eso lo descubrimos al pedirlo y al consumirlo. Os cuento… Durante la cena se acumuló una muchedumbre junto al puesto de los helados. Se reían y se oían comentarios y ruidos curiosos, por lo que envié a mis hijas a curiosear. “El heladero,” me dijeron, “que está haciendo el tonto.” Así que al acabar la cena decidimos ir a ver a los famosos heladeros y comprobar qué era tan gracioso. Había dos heladeros, ambos vestidos como auténticos otomanos. En lugar de servir el helado con las típicas cucharas a las que estamos acostumbrados nosotros, usaban unas largas varas de metal terminadas en unas pequeñas espátulas redondas del tamaño de una yema de huevo. Con eso cogían el helado y lo posaban sobre el cucurucho. La gracia estaba en que, como la masa es tan pegajosa, al entregar la galleta al cliente, lo hacían con el cucurucho colgando de la espátula y, cuando lo iban a entregar, de pronto tiraban hacia atrás y el cliente se quedaba con la galleta en la mano sin helado. O volteaban todo el asunto en el último segundo y el cliente se quedaba con la mano vacía en el aire. O colocaban el cucurucho al revés y no se podía coger… El helado no me gustó demasiado: el de chocolate estaba muy sabroso pero el de vainilla sabía  a azahar; no es que tenga nada en contra del azahar, pero esperaba vainilla.

Y nos volvimos al hotel a descansar. Nuestro primer día en Estambul ha sido bonito, muy agradable y lleno de vida. ¡Cuánto me gusta!

Un abrazo, J.

Por el Viejo Arbat otra vez

Posted on August 13, 2012 by Julia Esténoz

Ayer salimos mi marido y yo a comer y dar un paseo por Moscú. Fuimos al Viejo Arbat porque quería que probara el esturión y teníamos unos recados que hacer por allí. Sí, probamos el esturión pero lo más interesante de la comida fue el plato de “verdura fresca variada” que me pedí yo. Esto es lo que nos trajeron:

 

Genial… ¿y cómo se come? Porque os prometo que nos lo sirvieron así, sin nada que acompañarlo.

Preguntamos a la camarera. Nos dijo que lo comiéramos como quisiéramos, como acompañamiento a los platos que hubiésemos pedido o como verduras aparte. Hmmmmm. Interesante. ¿Y lo partimos nosotros mismos? Pues fue que sí. De las especias que había en el plato, además de los siempre presentes eneldo y cilantro, todas las demás: romero, perejil, estragón y un par cuyo nombre desconozco, tenían un sabor tan fuerte que en lugar de estar comiendo verduras parecía que estuviéramos dando un mordisco a un curry. ¿Habéis visto alguna vez cosa parecida, que os sirvan el plato para que os lo preparéis vosotros mismos? Sin aceite ni vinagre ni ná…

Luego fuimos a dar un paseo y nos encontramos con las habituales curiosidades de las calles peatonales y turísticas de todo el mundo. Pero esta solo la había visto en Moscú. Un abrazo y hasta la próxima, J.

 

Estambul será

Posted on August 11, 2012 by Julia Esténoz

Eso parece. Lo de Nueva York se ha ido al garete. Este año no hay forma de hacer planes. Pero no desistimos. Lo volvemos a intentar. He reservado todo para irnos las niñas y yo diez días a Estambul. No conozco Turquía. Será interesante.

Por cierto… el otro día pensaba que para ser un blog de viajes y descubrimiento resulta algo cojo porque nunca os hablo de bares, discotecas ni temas que a algunos de vosotros os podrían interesar pero es que ya no solemos salir de juerga por las noches. Creo que nos hacemos mayores. ¡Y a este viaje voy con las niñas! Así que lo siento, seguro que alguno de vosotros lo echará de menos.  Como digo en mi blog, os cuento lo que veo y lo que vivo…

 

Hablando de lo que veo… ayer nos encontramos esto en el centro comercial…

Ya no es que se lleven al perro en el bolsito. Ahora lo sientan en el carro de la compra.

Hasta pronto, J.

¿Qué es esto?

Posted on August 10, 2012 by Julia Esténoz

 

No sé por qué, la foto salió un tanto amarilla pero esto es lo que comí en un restaurante de la Calle del Viejo Arbat, quizá la más turística de todo Moscú. Y debo deciros que me llevé una sorpresa. Aunque pueda parecer pollo o pavo, no lo es, es esturión, el pez del que se saca el caviar auténtico. El caviar son huevas de esturión. Y la carne es, como igual podáis adivinar en la fotografía, densa como la de las aves. No tiene espinas pero sí muchísimo sabor. Buenísima. Todo un descubrimiento. Así que, si venís por Rusia, no dudéis en probar el esturión.

Os lo quería contar. Un abrazo, J.¿Y no se queman?

 

Posted on August 6, 2012 by Julia Esténoz

Ayer fuimos a comer a un restaurante muy recomendado por nuestros amigos de Moscú. Se llama Shore House y está junto al río. Tiene terrazas, una piscina y un muelle lleno de barcas privadas. Entre ellas estaba la de la foto. Con el calor que hacía ayer, yo me preguntaba… ¿y no se queman al subir a un barco así? Porque todo ese metal se tiene que calentar al sol, ¿no?

 

Os diré, también, que el restaurante no me pareció nada del otro mundo. Las mesas eran incomodísimas y la comida no estuvo para echar cohetes. Será que mis gustos son muy diferentes del resto de la gente. A todos les encanta este restaurante. Yo prefiero otros.

Y la semana que viene… Nueva York. Si es que no tengo nada que contaros antes. Un abrazo, J.

 

Tuusula

Posted on August 2, 2012 by Julia Esténoz

 

Nuestro último día en Helsinki. Decidimos salir de excursión porque teníamos el vuelo por la tarde y así pensábamos aprovechar mejor el tiempo. Ya habíamos visto la capital al completo y nos pareció buena idea viajar a algún lugar cercano para descubrir cosas nuevas. Así que nos cogimos las guías y buscamos algún lugar recomendado que no estuviera lejos. Y encontramos Tuusula. Según los libros, se trata de un pueblecito situado a media hora de la capital que en su momento fue un importante centro artístico donde todavía se conservan los talleres de pintura de varios artistas y los centros de trabajo de creadores como Sibelius, que se desplazaba hasta allí porque el silencio del lugar le inspiraba para sus obras.

 

 

Así que buscamos la estación de autobuses y nos compramos billetes de ida y vuelta a Tuusula. Aprovecho para contaros que alucinamos con la perfecta organización de la estación de autobuses. Cada puerta está numerada y sobre ella aparece un indicador luminoso que dice qué autobús sale de allí y a qué hora y se enciende una flecha verde cuando los pasajeros pueden embarcar y aparece una cruz roja cuando la puerta todavía está cerrada. Así es imposible perderse y no hay colas tremendas en todas partes. Muy práctico y cómodo.

 

 

Sin embargo, cuando tuve que  visitar los baños me llevé un par de desagradables sorpresas. Primero, había que pagar nada menos que un euro para poder acceder a ellos. Y después, cuando pagamos religiosamente y se abrió la puerta, esto es lo que nos encontramos… El primer baño sucio que veíamos en Finlandia. Por lo general están todos muy limpios y recogidos pero supongo que una estación es una estación aquí y en cualquier otro sitio.

 

Lo primero que encontramos al llegar a la parada de autobuses de  Tuusula fue la biblioteca. Así que allá que entramos y nos hicimos con un folleto sobre el pueblo. En él nos decía que, efectivamente, las tres casas de los artistas/pintores/compositores se conservan como museos en la carretera del lago.

 

Así que nos dirigimos al lago a buscar los museos. El paisaje era espectacular, absolutamente relajante e idílico. No me extraña que los artistas varios se inspiraran aquí. En la orilla del lago había un montón de patos durmiendo, paseando, nadando, como si no ocurriera nada en el mundo de lo que preocuparse: la personificación de la tranquilidad.

 

Caminamos por el borde del lago durante un rato, hasta que se nos terminó el caminito que íbamos siguiendo. Era un lugar perfecto para un picnic. ¡Qué bonito! La única pena es que no se nos apareció ningún alce salvaje. Me habría encantado

Como por aquella zona no habíamos dado con los museos, decidimos seguir otro de los caminitos.

 

No nos cruzamos con mucha gente y las únicas personas que vimos iban en bici o haciendo marcha nórdica; todos muy deportistas. Y allí estábamos nosotros, de domingueros absolutos, con zapatos y pantalones de tela. También vimos un par de niños pescando en la orilla pero nada más. No encontramos ni un solo edificio ni nada que se pudiera parecer a un museo ni a una casa. Nada.

 

Seguimos caminando. Y nos encontramos metidos en un bosque. ¿Os imagináis cruzar por esos tablones para llegar a algún sitio? No nos atrevimos a hacerlo. Tampoco teníamos tanto tiempo ese día. Solo queríamos encontrar los museos, no perdernos en el bosque.

 

Después de llegar caminando hasta la carretera decidimos dar media vuelta y preguntar a alguien en qué dirección debíamos ir. No nos apetecía perder toda la mañana buscando los museos para luego tener que irnos a todo correr sin poder ver nada. Volvimos atrás e intentamos preguntar a una señora. Curiosamente, no hablaba inglés. Era la primera vez que nos pasaba algo así en los cuatro días. ¡Una finlandesa que no hablaba inglés!¡Qué cara de susto se le quedó a la pobre! ¿Seríamos los primeros turistas extranjeros que veía en su vida?

 

Como no conseguíamos hablar con nadie, volvimos a la biblioteca. Allí preguntamos a un chico joven. No le sonaba de nada. Ni siquiera sabía de qué estábamos hablando. Le enseñamos el folleto, ese folleto que habíamos cogido allí mismo, en la biblioteca donde ÉL TRABAJABA. Nada, que ni idea. No nos lo podíamos creer. Preguntó a otra compañera de más edad. Tampoco. Y a otra ya decididamente mayor. Tampoco sabía nada. Increíble. Al final el joven cogió un mapa y se puso a buscar la dirección que aparecía en el folleto. Cuando encontró los museos vimos que estaban a bastante distancia. No nos merecía la pena ir. Además, si ni siquiera ellos sabían de qué estábamos hablando, supusimos que no sería demasiado interesante. ¿Os lo imagináis? Se trata de tres museos que salen en las guías y folletos de Finlandia y los habitantes del pueblo ni los conocen. Eso sí que era de película.

Nos montamos en el primer autobús que encontramos de vuelta a Helsinki. ¡Menuda chafada de excursión!

 

Al llegar nos encontramos con un equilibrista en mitad de la calle. Ya os digo que en Helsinki se ve de todo.

 

Y para terminar nuestro viaje me tomé otro helado de regaliz pero este… salado. Sí, es otra de las especialidades de aquí, regaliz salado. Y a pesar del color, estaba genial.

Espero que os haya gustado nuestra breve visita a Helsinki.

Un abrazo y hasta la próxima. J.

 

Interesante Helsinki

Posted on August 2, 2012 by Julia Esténoz

 

 

La tercera noche que pasábamos en Helsinki decidimos ir a dar un paseo antes de probar un restaurante malayo que habíamos visto junto al hotel. Cómo no, nos encontramos con unos cuantos coches del pasado y más gente a la moda finlandesa. En cuestión automovilística, este viaje ha sido una verdadera regresión en el tiempo. Es increíble. Pero me encanta.

 

 

Pero no os creáis que lo único que nos llamaba la atención por las calles de Helsinki eran sus coche antiguos… qué va. Teníais que haber visto los escaparates de sus pastelerías. Los había para todos los gustos y con todo tipo de propuestas dulces. Desde escaparates de lo más tradicional como el de la izquierda, a algo tan original y tan de moda como el de la derecha.

Ya os dije que los Angry Birds están en todas partes y con todo tipo de formatos. Es una verdadera invasión.

 

El restaurante malayo fue otro de esos descubrimientos maravillosos. Tuvimos la buena idea de pedirle al camarero que nos recomendara los platos que debíamos tomar y fue todo un acierto: a cada cual mejor. Como entrantes nos sacó lo que veis en la foto: una especie de empanadillas de arroz rellenas de gamba, unos rollitos con una salsa que estaba para chuparse los dedos y el pan con curry malayo. ¡Qué delicia de curry! En la vida he comido un curry tan bueno.

 

Para platos principales nos sirvieron un pollo al curry, también para chuparse los dedos, y un plato de carne con salsa de cacahuetes y limoncillo que resulta indescriptible. ¡Qué maravilla!

Al acabar se nos acercó la dueña y nos contó que hace poco que han abierto el restaurante su socia y ella. Le dijimos que nos había parecido una comida fuera de serie y que sin duda se la recomendaríamos a cuantos amigos finlandeses pudiésemos. Así que ya sabéis, si vais por Helsinki, no dudéis en visitar el restaurante malayo Serian.

 

Todavía nos quedaban muchas cosas por ver en nuestro tercer día en Finlandia. Decidimos pasar la mañana haciendo turismo auténtico y visitar los lugares más reconocidos. Nuestro objetivo no era ver museos, catedrales y estatuas sino estar seguros de haber recorrido las calles principales de Helsinki y haber sentido cómo es esta ciudad; poder irnos pensando que la hemos conocido un poquito en estos cuatro días.

 

Lo primero que visitamos fue la iglesia Temppeliaukio, construida en roca y con una cúpula de cristal. Impresionante. No solo sobrecoge su arquitectura sino que su acústica es tan fantástica que se utiliza con frecuencia como salón de conciertos. El día que la visitamos había un pianista interpretando varias piezas en un piano de cola. Si he de deciros la verdad, en nada me pareció que se tratara de una iglesia. Sí es cierto que en un lado hay un altar pero pasa desapercibido casi por completo.

 

De allí nos dirigimos al monumento a Sibelius. Es esa especie de escultura que veis a la derecha. Está en el parque Sibelius y, según nos contó el guía, suscitó una gigantesca controversia entre los habitantes de Helsinki cuando se inauguró ya que a nadie deja indiferente: o te encanta o te parece horrible. ¿Qué opinas tú?

 

Después nos fuimos a visitar un mercadillo que anunciaban las guías pero que resultó muy decepcionante: no eran más que cuatro trastos viejos que la gente sacaba a vender a la plaza. No había nada antiguo ni de calidad ni puestos con cosas originales o interesantes. Una pena.

 

Visitamos algunas tiendas de recuerdos como esta de la fotografía, que tenía toda una sección dedicada a objetos navideños. Claro, la época de Navidad es aquí de lo más comercial, con viajes organizados al norte, a Laponia, para ver a Papá Noel. Tenían cosas maravillosas, con un especial énfasis en enanitos o duendes de todos los colores, tamaños y formas.

Y así se fue pasando el día, entre monumentos y tiendas, con algún café que otro de vez en cuando para coger fuerzas y seguir. Recorrimos las zonas más importantes de la ciudad en autobús y vimos calles y más calles. Nuestra impresión de Helsinki seguía siendo la misma: es una ciudad pequeña, cómoda, tranquila y un pelín sosa.

 

 

Una cosa que me llamó bastante la atención y que me encontré en todos los baños de todos los sitios que visitamos (ya sabéis que me suelo fijar en ellos) es que todos tenían esta ducha de mano conectada al lavabo. Creo que hacía las funciones de bidé.

En la foto de la derecha os he puesto una imagen de lo que se supone que es el mayor centro comercial de electrónica de Europa. Fuimos hasta allí en autobús porque a mi marido le encantan esas cosas. ¡Menuda decepción nos llevamos! Sí, la tienda tenía tres plantas pero los productos estaban tan separados físicamente en el espacio comercial que había muchos menos y de una variedad infinitamente menor que en cualquier tienda especializada de cualquier ciudad europea. Supongo que todo es cuestión de publicidad.

 

Como ya no teníamos muchos más monumentos que visitar, nos pasamos por la estación del tren. Como veis, el edificio no deja de ser curioso.

 

Y nos tomamos algo en una cafetería que hay en mitad de la Avenida de las Esplanadas, un lugar muy chic donde me encantó parte de la decoración. Fijaros que las mesas están pegadas a la pared y no apoyadas sobre el suelo.

 

 

Otra cosa curiosa de esta cafetería eran las lámparas. Tienen forma de setas invertidas. Aquí se comen unas setas amarillas que encuentras ahora mismo en todos los mercados y mercadillos tanto de Helsinki como de Moscú (y también las había en Polonia) y esas lámparas son iguales a esas setas. No quedan mal, ¿verdad? También podrían parecer medusas pero después de ver esas setas en todos los puestos de los mercados, estoy convencida de que son setas.

 

 

Aquella noche decidimos irnos a cenar al único restaurante que encontramos que anunciaba comida vikinga. Ya sé que es una de turistas total pero pensamos que sería kitsch-divertido. Y así fue. Nos lo pasamos bomba. El local estaba decorado todo en madera tosca y cabezas de alce y al servirte te traían los típicos cascos con cuernos para meterte en ambiente. No tenéis más que echar un vistazo al menú de la derecha. Todos esos platos forman el menú que nos sirvieron. Nos sentimos como Obelix en sus buenos tiempos.

 

Estos eran los entrantes. Entre las carnes había fiambre de reno, salchicha de oso, carne de alce y de jabalí. Supongo que con eso os lo he dicho todo. La carne de reno es suave, se parece un poco a la de pavo. Y no sé qué esperaba de la de oso pero me pareció bastante mala, me sabía a polvo. No me gustó demasiado. El jabalí y el alce ya los había probado antes.

 

En esta foto de la derecha podéis ver mejor las salchichas de oso. Nos suele gustar probar los platos locales allá donde vamos pero nunca creí que se me fuera a presentar la oportunidad de comer carne de oso.

La cena nos la sirvieron acompañada de cerveza pero no de una cerveza cualquiera. La de mi marido era cerveza con canela y la mía con pez. Sí, con pez de ese que se usa para alquitranar barcos y hacer carreteras. Aquí parece ser que se consume en muchas cosas. La camarera nos explicó que sabe un poco parecido al regaliz. Yo no sé si estoy demasiado de acuerdo con ese comentario. Aunque la cerveza de pez me pareció mejor que la de canela. La de canela no me gustó nada.

 

 

Aquí, claro, en vez de cabezas de toro tienen cabezas de alce colgadas por las paredes. No sé qué me da más yuyu. No me gusta esa idea de colgar cabezas de animales en las paredes ni me gustan los animales disecados. Ni siquiera cuando era niña me gustaban y, cuando los demás se acercaban a admirarlos, yo solía salir de la sala donde estuvieran lo más rápido posible. Eso de embalsamar muertos no es lo mío, supongo.

El plato principal fue una colección de carnes diferentes de ternera, cordero y jabalí salvaje y tres platos distintos a base de patatas, todo acompañado de varias salsas diferentes. No nos lo pudimos terminar.

 

Y aquí tenéis los postres: queso lapón que no sabía a nada, crepes con varias salsas de acompañamiento, tarta de chocolate (que estaba para chuparse los dedos) y tres tipos distintos de helado. Lo del helado fue alucinante porque uno de los sabores era helado de pez. Y os diré que nos pareció… asqueroso. No nos lo pudimos terminar. ¡Qué asco! Jajaja, cosas de las culturas y la diversidad. Me quedo con el de regaliz.

Así que nuestra última cena en Helsinki discurrió entre risas y aventuras gastronómicas. Fue muy divertido descubrir sabores nuevos y probar cosas inimaginables. Fue toda una experiencia.

Y aún me queda por contaros el último día.

Un abrazo, J.

Porvoo

 

Posted on August 1, 2012 by Julia Esténoz

 

El segundo día de nuestro viaje a Helsinki decidimos pasarlo de crucero y visitar el famoso archipiélago que se extiende desde su puerto. Elegimos el pueblo de Porvoo porque todo el mundo decía que era precioso y  que se ha mantenido bastante parecido a lo que debió ser en la Edad Media. Se trata del segundo pueblo más antiguo de Finlandia (o eso decían las guías.) Así que nos dirigimos al puerto para montarnos en uno de los múltiples barquitos que salían desde allí en todas las direcciones.

 

Lo que está claro es que los domingos no son un día para madrugar de los finlandeses. Las calles estaban desiertas. Las tiendas (las grandes sobre todo) abren a partir del mediodía pero aquel día casi solo vimos turistas. Supongo que los habitantes de Helsinki se habrían ido a sus casitas de veranero en los lagos y en las costas. La ciudad parecía una ciudad fantasma. No tenéis más que ver la foto. Serían más o menos las 10 de la mañana.

 

El puerto sí había despertado y estaba a disposición de los turistas. Había pequeños barcos que se dirigían a infinidad de sitios y grandes ferrys como los que va a diario a Estocolmo o Tallín.

Compramos los billetes y subimos en el nuestro. El viaje hasta allí duraba unas tres horas y recorría gran parte del archipiélago. Afortunadamente, no hacía frío y durante casi todo el trayecto brilló el sol.

 

Todo el paisaje era maravilloso, con islas miraras donde miraras. Las rutas estaban marcadas con unas varas larguísimas y parecía que hubiese una especie de autopista en el mar en la que los patrones de los barcos debían cumplir con unas normas de tráfico tan claras y establecidas como las de cualquier carretera nacional. Salimos de la zona del puerto de Helsinki, atravesamos un puente que se abría lateralmente para dejarnos pasar y nos sentamos a disfrutar de las maravillas de aquel lugar.

 

Echad un vistazo…

Algunas de las casas al borde el mar están construidas sobre pilares, como si fueran palafitos modernos. No son grandes, lo justo para una familia con pocos hijos, y todas tienen sus barcas y su propio pequeño muelle con tumbonas y todo lo necesario para disfrutar del sol y del mar. Como solo lo pueden hacer durante unos tres meses al año, supongo que no desperdician ni un minuto. ¡Imaginar que luego todo esto se congela hasta tal punto que los coches pueden circular sobre la ría sin ningún peligro!

 

¿Habéis visto que práctico el barquito, que le salen “patas” para “aparcarlo” por la noche?

 

Según nos explicó el guía de nuestro viaje, la inmensa mayoría de las islas del archipiélago son privadas. ¿Os imagináis ser dueños de toda una isla?

Mis amigos finlandeses me comentaron hace poco que aquí se bebe bastante alcohol. Y la verdad es que nos ha sorprendido ver la cantidad que se consume. El viaje en barco comenzó a eso de las 10.3o y ya había gente tomándose una copita de champán. Durante el trayecto vimos a bastantes con su copa de vino blanco. Y lo curioso es que hasta el vino lo miden con un decantador especial, no se vayan a pasar y servirte unos mililitros de más.

 

Yo solo había visto algo parecido en algunos países y siempre para medir licores de mayor gradación pero nunca vino. Aquí lo he encontrado en todas partes. Y mirad la fotografía: los hay de diferentes tamaños. Antes de echar el vino en la copa lo pasan por el “medidor”. Me imagino qué dirá alguien a quien realmente le guste el vino de calidad. Hmmmm.

 

Durante el trayecto ofrecían en el barco sopa de salmón, el plato típico por excelencia. No lo pedimos porque era demasiado temprano para nosotros pero casi todo el mundo se lo tomó con una copita de vino blanco. La sopa está hecha a base de salmón fresco, nata y patatas, todo aderezado con el típico eneldo de la zona. Es buena y fácil de preparar.

 

Helsinki se extiende durante muchísimos kilómetros, algunos de ellos sin ninguna casa. El término municipal es gigantesco.

El paisaje desde el barco parece no haber cambiado demasiado en los últimos siglos. Si en lugar de esas modernas embarcaciones imaginamos barcas de remos, tenemos un archipiélago como el que tuvo que existir hace doscientos años.

 

El guía nos explicó que en estas aguas del mar Báltico no hay ni gambas ni mejillones, y tan solo unas 30 especies de pescado. Así que no hemos podido comer marisco en los cuatro días a pesar de estar en ciudad costera. ¡Qué pena! Seguro que no lo hay porque hace demasiado frío.

Y en algún sitio leí que la población de alces está creciendo poco a poco. Aunque hay época de caza y los cazadores los persiguen y abaten, parece ser que el número de animales salvajes se mantiene cerca de los 300.000. Y los renos los crían como en el resto de Europa crían ovejas o vacas, en manadas domésticas. Ya lo de los osos, no lo sé. Supongo que los cazarán como cazan los alces.

 

 

Si lo que se busca es pasar unas vacaciones tranquilas, relajarse, olvidarse de todo y disfrutar de la naturaleza, está claro que Finlandia es el destino perfecto. La tranquilidad es absoluta y se respira paz.

A la derecha podéis ver la ría de entrada al pueblecito de Porvoo. Tras tres horas de un trayecto paisajísticamente precioso y mucha calma, por fin habíamos llegado a nuestro destino.

 

El pueblo es encantador, de cuento de hadas, con sus casitas de madera, su ría, sus calles y callejas adoquinadas. Os juro que no me habría sorprendido nada ver aparecer a Pippi Langstrum sobre su caballo blanco, mono al hombro.

 

Y está claro que los turistas extranjeros no se adentran tanto en el país. Creo que éramos los únicos en el pueblo aquel día y, sin duda, no había otros españoles. Porvoo es turístico pero para los nórdicos. La mayoría del turismo que hemos encontrado estos días en Finlandia viene en barco, en cruceros que paran uno o dos días en Helsinki y después siguen su ruta, por lo que los extranjeros no se animan a montarse en otro barco para investigar otras poblaciones, limitándose a la capital.

 

Entramos en una tienda nada más llegar al pueblo porque me llamó mucho la atención su escaparate. Todo lo que venían en el interior estaba hecho de papier maché. Había algunas cosas increíbles. La dueña nos explicó que todo lo hacía ella. Era una pasada.

Y luego nos fuimos a buscar dónde comer.

 

Encontramos un restaurante con una magnífica terraza cubierta donde ofrecían un bufé de productos locales. La especialidad del local era, no os lo perdáis, caracoles. Pero no los pedimos. En el menú contaban que antes los criaban ellos mismos pero que ahora todos los que servían eran importados de Italia. ¡Qué cosas!

Nuestra comida fue de lo más finlandesa: sopa de salmón (por supuesto,) espadín (?!?!) marinado con tomate, arenque marinado con mostaza, salmón al zapatero (no va de coña, se llamaba así, lo prometo), arenque son salsa de arándanos de junípero, salmón ahumado, salmón marinado, huevos con corzo, ensalada, patatas y pan de centeno con mantequilla. Si vas a comer platos típicos finlandeses, más vale que te guste el pescado…

 

 

La gente estaba comiendo caracoles. Los servían en una especie de platos especiales con seis huecos y los presentaban ya sin concha en una salsa a base de mantequilla. Es otra de esas cosas que no se me habría ocurrido nunca, no sé por qué, que los finlandeses comieran caracoles…

Y en aquel restaurante hasta tenían una granja de esos animales. Yo recuerdo que de niña jugábamos a las “familias” con los caracoles en el pueblo: los de cáscara marrón eran los padres, los de concha rojiza eran las madres y los pequeños eran los hijos. ¡La de horas que habré pasado buscando caracoles entre las hojas de las plantas alrededor de la casa!

 

Después de tan reparador almuerzo salimos a visitar Porvoo.

 

Imaginar la vida en un pueblo como este en el invierno finlandés me hace estremecer. ¡Qué frío, qué duro! Supongo que el adoquinado de las calles en algo sujetará los pies al caminar pero aún y todo, qué peligro. Como veis, las casitas son pequeñas y casi todas de madera. En esta calle eran todo pequeñas tiendas a ambos lados donde vendían sobre todo recuerdos y artesanía.

 

Según leí, lo habitual en este tipo de pueblos es que cada familia tuviera su propia casa familiar. No son grandes casas, como ocurría en los pueblos de España, y estaban bastante juntas, supongo que por eso del frío, pero seguro que eran suficiente para las familias.

 

En Rusia las casas las pintan cada una del color que les apetece y te puedes encontrar todo un arco iris en una única calle. Aquí la mayoría  son de un teja rojizo oscuro, que creo que es el más típico, o de amarillo pálido. Los dos colores resaltan de maravilla contra el vivo verde de los árboles y, supongo que aún mejor con el blanco de la nieve.

 

 

La iglesia es totalmente sencilla, sin decoración alguna, de líneas muy rectas tanto en su exterior como en el interior. Las casas tampoco presentan arquitecturas barrocas ni decoradas; todo tiende a la simplicidad. La falta de adornos contribuye a que el visitante sienta que está en un lugar donde el tiempo se ha detenido.

 

Lo que resulta aún mucho más verosímil cuando de pronto aparece cruzando la calle este modelo de automóvil. ¡Cómo les gustan a los finlandeses los coches antiguos! Hemos visto un montón estos días. La verdad es que encontrarnos con esto consiguió que la sensación de haber viajado en el tiempo fuera aún más fuerte, si cabe. De verdad que solo faltaba Pippi.

 

Y eso que los finlandeses no están precisamente atrasados en cuanto a modernidades se trata. Tienen de todo lo que les pueda facilitar el día a día. Pero si hasta puedes pagar el autobús de línea con tarjeta. Si miráis con detenimiento veréis que entre los cuadros que había expuestos en mitad de la plaza del pueblo, había una lista de las tarjetas de crédito que aceptaban para cobrar las posibles ventas.

 

Incluso puedes pagar un helado con tarjeta de crédito. Y así fue como acabamos la visita a Porvoo, tomando un helado de regaliz. ¡Está buenííííísimo! Las líneas oscuras que veis son el regaliz, por lo que en realidad es un helado de vainilla y regaliz. Me encantó.

La vuelta a Helsinki la hicimos en autobús por no volver a pasarnos tres horas en el barco.

Y también en esta ocasión tuvimos la oportunidad de ver varios modelitos finlandeses dignos de compartirse. Como en otras ocasiones y debido a la precaución que tengo que tener al hacer las fotos, algunas tienen una calidad un poco mala. Lo siento.

 

F ijaros, por favor, en el peinado último modelo de este transeúnte. No solo lleva una coleta artísticamente recortada contra el horizonte, un bigotito “à la Hitler”, una camiseta de un sexy subido, sino que la raya que separa el moñito del resto del cabello cortado al uno seguro que la ha hecho con regla y lapicero, de lo recta que está. ¿Quién le habrá engañado para salir así? ¿No será una apuesta? ¿Tal vez una cámara oculta? ¡Con lo contento que iba él!

 

¿Y qué me decís de esta perilla doble-diablo, último modelo? Seguro que el modelo se pasa media hora trenzándose cada “coleta”. Lo de que los cuernos estén ambos hacia adentro, ¿lo hará a propósito? Y lo mejor es que se afeita el resto de las mejillas. Ya sé, le podemos proponer que se deje el bigote también largo y se haga cuatro trenzas en lugar de dos. ¿Qué opináis?

 

¿Qué queréis que os cuente de este peinado? Pobrecilla, seguro que acaba con problemas de cervicales. No deja de estar guay pero, ¿tan, tan largo? No sé, ¿se lo quitará para dormir?

 

Por no comentar los modelitos de las de la derecha. Vimos a varias mujeres así vestidas en diversos lugares de Helsinki. Incluso paseando por un mercadillo. Tendré que preguntar a mis amigas finlandesas si se trata de un disfraz o si van así vestidas por motivos religiosos o algo parecido.

 

Pero en Finlandia no solo se decoran las personas… Si en los escaparates hubiésemos encontrado algo así de original…

Bueno, ya os he contado unas cuantas cosas más sobre Finlandia. Ahora os dejo. Seguiré pronto porque todavía vimos muchas cosas más.

Un abrazo, J.

 

Más Helsinki

Posted on August 1, 2012 by Julia Esténoz

Os sigo contando…

 

 

En realidad pasamos todo el primer día dando paseos y descubriendo la ciudad y un poco de su cultura y sus gentes. Todo el mundo es amable y nos hemos sentido acogidos y bienvenidos. Es un gusto pasear por calles ordenadas y limpias. Y descubrir sus insospechados rincones. Entre otras cosas, nos encontramos una pista de hockey improvisada en una de las plazas más céntricas, centros comerciales en los rincones más insospechados que se extienden por enormes pasillos subterráneos con diferentes salidas a la calle que a veces conectan un centro con otro en una especie de laberinto de tiendas y cafeterías, motivos decorativos bonitos o curiosos, gente extravagante o diferente… Disfrutamos de cada minuto. ¡Qué bien se está de vacaciones, sin ninguna preocupación, sin problemas, sin obligaciones! ¡Quiero más!

De vez en cuando parábamos para tomar algo en una de las múltiples terrazas y disfrutar del calorcito. Hacía unos 24 grados y se estaba de maravilla.

 

 

Al atardecer llegamos al museo de arte moderno. No entramos a ver las exposiciones porque hacía demasiado buen tiempo pero sí nos asomamos y nos encontramos con este increíble coche de policía hecho totalmente… a ganchillo!!!  Estaba construido a tamaño natural. ¿Os imagináis el curro que se ha pegado alguien? ¿Y a quién se le ocurre hacer un motivo de ganchillo como este? No sé, haz una “estatua” de algo más romántico pero un coche de policía… Ja, ja, ja, estos finlandeses son la bomba.

 

Y eso que el edificio por dentro prometía… A mi marido le encantó. A mí me recordaba otros edificios que hay en Pamplona, en su universidad privada, y que no me sorprendería nada que fueran del mismo arquitecto porque en ambos hay los mismos materiales y un juego muy parecido con la luz.

 

Otra cosa que nos llamó la atención fue que todas las estatuas que vimos en la ciudad están hechas con el mismo material y siguiendo los mismos cánones estéticos, como si los hubiesen diseñado y construido los mismos artistas. Según aprendimos, la mayoría de las estatuas representan algo específico: un ganador de medallas de oro en los juegos olímpicos, un escritor o poeta… Cada estatua celebra o conmemora algo particular.

 

Es una pena que no hayamos podido venir un par de semanas antes, en lo que los rusos conocen como las “noches blancas”. También se dan aquí, claro. No se hace de noche y la gente aprovecha para trasnochar muchísimo. Aún así, había gente por las calles todo el tiempo, aunque la mayoría eran turistas.

Hablando de turistas… ¡me río yo de la crisis económica de algunos españoles! ¡Helsinki estaba lleno de españolitos! Pero lleno de verdad. Y es una de las ciudades más caras de Europa (o del mundo). En serio, cada día nos topamos con varios grupos diferentes de nacionales. También había mucho italiano (y orientales, claro, como siempre.) Parece que la crisis solo es para algunos…

 

Aquella noche buscamos un restaurante típicamente finlandés para cenar. Queríamos probar la cocina local y ver qué comen los habitantes de Helsinki. No fue demasiado sencillo. Apenas hay restaurantes de gastronomía de aquí y abundan los italianos, mejicanos y… españoles. Que sí, que los finlandeses tienen algo con España, que había varios restaurantes de comida española, tapas, sangría y toda la pesca.

 

Al final nos sentamos en una terraza que anunciaba auténtica comida finlandesa en la Avenida de las Esplanadas, la más comercial de la ciudad. Ya sé que es lo típico para turistas pero no encontramos ninguna otra cosa un poco más auténtica. El menú lo elegimos por probar diferentes cosas, el menú de degustación. Y nos sirvieron alce y salmón. El alce sabe un poco a hígado de ternera. Se deja comer (sobre todo si no piensas qué animal te estás comiendo) y estaba francamente tierno.  Con lo que no estuvieron demasiado afortunados en el restaurante fue con la selección de vinos que nos ofrecieron. Yo acabé pidiendo que volvieran al primero y no me ofrecieran ningún otro diferente. Y el postre fue lo que más me apetecía probar: panna cotta de regaliz. Es lo que veis en el plato de la izquierda en primer plano de la foto. Realmente sabía a regaliz. A mí me encantó, claro. Me imagino que a mis amigas orientales les horrorizaría ya que el regaliz les parecía una especie de “veneno negro” (en sus propias palabras) y no conseguían entender que me gustara.

 

Como era la noche de nuestro aniversario de bodas, decidimos seguir por ahí dando paseos, viendo escaparates, comentando la moda finlandesa y sus estilos…

 

Había Angry Birds por todas partes y en todo tipo de formatos: latas de refrescos, cócteles, pasteles, muñecos, camisetas, llaveros, peluches… pero no conseguimos encontrar ningún Starbucks ni ningún KFC. Helsinki está menos tomado por las grandes cadenas que cualquier otra capital que yo haya conocido.

 

Ahora bien, sobre la moda finlandesa… me temo que habría mucho que hablar y escribir. No solo nos hemos encontrado modelitos para todos los gustos por las calles, sino que además, los escaparates de mayor lujo exhiben conjuntos auténticamente espeluznantes. O me diréis que este atuendo de caballero no es para salir corriendo y no parar en un buen rato.

 

Y no, no es carnaval ni Halloween todavía…

Fue una pena porque íbamos con ganas de comprarnos alguna cosilla. ¡Qué le vamos a hacer! No me imagino a mi marido con una camisa así.

 

Y la gran sorpresa de la noche… decidimos sentarnos en una terraza para tomar una cerveza y, como es habitual en Helsinki, tuve que entrar a pedir y pagar en la barra. Aquí el servicio no sale a atenderte. Lo que me dejó a cuadros fue la cerveza que vendían. Jajaja, alguien se había chivado de que era nuestro aniversario…

 

Así que nos tomamos unas cañitas de San Miguel y una tapita de jamón. ¡En mitad de Helsinki! Ya os he dicho que estos finlandeses tienen algo con España. ¿No os parece?

Nos pareció una forma muy auténtica de celebrar el final de la noche: de cañas de San Miguel por Helsinki.

Pronto os seguiré contando más. Un abrazo, J.

 

Descubriendo Helsinki, la capital mundial del regaliz

Posted on July 31, 2012 by Julia Esténoz

 

 

¡Me encanta el regaliz! Por eso estoy feliz en Helsinki. Hay regaliz para todos los gustos: rojo, negro, amarillo, dulce, sin azúcar, salado, chocolate con sabor a regaliz, helado de regaliz, panna cotta de regaliz… y lo encuentras en todas partes: en los supermercados, en los kioscos, en los puestos callejeros, en las gasolineras… creo que Helsinki está hecho a mi medida.

Hace ya tres días que llegamos y nos marchamos mañana pero hemos estado tan ocupados que no he tenido mucho tiempo para contaros cómo es esta ciudad. A ver si hoy puedo empezar y, poco a poco, os voy narrando estos días y mis impresiones y descubrimientos que, como siempre, los ha habido.

 

Helsinki es una ciudad pequeña con poca historia: unos 500.000 habitantes y 200 años, nada, si lo comparamos con cualquier otra capital europea. Y se nota. Es un lugar tranquilo, pausado, donde no parece pasar nunca nada, donde la gente camina por las calles, se sienta en las terrazas o se tumba en los jardines en una tarde de verano cualquiera para ver pasar la vida. Nadie parece tener prisa. Los finlandeses andan a pie, en bici o en monopatín o utilizan el transporte público. No hay mucho tráfico por sus calles. Eso es lo primero que nos llamó la atención cuando llegamos: el orden de los vehículos en las carreteras. Viniendo de Moscú, que no hubiera el más mínimo atasco y que nuestro taxista (y los demás conductores) respetara los límites y normas de tráfico nos llamó poderosamente la atención por resultarnos ya algo desconocido y olvidado. No hemos visto ni un solo accidente en estos tres días ni oído un frenazo ni visto un mal adelantamiento. Lo que debería ser normal nos resulta sorprendente después de casi un año por tierras rusas.

 

Las avenidas de Helsinki son amplias y ordenadas. Hay tranvía y carril bici y la gente respeta las normas de todos los diferentes medios de locomoción y transporte. Todos parecen muy civilizados y amables y las calles y los jardines (que no el puerto) están limpios y recogidos. En todos los parques vemos gente tumbada o sentada charlando al sol y disfrutando del aire libre.

 

Cuando llegamos el viernes ya era tarde, así que nos limitamos a dejar las maletas y salir a cenar. Caminamos por las céntricas calles cercanas al hotel y vimos por primera vez la zona más popular de la capital con sus terrazas al aire libre.

 

En nuestra guía leímos que Finlandia está de moda por sus diseños y por su moda, así que teníamos muchas ganas de descubrir las tiendas de la ciudad. Aunque vimos gran cantidad de escaparates llenos de motivos decorativos como los búhos que veis a la izquierda y un montón de vajillas y otras decoraciones para el hogar y encontramos la famosa tienda Marimakko y otros nombres conocidos, sinceramente, nos llevamos una gran decepción. Esperábamos alguna agradable sorpresa pero, días tras día, tienda tras tienda, la impresión ha sido siempre la misma: extrema simplicidad rozando lo sinsorgo. Y no es que sean motivos minimalistas que se escapan a nuestra comprensión, qué va. Todo el diseño finlandés que hemos encontrado nos parece descafeinado, sin alma y sin vida.

 

 

Y la ciudad nos parece algo parecido. No tiene grandes maravillas. Es cómoda, sencilla, tranquila, sin estridencias de ningún tipo. A pesar de ser puerto de mar y contar con maravillosos parques, carece de belleza arrebatadora, de encanto mágico.

Así que aquella primera noche nos dedicamos a dar algún paseo corto por los alrededores del hotel (muy céntrico) para hacernos una idea de cómo es Helsinki.

Como todas las terrazas que vimos estaban llenas a rebosar, acabamos en un sitio bastante poco local: en un restaurante tailandés. ¡Y menuda sorpresa nos llevamos! La comida estaba deliciosa: qué variedad de sabores. Cada plato era un mundo diferente y ninguno se parecía al anterior. Una gozada.

 

 

¡Y el servicio! ¡La gente aquí te sonríe, te habla, te responde, bromea, son amables! Ya se nos había olvidado cómo son las personas ante el público fuera de Moscú. Qué agradable es que a una la traten bien…

Cenamos en la gloria, disfrutando de los sabores de aquella deliciosa comida y nos retiramos pronto.

Al día siguiente, sábado, teníamos previsto salir a descubrir Helsinki…

Y eso hicimos. El primer paseo nos llevó hacia el puerto casi de una manera natural. Está bastante cerca del hotel, Avenida de las Esplanadas abajo, y habíamos leído que tiene un mercado y varios cafés interesantes.

 

 

Junto al mar había un mercadillo de verduras y varios puestos de comida y artesanía variada. Es un lugar agradable donde todavía no hemos conseguido degustar el pescado local, que tan buena pinta tiene. El problema es que siempre hemos ido por la mañana, recién desayunados, o por la tarde, tarde, cuando los puestos ya han desaparecido. No entendemos por qué no mantienen los puestos abiertos al anochecer, para que la gente cene allí, en un ambiente tan agradable. Pero lo cierto es que los desmontan a media tarde. Una pena.

La comida de los puestos nos resultó bastante curiosa por varios motivos distintos. Obviamente, había pescado, mucho pescado, y tenía bastante buena pinta, sobre todo el salmón. Pero también había unos pescaditos parecidos a sardinas que luego me dijeron que eran de lago, así que supongo que serán algún tipo de madrilla o parecido. Los sirven fritos pero no siempre los presentan así…

 

Este pescado lleno de peces me chocó bastante. No sé, me resultó un poco caníbal. ¡Brrrrrr!

Otra cosa que nos llamó la atención es que casi todos los puestos vendían lo mismo: cerezas, fresas, arándanos de varios tipos, setas de una sola clase y guisantes, montones de guisantes en sus vainas. La gente compraba un kilo de guisantes y se los comían como si fueran pipas: los pelaban y se comían lo que hay en el interior. Sí, crudo, tal cual.

 

¿Más cosas que nos llamaron la atención? Pues sí. La cantidad de “paellas” que vendían. Y lo pongo entre comillas porque nunca antes había visto una paella con sandía y piña en lugar de limón. Lo que os digo. De lo más curioso. Y lo anunciaban como paella, no creáis. Pero no, me temo que no nos animamos a probarla, por lo que no os puedo decir qué tal estaba.

 

Además de los puestos en tierra encontramos otros puestos ambulantes sobre el agua: se trataba de barcas que exponían sus mercancías sobre unas maderas colocadas a tal efecto en su extremo. Así, el patrón del barco podía quedarse sentado en él mientras comerciaba. Todos usaban unos enormes paraguas oscuros para protegerse del sol y ofrecer algo de sombra a sus productos en venta. Una vez más, todos los puestos vendían casi los mismos productos: un par de tipos de pescado, algunas setas y patatas. No sé yo si tenían una pinta demasiado apetecible…

 

De allí nos acercamos finalmente al edificio del mercado como tal. En todas las guías decían que es visita obligada y que allí podríamos encontrar de todo, en particular artesanías locales. Y sí, es mono.

 

Aunque, como podéis comprobar no es grande, también allí encontramos cosas que nos llamaron la atención.

 

En uno de los puestos, por ejemplo, vendían (y compramos) fiambre de reno ahumado. Lo tenemos en la nevera. Todavía no lo hemos probado. Y también en ese mismo puesto tenían variedad de patés: de reno, de oso, de jabalí… Hay que tener en cuenta que aquí todavía hoy se cazan y se comen todos esos animales. Dada la orografía del terreno y la climatología, la alimentación es muy diferente a lo que nosotros estamos acostumbrados.

 

Esos productos: oso, alce, reno… provienen de la alimentación lapona. Supongo que los suomi también comen otras cosas que no se han extendido al resto de Finlandia pero, aunque nos habría gustado, no hemos tenido la oportunidad de ir a comer o cenar a ningún restaurante especializado en ese tipo de cocina.

 

Después de visitar el mercado y descubrir tantas cosas curiosas, seguimos dando paseos por Helsinki. Tuvimos mucha suerte con el tiempo, que fue magnífico.

Una cosa que nos ha sorprendido bastante es que, con lo sosas que son las calles de la ciudad, con lo poco original que nos parecen los diseños finlandeses y con lo poco atrevidos que nos imaginamos a los habitantes de este país, nos hemos encontrado con una inmensa variedad de coches antiguos y de época, con todo tipo de medio de transporte inesperado y con increíbles vestimentas, ropajes, peinados, tocados y motivos decorativos personales varios. Está claro que a los finlandeses les importa un pimiento qué piensen los demás y que cada uno va aquí como le da la real gana. Os pongo algunas fotos para que entendáis a qué me refiero. (Me temo que la calidad de algunas deja bastante que desear por eso de no ser demasiado descarada al sacarlas pero…)

 

 

 

 

 

 

Bueno, creo que os hacéis una idea. Ya os iré enseñando otras.

 

 

Íbamos mi marido y yo paseando, paseando, cuando nos encontramos un alce delante de una casa y un par de jirafas asomadas al balcón. Se trata del Museo de Historia Natural de Helsinki.  Como os decía, creo que en los finlandeses hay mucho más de lo que se ve a primera vista.

Bueno, lo voy a dejar por hoy porque me caigo de sueño. Mañana espero poder seguir escribiendo más para poneros al día y contaros mis impresiones de este lugar tan distinto de todo lo que había conocido hasta ahora. Un abrazo, J.

 

Compartiendo

Posted on July 24, 2012 by Julia Esténoz

 

El día de las limonadas

Posted on July 21, 2012 by Julia Esténoz

Hoy ha sido un día de sol y tormentas de verano. Nos hemos escapado al parque Gorky (el Retiro moscovita) a pasar el día. Y nos hemos encontrado con un montón de atracciones.

 

Primero nos hemos sentado a tomar algo en una de las varias terrazas que había por toda la zona y, cuál no sería nuestra sorpresa al descubrir que han montado unas pistas de volley playa en mitad del parque y que la gente no solo estaba jugando, sino que incluso se traía el traje de baño y el bikini para que fuera más auténtico.

 

Y aquí nos hemos tomado la primera limonada… Tal vez recordéis que mi hija pequeña se tomó una limonada de pera el otro día. Parece ser que le llaman “limonada” a todo porque esta que veis aquí os puedo asegurar que tenía de todo menos limón. Era una limonada de tomillo y jengibre y, como veis, la sirven con una guindilla. ¿Me creeréis si os digo que estaba muy buena? Distinta, por supuesto, pero de lo más sabrosa y original.

 

En el parque, mientras tanto, había actividades variadas como clases de zumba, competiciones de acrobacias en bici, una exposición de pósters, partidas de pimpón… Y un montón de gente en bici, patines, catamaranes, carritos… lo que fuera.

 

Hemos comido en otra terraza. Y también allí nos hemos animado a probar una limonada nueva: limonada al estragón. Os juro que sabía a anís. Curiosísimo, jamás se me habría ocurrido que el estragón pudiera saber a anís, sobre todo cuando el camarero nos ha jurado y perjurado que esa “limonada” no llevaba azúcar. Todo un misterio. Tendré que probar a prepararla en casa.

 

La gente estaba disfrutando del sol en el solarium que han construido junto al río. No hay acceso al agua, así que el fin de la construcción quedaba claro. Y, efectivamente, había gente en traje de baño.

 

Y mirad qué monada de esculturas había en el parque hechas con juncos secos… Esta es la cría de ballena. Junto a ella estaba su madre.

Hemos dado paseos varios y hemos disfrutado tomando un café, un helado… la típica tarde de parque.

 

Algunos han acabado agotados con tanto sol y tantas actividades… jejeje. (Debo confesaros que los asientos esos son incomodísimos. Los hemos probado cuando han dejado alguno vacío y no había forma de sentarse cómodamente. No quiero ni imaginar el dolor de cuello que tendrá ese hombre esta noche.)

Un abrazo y hasta la próxima, J.

Y la semana que viene…

 

Posted on July 19, 2012 by Julia Esténoz

¡Helsinki!

Cuatro días de escapada en los que seguro que encontraré maravillas y curiosidades que contaros.

Un abrazo, J.

Estos rusos…

Posted on July 18, 2012 by Julia Esténoz

 

Ayer salí de centros comerciales con mis hijas. Nos lo pasamos bomba porque descubrimos una sala de cine 5D (una especie de simuladores de realidad virtual) donde soltamos toda la tensión y el estrés de estas últimas semanas de hospitales, médicos y rollos parecidos. Las tres gritamos, reímos y disfrutamos un montón.

Comimos en el propio centro comercial, vagabundeamos, nos tomamos un té de frutas que, como podéis ver, era del todo auténtico, con frambuesas y un montón de bayas diferentes. Se lo pidió mi hija mayor y se quedó encantada.

No compramos gran cosa porque no encontramos lo que realmente queríamos. Pero la salida fue de lo más entretenida. Y eso que a mí no me gusta ir de tiendas…

 

Como siempre, vimos cosas que nos llamaron mucho la atención, como esa “deportiva” de la fotografía. No me imagino a nadie por la calle calzando eso. Aunque igual es que estoy desfasada y se ve por todas partes y yo no me he fijado… quién sabe.

Una cosa que nos sorprendió especialmente fue la boutique que había en uno de los pasillos centrales del complejo comercial. Juzgad por vosotros mismos en las fotos que os pongo más abajo…

 

¿Están o no están locos, estos rusos?

 

¿No se pasan un pelín? Ya sé que hay mucho millonario, pero aún así…

Y la mejor…

Obviamente, se trata de conjuntos de ropa para perros, por si se os había escapado.

Un abrazo, J.

¡Menudo susto… otra vez!

Posted on July 17, 2012 by Julia Esténoz

 

Hace un par de noches me llamó mi hija mayor por teléfono, toda emocionada, para decirme que por fin había encontrado una nueva casa para Golfo, el perro que tenemos recogido porque la siguió hace unos días, como recordaréis. Me contó que se lo habían llevado ya y que estaba muy contenta.

Así que, a la mañana siguiente, preparé los papeles del animal y me dirigí a la casa donde viven los nuevos dueños. No había nadie. Como no teníamos su número de teléfono, me acerqué al centro deportivo que actúa como centro social de la urbanización y allí me lo dieron. Media hora más tarde llamé y desperté a la pareja. Según me había contado mi hija, el perro había ido a parar a una pareja joven, una rusa novia de un americano.

 

¡Cuál no sería mi sorpresa cuando la adormilada voz de la rusa me dijo que ella ya no tenía el perro porque lo había devuelto un rato después de habérselo llevado! Devuelto, ¿a quién, si mi hija no lo tiene? Pues a la gente que estaba con ella. Llamé a todo correr a mi hija. Unos minutos más tarde me contactó y me dijo que no, que ninguno de sus amigos había vuelto a saber nada del perro. Nos juntamos y nos dirigimos a la casa de la rusa en cuestión.

Nos abrió la puerta todavía medio dormida y nos explicó una película muy extraña. Nos dijo que ella realmente no quería el perro (!?!?!?) porque tiene gato (!?!?!?!?!) y que se lo había llevado pensando que, aunque ella vivía en la urbanización y no se lo podía quedar, tal vez lo quisiera su madre, que solo estaba de visita (!?!?!?!). Como su madre no lo quería, lo llevó a la casa donde se había encontrado con mi hija y se lo intentó dar a los que vivían allí. Ellos le dijeron que el perro no era suyo, que no tenían nada que ver con él y que no lo querían. A ella no le importó (según nos dijo) y lo dejó allí atado (!?!?!?) en las escaleras de la calle.

 

Y el perro había desaparecido.

Llamamos a la puerta de la casa. No hubo respuesta. Ni ladridos. Nada.

Volví al Centro Deportivo donde me enteré que los dueños de la casa trabajan en la Embajada Americana. Conseguí su número de teléfono pero, como era el de casa, tampoco obtuve ninguna respuesta.

Nos montamos en las bicis y en el coche y nos fuimos a buscar a Golfo por toda la urbanización. Nada. Los de Seguridad no lo habían visto. En el restaurante nadie sabía nada. Nuestros vecinos no tenían ni idea. ¡Qué disgusto tenía mi hija mayor! Os podéis imaginar lo responsable que se sentía.

 

Dejamos recado en todos los lugares que se nos ocurrieron y nos fuimos a nuestra cita médica del día, en la otra punta de la ciudad. Pasamos el día muy preocupadas. ¿Cómo se podía aceptar un perro en las condiciones en que lo aceptó aquella rusa y luego dejarlo colgado como lo dejó? No entenderé JAMÁS  a las personas.

Al volver, ya a eso de las 7 de la tarde, paramos en la casa de los americanos. Salieron 3 jóvenes y nos contaron que, efectivamente, la rusa les había dejado al perro pero que, además, había estado gritando y pegando golpes en sus ventanas durante media hora, que ellos no entendían nada y que, cuando se marchó, como su comportamiento les había parecido muy extraño, llamaron a la seguridad de la Embajada. Mandaron una patrulla, que se llevó a Golfo.

 

Los americanos llamaron a la patrulla de la Embajada mientras esperábamos a su puerta. Les dijeron que habían entregado el perro a los guardias de seguridad de la urbanización. Ellos lo han negado, les contamos.

Quedaron en insistir con la patrulla, investigar un poco más y llamarnos.

Nos fuimos a casa, dejamos las cosas y mi hija mayor y yo fuimos otra vez al Centro de Seguridad de la urbanización para intentar aclarar esa historia tan embrollada. ¿Dónde estaba el perro? ¿Qué había sido de él?

Casualmente cuando íbamos por el camino nos cruzamos con la rusa, que nos paró. Nos dijo que se había metido en un buen lío, que ni siquiera vivía en la urbanización (!?!?!?!), que estaba borracha la noche anterior, que no sabía qué se hacía, que le había complicado la vida a todo el mundo, que venía del Centro de Seguridad y que le habían dicho que ellos no habían recogido al perro. Le contesté que lo que tenía que haber hecho era ir a nuestra casa a devolver el pobre animal, si es que no lo quería. Me respondió que se le había olvidado el número de nuestra casa…

 

No le hicimos ni caso (¡qué tía más rara!) y nos fuimos a ver a los de Seguridad. Cuando le explicamos al jefe el problema, nos pidió ver una foto de Golfo. Yo llevaba la cámara, así que no hubo problemas en eso.

Y nos dijo que sí, que lo tenían ellos, que la noche anterior había habido una movida muy grande, con muchísimo follón, y que se lo había entregado una patrulla de la Embajada Americana, que nos lo habían negado antes porque los que habían estado de guardia estaban descansando y los que estaban durante el día no sabían nada (!?!?!?!?) ¿Os imagináis qué descontrol?

Bueno, el caso es que Golfo está otra vez en nuestra casa. Tendríais que haber visto qué saltos pegaba cuando nos vio a mi hija y a mí. Se notaba que había pasado mucho miedo. Pobrecito.

Ahora tendremos que duplicar nuestros esfuerzos y buscarle urgentemente una nueva familia, alguien… de confianza.

¡Lo que no nos pase a nosotros!

Un abrazo, J.

 

Suzdal, un viaje alucinante

Posted on July 15, 2012 by Julia Esténoz

 

El viaje de ayer a Suzdal fue alucinante en muchos sentidos. Salimos de casa a eso de las 7.20 esperando tener un viaje de un máximo de 3 horas… ¡Tardamos 6!

El tráfico fue tan intenso durante todo el trayecto como lo que nos solemos encontrar en las avenidas principales de Moscú. Una pesadilla. Kilómetros y kilómetros de coches por los carriles e incluso los arcenes, parachoques contra parachoques, avanzando más despacio que a pie.

Y el paisaje desde la carretera tampoco es que fuera una maravilla. Según nos explicó el chófer, lo interesante y bonito está más lejos y no se ve desde el coche. Lo que sí nos llamó la atención fue que todas las paradas de autobús estaban totalmente decoradas con murales multicolores. Esta que veis era de los más sencillos pero los había con sirenas y flores y diseños de todo tipo.

 

Obviamente, tuvimos que parar a tomar algo porque las horas se iban extendiendo, una tras otra. ¿Qué podíamos hacer, dar media vuelta? Además, no hay tren hasta Suzdal, tan solo autobús, que se encontraría con el mismo tráfico. La estación de tren más cercana se encuentra en Vladimir, a unos 35 kilómetros. ¿Cómo llegamos después hasta Suzdal?

Nos armamos de paciencia y continuamos.

Y mereció la pena, vaya si mereció la pena…

 

Yo había leído que ayer era el DÍA DEL PEPINILLO en Suzdal. En todos los países de esta zona es muy habitual comer pepinillos pero no como los que vemos en España, sino mucho más grandes y preparados en una especie de agua salada, tal vez con vinagre. Son muy sabrosos y es muy habitual que la gente se tome sus pepinillos con un poco de vodka o cerveza por las noches, mientras disfrutan de una barbacoa, o que usen ese tipo de pepinillos como uno de los ingredientes más comunes en sus ensaladas. Pero me temo que a la fiesta, fiesta, no llegamos a tiempo. Para cuando entramos en el pueblo, ya no pudimos encontrar ninguna celebración especial.

 

La primera referencia histórica que se encuentra sobre Suzdal data del año 1024, por lo que es una de las ciudades más antiguas del país. Fue durante un tiempo arzobispado y tiene más iglesias y centros religiosos que ningún otro lugar que yo haya visitado. Con 10000 habitantes en la actualidad, sigue presentando una imagen de aldea salpicada de riachuelos, ríos, caminitos y calles sin asfaltar, huertas en los jardines traseros de las casas de campo e incluso algún que otro animal de granja por los aledaños de los monasterios. Según he leído, hubo un momento en que contó con  más de 40 edificios religiosos y tan solo 400 habitantes. Hoy es considerada Patrimonio de la Humanidad. Y no me extraña. Es un rincón mágico donde no puedes dejar de admirar maravillas allá donde se dirija tu mirada. Suzdal forma parte de lo que aquí se conoce como El Anillo de Oro, un conjunto de ciudades cerca de Moscú cargadas de historia y arquitectura, un puñado de lugares que todo el que pueda debería visitar durante su estancia en Rusia.

 

 

Lo primero que vimos al adentrarnos por las calles del pueblo en dirección al centro fue esta fila interminable de carrozas de todo tipo aparcadas ante lo que parecía una de las plazas principales. Obviamente, se trata de una atracción para turistas pero para turistas rusos ya que creo que ayer éramos de los poquitos extranjeros que visitaron Suzdal. (No me extraña, dado lo que cuesta llegar hasta allí.)

 

Había carrozas para todos los gustos y colores, como os digo, y claro, mi hija pequeña no paró de pedirnos en todo el día que quería dar una vuelta en carroza aunque, eso sí, quería elegir alguna menos cursi y más sencilla.

Los carruajes se convierten durante el invierno en trineos. Los caballos son los mismos pero se cambian las ruedas por esquís y se ponen mantas para proteger a los turistas del frío.

 

No nos detuvimos a montar en carroza. En la plaza había una especie de mercadillo y, como era casi la hora de comer, estábamos muertos de hambre. Nos fuimos a buscar… pepinillos. Podíamos estar seguros de que los que encontráramos sería lo auténtico. Las bábushkas (abuelas) se repartían el espacio bajo la sombra para exponer sus verduras y sus frutas, una amplia variedad de bayas. Compramos y comimos pepinillos. Y debo decir que estaban muy sabrosos.

 

 

Después nos dedicamos a vagabundear un poco entre los puestos y cotillear qué vendían. Había un montón de mesas con recuerdos típicos: matrioshkas, imanes para la nevera, etc. Hacía tiempo que me había encaprichado de las botas de fieltro rusas. Son unas botas especiales y tradicionales que siempre me han llamado la atención. También había zapatillas de un material parecido. Todo, por supuesto, pensado para los fríos del invierno. Al final del día nos volvimos a acercar para comprar un par que algún día pondré en mi estantería de recuerdos del mundo, cuando tenga mi casa familiar y pueda desplegar todas las tonterías que haya ido comprando durante los años de viajes y visitas por el planeta.

Había puestos de antigüedades con monedas, campanas, candelabros, samovares… puestos de juguetes y muñecos, puestos de cestas y productos de madera, una de las grandes tradiciones de este país…

 

Como los pepinillos no nos habían llenado, decidimos ir a comer a algún sitio antes de seguir visitando el pueblo.

Obviamente, todo en Suzdal lo tuvimos que negociar y hablar en ruso; fue un cursillo intensivo. Pero me hizo mucha ilusión porque conseguimos comunicarnos sin problemas.  ¡Si hasta parece que hablo el idioma!

La comida fue “muy rusa.” Yo me pedí una ensalada que se llamaba “el nido” y tenía ternera, pepinillos y huevo. ¡Qué mezcla! ¿Verdad? Y de segundo pedí pollo a la cazuela: venía presentado en una mini olla de barro y era una especie de estofado de pollo con patatas y champiñones pero luego gratinado con queso. Todo estaba muy bueno. Mi hija quiso pedir una coca-cola… ¡Y no tenían! Así que se pidió lo único que le ofrecieron, una limonada, que resultó ser con gas y con sabor a pera. Una experiencia de lo más auténtica.

 

Al salir paramos en una terraza para tomar un café. Y seguimos alucinando. En el centro de la terraza había un tocón de árbol. Era inmenso y estaba pintado y decorado con figuritas de lo  más kitsch representando setas, duendes, sapos y conejitos. No es que nos llamara la atención solamente por lo hortera del conjunto, sino que no cesaban de acercarse rusos para sacarse fotos junto a él como si de la mayor atracción turística se tratase. (¿!¿!¿) No sabemos por qué. Y claro, no encuentro esa información en las guías turísticas. Os invito a que hagáis conjeturas.

 

Y entonces sí, entonces llegó el momento de descubrir Suzdal y dar paseos por sus calles cuajadas de monumentos. No solo impresionan las iglesias, catedrales, monasterios y conventos, sino incluso las casas del pueblo, típicas imágenes rusas de madera y colores, cada una con su pequeño jardín y cientos de flores. Las de mejor calidad tienen la base de piedra y el piso superior de madera, pero la gran mayoría solo cuentan con la planta baja. Algunas son un verdadero capricho.

 

 

 

 

 

Fuimos caminando por la calle principal bajo el sol y el inmenso cielo azul de Rusia, un cielo siempre magnífico. En todos los rincones, mires donde mires, hay algo que admirar. Es cierto que gran parte de los edificios no están muy cuidados pero imagino que mantener todo ese patrimonio no resultará especialmente barato y Suzdal no es una gran ciudad. En todas partes encontramos urnas para depositar donativos, la manera más habitual de recaudar fondos para mantener este tipo de joyas.

No entramos en todas las iglesias y catedrales… nos habría llevado el día completo. Primero nos limitamos a pasear y disfrutar de la paz y la tranquilidad que se respiraban. Era un verdadero ambiente de pueblo de los de antes, con niños corriendo con sus bicis y familias enteras merendando juntas, con abuelos sentados ante sus casas viendo pasar la gente y olor a paja y a campo.

 

 

Antes de entrar en ningún monumento nos acercamos a algún otro puesto callejero. Este que veis a la izquierda tiene un montón de botellas de cristal en las que se exponen y ofrecen distintos sabores de vodka y las otras, las botellas de plástico, esconden una bebida local muy famosa en todo el país hecha de miel que se conoce como vino de miel y también lo hay de diversos aromas e incluso sin alcohol. Este último es el que probamos ayer por la tarde. Estaba rico.

Desde aquella zona, un altozano, podíamos ver las maravillosas vistas de la zona baja del pueblo con el Convento de la Intercesión, otro de esos tristemente famosos lugares donde los zares recluían a las mujeres que no les satisfacían. Leí ayer que en uno de esos casos, un zar envió al convento a su mujer por ser estéril. Un tiempo más tarde, ya monja, ella dio a luz a un niño y, para evitar la ira de su antiguo esposo, fingió un entierro del pequeño. A finales del siglo pasado se excavó la supuesta tumba del infante y se encontró, como narraba la leyenda, un muñeco en lugar de los huesos de un bebé. El bastardo del zar vivió.

 

 

Las vistas estaban flanqueadas por el imponente Monasterio del Salvador y San Eufimio, de 1660 (sí, algunos nombres de santos aquí me recuerdan el antiguo santoral de nuestros abuelos.) Se trata de una imponente construcción que más parece una fortaleza que un lugar de retiro y oración. La entrada está formada por una enorme puerta-torre y en su interior hay maravilla tras maravilla, además de unos jardines, unos árboles y una paz indescriptibles.

 

La fotografía de la derecha os muestra la Catedral de la Transfiguración, del S. XVI y el campanario. Entramos en la catedral. Parecía bastante más pequeña por dentro que por fuera. Están restaurando los frescos para que vuelvan a tener su color original, esos colores que a mí tanto me gustan.

 

 

Creo que a partir de ahora siempre asociaré estos colores con Rusia. Es el tipo de colores que quiero que mis amigas las pintoras utilicen para ilustrar mi cuento sobre Karibú y que no consigo que hagan. Tendré que mandarles un par de fotos de interiores de iglesias.

 

Una de las características de la arquitectura de esta zona de Rusia, que tan famosa la ha hecho, es el uso de la piedra blanca. Solo quedan en pie algunos edificios construidos con la piedra original, tanto aquí como en Vladimir. No son paredes pintadas ni encaladas, sino auténtica piedra blanca.

 

La mayoría de  los edificios en la actualidad se mantienen como museos. En uno de ellos vimos auténticas joyas antiguas, a cada cual más impresionante. Aquí tenéis un ejemplo de un colgante de oro con piedras preciosas y un Cristo de marfil tallado a mano. Todo el conjunto tendrá unos 6 ó 7 centímetros.

También vimos libros antiquísimos, materiales varios para las ceremonias religiosas, telas únicas bordadas a mano representando figuras de diversos santos o de Cristo a tamaño natural, iconos irrepetibles y todo tipo de utensilios.

 

 

Y así llegamos a la zona donde se ubicaban las celdas de los monjes, en un rincón algo alejado del resto de los edificios religiosos. La entrada estaba en un pequeño patio al que casi no entramos porque no nos llamaba demasiado la atención. Más vale que lo hicimos. La primera celda que vimos estaba ambientada como debieron ser en la época de mayor esplendor del monasterio. Con el muñeco y los muebles no costaba esfuerzo imaginarse la vida de entonces. Parecía que Rasputín iba a salir de cualquiera de las celdas a estrecharnos la mano.

Seguimos avanzando por el interior del edificio. Al principio nos costó entender qué era lo que estábamos viendo porque todas las exposiciones están solo en ruso pero, entre lo que pude leer y el despliegue gráfico y visual de fotografías, materiales y demás, al final comprendimos que estas celdas de religiosos fueron uno de los lugares elegidos por Stalin para establecer uno de sus terribles gulag o campos de concentración y trabajos forzados.

 

 

Era perfecto. No le faltaba de nada. Incluso tenía una distribución idónea para sus terribles propósitos. Con poner cuatro verjas y candados, lo tuvo todo hecho. El invierno, la distancia y el aislamiento le garantizaban una defensa perfecta y un ambiente deprimente y desolador para sus víctimas.

Según me explicaron, Stalin organizaba de vez en cuando “cupos.” Decidía que sus secuaces debían acabar con un “cupo” determinado de enemigos en un plazo dado. Y empezaba la cacería. Los policías varios que trabajaban a sus órdenes arrestaban, retenían y enviaban a los diferentes campos de concentración a cualquiera para quien pudieran encontrar una excusa con el fin de cumplir con el cupo marcado. Terrible.

 

Salimos de aquel museo con el alma encogida.

En el siguiente nos encontramos con el llamado “Museo de la Restauración,” un conjunto de salas donde todavía hoy hay profesionales de la restauración de objetos y piezas de arte.  Había salas para todos los gustos: samovares, cardadores de lana, iconos, libros…

 

Una de las cosas buenas del museo es que te exponen las cosas como deben estar, es decir, usando cualquier tipo de medio para facilitar que el visitante comprenda qué está viendo.

 

Por ejemplo, cuando los turistas (sobre todo los extranjeros) ven estos preciosos objetos de colorines, no suelen tener ni idea de para qué sirven. Resulta que son cardadores de lana.

 

Como los museos son muy visuales, en el extremo de la sala han colocado un maniquí que ilustra para qué sirve el objeto en cuestión.

Tras visitar los edificios que estaban abiertos en el conjunto del Monasterio, salimos de nuevo al pueblo para continuar con nuestros paseos.

 

Volvimos hacia la plaza del mercado con intención de buscar a nuestro conductor y que nos acercara a la otra orilla del río pero antes, debíamos hacer la obligada visita en carruaje.

 

Diez minutos de paseo por un par de manzanas cercanas que el caballo estaba claro que se sabía de memoria, pero a mi chiquilla le encantó. Además, la conductora le dejó sentarse junto a ella en la zona alta del carruaje, así que la fiesta fue doble.

 

En alguna otra ocasión os he contado que la equitación en este país no se limita a los clubes ni a los campos abiertos o bosques. También aquí nos encontramos con gente a caballo por el pueblo, como si fueran en bici. En este caso incluso utilizaban los pasos de cebra para cruzar. A este jinete le vimos esperar hasta que el semáforo de peatones le cedió el paso.

 

Yo quería ir a ver la Catedral de madera que aparecía en nuestra guía de viaje. Fuimos a la parte baja del pueblo y tuvimos que caminar unos cuantos metros y cruzar el río a pie porque ir en coche nos habría costado mucho tiempo y ya eran cerca de las 6 y media de la tarde.

 

El lugar era de cuento de hadas. Con el puente de madera sobre el río, la zona alta de Suzdal sobre la colina y las construcciones de madera en la otra orilla, parecía que nos hubiésemos marchado a otro planeta. ¡Qué lugar de ensueño!

En el río había un montón de niños nadando y jugando. Y a ambos lados del camino la hierba crecía alta hasta mi cintura, rodeada del sordo gritar de los cigarras y el más estridente piar de docenas de pájaros.

 

¡Menuda sorpresa nos llevamos cuando llegamos donde se alzaba la imponente iglesia de madera de la Transfiguración! Los rusos han preservado una aldea completa de finales del siglo XVII, toda ella de madera, y han preparado los edificios como museos para que los visitantes se puedan hacer una idea de cómo vivían los habitantes de la época. Todo el conjunto en sí ya merece la pena el viaje hasta Suzdal. Todo el poblado se trasladó hasta aquí en edificios desmontados y vueltos a montar, por lo que son auténticas reliquias.

 

En la fotografía de la derecha podéis ver el comedor, cocina, sala de estar de un aldeano cualquiera de Kozliátievo. Como veis, todos los muebles y aperos estaban fabricados en madera. Tampoco es de extrañar, si se tiene en cuenta que todo el camino desde Moscú hasta aquí estaba flanqueado por bosques y más bosques y que Rusia es el quinto país en madera del mundo.

 

En esta cabaña vivían los ricos del pueblo. Tenían más habitaciones y camas y los materiales eran de mejor calidad. No me imagino el frío y el calor que tenían que pasar estas gentes con el clima tan maravilloso de Rusia.

 

En la foto de la derecha podéis ver el salón de los ricos y compararlo con el de los pobres  . Aquí hay telas y manteles y se ven objetos decorativos e iconos religiosos, entre otras cosas.

En la zona de la aldea incluso hay unas cuantas cabras y unos gansos para contribuir a la ambientación de época.

 

 

También había molinos auténticos, graneros, establos y una pequeña ermita de madera con sus correspondientes iconos en el interior. En algunos de los edificios había artesanos vestidos de época enseñando a los turistas cómo se trabajaban sus materiales con las técnicas tradicionales. A la derecha veis un cestero preparando una pequeña cesta.

Fue todo un descubrimiento el pueblecito antiguo. Disfrutamos un montón visitándolo y nos quedamos con las ganas de recorrerlo con más calma y tiempo.

Fin de la visita. Debíamos volver al otro lado del río para encontrarnos con el conductor e iniciar el temido retorno a Moscú…

 

Tampoco pudimos visitar la Catedral de la Natividad de la Virgen, en el kremlin, donde habíamos quedado con nuestro chófer,  porque estaba cerrada. ¡Cuántas cosas se nos quedaron por hacer!

La catedral es otro magnífico ejemplo de la piedra blanca que os he comentado antes. A mí me encantan sus cúpulas de un vivo color azul profundo con estrellas imitando el universo. Serán una cursilada pero tienen encanto

Adiós Suzdal.

 

Curiosamente no se terminó el día al marcharnos de Suzdal, como imaginábamos. De camino a casa nos encontramos con este lugar que decía ser un restaurante y, por no llegar tardísimo y ponerme a cocinar, y como yo había recomendado que paráramos a tomar algo, nuestro conductor propuso este complejo. Fue todo un acierto y tuvimos muchísima suerte. Todo el lugar era enorme e incluía además del restaurante un hotel con bungalows y un cenador al aire libre formado por pequeñas cabañas individuales. Además, el interior estaba lleno de figuras de los personajes más tradicionales de la literatura infantil en Rusia y de otros motivos decorativos que hicieron las delicias de mi pequeñaja.

 

Esta es la casa de Baba Yaga, la bruja rusa por excelencia. Su casa se alza sobre patas de pollo y tiene la capacidad de permanecer cerrada sin que nadie la pueda abrir.  Es un clásico de los más tradicionales.

 

Cenamos muy bien a base de salmón, pollo y ternera a la barbacoa. Estaba todo buenísimo y además estuvimos de lo más entretenidos porque había una cantante (no especialmente buena) y las rusas se animaron a salir a bailar. No, nos aburrimos.

Después de cenar por fin nos pusimos de camino a casa. Solo nos costó tres horas llegar.

Fue un día para recordar. Un abrazo, J.

¡De excursión!

 

Posted on July 14, 2012 by Julia Esténoz

Por fin. Tuvimos que cancelar (y devolver los billetes de tren) del viaje de fin de semana que teníamos previsto cuando operaron a la mayor. Hoy nos marchamos a Suzdal, un pueblecito a unos 200 km de Moscú. Ya os contaré.
J.

 

¡Otra vez no!

Posted on July 10, 2012 by Julia Esténoz

 

Este le siguió a mi hija mayor hasta casa anoche. Tiene collar y se le ve muy cuidado, así que dueño tiene que tener. Ahora solo hay que encontrarlo. Ya hemos inundado la urbanización (y facebook y los correos electrónicos) de carteles y anuncios. Incluso hemos salido de la urbanización para ver si alguien ha puesto algún cartel en algún sitio porque se les haya perdido.

Como veis, los perros me persiguen. Yo no hago nada. Sobre todo esta vez.

Pero no lo puedo dejar en la calle porque se lo llevarían a la perrera y lo sacrificarían en tres días. ¿Por qué puñetas me sentiré tan obligada? La mayoría de la gente lo dejaría y se olvidarían.

En fin. Esperemos que el dueño aparezca pronto.

Un abrazo, J.

 

Kostroma

Posted on July 8, 2012 by Julia Esténoz

 

Anoche fuimos a ver un espectáculo llamado Kostroma. Se supone que es un ballet nacional que solo actúa en Moscú durante los veranos y monta un conjunto de bailes folclóricos rusos que te dan una idea de la cultura de este país. El resto del año se dedican a viajar por el mundo y a llevar su espectáculo por diferentes países. La pena que estaba prohibido hacer fotos y por eso no os puedo enseñar gran cosa.

 

Nos lo pasamos muy bien. Esperábamos algo de mayor calidad, tal vez porque los rusos suelen sobresalir en calidad en sus montajes, pero la palabra que mejor lo define es “entretenido”. Los vestuarios fueron magníficos, con todo tipo de ideas fantásticas para bailes de disfraces, y sí que vimos lo más tradicional de la cultura de aquí: los saltos y piruetas de ellos, la gracia y la elegancia de ellas, un par de bailarines clásicos, Kalinka, Ojos Negros, el Soviet… lo más conocido. Pero también salieron al escenario bailarines disfrazados de un caballo y de dos patos, lo que le quitó algo de seriedad al show.

El teatro estaba totalmente lleno; lleno de turistas porque forma parte de un complejo hotelero para grupos de extranjeros. Así que tuvimos una velada de lo más “kitsch.” Los rusos son un pelín cursis y horteras en sus gustos, como demuestra la pasión de estas gentes por la ostentación y el oropel. ¿Recordáis las fotos de muebles que os he enseñado alguna vez? Cuanto más brille, más llame la atención, más sobresalga, mejor. Pero eso no quita para que nos pueda entretener de vez en cuando. No siempre hay que hacer actividades del más alto nivel cultural y de la mayor calidad para disfrutar. Mi peque se lo pasó bomba, le encantó el espectáculo. Y una vez más nos quedó muy claro que los rusos de serios… na de na.

 

Al salir nos llevamos otra pequeña sorpresa. A la puerta del hotel había aparcado nada menos que un auténtico Rolls Royce. Era el cuarto que veo en Moscú en estos meses. En alguna otra entrada os he dicho que hay muchos deportivos y que incluso hemos sido testigos de carreras entre ellos por las avenidas más centrales de la capital. Como veis, lo de los coches les tira mucho en general. Por eso hay tantísimos problemas de tráfico aquí, creo, porque todos tienen su propio vehículo.

 

También es el único lugar del mundo donde he visto tantos coches pintados por fuera como si de cuadros se tratara, una idea que hace ya muchos años que le comenté a mi marido como posible motivación comercial. ¿Por qué los coches van siempre pintados de un solo color? ¿Por qué no llevan flores, caballos, mariposas cubriendo toda su superficie?

 

Por eso tampoco nos sorprendió encontrarnos con el despliegue de limusinas en alquiler que había junto al hotel, a disposición de los miles de turistas. Las había para todos los gustos y todos los colores y son una atracción habitual por las calles de la capital, sobre todo en época de bodas. De hecho, una de mis vecinas alquiló una para celebrar su cumpleaños llevándose a todas sus amigas de aquí al restaurante, en el centro de la ciudad, a la par que se tomaban unas copas de champán en el interior. Muy decadente.

 

 

Por lo menos no son hipócritas. Les gusta y lo demuestran. De forma abierta, ante todos, sin repujos. Es una de las cosas buenas de los rusos.

Antes del espectáculo fuimos de médicos. A mi hija mayor le han quitado los puntos y le han dicho que vuelva dentro de tres meses para una revisión. Y a la pequeña la vio el anestesista porque mañana le operan para quitarle el tornillo que lleva en el codo desde casi cuatro meses. Vamos, que todavía me quedan unas cuantas visitas.

 

Entre consulta y consulta (porque eran en sedes diferentes) tuvimos tiempo de dar algún paseo. Y me chocó volver a encontrarme con asfaltadores. Vaya donde vaya, hay asfaltadores: en Karagandá, Kazajstán, estaban asfaltando las calles de la ciudad por primera vez en su historia cuando fuimos nosotros, en Wroclaw, Polonia, asfaltaron nuestra calle, en Villalbilla, España, asfaltaron parte del pueblo, aquí han asfaltado nuestra urbanización y ayer estaban asfaltando un parque infantil… ¿Será esto algún tipo de mensaje críptico cósmico que no soy capaz de interpretar?

Vimos algún escaparate… que no hicieron más que confirmar lo que os he dicho antes de los gustos rusos. Si no me creíais, mirad y luego opináis…

 

 

¿Discretos?

¿Y los de abajo?

Hasta pronto. Un abrazo, J.

¡¡¡Arrrrgggghhhh!!!!

Posted on July 5, 2012 by Julia Esténoz

 

Lo mío está claro que no son las peluquerías en esta zona del mundo. Ya en Polonia me resultó difícil ir peinada decente y en Kazajstán tuve una experiencia totalmente novelesca cuando pedí en una peluquería que, para facilitar las cosas, me dejaran el pelo con mi rizo natural… lo que no esperaba es que cogieran mechón a mechón de cabello, lo embadurnaran de espuma, lo enrollaran como un espagueti y le aplicaran calor para secarlo. Como os podéis imaginar, salí de allí con el pelo bastante más sucio de lo que entré. ¡Buaj, qué asco!

Y desde que he llegado aquí no he conseguido una buena peluquería. La semana pasada pedí cita con la peluquera de la urbanización porque todo el mundo me decía que era especialmente buena en tintes. Así que allá que me fui. El color que quería es el de la foto de arriba, el que llevé para mi boda.

 

Pero salí con el color que veis aquí abajo.

¿A alguno os parecen dos colores iguales? Yo creo que ni se parecen. ¡Qué desastre! Así que ahora tendré que aguantar una temporada con pelo de rata hasta que pueda volver a probar en alguna otra peluquería cruzando los dedos para tener más suerte.

Un abrazo, J.

Pepa Pepova

Posted on July 5, 2012 by Julia Esténoz

 

Eran más o menos las nueve de la mañana cuando he salido a dar un breve paseo con los perros. Y entre los árboles pegaditos a mi casa me he vuelto a encontrar a Pepa Pepova. Al principio ha salido corriendo/saltando. Pero unos minutos más tarde se ha quedado quieta, agazapada, mirándonos, silenciosa y curiosa. Los perros ni la han visto. Y allí ha seguido hasta que hemos pasado de largo. Cómo no, yo solo llevaba el teléfono; la cámara estaba en casa. Pero aquí la tenéis.  Encontrarme a Pepa Pepova, no sé por qué, siempre me alegra el día.

Luego ha sido una mañana curiosa. Había quedado con una amiga para ir a una tienda en el centro pero, nada más salir de la urbanización, un coche ha rozado el nuestro en un mal adelantamiento. Nuestro conductor ha bajado, se han bajado la conductora del otro coche, su padre y su madre, y ha empezado un concurso de quién gritaba más y más fuerte. Como la ley no permite mover los coches en caso de accidente (por leve que sea) mi amiga y yo nos hemos ido a pie, hemos hecho un par de compras y nos hemos vuelto a la urbanización en taxi. El chófer ha tardado un par de horas en quedar libre.

Y ahora os escribo desde el jardín, aprovechando los 35 grados que hace al sol.

Un abrazo, J.

 

¿Qué sorpresas me esperan hoy?

Posted on July 3, 2012 by Julia Esténoz

Con tanto follón se me había olvidado que le tienen que quitar los clavos del brazo a mi hija pequeña. ¿Os acordáis que la operaron en marzo porque una doble fractura? Pues le tenían que haber quitado los clavos hará unos diez días. Así que hoy tengo que ir a que la miren, le hagan una radiografía y me digan cuándo (y cómo) se los quitan. Ya me han comentado que es una pequeña operación y que se puede tener que quedar allí entre 6 horas y un día (¿¿¿¿!!otra vez!!????) Así que os imaginaréis lo animada que voy. ¡Menudo veranito llevamos! Les voy a pedir en la clínica que ya me asignen una habitación privada permanente. Porque el sábado tengo que ir con la mayor para la revisión y que me digan cuándo más ha de volver para quitarle los puntos. Lo malo es, como ya os he comentado alguna vez, que la clínica está a un par de horas de nuestra casa. Cada vez que vamos es un plan de día casi completo. ¡Qué pereza! En fin, esperemos que todo vaya como debe y que no haya complicaciones. Ya os contaré.

Un abrazo, J.

 

¡Qué decepción!

Posted on July 2, 2012 by Julia Esténoz

¡Con lo contenta que estaba con el centro médico! Hoy he llamado para pedir cita con el médico que tenemos en la urbanización y me han dicho que estaba de vacaciones, que no había sustituto y que debía llevar a mi hija a la clínica para que le hicieran las curas. Me he enfadado mucho. La clínica está a una hora y media de distancia (con el tráfico normal de Moscú) y con una carretera llena de baches. Les he dicho que no estaba para nada de acuerdo porque la médico nos había mandado a casa con instrucciones de que el médico de aquí (que también pertenece a su organización) le hiciera las curas y hoy me dicen que no hay médico. Les he contestado que hoy no es fiesta en el país, tan solo un lunes normal y que no es mi problema que no quieran pagar un sustituto para que el habitual se vaya de vacaciones, que eso es problema de ellos y que me lo solucionaran porque me negaba en redondo a hacer que mi hija, recién operada, tuviera que estar desplazándose así.

Acto seguido he llamado a la dirección de la urbanización porque ellos “venden” las instalaciones con médico permanente. Tampoco entienden que no lo haya por unas vacaciones. Me han ofrecido que viniera la médico que tienen de guardia en el centro deportivo, porque seguro que le podría hacer las curas a mi hija. Y también me han dicho que iban a adscribir una carta al centro médico quejándose por la falta de servicio.

Así que, después de mucho discutir y mucho enfadarme, me han vuelto a llamar de la clínica y me han dicho que vendría un doctor a casa. De eso hace casi cuatro horas. Acabo de llamar otra vez para ver qué pasa y me han dicho que acaba de salir porque ha tenido una urgencia. ¿Tendremos por fin médico hoy? ¿Le harán las curas a mi hija?

Una verdadera pena porque me han decepcionado bastante. Hoy ha venido una amiga a ver a mi hija y también se ha enfadado bastante cuando le he dicho que estamos sin médico porque ella tenía que ir a hacer una consulta para ella y otra para su peque. No hay derecho a que nos dejen sin médico porque se vaya de vacaciones. Con lo que se paga, no creo que les costara mucho poner un sustituto.

Ya os contaré en qué acaba. Un abrazo, J.

Otra de hospitales

 

Posted on July 1, 2012 by Julia Esténoz

¡Pues sí que nos tocan todas!

 

Acabo de volver de pasar cuatro días acompañando a mi hija mayor en el hospital. La tuvieron que operar de urgencia, como a la peque, pero de otra cosa, claro. ¡Menudo susto!

Ya llevábamos un tiempo de médicos. No le encontraban nada. Pero esta vez sí, esta vez han visto que tenía algo. Pero no sabían qué. Fuimos el jueves y tuvimos que volver el viernes. Y el viernes el cirujano que la miró mandó preparar el quirófano de urgencia. No sabía exactamente cuál era el problema pero sí que había un problema. Podría ser el apéndice o cualquier otra cosa. Pero había que abrir para ver. Ya nos avisaba que, encontrara lo que encontrara, le extirparían el apéndice para evitar complicaciones en el futuro. También nos dijo el cirujano que, si había algo más complicado o extraño, saldría de quirófano para consultar las posibles opciones con nosotros.

 

Estuvo tres horas en la mesa de operaciones. No hace falta que os cuente cómo fueron esas tres horas, ¿verdad? Cuando al fin salió el cirujano nos contó que el apéndice, ya extirpado, no presentaba ningún problema pero que habían encontrado sangre acumulada en el vientre por una hemorragia en uno de los ovarios, una hemorragia que ya parecía haberse detenido. Habían limpiado la sangre y cerrado todo.

En la foto de la derecha podéis ver a mi marido trabajando mientras esperábamos que se despertara.

Nos pusieron a los tres (porque mi marido también se quedó la primera noche) en una habitación para cuatro e incluso nos trajeron un café. Lo peor es que el hospital, como es tan pequeño, no tiene ni una triste máquina de refrescos o bocatas, nada, solo café. Así que llamamos al conductor y le pedimos que se pasara por un Kentucky para llevarnos la cena.

Cuando por fin llegó mi hija a la habitación, el despertar fue bastante complicado. Como no quería que la operaran ni de broma, la sedaron y la durmieron sin su consentimiento. Así que se despertó sintiendo que la habíamos engañado. ¡Qué pobre!

 

Hemos pasado cuatro días intentando controlar el dolor. La cosa se ha complicado con una infección de orina y por eso nos está costando un poquito más. El trato de los médicos ha sido exquisito y no han dejado ni un solo aspecto por analizar. La han visto todo tipo de especialidades y le han hecho todas las pruebas posibles. Además, la mayoría han tenido muchísima mano izquierda con ella y la han tratado con un cariño y una suavidad que es muy de agradecer.

En la foto pequeña podéis ver el pequeño jardín del restaurante que hay junto al hospital. Allí he comido un par de días de estos cuatro. Por lo menos nos ha hecho buen tiempo y he podido disfrutar de esos ratitos allí al aire libre.

Ayer vinimos a casa y le preparamos mi despacho para que pudiera usarlo como habitación esta semana. No puede subir y bajar escaleras. Nos han dicho que estará unos diez días convaleciente pero ya ayer empezó a sentirse un poquito mejor. Creo que también hemos superado este nuevo susto.

Espero contaros cosas más divertidas en unos días. Un abrazo, J.

De paseo por Moscú siempre te encuentras cosas…

Posted on June 26, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Ayer salí a comer fuera para celebrar los cumpleaños de un par de amigas. Nos juntamos unas cuantas y unos fuimos a uno de los restaurantes uzbekos de la ciudad. Fue una pena que nos organizaran la mesa en el interior porque, como veis, el exterior parecía bastante divertido. Pero éramos demasiadas para reclinarnos cuales emperatrices romanas en Moscú.

Y luego me tocó el tradicional atasco de vuelta en el que me encontré con vistas como la estatua de la izquierda, que todavía dominan Moscú.

La verdad es que siempre que salimos nos encontramos con alguna sorpresa

 

Como esta pista de esquí artificial que hay a diez minutos de nuestra urbanización. Como no hay montañas, se inventan otras formas de seguir practicando el deporte. Hay muchos bosques y campos donde hacer esquí de fondo pero no hay descensos ni zonas donde saltar. De esta manera se puede seguir esquiando durante todo el año. Como el patinaje sobre hielo. ¿Os acordáis que os conté que hay varias pistas abiertas siempre, como la de un centro comercial al que vamos con frecuencia?

 

¿O este museo “técnico” a pie de la carretera donde familias enteras se suben a tanques, camiones y cazas de guerra? La foto la saqué desde la carretera, en el coche, porque no es un museo que me apetezca demasiado visitar, sobre todo después de haber “celebrado” el Día de la Victoria. Ya tuve suficiente despliegue armamentístico entonces.

 

O esta preciosidad que está todos los días en la pradera que hay junto a la carretera que lleva a nuestra urbanización. Prácticamente lo hemos visto nacer. Está allí con su madre y es muy, muy dócil. En la pradera hay media docena de caballos atados a cuerdas alrededor de las patas. Pero el peque está suelto. Claro que no se aleja mucho de su madre pero parece mentira cómo se fía la gente aquí.

Ayer estuve en una de las muchas estaciones de tren que hay en la ciudad. Para comprar billetes necesitas el pasaporte aunque seas ruso. Lo del papeleo en este país es por demás.

Seguro que pronto tengo más bobadas que contaros. Un abrazo, J.

 

 

Arkhangelskoye

Posted on June 24, 2012 by Julia Esténoz

 

Todo lo que rodea al edificio es un parque enorme lleno de árboles centenarios. Construida en el s. XVIII, Arkhangelskoye perteneció a los príncipes Golitsyn y a la influyente familia Yusupov (cuyo último descendiente y dueño de estas tierras fue uno de quienes acabaron con Rasputín) antes de ser expropiada por los bolcheviques. Hoy se mantiene como museo privado y parte de sus instalaciones acogen un sanatorio militar. Aunque el tiempo no ha sido todo lo veraniego que hubiese sido de esperar y que habría hecho que disfrutáramos aún más de esta breve visita, la cercanía a nuestro domicilio (tan solo quince minutos en coche) y la agradable temperatura nos han permitido pasear por el parque e incluso acercarnos a la orilla del río y montar en catamarán por el lago.

 

 

 

 

Los jardines de la hacienda es lo más bonito de la visita. Nada más llegar hemos visto una ardilla sobre el césped que rápidamente ha trepado a uno de los gigantescos árboles. Todo estaba bastante cuidado: los setos, los arbustos, el pasadizo hecho de trepadora y que nos hacía sentir como si estuviéramos entrando en uno de los túneles de Alicia en el País de las Maravillas, las formas cuadradas de los árboles que bordeaban los caminos cercanos a los edificios… Eso es lo que había en la zona alta, en la explanada. Porque en la zona baja están el bosque y el río. Y, obviamente, el bosque no parece tan cuidado.

 

En uno de los extremos de la explanada se encuentran los edificios del sanatorio militar. Hemos visto algunas personas que parecían pacientes paseando por los jardines. No sé qué tipo de sanatorio es ni qué tipo de enfermedades tratan; de hecho, ni siquiera sabía que había un sanatorio, eso no lo comentaban en la guía donde he encontrado la propuesta de visitar esta hacienda.

 

Al otro extremo de la explanada está el palacete original. Una chabolita de ná que bien cuidada sería una maravilla. Hoy se usa como museo pero no hemos entrado a verlo. Entre otras cosas, nos pedían que compráramos una segunda entrada para ver el interior. Ya habíamos comprado una entrada para el parque.

El palacio está bastante descuidado. Según he leído, las autoridades no cuentan con los fondos necesarios para mantener este tipo de haciendas. Una pena.

 

 

El edificio está rodeado de todo tipo de estatuas, todas ellas blancas y sobre todo representaciones de leones. Lo que me recuerda los leones de San Petersburgo con aquellas caras y gestos tan poco agresivos. En algún sitio leí que los leones se esculpían así porque ningún escultor había visto nunca ninguno y se imaginaban que eran tan mansos como los gatos. Hoy mi conductor me ha dicho que son animales “buenos.” Cuando le he contestado que en otros lugares del mundo se pinta a los leones como animales fieros y agresivos, se reído a carcajadas. Diferencias culturales, supongo…

 

Esta foto de la derecha muestra el arco de entrada hacia el palacete y en él se puede percibir parte de la grandeza perdida.

Después de pasear por toda la zona de arriba nos hemos dirigido al río. El bosque estaba de lo más agradable porque acababan de segar la hierba de las praderas y el olor y el canto de los pájaros le daban cierto aire mágico.

 

En el río hemos visto a alguno pescando, a varios de picnic e incluso a una señora nadando (pero me ha dado apuro sacarle una foto).

El río como tal parecía bastante profundo y llevaba un buen caudal. Había patos y nenúfares y transmitía mucha paz. Era un paseo de lo más agradable, como si nos hubiésemos alejado del mundo civilizado a cientos de kilómetros y no a tan solo diez.

 

Había mucha gente caminando o corriendo por los caminos que bordean el agua. Los rusos son muy deportistas.

Y andando, andando, hemos llegado a unas instalaciones curiosas. Había un montón de pistas donde practicar todo tipo de deportes como el baloncesto o el fútbol e incluso un montón de pesas parecidas a las de halterofilia. Para más ambientación, un hombre saltaba a la comba como si de un boxeador entrenando se tratara. Curiosísimo el lugar…

 

 

Y así hemos llegado a una especie de lago donde había barquitas y catamaranes para alquilar. Y eso hemos hecho, a pedalear. Mi hija pequeña se lo ha pasado cañón. Aunque se ha preocupado un poco cuando le he dicho que tuviera cuidado y que no metiera la mano en el agua por si había algún cocodrilo cerca… Hemos bordeado el lago, pedaleado a toda velocidad por el centro del agua, visto peces saltarines y patos y multitud de plantas, vamos, que hemos pasado un rato genial.

Y con eso se nos ha acabado la visita a la hacienda. Al salir hemos parado para comer en un restaurante que había a la entrada, nos hemos tomado los típicos kebabs y de vuelta a Moscú. Ha sido una mañana que ha merecido la pena.

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

 

No oscurece en Moscú

Posted on June 22, 2012 by Julia Esténoz

 

Esta foto se sacó ayer en nuestra urbanización a las 11 de la noche. Justo comenzaba a oscurecer. Dicen que en San Petersburgo las Noches Blancas son aún más impresionantes porque el sol todavía se oculta menos y la gente sigue por ahí a las 2 de la mañana. Ya sabéis lo madrugadora que soy: os puedo decir que a las 5 la luz aquí es como la que pueda haber en España a mediodía. Y hoy comentaba una amiga que en Finlandia esta noche será la más larga del año, y el sol no se llegará a poner en toda la noche. Es un fenómeno curioso y que hace difícil convencer a los más peques que se tienen que acostar porque es tarde. Imaginároslo.

Y obviamente, es la época de las barbacoas. Todo el mundo aprovecha para pasar el máximo tiempo al aire libre y disfrutar del sol. Aunque hemos tenido una primera quincena muy lluviosa y los rusos se quejaban de que eso no es normal aquí. Ahora me tocará empezar a bajar a la playa con la peque. Todavía no he ido porque no admiten perros y me da pena dejarlos aquí. Y también porque no tengo tiempo. El día se pasa entre una cosa y otra sin darte cuenta y, para cuando quieres reaccionar, ya es tarde. La playa tiene arena y está junto al lago que separa la urbanización del bosque. Al otro lado del lago hay un bosque de los de verdad. No he ido nunca porque mis perros ya no están para grandes caminatas y en invierno como que no apetecía demasiado. Dos cosas que tendré que investigar y contaros: la playa y el bosque.

 

 

Ya sabéis cómo me gustan los contrastes de este país. Hasta ahora no me los había encontrado en Moscú, sí en Pekín y allí lo achaqué a la falta de cultura turística y a una política social diferente (y de eso ya hace unos 10 años). Pero aquí están. ¡Y nada menos que en el GUM, uno de los centros comerciales más exclusivos de la ciudad, el que está en plena Plaza Roja, con las tiendas más caras y donde un café te cuesta 50 euros! Comparad los servicios de sus instalaciones con la elegancia de sus escaparates. Debo decir que solo me los he encontrado allí.

(Y no me digáis que tengo obsesión por los retretes porque estaréis de acuerdo que es para llamar la atención.)

 

El orgullo patrio ruso también resulta chocante. Para el Día de la Victoria había cientos de vendedores callejeros que se te acercaban en las carreteras para ofrecerte banderitas, gorras y todo tipo de parafernalia pseudo-militar. Eso resulta comprensible, sobre todo si se tiene en cuenta los millones de víctimas y el precio tan altísimo que tuvo que pagar este país para ganar la guerra. Pero que también haya vendedores en las atiborradas vías moscovitas vendiendo banderas rusas con el fin de animar a su selección en la Eurocopa… ¡Ni que hubiesen llegado a las finales! Yo creo que eso en España solo se llegaría a ver en una final. Y ni siquiera de la Eurocopa, tendría que ser el mundial. Pues aquí las tenéis, vendiendo banderas y bufandas en mitad de una avenida (y sus ineludibles atascos) en la primera ronda de la Eurocopa. No me diréis que eso no es fervor patriótico…

Y mientras, la vida sigue. Fuimos al cine. Mi hija mayor y yo quisimos ir a ver Hombres de Negro. La anunciaban en una sala donde proyectan películas en versión original. Así que allá que nos fuimos. Pero esa, qué casualidad, estaba doblada al ruso. ¡Qué decepción! Como ya estábamos allí decidimos entrar a ver otra, una en francés, que resultó ser un bodrio de los buenos. Y además no estaba permitido comer en el cine, ni siquiera palomitas… ¿Cómo ira a disfrutar de una peli en pantalla grande sin palomitas siendo americana? Oh, gran misterio. Salimos del cine con mal sabor de boca.

Y al llegar a casa se me ocurrió mirar en otro cine por si las moscas y, aunque no echaban Hombres de Negro, sí anunciaban la última de Tim Burton. Estábamos solas porque la peque se había ido a dormir a casa de una amiga y mi marido estaba de viaje…

 

 

Allá que nos fuimos. Tim Burton es Tim Burton.

Hubo palomitas (no muy frescas, la verdad sea dicha), la sala estaba decente. Y la película en versión original. Y mi hija y yo nos lo pasamos pipa.

Dio la casualidad de que al llegar estaba el dueño del cine en la puerta y fue a él a quien le preguntamos cómo encontrar la sala. Como resultado, ahora me envía la cartelera semanal por email para que la difunda entre los residentes de la urbanización. Siempre sé qué películas están echando.

 

 

Y esta semana mis chicos han cumplido años. No son cumpleaños cualquiera porque el pequeño (izquierda) ha hecho 12, lo que en edad humana correspondería a unos 84, y el mayor ha cumplido 14, unos 98. Ahora tengo que calcular cuándo cumpliría 100 el mayor durante el año. Si un año canino son 7 humanos… contando con que mis cálculos no fallen (y lo mío no son las matemáticas, eso está claro,) cumpliría los 100 nuestros allá por el 10 de agosto. Ese día tendremos que comprar un par de bombones. Sí, ya sé que el chocolate no es bueno para los perros pero es lo que más le gusta en el mundo mundial y no todos los días se cumplen 100 años, ¿no os parece?

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

No he desaparecido

Posted on June 20, 2012 by Julia Esténoz

No, no he desaparecido pero desde hace un par de semanas no podía publicar nada en el blog porque me daba error. Al consultar, el sistema me enviaba un mensaje diciéndome que comprobara que no tenía ningún virus. No lo tenía. Y con eso me quedaba. Envié consultas a los proveedores… nada. Hasta que ayer se me encendió la lucecita. Hace poco cambié de Safari a Google Chrome para poder utilizar el Google Translate en las páginas en ruso y no tener que hacer tanto esfuerzo por entenderlas. He ahí el problema, eukera!!! En cuanto volví a Safari, el sistema dejó de dar error. Parece que Chrome y Mac no son precisamente amigos.

Así que he vuelto con unas cuantas tonterías que contaros.

 

Os diré, por ejemplo, que nuestra urbanización se vacía. Ha llegado el verano y con él un montón de traslados de varios vecinos que marchan hacia otras tierras y otras aventuras. Por eso se multiplican los “garage sales” como champiñones. ¿Qué es un “garage sale”? Literalmente, una “venta de garaje”. Cuando alguien se muda o hace una limpieza de esas en las que decide deshacerse de las cosas viejas acumuladas en el garaje, lo anuncia por el barrio o la urbanización, saca los objetos a las puertas de su garaje, donde hay espacio, les pone precio, y espera que la gente se pase por ahí y los compre. Es una buena forma de librarse de los trastos viejos, de la ropa que se ha quedado pequeña, de los regalos indeseados, de las compras compulsivas y sin sentido y recuperar una pequeña parte de la inversión original. Solo he visto este tipo de ventas en Estados Unidos y aquí, en la urbanización.

 

Os he hablado del terrible tráfico de Moscú. En ocasiones, lo que debería costar veinte minutos se puede convertir en hora y media fácil. Y lo peor es que los coches no están parados pero avanzan casi metro a metro. Así te da tiempo a ver de todo: gente jugando con el teléfono, con el ipad, leyendo… sí, leyendo, leyendo una novela. El tipo que veis en la foto estaba conduciendo en el túnel a la vez que leía la novela, aunque la imagen no sea muy clara. ¡Y luego nos sorprende que haya accidentes! Y esa es otra, cuando aquí hay un accidente, no se pueden volver a mover los vehículos implicados hasta que llegue la policía. Por lo que ves esas colas interminables, parachoques contra parachoques, y en mitad una pequeña isla formada por dos coches unidos por un golpe. Y los dueños de pie, junto a sus vehículos, teléfono en mano, tranquilos como solo los moscovitas pueden estarlo en esas circunstancias. ¿Para qué ponerse nerviosos o enfadarse? Eso no arregla nada.

 

 

Y tuvimos la fiesta que celebra el cumpleaños de nuestra urbanización. 22 años. Los gestores montaron una carpa gigantesca donde nos pudimos guarecer de la terrible lluvia que cayó durante casi todo el día y disfrutar de toda la comida que nos ofrecieron (gratis): pinchos morunos de todo tipo, ensaladas, pollo a la barbacoa, etc. Como Coca-cola y una empresa de cervezas patrocinaban el evento, también teníamos bebidas a elegir. Hubo un circo, atracciones para los más peques, puestos de manualidades donde aprender a hacer muñecas y otras cosas y aventuras, como la que veis en las fotografías. Te podías montar en el 4 x 4 y subir y bajar pendientes increíbles e incluso cruzar una casa en obras por el interior!!!!! Una locura. Mi hija mayor hizo el recorrido dos veces conduciendo ella. ¡Cómo se lo pasó! A lo que ya no llegamos fue al globo aerostático que prepararon para última hora de la tarde y que ascendía 30 metros. (No es que me fuera a subir, con el terrible vértigo que padezco, pero sé que hubo largas colas de vecinos para hacerlo.)

 

Fue toda una señora fiesta. Los peques, sobre todo, disfrutaron de lo lindo. Mi hija menor aparecía y desaparecía y se puso hasta arriba de algodón de azúcar. “Tú vete a tu bola, que yo me iré a la mía,” me dijo al llegar por la mañana. ¡Y vaya si se fue a su  bola! No me tuve que preocupar de ella ni un minuto. Bailó, jugó, comió… se lo pasó cañón. Y eso que hizo mal tiempo durante casi todo el día.

Pero el mal tiempo fue una pequeña bendición. Si hubiese hecho bueno, no habríamos cabido todos bajo la carpa y en las mesas que habían organizado para comer. Según me han contado, otros años hay unas colas eternas para hacerse con la comida y la bebida. Este año fue de lo más fácil.

La verdad es que no nos aburrimos. Aquí siempre hay algo que hacer o esperar. Yo encantada, claro.

 

 

Pero no todo es juerga y fiestas, también queda algo de tiempo para culturizarse. La semana pasada fui con mis hijas a la Casa de la Música (mi marido estaba de viaje.) Teníamos entradas para ver Porgy & Bess, de Gershwin, sin saber muy bien si nos íbamos a encontrar con un musical en toda regla o solo con una interpretación sinfónica. Fue una mezcla de las dos cosas. En una sala cuya acústica dicen que es de la mejores del mundo, en competencia con la sala Tchaikovsky, también en Moscú, la primera parte del concierto fue una interpretación de piezas de Bernstein y Gershwin a cargo de la Filarmónica de Moscú. Fue muy divertido porque no se trataba de las típicas obras clásicas y veías al director y a los músicos casi bailando para interpretarlas.

 

Y la segunda parte fue aún mejor. Interpretada por Angela Brown (en la fotografía), su forma de cantar, sus gestos, su calidez, todo nos hizo disfrutar un montón del conjunto de temas del famoso musical. ¡Cómo nos lo pasamos! Fue genial. La gente pidió bises hasta aburrirse y después aún tuvimos la oportunidad de charlar unos minutos con los cantantes y que les firmaran autógrafos a las niñas. Fue una noche memorable.

 

La Casa de la Música es un lugar muy curioso. No me diréis que el techo no parece una foto de la parte de abajo del Enterprise de Star Trek… La sala principal no es muy grande, así que asistir allí a un concierto te da la sensación de estar en familia y ser uno de los pocos afortunados que ha conseguido un asiento. Y ya veis el órgano que preside el escenario… impresionante. Está claro que Moscú es una de las capitales mundiales de la cultura.

Seguimos descubriendo cosas nuevas cada día.

Un abrazo, J.

 

Y celebramos el Progressive Dinner…

Posted on June 7, 2012 by Julia Esténoz

Llegó la noche del Progressive Dinner. Después de un par de meses de preparativos, manualidades, esfuerzos, búsquedas, por fin llegó la noche en la que se utilizaría todo nuestro trabajo. Íbamos a contar con la participación de más de 190 personas y el parte del tiempo hablaba de lluvias durante todo el día y grandes vientos y tormentas para la hora en la que debíamos desplegarnos por toda la urbanización para ir de casa en casa.

 

Estuvimos decorando la terraza sobre el restaurante el día anterior a la fiesta. Como la previsión era tan mala, decidimos en el último momento cambiar toda la planificación y mover las shishas y el cigarrero a la terraza sobre el restaurante. Aunque instalamos las carpas en el jardín, no nos atrevimos a tenerlas como única opción.

Y más vale, porque diluvió toda la noche.

Lo que tenía que haberse celebrado al aire libre lo subimos a la terraza y lo que debía haberse hecho allí pasó al restaurante. Afortunadamente, conseguimos convencer al dueño para que nos cediera todo el espacio que se suele utilizar para las mesas porque durante la fiesta no quedó un hueco libre.

 

La gente llegó puntual a eso de las 6. Se les sirvieron copitas de cava, zumos, refrescos o vasos de cerveza, según prefirieran. Contamos con el patrocinio de Coca-cola, Lindtt, Parliament (vodka ruso) y alguna otra empresa que nos donó regalos para los invitados. A las 6 y media salieron la pareja de bailarines cubanos y se abrieron un hueco para deleitar a los invitados. Él era cubano y ella rusa y no sé si bailaban bien o no porque yo estaban muy ocupada con otras cosas de la urbanización pero sí que consiguieron que la gente se animara. Arrastraron a la gente, que era de lo que se trataba, y lo hicieron francamente bien.

Y cuando acabaron nos marchamos a repartir los sobres. Mis ayudantes y yo nos colocamos en tres filas ordenadas numéricamente para que las parejas pasaran a recoger sus sobres. Estaban numerados por casas y en los sobres se les indicaba a qué casa debían ir para tomar el primer plato. El reparto de los sobres, la parte quizá más complicada de la noche, terminó puntualmente a falta de unos cinco minutos para las 7. Todo iba sobre ruedas.

Así que mi marido y yo nos dirigimos hacia la primera casa de la velada, donde también nosotros tomaríamos el primer plato. Nos tocó una casa de una pareja de croatas a quienes no conocíamos. Y resultaron ser encantadores. Nos sirvieron unas gambas picantes acompañadas de un buen vino blanco. Tras acabar ese plato, los anfitriones nos dieron el sobre correspondiente al plato principal de la noche. Más vale que le habíamos pedido a nuestro conductor que se quedara hasta que terminase la parte de ir de casa en casa esa noche porque no dejó de llover ni un instante. La segunda casa estaba en la otra parte de la urbanización y nos costó un poco dar con ella. Nuestro chófer estaba alucinando. No entendía por qué íbamos de casa en casa y todavía le resultaba más difícil de entender aún porqué todo el mundo había salido de estampida a las 7 “si se suponía que teníamos una fiesta.” Se estaba haciendo cruces. “¿Es un juego o algo?” nos preguntó. Cuando se lo explicamos (¡en ruso!) se partía de risa. No sé qué pensaría de estos locos extranjeros después de eso. Sobre todo porque sabía que yo era la organizadora de todo el tinglado.

 

En la segunda casa coincidimos con Amalia, una de mis amigas que también había formado parte de la organización. Como su marido no quería participar, se había “emparejado” con Caroline, una inglesa cuyo esposo estaba de viaje. Luego irían juntas a donde les correspondiera, como si fueran una pareja más.

En casa de Caroline nos ofrecieron comida griega, la especialidad de Amalia: un plato de una especie de lasaña de su país y varios acompañantes para chuparse los dedos. Y vino, claro, que no faltara el vino.

En esa ocasión la otra pareja a la mesa estaba formada por una rusa y un sudafricano que nos estuvieron explicando su experiencia en un restaurante de Moscú en el que se come a ciegas, con todas las luces apagadas. Yo ya había oído hablar de ese tipo de sitios pero nunca había conocido a nadie que hubiese estado. Fue entretenido. No creo que me anime a visitarlo pero está bien que te lo cuenten de primera mano.

Y ya está, se acabó, siguiente sobre. Los postres nos tocaban en una casa no muy alejada de la nuestra y en la que viven unos noruegos. El plato que nos sirvieron fue una ensalada de frutas con salsa de vainilla. Y vino.

 

Al acabar el postre salimos pitando hacia la fiesta. Yo no podía faltar, claro.

La gente fue llegando poco a poco y pronto salieron los cubanos a bailar para animar a la gente. Eso fue lo único que hizo falta. Los vecinos se desmelenaron. ¡Y vaya si se desmelenaron! Vi cosas aquella noche que no había visto nunca! ¡Qué descaro! ¡Cómo bailaban algunos y algunas! ¡Y no precisamente con sus cónyuges!

 

La gente se lanzó a mover el esqueleto y a disfrutar de la fiesta. En la terraza los camareros servían cócteles de vodka o cuba libres, el cigarrero preparaba auténticos puros cubanos para quien los quisiera y los libaneses repartían pipas de agua entre los allí sentados. Abajo, en lo que suele ser el restaurante, la música estaba a todo volumen, el camarero de los mojitos no paraba de enseñar a la gente a prepararse el cóctel y los camareros servían vino y cerveza sin parar.

Y la gente bailaba y bailaba y bailaba. Los bailarines cubanos incitaban a quienes apenas se movían y consiguieron que la gente realmente se lanzara. Fue genial ver a los latinos bailando codo con codo con los de otros países y nacionalidades. Aquella noche solo importaba pasárselo bien.

 

 

De los sones latinos pasamos a discotequeros y a los más actuales. Y la gente bailaba. No dejaron de bailar ni un minuto en toda la noche.

Yo subía de vez en cuando a comprobar que la gente estuviera cómoda y que no faltara de nada. Poco a poco se iban acomodando personas alrededor de las mesas para pedir que les sacaran una shisha. Nuestros proveedores habían llevado pipas de agua y puros para vender a los vecinos que quisieran comprar.

Por las escaleras, todo el mundo con el que me cruzaba me decía que la fiesta era un éxito y que se lo estaban pasando cañón. No había más que asomarse al restaurante para ver que la juerga solo estaba empezando y que iba a ser larga, muy larga y animada.

 

El habanero resultó ser un caballero muy interesante que trabajó durante hora y media sin parar y que repartió sus puros entre los invitados. No le daba tiempo a terminar uno, que ya se lo estaban quitando de las manos. Además de los que él lió, habíamos comprado otros cincuenta puros cubanos para que nadie se quedara sin uno y también esos se agotaron. Ya no me dio tiempo a preguntarle si alguien le había comprado alguna caja de puros para llevarse a casa.

Y abajo la fiesta seguía.

A medianoche pedí a todo el mundo que se reunieran en el restaurante porque teníamos una rifa y las piñatas cubanas.

 

En la rifa repartimos los regalos que nos habían dado los patrocinadores. Parece mentira lo contentos que se ponen algunos por ganar una camiseta y un par de gafas.

 

La gente jugó a las rifas y a las piñatas y parecieron disfrutar con ello. Y eso dio pie a lo que mis amigas latinas llaman “la hora loca.” Música movida de verdad, silbatos, maracas… Repartimos unas trescientas maracas que habíamos fabricado con botellas vacías de agua y todo el mundo se volvió loco bailando. Fue divertidísimo ver a los ejecutivos, otros días tan serios, bailando descontrolados.

 

La hora loca fue eso, una hora loca de desenfreno, baile y cachondeo. Los bailarines cubanos ya se habían marchado y también se fue el de los puros. Pero nadie se dio cuenta. Los camareros sacaron aceitunas, cacahuetes y galletas saladas para picar y poco a poco la música fue volviéndose más variada.

A las 2 de la mañana se suponía que teníamos que terminar. Media hora después de lo acordado se marchó el DJ. Y a eso de las 3 me planté para que se pudieran marchar los camareros. Todavía había unas cincuenta personas bailando sin freno. No se querían ir. “Una más,” me decían. Pero se acabó.

Fue toda una fiesta. Me lo pasé bomba.

Un abrazo, J.

 

Cosas que uno se encuentra por Mosú

Posted on May 27, 2012 by Julia Esténoz

 

Ya os he contado muchas veces que Moscú es una ciudad de grandes contrastes, un lugar donde te puedes encontrar las cosas más increíbles y además darte cuenta que nadie más lo está mirando. La gente está tan acostumbrada a lo excéntrico, que no le prestan gran atención. O tal vez sea que lo diferente no les parezca importante o que no les guste demostrar su extrañeza para que no les consideren poco cultos… no sé. Sea cual sea el motivo, en ningún otro lugar del mundo me he encontrado con tantos contrastes.

 

Os pondré el ejemplo de los deportivos. Hace unos días iba por Moscú con mis hijas y se quedaron prendadas del que veis en la fotografía. Y ayer salía de comer con unos amigos y en la puerta del restaurante había dos maserati. Aquí es bastante habitual encontrase coches así. Pero a la vez nos topamos con la imagen de la derecha. Ese coche no está yendo por la carretera. Se ha metido por las vías del tranvía para circular más rápido evitando los atascos. Ambas fotos las tomé el mismo día, como veis.

 

Rusia se supone que es un país moderno y avanzado. Y sobre todo un país con muchísima cultura. Es el país que envió la primera misión tripulada al espacio y logró otro montón de hitos científicos. Pero sigue siendo un país donde los limpiaventanas aún se cuelgan con cuerdas desde el tejado para hacer su trabajo. Observaréis que ni siquiera lleva un triste casco, por no mencionar un arnés o cualquier otro medio de protección…

 

Y en este país tan moderno y avanzado, el camillero de una ambulancia va fumando tranquilamente. Yo creía que ya no pasaba en ningún rincón del mundo desarrollado. En Rusia todavía hay bares y restaurantes con zonas para fumadores y no fumadores. Y en el metro y otros lugares públicos está prohibido del todo. Hacía muchos, muchos años que yo no veía a nadie fumando dentro de una ambulancia en marcha.

Y antes de ayer nos pasó a mi hija y a mí algo curioso. Nos sentamos en un café (una especie de cafetería que también sirve comidas sencillas) a tomar un poco de sushi. Al acabar, pedimos la cuenta. Al ir a pagar decidimos librarnos del montón de calderilla que se nos había acumulado. Religiosamente contamos cada billete y moneda hasta alcanzar la cifra total. Y nos fuimos, no sin advertirle a la camarera que tuviera cuidado al recoger el pequeño libro donde debes depositar el dinero, no se le fuera a caer alguna moneda. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa cuando ella y otra compañera salieron en nuestra persecución! Vinieron a decirnos que no cogían las monedas pequeñas, lo que se correspondería con los céntimos en otros países. Pero, ¿es dinero, no? les pregunté yo. Sí, me dijeron, pero no se lo podemos dar a ningún cliente y por eso no lo queremos. Me puse a contar los billetes y las demás monedas allí de pie, para demostrarles que no les habíamos dado dinero de menos. Y cuando llegué a las pequeñas me volvieron a repetir que no las cogían. Es dinero, así que las tendréis que coger, les dije. Al ver que me ponía seria, se me enfurruñaron y, sin decir otra palabra, se dieron media vuelta y se marcharon. Cosas de los rusos, supongo.

 

 

¿Y esta otra curiosidad? Les encanta la naturaleza; por toda la ciudad hay zonas de parque que son verdaderos bosques con animales salvajes y todos los moscovitas están deseando irse los fines de semana a sus “dachas” y disfrutar de lo natural… Y luego te plantan un árbol de plástico como este en un jardín…

 

También os he contado otras veces que en la ciudad (y sobre todo en sus bosques) hay verdaderas jaurías de perros sin dueño que viven en manadas y que son alimentados por los vecinos con las sobras de sus mesas. Por toda la cuidad encontramos recintos preparados para ejercitar a los perros que sí tienen dueños en agilidad y poder soltarlos un rato. Y habéis visto fotos de los caballos y sus jinetes por mitad de la ciudad… sí, está claro que a los rusos les gustan los animales. Y luego me voy al centro hípico que tengo junto a nuestra urbanización y me encuentro con este cerdito… al que por cierto, le hacía falta una buena pedicura.

Os seguiré contando las curiosidades que me encuentre.

Un abrazo, J.

 

El secreto mejor guardado de la Guerra Fría

Posted on May 22, 2012 by Julia Esténoz

 

El búnker B-42 fue eso, el secreto mejor guardado de la Guerra Fría. Ni siquiera quienes vivían en los edificios junto a él conocían su existencia. Se mandó construir a la par que se excavaban los túneles para una de las líneas de metro y, oculto bajo la coraza de un edificio de pisos cualquiera, sus muros de seis metros de hormigón armado ocultaban una cúpula anti-bombas y un espacio subterráneo a 65 metros (ó 18 pisos) de profundidad. Ayer lo visité.

 

Hoy su entrada la marca esa gran estrella roja pero antiguamente no había nada. Y esta puerta se encuentra en un callejón metido entre calles, en un barrio de trabajadores que, a pesar de estar bien cuidado, no parece contar con ningún atractivo especial.

De hecho, fuimos con otras tres parejas y, gracias a nuestro maravilloso conductor, nosotros no nos perdimos pero todos los demás tuvieron que dar varias vueltas para dar con el sitio.

 

 

En el breve paseo que dimos por los alrededores antes de entrar pudimos ver un paisaje urbano con el que ya nos estamos familiarizando: jardines decorados con piedras multicolores, iglesias varias, vallas verdes y amarillas protegiendo la hierba.. pero todo con color. ¡Cómo les gustan los colores a los rusos!

Al entrar nos estaba esperando la guía. No se puede visitar el Búnker 42 sin guía porque nos podríamos perder por sus múltiples túneles, que cubren más de 7000 m2 de superficie. En este caso nos tocó una con un inglés un poco flojucho pero sonriente, algo poco habitual por estos lares.

 

 

Nos explicó que el búnker se mandó construir en 1956. Primero se edificó un bloque de pisos que iba a actuar como tapadera porque estaba hueco por dentro y solo ocultaba la estructura de hormigón. Como ya os he dicho, los túneles se excavaron a la par que el metro más cercano para no levantar sospechas.

En el centro trabajaban 600 personas a tres turnos y ni siquiera ellas conocían la existencia de todas las instalaciones ocultas en el complejo subterráneo. Había diferentes niveles de autorización y solo se tenía acceso a ciertas zonas según el nivel de autorización que se tuviera. La mayoría del personal estaba formado por mujeres porque había una gran sección dedicada a las comunicaciones y eso era “trabajo femenino.” Los moscovitas nunca supieron que el búnker existía.

 

 

Las puertas de acceso al interior del búnker eran gigantescas y se situaban justo antes de un corto pasillo con otras puertas de cierre hermético de color verde en cuyo interior los agentes debían cambiarse las ropas que pudieran estar contaminadas de radiación.

Y entonces empezamos a bajar. 18 pisos. 65 metros. No me imagino cómo sería trabajar aquí, teniendo que subir y bajar todo el día. Estarían de lo más atléticos.

 

Pronto llegamos al primer puesto de control. Todo se ha intentado mantener como estaba originalmente. No cuesta mucho imaginar a un agente sentado ante esta mesa asegurándose de que no entra ningún espía a las instalaciones.

 

Las instalaciones del búnker se dividen en cuatro bloques o secciones: la primera que visitamos era la de control, las dos siguientes se centraban en cuestiones de comunicación y la cuarta se dedicaba a soporte técnico: comedor, enfermería y cosas así. Los túneles son laaaaaaargos y están recubiertos de hormigón armado o planchas de acero. El complejo contaba con su propio suministro de agua y ventilación y podía almacenar las provisiones necesarias para 3000 personas que podían sobrevivir durante noventa días.

 

Stalin mandó construir el búnker 42 porque el suyo no era a prueba de bombas atómicas. Algún día visitaré ese (que también se conserva) y os lo contaré.

 

Este centro militar soviético de la Guerra Fría se utilizaba para enviar y recibir información desde otros lugares del gigantesco territorio de la antigua Unión Soviética y en él se ubicaban los ordenadores y máquinas que permitían lanzar misiles atómicos.

El entramado subterráneo contaba con algunas salidas camufladas a las cercanas vías del metro.

 

Os lo juro que era como si nos hubiésemos metido en una peli de espías. Si de pronto hubiese aparecido 007, me habría parecido de lo más natural.

Recorrimos metros y metros de túneles. De pronto se ampliaban y nos encontrábamos en salas de gran tamaño que hoy se dedican a otras actividades. Como el búnker ya no cumple su función (obviamente) hoy se aprovecha como lugar de eventos y sede de juegos de rol, además de contar con un restaurante y las visitas guiadas. Resulta chocante encontrarse mesas con manteles y sillas para comensales en mitad de tanto kilómetro desangelado. Sé que se organizan convenciones pero no imagino quién puede elegirlo como sede. ¿No os parece un poco tétrico?

 

 

A la izquierda tenéis la zona de convenciones y restaurante. Como veis, parece más moderna y cuidada.

Y a la derecha os he puesto una fotografía de una de las salas de mayor tamaño donde se juega a algo parecido al paintball en juegos de rol. Cuando nos acercamos a esa barricada de madera pudimos comprobar que estaba llena de las marcas de los impactos de los proyectiles. ¡Como para que te dé uno en el cuerpo! Ahora, eso sí, es un lugar perfecto para juegos como ese, ¿no os parece?

 

Íbamos recorriendo uno de los pasillos estrechos cuando, de repente, se apagaron las luces (¡cómo chillaban los niños… y los no tan niños!) y empezaron a sonar sirenas. Se encendieron unos faroles rojos intermitentes y se escuchó un mensaje (obviamente en ruso, así que…) La situación duró un par de minutos. Estaba claro que pretendían imitar una emergencia o un posible ataque nuclear, para que nos hiciéramos una idea.

Fue una pena porque nuestra guía nos salió un pelín sosita y fue incapaz de darle la más mínima emoción al asunto.

Seguimos recorriendo pasillos y escuchando las explicaciones que nos daban sobre el lugar, observando detalles, como las planchas de hormigón gigantescas que formaban los muros interiores o cómo se extendían los cables por ellos.

De allí nos llevaron a una pequeña sala de cine donde nos proyectaron una vieja película sobre los orígenes y el desarrollo de la Guerra Fría. Aprendí muchas cosas. Yo no sabía, por ejemplo, el montón de bombas atómicas que se han hecho explotar en el mundo hasta ahora. Fue toda una sorpresa.

 

 

De allí fuimos a la sala de control. En ella había algunas de las máquinas con las que trabajaban los militares en la época de la Guerra Fría. Incluso hicimos una especie de simulacro de lanzamiento de un misil atómico. Una vez más, si nuestra guía hubiese tenido un pelín más de gracia, la actividad habría podido resultar interesante.

La siguiente sala fue la más divertida. En ella se atesoraban un montón de aparatos y objetos de la época y nos permitieron tocarlos e incluso ponérnoslos para ver qué se sentía.

 

Nuestra super-guía nos explicó para qué servía cada uno de esos aparatos e incluso hizo una prueba de conexión de la centralita telefónica con un par de voluntarias.

 

En la sala había un poco de todo: desde máscaras de gas a máquinas de escribir o de taquigrafía con teclado cirílico, desde armas o ropa de los militares a grabadoras de la época, desde cajas fuertes a máquinas de función para mí desconocida.

Y todo estaba presidido en una esquina por el escritorio de algún oficial, encabezado por el retrato de Kruschev en la pared.

 

 

Viendo esta foto del escritorio, ¿no os imagináis que pudiera haber sido tomada durante la Guerra Fría? Yo en aquel búnker sí sentí que las cosas fueron como nos las han contado las películas y los libros: los espías, el miedo, el secreto, la paranoia…

Al visitar este sitio, todo lo que he leído en libros y

 

visto en el cine, cobra una nueva dimensión de realidad, como cuando fui a Auschwitz por primera vez: por mucho que te cuenten, nunca puedes hacerte una idea de la dimensión e importancia de lo que allí ocurrió hasta que lo ves en persona.

 

Pronto os contaré más cosas de este país tan curioso y diferente.

Un abrazo, J.

Otra de curiosidades

Posted on May 18, 2012 by Julia Esténoz

 

Nos fuimos de compras para hacernos con todo el material que vamos a necesitar para decorar las zonas en las que vamos a celebrar el Progressive Dinner. ¿Qué es un Progressive Dinner? Yo tampoco lo sabía. Pero me pidieron que lo organizara, así que…

Un Progressive Dinner solo se puede hacer en un entorno limitado. Se trata de lo siguiente: la gente se apunta. Cuando se tiene la lista de participantes, estos se reparten entre las casas con el objetivo de que las parejas tomen cada uno de los tres platos de la cena de esa noche (entrantes, principal y postre) en casas distintas y sin volver a coincidir con ninguna de las parejas con las que ya hayan estado con anterioridad. Por ejemplo, a mí me puede tocar tomar los entrantes en la casa X, actuar como anfitriona para el principal, y tomar el postre en la casa Y. Eso es, en esencia, un Progressive Dinner.

En nuestro caso tenemos una fiesta pre-cena y otra fiesta post-cena. En la primera nos entregan los sobres donde nos dicen dónde debemos ir a tomar los entrantes. Al acabar en esa primera casa los entrantes, el anfitrión nos dará los sobres donde nos dirán en qué otro domicilio debemos tomar el principal y allí dónde hemos de comer el postre.

Estamos en plena preparación en estos momentos. La fiesta tendrá lugar el día 2 de junio y se nos han apuntado unas 90 parejas. La urbanización nos deja unas tiendas de exterior y podemos utilizar una terraza cubierta y una zona del restaurante. Para la pre-cena, y como el tema de la fiesta es Havana Nights, hemos contratado una pareja de bailarines cubanos profesionales y vamos a servir cava, cerveza y bombones (que un patrocinador nos ha regalado.) En la post-cena habrá bailarines, dj, shishas de sabores, un enrollador de puros profesional, una zona de chill-out, una rifa, piñatas cubanas con regalos varios y un montón de cosas más.

 

Ahora comprenderéis por qué tuvimos que ir a comprar motivos decorativos…

La tienda que nos recomendaron era increíble. No solo había una gigantesca variedad de globos como los de la foto (había tres veces más modelos), sino que el material se organizaba en secciones: hawaiana, de terror, de indios y vaqueros, romántica, etc, para que cada uno se pueda montar la fiesta de sus sueños, y contaban con todo tipo de cosas: desde colgantes en papel, a silbatos, matasuegras, disfraces… de todo.

Y eso que disponemos de un equipo completo de ayudantes que van a decorar las salas y que están preparando cientos de manualidades para colgar… Y hay otro equipo encargado del entretenimiento: la música, las actividades… Y otro se encarga de las bebidas porque tenemos patrocinadores que nos las regalan pero hay que coordinar todo… Y otro que se asegura de que las instalaciones están limpias antes y después de la fiesta… Y otro que se responsabiliza del sorteo (que según me han dicho, es muy, muy complicado…) Y el comité organizador, que maneja el dinero y toma las decisiones… Uf, ¿no os he agotado ya? Pero creo que el resultado tiene bastante buena pinta.

Esta noche celebramos el sorteo. El marido de una de las del comité diseñó hace unos años un pequeño programa informático que reparte los números de las casas y los platos a fin de garantizar que las parejas no coincidamos en dos casas distintas esa misma noche. El objetivo de todo el tinglado es que los vecinos de la urbanización nos conozcamos y que el ambiente sea mejor. Yo no tengo que cocinar porque bastantes cosas tendré que hacer esta noche pero, por supuesto, os la contaré.

 

Más cosas curiosas. Un detalle tonto. Fijaros en esos hombres que están sentados bajo el árbol. Eso solo lo he visto antes en Kazajstán. Están descansando. En la foto no se aprecia bien pero no están sentados. Están de cuclillas pero en una postura en la que apoyan totalmente los pies. No están sobre las puntas. Es una postura que adoptan sobre todo las razas tártaras y que a mí me parece incomodísima. De hecho, creo que soy incapaz de guardar el equilibrio mucho rato así.

Pronto os cuento más tonterías.

Un abrazo, J.

▪    Foto de la paella…

 

Posted on May 16, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Paella                                                                                                                                                    Esto no sé qué era

 Cinnamon rolls… Bollitos de canela. Hmmmm, deliciosos. Mi bollería favorita.

 

 

Cosas de expats…

Posted on May 16, 2012 by Julia Esténoz

 

En el colegio internacional de Polonia también celebrábamos una Feria Internacional. No tenía ningún objetivo benéfico, como muchas de las otras actividades que organizábamos, sino que pretendía unir culturas y facilitar que nos conociéramos los unos a los otros.

El fin de semana pasado celebramos una feria así en nuestro colegio actual. Como el centro es tan grande, la preparación de la mesa española nos planteó un enorme desafío: solo somos tres familias entre todas las demás nacionalidades. Debíamos cocinar platos de nuestros países y montar un puesto con decoraciones y objetos que hablaran un poco de cada país.

 

Así que el día anterior a la feria preparé nada menos que siete litros de gazpacho, seis paellas, cuatro tortillas de patata y dos kilos de chorizo al vino. Además, la Embajada me dejó una de sus banderas y, a través de su sección de turismo, obtuvimos bolígrafos, imanes y chapas con la imagen de España para regalar.

Y allá que nos fuimos las tres españolas a montar el puesto. También habíamos conseguido jamón, fuet, queso manchego y otra compatriota que no tiene a sus hijos en el cole se había solidarizado con nosotros y nos había preparado cuatro flanes. Como yo había hecho el gazpacho, las otras dos mamás cocinaron pisto.

 

Preparamos las mesas cubriéndolas con papel rojo y amarillo, pasamos un par de horas preparando pinchos y tapas con la comida que habíamos llevado, nos pusimos un delantal de faralaes, peineta y flores en la cabeza, y a servir…

Tuvimos mala suerte en cuanto a la localización de nuestro puesto. La idea era que nos pusieran en el patio, al aire libre, pero amenazaba lluvia, así que tuvimos que colocarnos dentro y no nos tocó un lugar demasiado céntrico. Aún y todo, casi acabamos con todas las existencias, sobre todo de gazpacho y paella.

Cuando pude me escapé para dar una vuelta por la feria y ver qué países estaban representados. Había de todo, desde la típica barbacoa americana a auténtico shushi japonés, desde galletas saladas de queso turcas a platos que yo no había visto nunca: comida vietnamita, rusa, holandesa, canadiense, australiana, filipina, inglesa, turca… de todas partes Es una actividad divertida y en la que se puede aprender mucho sobre diferentes países y culturas. La gente se llevaba no solamente la comida, sino contenedores con la cena para casa.

 

Había muchísima gente, gente de todos los países y de todas las edades, familias completas y un montón de profesores. La gente se arremolinaba alrededor de los distintos puestos mirando, comprando, comiendo… Apenas había sitio en los pasillos para ir de una esquina a la otra.

En la foto apenas podéis ver niños porque estaban todos en la sala de juegos. Toda la feria la montamos voluntarios, algunos cocinan, otros organizan las mesas, otros distribuyen materiales, algunos se encargan del buen desarrollo de los juegos infantiles y de las demás actividades lúdicas, los hay que echan una mano en el puesto de primeros auxilios, etc. Y curiosamente, todo funciona.

 

Mi hija pequeña se lo pasó en grande y disfrutó de los platos exóticos y de ganar un montón de premios en la sección para peques. Fue un gran día para ella.

Además de los puestos de comida de cada país, también los había de artesanía y algunos productos traídos de otros países, como pañuelos o gorros holandeses. Entre las mesas con objetos hechos a mano había figuras, muebles típicos rusos, ropa tradicional, muñecas, pendientes y anillos, cajas lacadas, etc.

 

 

 

Entre las atracciones que habían organizado estaban las más tradicionales y las menos vistas. Seguro que en alguna película os habéis encontrado con la imagen de una especie de piscina y alguien sentado sobre una pequeña repisa, sobre todo en las ferias, en las que el objetivo es hacer caer a esa persona al agua… Pues también tuvimos de eso. Las personas que se sentaron en la repisa fueron el director del colegio y los jefes de estudio.

La feria duró de 12 a 16 hrs. Fue intensa y, como veis, algo que solo se puede hacer en una comunidad internacional como esta. No me imagino algo así en un colegio nacional de ningún país porque faltaría la variedad y la original. Si fuese un cole en España, igual se podría hacer una Feria Regional, pero la mayoría de la gente ya conocería los productos, ¿no? Esta es una de las cosas divertidas de vivir como expatriados y algo que he pensado que muchos de vosotros quizá no hayáis vivido nunca.

Un abrazo, J.

 

El Día de la Victoria

Posted on May 10, 2012 by Julia Esténoz

Nos hemos levantado a las 6 de la mañana. Nuestros conductores nos dijeron ayer que deberíamos quedar a eso de las 7.30 para ir a buscar sitio a fin de ver el desfile militar. No es que los desfiles militares me apasionen pero una no está en Moscú y puede ver algo así todos los días. Los rusos celebran este evento para demostrar su gratitud a los millones de personas que, a la desesperada y de manera heroica, lucharon como pudieron para derrocar a Hitler.

Como el centro de la ciudad está cerrado al tráfico e incluso algunas paradas de metro se cierran a los peatones, no podíamos llegar hasta allí en coche. Así que hemos tenido que ir en metro. Y cuando ya creíamos que habíamos llegado, nos han hecho volver a subirnos para desplazarnos a una parada de distancia porque la que habíamos elegido estaba cerrada a los peatones.

 

Nuestro chófer nos dijo ayer que el desfile empezaba a las 10. Como hemos llegado a eso de las 9 y no había apenas gente, hemos ido a desayunar. Al volver, todavía no había mucha gente. Hemos elegido un buen sitio y nos hemos puesto a esperar. Las 10, las 10.15, las 10.30… nada. Las 10.45, las 10.50… y en eso nos hemos encontrado con unos peruanos de la urbanización que nos han dicho que no íbamos a ver nada donde estábamos colocados porque el desfile pasaba por otra calle cercana.

Allá que nos hemos ido a todo correr. (Ya nos podía haber avisado el policía que hemos tenido delante nuestra mientras esperábamos allí de pie…)

¿Os he dicho que estaba lloviendo y hacía bastante frío? Hmmmmm

 

Cuando hemos llegado, efectivamente, estaban pasando unos tanques por la calle de al lado. Pero no he visto nada diferente de lo que ya me encontrara durante aquel ensayo. Nada de soldados a pie, nada de jinetes ni aviones, nada diferente en absoluto. Otra decepción. ¿Por qué estaba toda esa gente allí de pie, bajo la lluvia intermitente, si solo han pasado tanques, camiones y algunos otros vehículos motorizados? Me he perdido cinco helicópteros que portaban banderas (porque había entrado a una tienda a comprarme una chaqueta del frío que tenía) pero eran eso, cinco, ni uno más, ni uno menos.

El famoso desfile de la Victoria ha terminado en más o menos una hora.

Luego he visto en la tele que las tropas sí que han desfilado por la Plaza Roja (cerrada al público) así que todo lo espectacular que yo esperaba encontrarme ha sido en pase privado. ¿Y para eso han cerrado las calles tantos días, provocando un mega caos circulatorio? Estos moscovitas son demasiado buenos con su gobierno.

Se acabó el Día de la Victoria.

Un abrazo, J.

 

Una de cal y otra…

Posted on May 9, 2012 by Julia Esténoz

Esta semana es fiesta aquí. Como hoy celebran el día de la Victoria, hay una especie de megapuente y no trabajan ni el lunes ni el martes. Y como el día 1 también era fiesta, tuvieron otra especie de megapuente. Vamos, que con las navidades ortodoxas y las fiestas de mayo, acaban teniendo más vacaciones que nosotros. Pero no es oro todo lo que reluce. Cuando hay un puente así, les toca trabajar (e ir al colegio) al sábado siguiente.

 

Pero en estas fechas de megapuentes, Moscú se queda literalmente vacío. No hay coches por las calles. Sí que ves algo de gente en las tiendas y restaurantes, pero mucha menos de lo habitual. Creedme cuando os digo que una imagen como esta es impensable cualquier otro día.

Como las niñas sí tenían colegio, mi marido y yo decidimos aprovechar y visitar algún museo. Nos fuimos de par de mañana al famoso Pushkin pero, como era muy temprano y aún no había abierto, tuvimos la gran suerte de poder dar un paseo en una mañana cálida y, como veis, muy apetecible. Todo un lujo.

 

Las calles no solo estaban vacías sino también limpias, muy limpias. Veíamos barrenderos por cada esquina preparando el centro moscovita para el gran desfile de hoy. Y había flores en cada jardín.

 

La transformación del paisaje urbano en Moscú ha sido increíble. Hemos pasado de una escena en blanco, a un marrón deslucido y de ahí a un profundo verde esmeralda en tan solo diez días. Mi marido comentaba que tal vez los árboles y las plantas hayan reverdecido con tantísima rapidez porque hay más horas de luz de lo habitual. Tal vez sea eso. La realidad es que el cambio en la naturaleza está siendo muchísimo más rápido de lo que yo haya visto jamás en ningún otro lugar.

 

Aprovechamos para dar un paseo por los jardines que rodean la Catedral. Hacía un día precioso de veras y disfrutamos un montón.

 

En los jardines encontramos una preciosa capilla de madera. Parecía sacada de un cuento de hadas. Es una pena que estuviera cerrada porque me habría encantado ver el interior pero así tengo una excusa para volver a visitarla.

Todo el jardín estaba inmaculado.Los parterres estaban llenos de tulipanes de todos los colores. Además, como el cielo estaba tan azul, parecía del todo mentira que pudiéramos estar en Moscú.

 

Y al salir del jardín, en sus verjas, nos encontramos con esa caseta y ese cartel que os muestro a la derecha, y nos preguntamos qué significaba: en este jardín se lavan coches? Solo se puede entrar si se ha lavado el coche? Lo más gracioso es que no hay carretera, es un jardín, y solo hay caminitos peatonales. Hmmmm, uno de los misterios de la cultura rusa, supongo.

 

No me diréis que no parece una foto sacada en los Alpes, o algo así.  Pues es el centro de Moscú, justo al lado del Kremlin. Jamás hubiese pensado que esta ciudad era así.

 

Seguimos paseando y llegamos al borde del río. En la otra orilla había una casa preciosa, uno de esos tesoros que a veces se encuentra uno mientras pasea por las calles de una ciudad desconocida. Mirad el detalle del tejado y el mosaico de la fachada.

Las avenidas que bordean el río estaban casi del todo vacías de coches y de peatones, algo inaudito. Así pudimos disfrutar del paseo doblemente.

El río es de color chocolate. No parece muy limpio aunque sí se ven peces nadando en él. Hace dos semanas estaba totalmente congelado y la gente caminaba sobre sus aguas…

 

No me diréis que Moscú no estaba precioso ayer…

 

 

Esta (horterada) de estatua es otro de los iconos urbanísticos de Moscú. Nunca la había fotografiado porque me espanta pero bueno, merecéis verla alguna vez.

Y esta foto hace tiempo que os la debía. Es un kiosco de los miles que hay por todas las ciudades de Rusia. La gente compra aquí de todo, desde tabaco hasta frutas y verdura. No puede haber muchas cosas más típicas que estos puestos de venta.

 

Decidimos acercarnos a un café para desayunar. Fuimos al primero que encontramos. Está abierto todo el día y toda la noche. Entre otras cosas que me llamaron la atención en el café está el horario en el que sirven desayunos… de 4 de la madrugada a 12. ¡Y luego hablamos de España! ¿Será el horario así para los que se van de juerga o para quienes tienen que madrugar un montón para ir a trabajar?

 

Otra cosa curiosa la encontré en el menú de tés. ¿Habéis visto qué alambique? No me atreví a pedirlo para desayunar pero algún día tengo que volver solo para tomarme un té en eso. ¡Qué cosas!

Y llegó la hora de entrar al museo. Según las guías, es uno de los mejores museos del mundo y se parece al Hermitage. No sé quién redactará esas guías pero… ¡qué decepción! ¡Qué chasco! ¡Qué tomadura de pelo! El Museo Pushkin está dividido en dos edificios. Y para ambos tienes que comprar entrada. Si solo hubiésemos comprado la entrada para el museo de arte clásico, me habría tirado de los pelos o habría pedido que me devolvieran el dinero. Os cuento…

En muchas de las salas del museo hay docenas de esculturas gigantescas. Impresionantes. Pero todas son vaciados en escayola de las estatuas más famosas del mundo: David de Miguel Ángel, la loba de Rómulo y Remo… etc. Así que entras y ves sala tras sala de copias en escayola. ¿Dónde se ha visto eso? Yo voy al museo para ver originales. Para ver copias me bastan las fotografías o internet. Y sí, luego vimos unos cuantos cuadros, uno de Velázquez, uno de Van Gogh, otro pequeñito de Goya, un Greco desconocido (por mí)… Como os digo, me pareció decepcionante. Tanto hablar del Pushkin, yo esperaba algo más espectacular y único.

 

Sí que es verdad que de pronto entramos en una sala y nos encontramos a esta organista interpretando música en directo. Nos quedamos un rato a escucharle pero la música que eligió no era demasiado apetecible así que decidimos seguir visitando las salas. No os pongo más fotos del museo porque están prohibidas (esta la hice a escondidas), algo que tampoco entiendo, sobre todo al saber que hay un porcentaje tan grande de imitaciones en escayola (!!!???)

Pero bueno, el segundo edificio sí tenía cosas que me impresionaron y merecieron la pena. Me enamoré de Van Gogh. Y me gustó mucho la colección que tienen de Gauguin. Había otros geniales y algunos conocidísimos: Picasso, Miró, Modigliani, etc. Y esos sí eran de verdad. ¡Más vale!

 

Así que salimos del museo y nos fuimos paseando por las vacías calles de Moscú hacia la Avenida Tvereskaya, una de las principales arterias de la ciudad, si no la más importante. Y por el camino observamos más cosas curiosas. Como esa torre entre edificios de pisos, donde todavía hoy se ven con claridad la hoz y el martillo, además de la estrella rusa. O las cámaras de seguridad que escudriñan cada rincón de la urbe. O la pequeña ermita que aparece como salida de la nada…

 

… O un montón de coches que, rodeando al del Presidente Putin, le escoltan seguro hasta la entrada del Kremlin mientras un montón de policías se aseguran de que no haya ningún otro vehículo en las proximidades.

 

 

 

Mientras, la ciudad sigue engalanada para la gran celebración. Por todas partes vemos banderines, banderas, estandartes y pósters, además de algunas decoraciones de mayor tamaño. Todo a puntito, a puntito.

Como no teníamos niñas, hacía un día precioso y teníamos tiempo, decidimos darnos un capricho y, siguiendo con el tema del día, comer en el que se precia de ser el mejor restaurante de Moscú, el Café Pushkin. Yo siempre había querido ir a conocerlo pero estábamos guardando la ocasión hasta el momento preciso. Así que allá que nos dirigimos…

 

Nos sentaron en una terraza cubierta y pronto hice uso de algo que solo he visto en Moscú, en los restaurantes de mayor nivel: esas mesitas con ruedas en las que las mujeres podemos dejar el bolso mientras cenamos a fin de evitar posarlo en el suelo o colgarlo de la silla. Muy práctico, la verdad.

 

La terraza resultaba de lo más agradable; estaba forrada en madera y el techo, de cristal, estaba cubierto de parras y enredaderas. Los camareros y camareras iban vestidos de época y hablaban un correcto inglés. El menú que nos presentaron estaba en inglés y se dividía en dos secciones: el menú de la taiga y el general, en el que los platos eran principalmente de la cocina rusa. Intentamos probar cosas locales y así mi marido se pidió un plato de encurtidos y yo una ensalada de tomate con queso hecho en casa y de segundo él optó por la ternera strogonoff y yo por los pelmeni (una especie de empanadillas cocidas) de salmón. Pero abrimos boca con un par de vasos de kvass, una bebida tradicional hecha a base de pan negro fermentado que estaba muy rica y unos pastelitos de carne.

 

 

La comida resultó agradable. Estaba rica. Los pelmeni me parecieron un poco aceitosos pero el salmón estaba suave y bien cocinado. La ternera de Jose estaba sabrosa y los pasteles de carne se dejaban comer. El postre fue espectacular. Mirad qué presentación. Toda una sorpresa.

 

Y para sorpresa, la que nos llevamos con el café. Pedimos unos expresos y cuando mi marido se tomó el suyo se encontró con una desagradable contribución en el fondo de la taza. Parecía un trozo de flan. No sé describirlo mejor. Llamamos al camarero y le preguntábamos qué era eso. El camarero se llevó la taza a la cocina y volvió al cabo de unos minutos a preguntarnos: ”¿Seguro que no lo ha puesto usted ahí, Señor?” “Por supuesto que no,” respondió mi marido. “Bueno, pues si no quiere pagarlo no se lo cobraremos.” Y con eso nos quedamos. Y sí, nos lo incluyeron en la cuenta. Un desastre y un servicio pésimo.

Así que ya veis, una de cal y otra de arena.

Mañana más. Un abrazo, J.

 

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De compras

Posted on May 8, 2012 by Julia Esténoz

 

En Moscú hay algunos centros comerciales de verdadero lujo, como ya os he contado alguna otra vez. incluyen las mejores tiendas y marcas y en sus pasillos hay cafeterías y restaurantes rodeados de vegetación natural, tipo oasis. En uno de esos centros comerciales, el llamado Crocus Hill Mall, hay varias piscinas entre las palmeras y ayer llegamos a tiempo de encontrarnos con un equipo de natación sincronizada que se encargaba de amenizar el paseo de los posibles compradores. Supongo que no se trataría del equipo que tantas veces ha vencido al español pero, quién sabe… Aquí todo es posible.

 

Las nadadoras hicieron su espectáculo, salieron del agua, saludaron a los pocos espectadores que se habían detenido a contemplarlas y se marcharon pasillo abajo, envueltas en sus albornoces.

 

Y ya estamos en plenas Noches Blancas. Aunque Moscú no es tan impresionante como San Petersburgo en eso, llama mucho la atención ver que es de día a las 5 de la mañana y que todavía no ha oscurecido a medianoche. La gente aquí sale de noche como si fuera de día porque no está oscuro y las terrazas se llenan a rebosar. Es todo un espectáculo.

Aquí veis mi jardín a las 5.15 de la mañana.

Hasta la próxima, J.

Se acerca el Día de la Victoria

 

Posted on May 6, 2012 by Julia Esténoz

El día 9 de mayo lo van a celebrar por todo lo alto. Y llevan ya muchos días preparándolo. Ya os conté que están ensayando el mega desfile. Pero una cosa que me está llamando poderosamente la atención es la complicidad del ciudadano de a pie, una complicidad un tanto contradictoria porque todos aquellos con los que he hablado me han dicho que lo van a ver por la tele pero…

 

… mi chófer no se ha podido resistir y ha comprado esta gorra a una vendedora ambulante en un semáforo. Los vendedores ambulantes venden ese tipo de gorras y banderitas, muchas banderitas. Y la gente compra. Por eso su patriotismo me choca tanto. Compran pero no van a salir a la calle a ver el desfile. También es cierto que lo mejor del desfile estará en la Plaza Roja y a ella solo tendrán acceso las autoridades y los veteranos. El resto de la gente podrá ver el acceso de las tropas por la avenida principal.

 

He empezado a ver la típica bandera naranja y negra a rayas, símbolo de San Jorge, patrón de Rusia, en todas partes. También representa todas las victorias rusas y el valor de sus soldados. Los hay que la llevan prendida a la camisa como un broche y los hay que la ponen en la antena del coche. Según un programa de televisión, se han regalado más de cincuenta millones de lazos hasta el momento. Es todo un fenómeno. Pero no se limita a los lazos que veis en la foto, ya que he visto el dibujo de la cinta hasta grafitti por las calles.

 

Y esta semana me encontré con este señor caminando por la calle. Cuando le pregunté si podía sacarle una foto porque me habían impresionado sus muchas medallas, me dijo que sí, siempre que mi amiga aceptara posar con él.  Está claro que se toma la cuestión de las medallas muy en serio.

 

O igual es solo que todo lo militar tira en Rusia. Ayer fui a hacer la compra al nuevo hipermercado que han abierto cerca de nuestra urbanización y descubrí que ya han inaugurado varias de las tiendas que lo van a completar. Entre ellas había una de armas… con un montón de fusiles.

No he visto un interés tan grande por el ejército de un país o su historia en ninguno de los lugares donde he vivido. Es muy interesante.

Os seguiré contando más detalles.

Un abrazo, J.

La lógica rusa es distinta

Posted on April 28, 2012 by Julia Esténoz

Os lo juro. Su forma de pensar es distinta. No es como la nuestra. Os voy a contar un par de anécdotas, a ver qué os parece y si estáis de acuerdo conmigo. Ya me diréis a qué conclusiones llegáis porque a mí me tienen un pelín desconcertada.

 

Empezaré por la del restaurante… Estoy preparando una fiesta para la urbanización en la que vivimos. Se supone que están invitadas todas las parejas de adultos y que habrá, entre otras cosas, un DJ y música para bailar. La juerga empezará después de cenar, a las 10. Hemos reservado una terraza que hay junto al restaurante y la dirección de la urbanización nos va a prestar varias tiendas para poner en el jardín. Así que se me ocurrió preguntarle al dueño del restaurante si tendría algún inconveniente en servirnos algo para picar a eso de medianoche: unas aceitunas, unos frutos secos… Pues sí, sí tenía inconveniente. “Yo no sirvo nada que no hayamos cocinado,” me respondió. Yo insistí diciéndole que le vendría bien incluso tomar eso como costumbre y servir una pequeña tapita con las cervezas o las cocacolas de los clientes, porque así estaríamos más cómodos y consumiríamos más en general, que era algo que ya había oído comentar a muchos que echaban de menos, que en la carta solo hay platos “grandes.” “No puedo,” me respondió. “Si sirvo unos frutos secos, he de cobrarlos y saldrán más caros que en la tienda. La gente se levantará, se irá a la tienda, los comprará y se los comerá en mi restaurante.” “Pero,” rebatí yo, “siempre los puedes comprar a granel a tus proveedores y te saldrán a dos gordas y podrás ganar un poco de dinero.” “No sirvo comida que no hayamos cocinado,” me volvió a decir. Y no hubo forma de convencerlo. Sin embargo, yo seguía necesitando el picoteo para la fiesta, aunque él no viera la oportunidad comercial en servirlo. Volví a la carga. “Mira,” me dijo al final, “tú te encargas de comprar los frutos secos, las aceitunas o lo que sea, y mis camareros te lo servirán… gratis.” Así que eso haremos. Mientras tanto, de algo sí ha servido la conversación. Ahora, cuando pides una cerveza (y si las camareras se acuerdan de hacerlo) te sirven en un platito unos trozos de pan de ajo fritos… claro, como están cocinados…

La segunda anécdota que os quiero contar le ha pasado a mi marido en el trabajo. Como muchos ya sabéis, mi marido tiene un apellido compuesto. Eso vuelve locos a los rusos (y a los americanos, a los polacos, a los japoneses…). Y está dando pie a mucho tiempo malgastado y a unas cuantas situaciones curiosas… Como no debo usar nombres en el blog, inventemos uno para mi marido, digamos que se llama Luis Felipe López de Ayala… La primera complicación surge cuando deciden poner su nombre en la puerta de su despacho. Le consultan. “¿Cómo se escribe, Luis F. Ayala?” Y mi marido, “no, mi nombre es Luis Felipe López de Ayala, todo junto, es un nombre y un apellido compuestos.” “Ahhhh, vale.” Dos días más tarde… “entonces, pondremos L.Felipe de Ayala.” “Que no, que mi nombre está formado por todas las palabras, que no se pueden eliminar.” “Ahhh, vale.” Otros dos días más tarde: “es que no lo entiendo, ¿qué debemos poner exactamente?” En ese momento, mi marido coge una hoja de papel y dibuja cómo debería quedar el cartel. “Ahhh, vale.” Dos días más tarde, “¿y si ponemos Luis. F. López de A.?”

Y su secretaria, en paralelo, se le acerca para enseñarle cómo van a quedar las nuevas tarjetas de visita que le están preparando. Son dobles, por una cara están en inglés y por la otra en ruso. Obviamente, el nombre está mal, como siempre. “Es Luis Felipe López de Ayala,” le aclara a su ayudante. “Ahhh, vale,” le dice ella. Cuando por fin recibe las tarjetas, el nombre aparece completo en inglés pero en ruso solo pone “Luis López.” “¿Y esto?” le pregunta a su secretaria. “¿Por qué se ha cortado mi nombre en ruso?” “Porque es más fácil así,” le contesta ella. Y se queda tan ancha.

 

Y también en paralelo, mi marido está organizando un taller de dos semanas para un montón de gente que viene del extranjero. Se supone que le tiene que echar una mano una secretaria que está sustituyendo a la suya habitual. Es una pesadilla. El primer día les llega a recoger una furgoneta que tiene el parabrisas roto, no se ha limpiado ni por dentro ni por fuera, está hecha un desastre. Inmediatamente llama a la secretaria para decirle que cambien el vehículo para esa misma tarde. “No puede ser,” le dice ella. “Eso lleva su tiempo.” “No podemos viajar con toda esta gente en algo así. Hace falta un minivan decente para esta tarde.” “Ya veré si me hacen caso,” dice ella. Mientras, llegan al hotel, uno de un puñado de estrellas, donde va a tener lugar la reunión. Había 22 personas apuntadas. Por razones que nadie comprende, la secretaria ha preparado la sala para 11. Allí veis a mi marido, a punto de tener un infarto, moviendo mesas, sillas, buscando tapetes y bolígrafos, y adecentando la sala para que quepa el doble de gente. Y, qué desastre, a la inteligente de su secretaria no se le ha ocurrido encargar un café. A media mañana, mi marido se acerca a recepción y pide que les sirvan uno. “No puede ser, usted no lo ha contratado,” le contestan en el establecimiento. “Pero lo estoy haciendo ahora,” responde mi marido, modelo de lógica. “Pero usted no lo ha contratado.” Tiene que llamar a su súper secretaria para que ella llame al hotel y así conseguir que les sirvan un café. Como imaginaréis, ya para entonces, mi marido está agotado. Y es el primer día, la primera mañana…

Pero esto ocurre, os lo digo en serio, porque la forma de pensar que tienen los rusos no es como la nuestra. Si les pedís algo a lo que no están acostumbrados, simplemente no lo entienden. ¿Por qué usar el nombre completo, si es tan complicado? Y eso te lo dice una de aquí, donde usan el nombre de pila, seguido del del padre pero adaptado al sexo que tengas (por ejemplo, Aleksandrov si eres hijo y Aleksandrova si eres hija) y finalmente el apellido. ¿Y qué más da que el autobús esté hecho un desastre? Si la empresa de autobuses ha puesto ese será porque no tienen otro, ¿no? Otro ejemplo. Una amiga va a un restaurante y ve que ofrecen zumos naturales. Los hay de muchas cosas. Pide uno que sea mezcla de manzana y zanahoria. “De eso no tenemos,” le dice la camarera. “Ya, pero sí tenéis de manzana y tenéis de zanahoria. Me gustaría que me hicierais uno mezclado.” “Pero de eso no tenemos,” le repite la camarera. Y no hay forma de sacarla de esa idea. Mi amiga solo puede aguantarse o pedir (y pagar) los dos zumos y mezclarlos ella misma.

Curiosidades culturales, nada más.

Un abrazo, J.

 

Los rusos son muy organizados

Posted on April 27, 2012 by Julia Esténoz

 

El próximo día 9 se celebra en Moscú el día de la Victoria (por la Segunda Guerra Mundial) y los rusos lo festejan con un mega-desfile por las calles adyacentes a la Plaza Roja. Hasta ahí todo normal… Lo que no es tan habitual es que ya desde ayer, esas calles están totalmente cerradas al tráfico porque los militares… ¡están ensayando! Como lo leéis. La policía se ha llevado todos los coches que estaban aparcados en la zona, han acordonado las calles e incluso han cerrado algunas bocas de metro para que la gente no pueda pasar ni a pie. Ayer tuve dentista en el centro y no me quedó otra que ir en metro sola.

 

Ya sabéis que se supone que la red de metros moscovita la construyeron los soviets con todo tipo de lujos para que el pueblo disfrutara de lo que hasta entonces solo se habían podido permitir los ricos. Por eso encontramos estaciones con todo tipo de mármoles y decoraciones. Se organizan visitas guiadas al metro. Yo todavía no he ido a ninguna porque prefiero ir descubriendo las estaciones de casualidad. Ayer me tocó ver un par de ellas.

El metro estaba desbordado de gente. Las colas ante las escaleras eléctricas eran enormes. Pero todo el mundo se comportaba. Como es habitual, nadie se fijaba en los demás, ni se oía una voz más alta que otra. Respetan muchísimo la privacidad del prójimo. Pero todas las personas a las que pedí ayuda para no perderme me la brindaron de inmediato.

 

El metro ruso no es tan fácil como el de otros lugares. Para empezar, obviamente, los nombres de las paradas están en cirílico y, si no te conoces a qué se refiere, no puedes identificarlo. Y en las estaciones solo te puedes guiar por los mismos nombres que aparecen en los carteles indicativos. Pero bueno, llegué.

 

Otro detalle que me llamó la atención en mi recorrido de ayer fue la práctica ausencia de extranjeros. En otras ciudades, cuando usas el metro, está plagado de turistas. Ayer apenas vi ninguno. Estaba rodeada de rusos. Ya sé que no es verano, ni época de vacaciones, pero en París, Londres, Nueva York o Madrid, en el metro SIEMPRE hay turistas. Aquí no.

 

Cuando finalmente salí a la calle, el panorama que me encontré era de lo más atípico. Ver las gigantescas avenidas moscovitas cerradas, sin coches, sin tráfico, era digno de verse. Comencé a caminar hacia la consulta del dentista (que no me podía haber tocado en ningún otro lugar de la ciudad, claro) y vi personajes de lo más curiosos, como los dos que veis en la foto de la derecha. Todos se estaban preparando para el gran día.

Fui al dentista. Salí una hora y media más tarde. Estaba comenzando a llover. Y el cuadro que me encontré entonces fue todavía más increíble. Juzgadlo vosotros mismos…

Esto es lo que me esperaba en mitad de la calle.

 

¡Había llegado en mitad del ensayo! Todo estaba tomado por tanques, misiles, camiones y otro tipo de parafernalia militar y los soldados iba a su bola, sin prestar atención a los pocos transeúntes que nos parábamos a mirar y sacar algunas fotos. El tanque que veis en la foto de arriba se puso a maniobrar y aparcar justo delante de mí.

Lo alucinante de este país es que se permite cerrar todas las vías de acceso a la Plaza Roja durante un montón de días para ensayar un desfile, sin importarles el incordio que eso supone para muchísima gente. Y los moscovitas lo tienen asumido. Cuando llegué a la consulta del dentista y le comenté a la recepcionista que todo estaba cerrado, se limitó a encogerse de hombros y decir: “así es Moscú.”

 

Y si esto es un ensayo, ¿cómo será el desfile auténtico?

Espero poder contároslo. Le pregunté a mi profesora de ruso si sería difícil conseguir un sitio para ver el desfile y si era cierto que antes les obligaban a ir a verlo. Me dijo que no a las dos cosas. Según contó, los rusos prefieren quedarse en su casa y verlo en la tele o escucharlo en la radio. ¿Quién se molesta hoy en día por escuchar la descripción de un desfile militar por la radio en España? Los rusos parece ser que lo hacen. ¿Será patriotismo?

Un abrazo, J.

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Los rusos también echan siestas

Posted on April 24, 2012 by Julia Esténoz

¡Os lo tenía que enseñar!

Un abrazo, J.

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El Gran Palacio del Kremlin

Posted on April 22, 2012 by Julia Esténoz

 

Hoy hemos ido a visitar el Gran Palacio del Kremlin. Se trata de un edificio situado dentro de la fortaleza y que hoy se utiliza como centro de recepciones oficiales y lugar de trabajo del Presidente de Rusia. En su época se construyó para que los zares pudieran vivir en él los pocos días que pasaban en Moscú (cuando la capital era San Petersburgo). El Gran Palacio aúna en sí tres palacios menores de diferentes épocas, siendo la más antigua la de los primeros Romanov y la más moderna del siglo XIX.

 

Pero antes de tan siquiera llegar a salir de casa nos ha pasado una cosa que me ha dejado atónita, algo que no había visto nunca. Estábamos en el coche esperando a que llegara una de las vecinas que se había apuntado a nuestra excursión, cuando hemos visto a una señora paseando a su perro. Todo bien hasta ahí. De pronto, dos gatos del barrio han saltado sobre el chucho y la dueña y les han atacado, literalmente. Parecían fieras. La señora no los podía asustar y el pobre perro, atado a la correa, no se podía defender. He salido corriendo y, mientras yo le plantaba cara a uno de los gatos, la señora le daba una patada al otro, que ha corrido a refugiarse sobre una verja. Pero mi contrincante se me ha quedado parado en mitad de la carretera, con todo el pelo y el rabo erizados, mirándome y bufando como loco. Han pasado unos instantes. No sabía si me iba a atacar. Pero mi chófer ha aparecido con el coche, ha pegado un frenazo delante del animal, y ha tocado la bocina. Entonces, y solo entonces, se ha marchado el segundo gato. ¡Qué susto! El perro y la dueña estaban temblando. ¡Qué cosas pasan en nuestra urbanización!

 

 

Y entonces sí, nos hemos ido hacia el Kremlin. Al Kremlin se accede por una rampa que une la calle con la fortaleza. Supongo que en tiempos lo que había abajo, hoy conocido como los Jardines de Alejandro, era el foso.

Se trataba de una excursión organizada con guía. Íbamos un grupo de amigos. Nos han pedido los pasaportes, hemos pasado por el detector de metales y por fin hemos entrado en el palacio, por una puerta de atrás. Nos escoltaba la guía y un guarda de seguridad bastante seco que en cada sala nos decía si se podían hacer fotos o no. Por eso tengo pocas fotos y ninguna del palacio de los Romanov. Una pena.

 

 

Empezamos visitando el palacio que mandó construir el zar Nicolás I para su esposa, a la que se supone que amaba tiernamente. Como le encantaban las rosas, todo el palacio está lleno de ellas. Tuvimos la oportunidad de visitar su dormitorio, el aseo de la zarina, el cuarto de recepciones del zar y alguna otra sala. Como veis, no carecían de nada y todo estaba trabajado con los materiales más finos y caros, como este suelo, construido con 8 tipos de maderas nobles, o esa manilla de una puerta.

La sala de recepciones de la zarina estaba decorada en dorados, la de zar en marrones y madreperla, en otra de las salas había una gigantesca chimenea construida en su totalidad con fragmentos de malaquita rodeándola en un mosaico de color verde…

 

 

Luego pasamos al segundo palacio, el que se usa todavía hoy para las recepciones del Presidente: salas gigantescas y opulentas, llenas de dorados y maderas y piedras semipreciosas, por no citar los retratos de los zares y los símbolos del imperio. Impresionantes. Mirad, como muestra, la sala de la foto de la derecha. Es absolutamente increíble y lleva hasta otra en la que se no se podían hacer fotos: la sala del trono. Allí había un baldaquín con tres tronos, los del zar, la zarina y la madre del zar, todos recubiertos de oro. No me extraña ahora que a los rusos les guste tanto la ostentación y los muebles llamativos y dorados: tienen a quién parecerse.

 

A lo largo de todo el paseo, en los pasillos, podíamos ver teléfonos como este, con el símbolo del gobierno ruso, sobre mesas y mesillas. Uno de los asistentes se preguntaba si estarían conectados con la Casa Blanca.

 

Mirad las sillas color calabaza que había en uno de los pasillos interiores. Habría unas cien. Todas doradas y de un naranja muy vivo. Seguro que son las que se utilizan para las recepciones. Très chic!

Seguimos paseando por las salas, siempre sobre la alfombra y con el guarda de seguridad asegurándose de que no tocásemos nada, ni siquiera con un dedo, y llegamos a la escalera que conecta con el Palacio Temer, el antiguo palacio de los Romanov.

 

Aquí el estilo es totalmente diferente. Se siente la antigüedad y se respira un ambiente mucho más ruso y recargado. Como veis en las fotos (sacadas de internet, me temo), las paredes recuerdan un poco las de las iglesias y catedrales que hemos ido visitando durante nuestra estancia aquí, con cada rincón cubierto de pintura o con algún motivo decorativo.

 

Las ventanas y la calefacción me llamaron mucho la atención. La calefacción es a base de esas construcciones cubiertas de baldosas pintadas que veis en la foto de la derecha. Habitualmente se colocaban entre dos habitaciones adyacentes. En una de ellas se encontraba la zona de carga para introducir la madera o el carbón pero contaban con aberturas en las dos salas, a fin de caldear ambas a la vez. Si en una de estas salas llega a entrar alguien vestido de época, no me habría sorprendido lo más mínimo.

 

En esta sala de la izquierda se reunían con los aristócratas. Según nos explicaron, lo habitual aquí eran usar bancos, y las sillas fue una importación europea, en un afán de mostrarse modernos y a la última.

Y con eso se acabó la visita al Gran Palacio del Kremlin.

 

Al salir nos encontramos con el habitual desfile de la guardia de los sábados al mediodía. Había más soldados de lo habitual porque el próximo día 9 es el Gran Desfile de la Victoria que conmemora el triunfo de los aliados en la 2ª Guerra Mundial y ya se están preparando. El desfile acabará en la Plaza Roja y me han dicho que es una pasada. ¿Conseguiré verlo?

Mi hija pequeña comentó que le sorprendía lo altos y delgados que eran los soldados. La verdad es que los rusos, guapos no son. Y hasta a ella, con nueve años, le llamó la atención ver un puñado de rusos atractivos. Jajaja.

 

Salimos del Kremlin y decidimos irnos a comer algo a un centro comercial cercano. ¡Y no veais la sorpresa que nos llevamos! ¡Cómo están estos moscovitas! Esta es la última moda en Moscú. ¿Quién será el primero en extenderla por España?

 

Y un último apunte… el tiempo ha mejorado tantísimo en esta última semana que ayer no bajamos de los 23 grados. Todo el mundo ha sacado sus barbacoas y yo misma he puesto los muebles de jardín y hemos comido al aire libre. Una gozada.

Hasta la próxima. J.

 

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El centro de Moscú

Posted on April 20, 2012 by Julia Esténoz

 

Me está tocando visitar con frecuencia  una zona muy céntrica de Moscú porque es allí donde está la clínica médica donde nos atienden y ya recordaréis que mi peque se partió un brazo hace cosa de un mes… Se me ha ocurrido que quizá quisierais ver algunas calles “normales” del centro, no las principales y turísticas, sino las del moscovita medio.

Este moderno edificio se encuentra en la acera de la derecha de la calle donde se ubica la clínica. Como veis, tiene un estilo muy original, curvado, en un diseño modernista de típico cristal urbano.  Edificios como este y de muchísimos pisos más abundan por Moscú. Son los que se se construyeron tras la época soviética, el paso adelante de la ciudad tras tantas construcciones en forma de panales de abeja.

De hecho, hay una zona de la ciudad que se conoce como la City y está formada por un puñado de rascacielos de cristal que se recortan contra el horizonte del paisaje urbano. Hará un par de semanas uno de esos edificios, todavía en construcción, se incendió. Vi algunas fotos y resultaba impresionante.

 

Pero en la misma calle, la acera de la izquierda es como el ying y el yang… todo lo contrario. Las puertas azules que veis son los típicos trasteros moscovitas. Los hay en todos los rincones de la ciudad y la gente los utiliza para almacenar de todo: incluso como garajes para los coches. Como veis, no hay aceras ni asfalto y el suelo es un barrizal tras el deshielo y la desaparición de la nieve invernal.

Sin embargo, Moscú es una ciudad muy segura. Los niños van solos al colegio caminando (como hacíamos en mi infancia en España) y se respira tranquilidad por las calles.

Fijaros en los edificios blancos del fondo: son los paneles de abejas que he mencionado. Se trata de las construcciones soviéticas para alojar al máximo número posible de ciudadanos. Con el comunismo, fueron muchísimos los rusos que se desplazaron a Moscú buscando un futuro mejor y el gobierno tenía la obligación de buscarles alojamiento. Por eso se construyeron miles de edificios de pisos como esos, la imagen más habitual en esta y otras ciudades de este país.

 

En esta foto veis la misma calle unos metros más abajo: más y más trasteros. De hecho, un señor sacó un coche de uno de ellos mientras pasábamos por ahí. Los trasteros están cerrados con candados muy grandes y hay zonas en Moscú donde se acumulan cientos de estos cubos, por ejemplo, junto a las vías del tren o del tranvía.

Sin embargo, tal y como he aprendido en carne propia este invierno, todo lo que guarden en su interior tiene que estar bien protegido o se congelaría. Yo tengo un garaje en mi casa. Como no tenemos coche propio, lo uso de trastero. Y cuando llegamos solía almacenar allí las cajas de leche, de zumo, las latas de aceitunas… todos los productos no perecederos que no necesitaba tener en la cocina todo el tiempo. Pero en invierno se me congelaban y se me rompieron un par de botellas de vino y alguna cosa más, por lo que tuve que descartar la brillante idea. Por eso supongo que los moscovitas tendrán mucho cuidado con qué almacenan en estos trasteros que no dejan de ser unas simples cajas de metal.

 

Y también la misma calle, un tramo más abajo aún. Este es el típico parque infantil de juego con los alegres colores que aquí les caracterizan. Los había iguales en Kazajstán, así que creo que se extendieron por las repúblicas soviéticas. Lo curioso es que estos parques los usan aunque llueva o haga frío, incluso con nieve, si las temperaturas no son extremas.

 

Esta foto de la izquierda os la pongo porque me hizo gracia. Se trata de un anuncio de una pequeña máquina de jardín que, según lee el texto, en ruso se conoce como “cultivator.” Una tontería que me hizo pensar en “terminator.”

Los rusos son muy aficionados a la jardinería. Mi profesora me dijo el otro día que estaba feliz porque se había comprado tres rosales para su ya llenísimo jardín. Los moscovitas tienen pisitos en la ciudad y casas en el campo (las famosas dachas) donde cultivan siempre una pequeña huerta, en otoño recogen setas del bosque y durante la temporada completa celebran fiestas familiares y con amigos.

 

¿Más tonterías? En Moscú (y pasaba lo mismo en Polonia) es costumbre quitarse los zapatos para entrar en las casas y calzarse estos cubrecalzado para acceder a sitios como la clínica médica, algunas oficinas o las instalaciones deportivas de nuestra urbanización. Lo que me hizo gracia en esta foto es que las bolsitas de plástico azules que veis, que se ponen sobre el calzado, en ruso se llaman “bajili”, así que en la foto dice “bajili limpios”/”bajili sucios.” Otra tontería más, sí.

 

Y la foto de la pareja solo la pongo porque entraron ayer al café donde estábamos cenando. Iban de la mano. Y no es muy habitual ver parejas como esta, aún menos en Moscú. Así que mi hija mayor se les acercó y les preguntó si les podíamos sacar una foto. Se sorprendieron, claro, y quisieron saber para qué. Ella les dijo que le había gustado mucho ver a una pareja que probablemente lleva un montón de tiempo compartiendo la vida. Accedieron, como veis.

Bueno, se acabaron las tonterías por hoy. Mañana más y mejor porque vamos a visitar nada menos que… el Palacio Presidencial…

Un abrazo, J.

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Flores

Posted on April 18, 2012 by Julia Esténoz

 

Estos crocus son las primeras flores que veo esta primavera. Están en nuestra urbanización que, en dos días, se ha llenado de brotes y capullos y se ha inundado por el deshielo de las montañas de nieve acumulada. La primavera ha tardado pero, cuando al final ha llegado, lo ha hecho con muchísima fuerza.

Las calles también se han llenado de vecinos: niños con bicis o patinetes, madres con cochecitos de bebé, parejas corriendo, peques jugando. Varias familias ya han sacado las mesas y bancos de jardín a la parte trasera de sus casas para prepararse para las barbacoas que no creo que tarden en generalizarse. Está claro que tenían ganas de sol.

 

Sin embargo, mirad la imagen que me he encontrado del río junto al colegio. ¡Sigue congelado! Y eso que hemos tenido 21 grados un día y 22 al siguiente… Y aunque no se ve bien, en el centro había un tipo pescando. ¿Cómo puede estar seguro de que el hielo no se va a romper? Los hay valientes.

 

Y esta otra foto solo pretende enseñados parte del paisaje urbano de Moscú. Sí, urbano, que no me he equivocado. En la ciudad hay montones de pequeños bosques como este, incluso llenos de vida salvaje, donde la gente pasea, esquía, hace barbacoas y meriendas, camina… disfruta de la naturaleza. Como veis, no todo aquí es asfalto, atascos y montones de coches.

Un abrazo, J.

▪    Os presento a…

 

Posted on April 16, 2012 by Julia Esténoz

 

… Pepa Pepova. Por fin la hemos pillado en una foto. Es una de las liebres que vive en nuestra urbanización.

Por cierto, hoy hacía 21 grados en Moscú. Sí, la primavera ya está del todo aquí. ¿Cuándo venís a vernos?

Un abrazo, J.

No será por falta de espíritu

Posted on April 15, 2012 by Julia Esténoz

Hoy, de vuelta de comer en el restaurante de la urbanización porque mi espalda no me dejaba cocinar, he visto a los primeros vecinos preparando el fuego para una barbacoa. Sí, todavía hay nieve y sí, llevaban los plumíferos puestos, pero ahí estaban, tres adultos y un chiquillo, la mar de felices.

Un abrazo, J.

 

¿Primavera?

Posted on April 14, 2012 by Julia Esténoz

 

Sí, ha llegado la primavera. Está lloviendo y la nieve empieza a desaparecer de las carreteras, aceras y parques. Pero ahora Moscú está más feo que nunca. Las calles son un rompecabezas formado por bolsas de barro o bolsas de agua y la nieve que aún se acumula en algunos rincones está negra y sucia. Es muy poco apetecible caminar. En las zonas “verdes” asoman cuatro briznas ralas de hierba rodeadas por tierra oscura y lodosa. Aunque los árboles están llenos de yemas, no tienen ni una sola hoja y todo el conjunto se dibuja en tonos de grises y marrones apagados. Una imagen muy poco primaveral, como podéis comprobar.

Pero me han dicho que espere a mayo, cuando la ciudad se llena de verdes y flores.

También oí en un noticiario que Putin iba a invertir miles y miles de litros de champú (os juro que eso es lo que dijeron y era en inglés, así que no fue un fallo de comprensión por mi parte) en limpiar las calles de Moscú. Sí que he visto varios camiones arrojando agua a presión para limpiar las carreteras pero no me he parado a comprobar si el agua contenía champú (¿será de huevo?)

 

Mañana es aquí Domingo de Resurrección. Por todas partes encontramos pasteles de Pascua. Se supone que hoy hay una misa a eso de las 11 de la noche. Una vez terminada, se apagan todas las luces de la iglesia excepto la llama eterna que arde junto al altar. A las doce en punto comienza el tañer de las campanas de todas las iglesias de Rusia y el pope enciende un cirio con la llama eterna. Los fieles encienden los suyos propios con el del pope y salen todos juntos del edificio para lo que se conoce como la Procesión de la Cruz. Dan tres vueltas alrededor de la iglesia a oscuras, orando sin parar. Y finalmente se abren las puertas del iconoclastas, simbolizando la apertura de la tumba de Cristo. Dicen que es muy impresionante.

Durante toda esta semana los creyentes llevarán víveres y viandas a la iglesia para que los popes los bendigan. Se colocarán mesas larguísimas donde se pondrá la colorida comida (por eso de los huevos de pascua decorados y los pasteles de todos los colores) y el pope lo bendecirá todo con agua bendita. Durante todo el día mañana, los creyentes lo celebrarán comiendo porque habrá terminado su vigilia y ya podrán disfrutar de todo tipo de alimentos.

Y esta noche se retirarán las telas negras de las estatuas y figuras y se rodeará todo de flores. Os lo cuento porque me temo que me lo voy a perder   Mi espalda está dando guerra otra vez y no me puedo permitir provocar una mayor inflamación. ¡No sabéis la pena que me da!

Un abrazo, J.

Aquí no es Pascua

Posted on April 8, 2012 by Julia Esténoz

Aquí no es Pascua todavía. Lo será la semana que viene. Ya recordaréis, por las navidades, que el calendario que siguen los rusos ortodoxos tiene una semana de diferencia frente al de los católicos. Hoy aquí es el día de la muerte de Cristo y, según sus creencias, es cuando todos los fieles han de ir a honrar a sus muertos al cementerio porque se han abierto las puertas del cielo y hay una conexión directa entre el allá y el acá. De hecho, en las casas de los más píos se prepararán viandas y regalos para los que se han ido y los vivos se marcharán del edificio durante un rato para que los espíritus puedan disfrutar de lo que les han preparado. También creen que si alguien fallece durante estos días es muy afortunado porque las puertas del cielo están abiertas de par en par y marchará directo hacia allá. Por eso los ortodoxos visitan las tumbas de sus muertos hoy y les lavan la cara, colocándoles flores nuevas y todo tipo de regalos. Si leísteis mi entrada sobre el cementerio que hay junto al Monasterio de Novodevichi recordaréis lo curiosas que son aquí las tumbas, con sus decoraciones individualizadas e incluso con bancos para que los vivos puedan sentarse cómodamente durante su visita…
Desde hace cuarenta días, los creyentes ortodoxos están practicando su peculiar vigilia. Hay un montón de alimentos que no pueden tomar, no solo carne. Está prohibida, por ejemplo, la leche. Y los huevos. Por eso decoran huevos duros para regalárselos los unos a los otros y acumularlos para el Domingo de Resurrección, cuando podrán disfrutar de todo lo que ahora les está prohibido.

 

 

Nos hemos acercado a la iglesia del pueblo para ver qué ambiente se respira y nos hemos llevado una sorpresa: se estaba celebrando un bautizo. Y era del todo diferente a los del resto del mundo occidental. Aquí, para empezar, solo estaban unas seis personas con el bebé y el pope. Supongo que serían los padres, los padrinos y quizá los abuelos. El pope salmodiaba de continuo, como suelen hacer, mientras proseguía con su ritual milenario. Como todas las celebraciones de la iglesia ortodoxa se hacen de pie, apenas había gente en la iglesia. Yo he intentado “robar” alguna foto pero me daba bastante corte.

 

Hemos debido llegar al final de la celebración porque solo ha durado unos minutos más. No hemos visto cómo le echaban el agua al niño pero sí cómo el pope lo tomaba en brazos y lo llevaba al iconoclastas donde lo alzaba un par de veces, todo sin parar de salmodiar. Después les ha hecho besar una cruz a todos los que estaban con el bebé y se ha marchado.

 

Entonces hemos aprovechado para visitar un poco la iglesia y sacar algunas fotos más. Nos ha llamado mucho la atención la pila bautismal. No es exactamente como las de las iglesias católicas; es mucho más sencilla.

 

Y también me han sorprendido unas imágenes que había sobre un atril. Me han parecido preciosas.
Después nos hemos marchado de la iglesia, no sin haber dejado de observar que Cristo estaba cubierto por una tela negra… Ya os contaré cómo cambian las cosas dentro de una semana.

 

Moscú no nos deja nunca de sorprender. Íbamos camino del centro cuando se han puesto a cruzar un paso de cebra unas cuantas jinetes sobre sus caballos.Y no, no eran militares ni policía montada ni nada por el estilo, tan solo gente a la que le gusta la equitación y la practican por medio de la ciudad. Es una imagen que me he encontrado con bastante frecuencia en esta zona.

 

Y después de ver los caballos me he fijado en esta señal sobre una tienda y me he preguntado… ¿querrá decir que las liebres tienen prohibido correr en Moscú? Porque de esta ciudad me creo cualquier cosa.
En fin. Nos hemos ido al centro a dar un paseo y comer. Como ya es primavera, hoy no hacía tanto frío, entre 4 y 8 grados, por lo que resultaba agradable pasear. Nos lo hemos tomado con calma, mirando escaparates, sacando fotos… Además, como estoy una vez más con ciática, tampoco podíamos ir dando saltos por las calles. Pero bueno, como es corriente por estos lares, hemos visto cosas que nos han llamado la atención. Como los abrigos de piel de algunos escaparates que son de todo menos discretos.

 

 

Decidme, ¿cuál os gusta más? ¿El rojo semáforo? ¿La falda amarilla con la chaqueta azul y el gorro a juego? No sé cuál escogería para una noche en el Ritz. Tengo mis dudas.

Hemos seguido paseando y, entre calle y calle, escaparate y escaparate, se alzaba la torre del Monasterio de San Pedro. No hemos entrado a visitar el conjunto monumental. Me he limitado a sacar una foto de la torre porque justo en frente había otra cosa que también me ha llamado la atención…

 

 

Un museo de esculturas al aire libre, en un patio de una casa. Me he acercado a cotillear. Aunque había un guardia de seguridad, la entrada era gratuita. Todo el patio estaba lleno de estatuas gigantescas. Las había en todos los rincones y de varios estilos diferentes. ¡Pero si hasta me he encontrado con Don Quijote y Sancho Panza! No me diréis que eso ya de por sí no es bastante increíble…

 

 

Aquí podéis ver algunas de las estatuas que había… Hemos estado un rato mirándolas y luego hemos seguido nuestro camino. Como siempre os digo, Moscú es una ciudad con una sorpresa oculta en cada esquina y rincón.

Hemos entrado a comer a un restaurante llamado Café Chéjov. Aquí todos son “Cafés”, no sé muy bien por qué. También hay restaurantes, así llamados, pero no sé cuál es la diferencia para los rusos, porque ambos dan comidas. Se lo tendré que preguntar a mi profesora.

 

 

El lugar era más elegante de lo que esperábamos, y con un ambiente bastante peculiar. La comida ha resultado estar deliciosa, así que hemos encontrado un sitio más al que ir de vez en cuando, y si nuestro estado de ánimo nos lo pide. Había un montón de fotos del autor en las paredes y las luces le daban un aire vespertino a pesar de ser el mediodía. Las camareras iban vestidas de la época del escritor, en tonos beige y tierra, para no resaltar sobre los manteles ni los sillones enfundados. Curioso, un lugar bastante curioso.

Así ha sido nuestro domingo esta semana. Pronto os contaré más curiosidades de este país. Un abrazo, J.

 

Muñecas matrioshkas y más

Posted on April 7, 2012 by Julia Esténoz

 

He acabado de preparar una pequeña página web para las artistas que hacen las matrioshkas. Os cuelgo el link por si queréis echar un vistazo. Los que habéis seguido mis andanzas ya sabéis quiénes son. Lo que os puedo garantizar es la máxima calidad y un trabajo impecable. Yo tengo varias de sus piezas en mi casa.
www.wix.com/tatianasdolls/matrioshki
Seguro que se podría organizar el envío de alguna forma, si tuvierais interés por comprar algo. Siempre me podéis mandar un mensaje a mí y yo os echaría una mano.
Un abrazo, J.

Estos moscovitas están locos

Posted on April 7, 2012 by Julia Esténoz

Como esta semana los atascos han sido todavía más impresionantes de lo habitual, he tenido la oportunidad de ver a los rusos conduciendo por las vías del tranvía y por la acera. Así como suena.

 

Y hoy por fin os puedo poner una foto de los tradicionales perros callejeros de Moscú. Los hay por todas partes: en los parques, en los pequeños bosques que se extienden por varias zonas de la urbe, en las calles… los ves cruzando carreteras, tumbados tranquilamente sobre la nieve de una mediana o jugando entre ellos. Los moscovitas los alimentan con los restos de sus mesas y mi conductor no entendía que en España, por ejemplo, estén prohibidos. Forman parte del paisaje de esta ciudad.
Ahora ya solo me falta conseguir una foto de Pepa Pepova, la liebre que vive en nuestra urbanización. Pero para eso tengo que madrugar mucho e ir sin los perros, algo poco probable o habitual. Pero llegará. Algún día la pillaré y os la podré enseñar.
Un abrazo, J.

Ha llegado la primavera. Lo demuestran las faldas.

Posted on April 4, 2012 by Julia Esténoz

 

Que sí, que aunque ayer estaba nevando, la primavera ha llegado a Moscú. Y lo sé porque casi todas las mujeres jóvenes han guardado los pantalones y se han puesto faldas. Siguiendo un uniforme tácito, han cambiado de atuendo pero no de calzado. La inmensa mayoría viste faldas y calza botas altas. Es muy llamativo por la ingente cantidad de ellas que han sufrido esa repentina transformación en tan solo la última semana. No recuerdo haber visto ni una sola mujer con faldas antes de entonces. Curioso, ¿no os parece?

 

Y la nieve está desapareciendo. Aunque sigue nevando día sí y día no, ya no cuaja, y la que había en grandes montones apelmazados al borde de caminos y aceras está descendiendo rápidamente. Ya hay muchas zonas donde asoman pedazos de tierra cubiertos de una rala hierba verdusca y espacios apenas blanquecinos en otras muchas. Hoy ha amanecido un día despejado. No hay apenas nubes, el cielo está azul y, aunque a las 7,30 de la mañana el termómetro no pasaba de los 2 grados negativos, media hora más tarde sí llegaba a cero. Me pregunto cuál será la máxima de hoy.
También se están cerrando las pistas de patinaje sobre hielo. Ya no son seguras. Y aunque aún veo algún pescador sobre la capa del río, también hay zonas donde el agua ya asoma en espacios crecientes.

 

Lo malo será que Moscú, ya sucia de por sí, se va a convertir en un lodazal. Si ya era imposible mantener limpio el coche, ahora tendremos que sujetar los abrigos o las gabardinas para acceder a él.
Nos armaremos de paciencia y esperaremos que el sol salga con cada vez más fuerza y frecuencia para secar la tierra. Me dijeron que mayo es una explosión de flores y color, que deslumbra, que transforma todo el paisaje moscovita. Lo espero con muchas ganas. Os lo contaré y os lo mostraré.
Un abrazo, J.En este mapa podéis ver mis viajes

 

 

Aleksandrov

Posted on April 2, 2012 by Julia Esténoz

 

Fue capital de Rusia durante tres meses bajo el gobierno de Iván el Terrible. Y todavía hoy me hablaba mi guía de ese estatus con orgullo.

El día de ayer fue bastante sorprendente. Creía que me iba a encontrar con Janna y Tatiana, las artistas que están ayudándome a ilustrar mi cuento, para ver sus avances y sacar un montón de fotos a sus productos. Quizá recordéis que son las artistas que conocí en la urbanización y que decoran las muñecas matrioshka y las pequeñas estatuas de madera de personajes de la vida rusa. Ya las visité hace unas semanas y quedé alucinada por las condiciones en las que viven. Las conocí por primera vez cuando coincidimos en una de las charlas que se organizan en nuestro centro cultural. Tatiana, la madre, me invitó la semana pasada a que volviera ayer a Sergiev Posad para visitar su casa de pueblo en Aleksandrov después. Acordé con Janna, la hija mayor, aprovechar el viaje para sacar fotos a sus productos porque voy a intentar ayudarles a preparar una página web a fin de que puedan comercializarlos mejor.

Ya la mañana se torció un poco cuando ninguno de los miembros de mi familia quiso acompañarme. Me fui sola con Andrei, el chófer que ya nos había llevado hasta Sergiev Posad la última vez.

 

 

El hogar de Tatiana me pareció tan pobre y mísero como entonces. Por no tener, no tiene ni un triste cuarto de baño. Todavía hoy aquí siguen utilizando letrinas exteriores y carecen de agua corriente. Hay miles, millones de casas así en la Rusia actual. La excepción son los edificios de pisos de la capital y las grandes ciudades. La inmensa mayoría de los habitantes de este país sigue viviendo en estas construcciones de madera sin los más mínimos servicios modernos.

Esta familia, por ejemplo, tampoco dispone de coche. Cuando tienen que desplazarse a la capital lo hacen en autobús y allí utilizan el metro. No tenéis más que ver la foto del gato. Junto a él está una de las dos lecheras de metal de donde sacan el agua para el día a día. No sé dónde las rellenarán pero es con ese agua que nos lavamos las manos cuando queremos hacerlo.

 

En la foto de la derecha podéis ver una de esas casas tradicionales rusas. Originalmente son de madera pero con el tiempo las arreglan con lo que pueden. Las he visto con añadidos de ladrillo, torcidas, arregladas, pintadas de alegres colores (azul, amarillo, rojo…) o grises por el paso del tiempo. Estas construcciones se mezclan con edificios de pisos sin ningún tipo de orden urbanístico. Y apenas disponen de unos metros de jardín. Lo básico para contar con una pequeña huerta en verano.

 

En el caso de Tatiana y Janna, la casa está dividida en dos partes porque en su día se compartió con una tía. En el terreno trasero hay una especie de casita prefabricada, no mayor que una caravana pequeña, donde me han dicho que vive el marido de Tatiana. Ayer me explicaron que ella suele ir a dormir a casa de alguna de las hijas en Sergiev Posad, a no ser que tenga trabajo, en cuyo caso se queda en la que visité ayer. Las relaciones familiares todavía se me escapan un poco. Tendré que dominar el idioma bastante más para poder sacar algunos temas de conversación y pillar los matices, me temo.

 

 

A la izquierda podéis ver la puerta de entrada a la casa de Tatiana. En el dintel hay unas palabras talladas. Le pregunté a Janna qué querían decir y me explicó que representaban el nombre de una empresa que la familia tuvo una vez.

Cuando entré, Janna me entregó un usb con un montón de fotos de sus producciones. Así que parte del trabajo ya estaba hecho. Se sorprendió muchísimo de verme llegar sola y me dijo que lo lamentaba porque había preparado un pequeño almuerzo para todos, contando con mi marido y mi hija pequeña. Así que nos limitamos a tomarnos un té y salimos hacia McDonalds con el objetivo de aprovechar la conexión inalámbrica para el ordenador y poder enseñarle lo que había hecho hasta el momento como diseño de su futura página web.

Estuvimos allí un rato hablando del diseño y de los datos que aún necesitaba para poder completarlo y después nos invitó al chófer y a mí a visitar Aleksandrov. Por el camino intenté comprender cuál es su situación real. Como os imaginaréis, mi dominio del ruso tras tan solo seis meses aquí da pie a unos cuantos malos entendidos. Y tal vez lo que ocurrió ayer fuera algo así. Yo le entendí a Tatiana que nos invitaba a su casa de pueblo en Aleksandrov. Janna (la hija) me explicó ayer que ya no usan esa casa, que “no tienen las llaves.” De hecho nos perdimos en la carretera un par de veces al seguir el chófer sus instrucciones. Nos costó más tiempo llegar al pueblo que recorrer todo el camino desde Moscú hasta Sergiev Posad.

 

 

Pero también es cierto que nos desviamos un rato del camino porque nos quería enseñar una iglesia polaca que todavía hoy sobrevive desde antes de la guerra entre ambos países. Según Janna, su arquitectura es única y por eso quería que la viéramos.

Visitar esa pequeña iglesia me hizo comprender lo importante que era mi viaje para Janna. Se sacó unos cuantos folios del bolso y se puso a leer su letra manuscrita en mayúsculas para darme todos los datos de la historia del lugar. ¡Se había estado preparando una descripción completa de lo que quería que visitáramos!

De allí continuamos el viaje hacia Aleksandrov. Y aprendí, por lo que me contaba, que hubo un día en que la familia vivía muy bien. Su madre era la dueña y principal diseñadora de una tienda de muebles de madera. El negocio funcionaba a la perfección y vivían en el domicilio familiar del pueblo al que nos dirigíamos. Pero en los años noventa la mafia rusa les arruinó y lo perdieron todo. Todavía hoy Tatiana sigue sin fabricar muebles, limitándose a malvivir decorando matrioshkas y figuritas de madera. Según Janna, en su día fue retratista, llegando a pintar retratos de Lenin y Stalin (aunque no sé para quién). Las dos hijas estudiaron diseño técnico y, aunque la mayor pasó unos años trabajando como diseñadora en Moscú, hoy ambas ayudan a Tatiana con las labores de pintura. Una historia trágica.

 

 

En el pasado, todas las ciudades rusas tenían un “kremlin” o zona amurallada donde se protegían los edificios religiosos y los de los zares. Y Alexandrov no era una excepción. Hoy sobreviven casi todas las construcciones que se comenzaron a erigir allá por el 1500 y, aunque no tan restauradas como las de Moscú o Sergiev Posad, también reflejan la grandeza que tuvieron en su época. Janna me dio los datos básicos sobre la historia del lugar, explicándome con orgullo que había sido capital del imperio. Conseguí convencerla de que no necesitaba leerme todas las páginas de información que había preparado, que me las llevaría a casa y las estudiaría. ¿Os imagináis cuánto puedo entender realmente de todo lo que me está contando en ruso auténtico, sin simplificar, hablándome de historia, tras tan solo seis meses aquí? Os diré que al final del día le tenía que pedir que me repitiera las cosas varias veces porque el cansancio mental era tan grande que me perdía. Cursillo hiper-intensivo.

 

 

Las pequeñas escobas que veis a la izquierda estaban colocadas junto a la puerta de la iglesia. Me explicaron que están ahí para que los feligreses puedan limpiarse la nieve de los zapatos y botas antes de entrar.

Obviamente, en los templos las mujeres deben cubrirse y los hombres destaparse la cabeza, como ya creo que os he comentado en alguna otra ocasión.

No pudimos sacar fotos del interior. Y tampoco visitamos los demás edificios.

Una cosa que sí me llamó la atención y que también Janna comentó fue el olor de la iglesia. No olía a incienso. Olía a cera de abeja y miel, un olor que a partir de ahora creo que siempre relacionaré con los edificios religiosos ortodoxos.

 

 

Frente al “Kremlin” había una fila de pequeñas tiendecitas de recuerdos y objetos varios. En la primera en la que entramos vendían botas de pelo de oveja y, en un rincón, algunas antigüedades. Allí encontré un objeto que no he visto en ningún otro lugar del mundo. Según me explicaron, es una madera que se utilizaba para cardar la lana. Lo auténtico es también su decoración, puramente rusa. Lo compré. Lo que ya no me llevé a casa fue una rueca de hilar que también tenían. Aunque todo era tan barato que resultaba ridículo, no tenía demasiados rublos encima, así que me resistí a la tentación.

En las demás tiendecitas no encontré nada más interesante.

 

Y ya está. Se acabó la visita a Alexandrov. Nos volvimos a montar en el coche y partimos de nuevo hacia Sergiev Posad.  Solo nos detuvimos un segundo para hacer una foto de la sempiterna foto de Lenin ante lo que supongo que sería el Ayuntamiento.

Cuando llegábamos a Sergiev Posad, Janna insistió que debíamos quedarnos a comer. Eran cerca de las 4 de la tarde y yo me moría de hambre, así que acepté. Supongo que comimos lo que habían preparado para nosotros, esperándonos a todos.

 

Estaba Tatiana en la casa. No nos acompañó a la mesa pero se quedó charlando con nosotros todo el rato. Parecía contenta de contarme cosas y enseñarme parte de sus obras. Nada más abrir la puerta de la casa te encuentras con un espacio que claramente se utiliza como trastero y creo que era de allí de donde me traía sus “tesoros” para que los viera.

 

Mientras Tatiana iba y venía con objetos en las manos, Janna se esforzaba por agasajarme con la comida. Tomé por primera vez Shí, una sopa tradicional rusa que se cocina con berza china fermentada, patata y, una vez servida, se le añade una cucharada de nata. Estaba buena. También me sirvieron bollos de patata y una especie de pan ácimo relleno de mermelada de bayas. La generosa de Janna incluso preparó una bolsita con algunas cosas para el chófer, que prefirió quedarse en el coche.

 

Tatiana primero me enseñó el pato. Me contó que solía sentar en su interior a sus niñas cuando eran pequeñas y usarlo como una especie de cuna o balancín. Y luego me fue enseñando todos los pequeños tesoros que ha ido guardando a lo largo de los años en los rincones de las dos habitaciones: muñecas que nunca vendió, huevos que le costaron tanto esfuerzo que el precio de venta no le merecía la pena, alguna obra sin terminar, y una que a mí me pareció genial: una matrioshka de Pushkin que escondía otra de Dostoyewksky que, a su vez escondía otra de Tolstoy, y esta una de Gorki, etc. La matrioska literaria. Cuando le dije que se la compraba porque me encanta leer me dijo que me la regalaría. Me negué. Entonces dijo que un día haría una matrioshka solo de mí. Hmmmm… ¿debería sonarme a amenaza?

 

 

Vi cajas pintadas, laúdes, un juego de té con sus tazas y platos de madera para un samovar… Había un poco de todo y para todos los gustos. Tatiana me dijo que a ella lo que le gusta es pintar y que por eso puede ponerse a decorar cualquier objeto.

Y llegó la hora de marcharme. Acordé con ellas que la próxima vez nos veríamos en la urbanización porque tienen que venir a traer algunos encargos. Entonces comprobaremos qué tal van con las ilustraciones del cuento.

Esta mañana ya le he enviado a Janna el link para su nueva página web. Todavía no la hemos hecho pública porque hay varios detalles que pulir pero ya ha cogido forma.

En fin, otro día inesperado en la fría Rusia. Cuando pille otro ratito os contaré algunas anécdotas breves y cositas que me han ido sorprendiendo por aquí.

Un abrazo, J.

Una subasta en el cole

Posted on March 25, 2012 by Julia Esténoz

Ayer asistí a mi primera subasta muda. Es una actividad organizada por la Asociación de Padres y Profesores del cole de mis hijas con el fin de recaudar fondos para una escuela de arte para niños discapacitados. Cada clase de primaria prepara una obra de arte que luego donan a la subasta. Y los padres de forma voluntaria donan cestas temáticas que también recibirán pujas durante la noche en que se celebra el evento. Lo de subasta muda se debe a que no hay pujas en una sala abarrotada de gente. Los objetos de “arte” se exponen en una sala donde hay unas hojas. Cada asistente recibe un número al entrar y, si quiere pujar por algo, escribe su número y la cantidad por la que puja en la hoja correspondiente. Si tiene mucho interés en conseguir la obra, deberá pasarse de vez en cuando por la sala para comprobar que no hayan pujado más que él y, si lo han hecho, volver a pujar por más dinero. La puja termina a una hora predeterminada. Bastante simple.

 

Pero con la excusa de la Subasta Muda, hubo fiesta. El tema era Cowboys + Caviar (vaqueros y caviar) así que las madres voluntarias nos pasamos varios días pintando decorados y preparando todo lo que se nos ocurrió para convertir parte de la escuela en un pueblo del oeste y otra parte en un bar del sofisticado Moscú actual.

Encima de estas líneas podéis ver una zona del mural que pintamos, recortamos y colgamos de las ventanas del pasillo. Creedme que fue bastante trabajo.

 

Y esta otra era la parte del Caviar. Lo que veis sobre las columnas al fondo son globos que imitan el caviar actual, que no es el negro tradicional.

Además de las decoraciones, la entrada te daba derecho a barra libre de cócteles a base de vodka: mojito de vodka, bloody mary y otro cuyo nombre no recuerdo pero que estaba hecho con zumo de arándano amargo, vodka y un tercer ingrediente; también había barra libre de cerveza rubia y negra y, obviamente, refrescos.

 

Había una mesa con aperitivos vaqueros (nachos con salsa) y rusos (blinis y caviar) y algún otro de nacionalidad indefinida. En la cantina servían una cena caliente a base de chile con carne, pollo frito, ternera en salsa, pan de maíz y ensalada de berza. Después de la cena la banda de música (formada por profesores) tocó piezas de “nuestra época” y allí saltamos todos a bailotear.

 

¡Si nos vieran nuestros hijos!

Obviamente, se suponía que todos los padres íbamos mientras tanto a la sala de la subasta a pujar. Como las obras estaban hechas por las clases de nuestros peques, muchos padres tenían verdadero interés. Al final se llevaba la pieza el último que hubiera pujado por ella. Nosotros no nos llevamos nada pero sí sé quién se llevó lo que había hecho la clase de mi hija pequeña y conozco a otra pareja que se llevó otra cosa.

 

Ah, y la mayor atracción de la noche… En una de las salas había un toro mecánico. Eso sí que tuvo éxito. Hombres y mujeres por igual lo intentaron. Costaba unos 12 euros cada intento y nadie aguantaba más de dos minutos en el bicho. Aunque por el mismo precio les dejaban volver a montarse otra vez sin pagar.

No sé cuánto se recaudaría anoche pero seguro que fue un pico. Vi que algunas cestas llegaron a los 400 dólares y entre las obras a subasta había una piragua de madera auténtica. Fuera lo que fuera, seguro que les viene bien y nosotros disfrutamos de una nueva experiencia. ¡Qué se inventarán la próxima vez!

Un abrazo, J.

 

Pues a mí me gusta… y a mi hija más

Posted on March 23, 2012 by Julia Esténoz

 

Ayer volvimos a la clínica donde le habían operado a mi hija pequeña para que le cambiaran las vendas y le hicieran la cura. No solo la trató el mismo médico que había ayudado en su operación, y con el mismo cariño y ternura que aquel día, sino que hizo muy feliz a la peque cuando le dejó quedarse con las firmas de sus amigas en la tela que cubría la escayola, y también le ofreció tres colores de vendas para cubrir la nueva: blancas, rojas o azules. Ya le dije al médico que me parecía de lo más patriótico  Eligió el rojo.

También me chocó ayer otra cosa. En la planta de traumatología y ortopedia (y supongo que las habrá en todas las demás) había un cuadro en la entrada con las fotografías, los nombres y los puestos de los médicos y del personal auxiliar de esa sección. Lo sorprendente es que también se indicaba qué idiomas habla cada uno. Todos, excepto uno de los veintitantos que había, eran por lo menos bilingües. Nuestro médico, un chico bastante joven, habla nada menos que cinco idiomas: ruso, ucraniano, polaco, alemán e inglés. Y como ya os comenté, su inglés es bueno. Luego nos confesó que también entiende francés. Igualito que en otros lugares, ¿verdad? Impresionante.

Bueno, ya os he contado alguna tontería más.

Un abrazo, J.

 

Nuestro peculiar Club de Cocina Internacional

Posted on March 22, 2012 by Julia Esténoz

 

Somos nueve, todas de países diferentes, y nos juntamos aproximadamente cada tres semanas en casa de una de nosotras, por turnos. La anfitriona tiene la tarea de cocinar entre uno y tres platos de su país delante de las demás, para que aprendamos el proceso. Todos los ingredientes se deben poder comprar aquí.

Yo, como organizadora, fui la primera. Preparé sopas de ajo y leche frita (que me salió incomestible y putrefacta). Y la última sesión que hemos tenido por ahora fue en casa de una suiza que, como está casada con un chino, nos ofreció un plato de cada país.

Nos citamos siempre a las 10 de la mañana y el ritual dicta que primero nos tomemos un café y nos pongamos un poco al día de nuestras vidas. Después, la anfitriona comienza su tarea.

 

 

Como en esta sesión coincidió que era mi cumpleaños y lo había sido de otra más del grupo, no fuimos todo lo serias y ortodoxas que pueda ser de esperar. Aunque también debo reconocer que, según pasan las sesiones y nos vamos conociendo mejor, el nivel de juerga y cachondeo se va multiplicando de manera exponencial. En esta ocasión la pobre anfitriona nos tuvo incluso que recordar que no le estábamos haciendo ni caso en un par de ocasiones (¡Qué verguenza!)

Las delicias del día iban a ser un auténtico Papet Vaudois , a base de patatas y puerros, acompañado de salchicha, y rollitos chinos de arroz. Delicioso, ¿verdad? Ahora, cuando realmente alucinamos, fue cuando nuestra anfitriona abrió un cajón para coger una especia… ¡y luego nos dijo que eran de su marido porque él es quien suele cocinar en esa casa!

 

 

Empezamos con un vinito por eso de los cumples… Nuestra anfitriona preparó los platos y las demás incluso ayudamos en algunos detalles. Y después, como debe ser, nos sentamos a comerlos. Aún tomamos más vinito.

Y al cabo de un rato nos animamos con la música de zumba que había traído una de las participantes y bailamos un rato a la par que nos desternillábamos a carcajadas. ¡Menudo puñado de señoras amas-de-casa treinta-cuarentañeras! Pero lo de siempre, ¡que nos quiten lo bailao!

 

El postre lo puso una de las participantes. ¡Qué delicia! Mirad esa tarta. ¿No os parece espectacularmente profesional? Pues no os digo cómo estaba… para chuparse los dedos. Creo que repetimos todas. Ya nos ha dicho que formará parte del menú cuando nos toque en su casa. ¡Bien!

Como ya se está convirtiendo en costumbre, nos lo pasamos pipa. Disfrutamos de la compañía, del plan y de la comida y yo, por lo menos, pienso preparar ambos platos en casa.

Está bien esto de aprender haciendo, ¿a que sí?

Un abrazo, J.

Una rana de mascota

Posted on March 21, 2012 by Julia Esténoz

Os lo tenía que contar… Hace un par de días coincidí con una de las profesoras del cole de mis hijas porque los mayores se iban de excursión y ella estaba al mando. Charlando, charlando me contó que había dejado a su mascota en casa. Me dijo que es una rana macho que se pasa el día “cantando” y que solo come una vez a la semana, para lo cual le ayudan sus amigos y conocidos, que recogen gusanos con los que alimentar al bicho. (?!?!?!?!) Y os lo juro que es verdad, que no me lo invento.

¡Qué cosas ve una por el mundo!

Un abrazo, J.

De hospitales en Rusia

Posted on March 20, 2012 by Julia Esténoz

 

Nuestra experiencia no es representativa de la situación médica en el país porque, para nuestra suerte, tenemos acceso a clínicas privadas y servicios muy alejados de la media rusa. Pero aún así os puedo contar algunas cosas sobre la calidad de la medicina en Moscú por lo que nos pasó ayer. Mi hija se cayó de la bici. La clínica de nuestro seguro está basante lejos, como a una hora en coche y mi marido estaba trabajando, así que nuestro vecino se ofreció a acercarnos para que nos pudiéramos encontrar allí. Todo un detalle. Nunca se lo podré agradecer lo suficiente.

Cuando por fin llegamos nos atendieron con rapidez, sacaron unas placas y estudiaron la situación y nos confirmaron que mi peque tenía dos huesos rotos. Nos explicaron además que no recomendaban una escayola porque había bastante inestabilidad en la zona y, si no soldaba bien, perdería movilidad de por vida. ¡Uf, qué susto! Y además dijeron que la operación no debería retrasarse. No teníamos muchas opciones, ¿no os parece? ¿Qué podíamos hacer, viajar a España con un brazo roto? Hmmmm, me parece que no. Así que le dijimos a la médico de guardia que adelante.

Y entonces ingresaron a la niña, le sacaron sangre, le hicieron todo tipo de pruebas y le asignaron habitación. Vino el anestesiólogo.

Todos los médicos con los que hemos hablado durante estos dos días se han dirigido a nosotros en un inglés adecuado y correcto, lo que ha facilitado bastante también la situación. El trato ha sido muy amable y considerado y hemos comprobado que se dirigían a la niña con especial cariño y dulzura.

 

Ahora bien, la clínica no cuenta con una triste cafetería. En el cuarto de baño de la habitación cada cama recibe un cepillo de dientes con su pasta, jabón, champú, etc., pero los pobres acompañantes que tenemos que pasar la noche con un paciente no disponemos de un lugar donde cenar o tomar algo calentito. En el hall de entrada hay una máquina dispensadora que ayer solo tenía una gran colección de cajitas de zumo de melocotón (ningún otro sabor), varios tipos de bolsas de patatas fritas, algunos frutos secos, colección completa de chocolatinas y varias variedades de galletas y croasanes de chocolate y mermelada. ¿Un sandwich? No. ¿Un batido, un refresco? Tampoco. ¿Algo menos artificial? Qué va. (¿Debo contaros ahora que le llamé a nuestro conductor y le pedí que por favor se acercara a un McDonald’s para llevarme una hamburguesa y unas patatas? Hmmm, tal vez no.)

El anestesiólogo… Nos hizo un montón de preguntas sobre qué había comido la niña por la tarde y, cuando le dijimos que se había zampado tres de los caramelos de recepción al llegar nos explicó que el azúcar provoca muchos jugos gástricos que podrían provocar vómitos durante la operación por la anestesia y que recomendaba dejarla para la mañana siguiente. Así que allí nos quedamos la peque y yo mientras su padre iba a casa con el pobre chófer (serían las 2 de la mañana) para poder llevarnos ropa limpia al día siguiente y atender a los perros.

Aunque mi hija pequeña durmió unas horitas, yo no pegué ojo. Y no por nada. Solo que no conseguía dormir. Cuando nos dieron la habitación nos dijeron que, si no pagábamos la cama extra, podrían aparecer a mitad de la noche y dársela a algún paciente recién llegado. Tal vez por eso estuve nerviosa y no me relajé. El caso es que dieron las 6 y me bajé a la máquina del café. No parece que hubiese emergencias de pacientes de última hora porque no me “echaron” de la cama pero de poco me sirvió.

 

Una hora más tarde llegó mi marido con nuestras cosas y Pepe, el osito de peluche que siempre ha acompañado a nuestra hija en sus aventuras por el mundo.

Unos minutos más tarde apareció una enfermera para darle una bebida que en un cuarto de hora la dejó grogui.

Nos pidieron que firmáramos todo tipo de consentimientos. Pedimos conocer al cirujano. Hemos oído tantas historias raras en este país que no nos quedábamos tranquilos hasta que le viéramos la cara. Y vino. Y sus explicaciones nos parecieron de lo más lógicas y profesionales. Y al rato se la llevaron al quirófano.

Bajamos a tomar otro café y a esperar noticias. Nuestro fantástico conductor nos trajo unas magdalenas para amenizar el rato.

Al cabo de un par de horas subió la pobre medio dormida y lloriqueando porque le dolía todo: el codo, la garganta, el estómago. Cuando le dieron un analgésico se volvió a quedar roque durante un par de horas.

Y después se ha despertado, le han traído la comida, ha venido el cirujano para entregarnos el informe y contarnos que la operación ha ido mejor de lo que esperaban porque no han tenido que meterle una guía como esperaban y que en diez días le quitarán la férula que le han puesto y empezará rehabilitación y que creen que todo saldrá bien. En tres meses le tendrán que quitar el tornillo o lo que sea que le han puesto y ya está. Nos han dado el alta y nuestro infalible conductor nos ha traído de vuelta a casa a eso de las 2.30 de la tarde. (¡Pobrecito, estaba que se caía de sueño!)

La experiencia de una operación quirúrgica en Rusia ha sido muy buena. Anoche pasamos miedo y preocupación por lo desconocido pero debo decir que todo ha resultado profesional, serio y de muy buena calidad. Ya les gustaría a muchos…

A ver qué otras sopresas me reservan mis días por aquí. Ya os contaré. Un abrazo, J.

De juerga por Moscú

Posted on March 18, 2012 by Julia Esténoz

 

La verdad es que lo del cumple no fue más que una excusa para juntarnos con un montón de gente maja y pasárnoslo pipa. Fue toda una noche. Disfruté un montón. El ambiente fue único y original, la gente encantadora, mis amigos lo mejor y hasta mi espalda aguantó como nunca.

Todo empezó en el Café Margarita…

Si no me lo llegan a recomendar, dudo mucho que hubiésemos entrado jamás. La fachada es del todo anodina y no llama la atención en absoluto.

 

Cuando entramos nos quedamos un poco sorprendidos y decepcionados por lo minúsculo que era. Nos habían avisado pero aún y todo nos pareció imposible que los 20 que esperábamos cupiéramos en ningún sitio. Pero cupimos, cupimos, y hasta bailamos…

Esto es el Café Margarita. Como veis, aunque parecíamos sardinas en lata había espacio suficiente para nada menos que un pianista y dos violinistas. Tocaban varias piezas, hacían un descanso y volvían a tocar. Siempre empezaban con algo tranquilo: música clásica, temas románticos… pero acababan con algo vivo y alegre tipo Kalinka.

 

 

Cuando entramos nos repartieron esas botellitas blancas de plástico que veis en el primer plano de la foto de la derecha. ¡Eran maracas! ¿Maracas en un restaurante ruso? nos preguntamos. Bah, seguro que son otra cosa. Pero no, eran maracas, maracas. La idea era acompañar el ritmo de los músicos en las canciones movidas. Y lo hicimos, al igual que todos los demás comensales del lugar. Obviamente, la comida fue lo de menos.

En Café Margarita solo tocan músicos  de reconocido prestigio, gente que ha ganado un montón de premios y que se encuentran entre la elite musical de Moscú. Varios de nuestros invitados comentaron que se notaba en la interpretación, sobre todo de las piezas más clásicas (porque con las populares el nivel de ruido era tan elevado que no se oía demasiado bien.)

 

 

Con la música movidita nuestra mesa se lanzó a agitar las maracas con energía e incluso a bailotear un poco por el reducido espacio del comedor mientras los rusos de las demás mesas batían palmas, agitaban sus maracas pero no movían ninguna otra parte del cuerpo. Cultural, claro. Sin embargo, en el centro de la sala había una mesita con una pareja. Se pasaron toda la cena sonriéndonos y haciéndonos gestos como diciendo que les divertía mucho nuestra juerga. Cuando tomamos la tarta, les llevé un trozo a cada uno

Este grupo de rusos de la foto de la derecha estuvo allí durante todo el rato que permanecimos en el local. Por supuesto, no se movieron de su sitio ni bailaron ni les vimos hasta que el local prácticamente se vació.

 

 

En estas fotos podéis ver algo de la decoración del local. Era como haber retrocedido realmente en el tiempo. Si alguien me llega a decir que estábamos en 1950, en 1970 o en 1985, me lo habría creído. Los platos, las sillas… no había nada en el local que te recordara la modernidad. Ni siquiera había espitas de cerveza a presión a la vista. No creo que la decoración haya cambiado desde los años treinta. Tenía muchísimo sabor.

Ah, y por supuesto, no aceptaban tarjetas, solo metálico (menuda faena…)

 

En general, yo creo que ha sido toda una experiencia cenar en Café Margarita. Y me ha encantado ver que sí hay algunos amigos con ganas de vivir Moscú y disfrutar de lo que puede ofrecer. Me lo pasé como una enana.

 

Pero la noche era joven y no acabó ahí.

¡Nos fuimos a la discoteca! Nos recomendaron una que se llama B2 y que debe de estar súper de moda. Tiene cinco plantas y la entrada es lo que veis a la izquierda. Nos hicieron pagar una entrada y dejar los abrigos en el guardarropa. (Por cierto, eso aquí es de lo más habitual. Hay sitios a los que NO puedes entrar con el abrigo puesto. Te obligan a quitártelo y dejarlo allí.)

 

 

Aquí es famoso el control de acceso a las discotecas por lo estricto de sus “gorilas”, que no dejan pasar a NADIE que no les dé buena pinta y que son tan famosos que esa costumbre ya se conoce aquí popularmente como “face control” o “control de caras”. Nosotros no tuvimos problemas pero, nada más entrar, vimos que venía la policía y se montaba una discusión con unas personas. Saqué la foto a escondidas porque no me parecía bien darme la vuelta, enfocar a la poli, que saltara el flash, y marcharme tranquilamente… por eso se ve tan mal. El grupo  en cuestión está al fondo.

 

Como os he dicho, la disco tiene cinco plantas y, claro, hay que usar escaleras. Primero subimos hasta la última y fuimos bajando hasta encontrar una música que nos pareció buena para mover el esqueleto. Creo que nos quedamos en el tercer piso. La pista no era muy grande y estaba rodeada de mesas. Según la canción, como en casi todo el resto del planeta, se llenaba a desbordar, y en otras ocasiones estaba casi vacía.

Y bailamos. ¡Vaya que si bailamos!

 

A eso de la 1.30 nos sentamos a descansar un rato y cuál no sería nuestra sorpresa al darnos cuenta que el vecino de mesa estaba cenando tranquilamente. Yo sabía que la disco también tenía restaurante pero nunca se me ocurrió que te pidieras la comida a pie de pista de baile. Pues parece ser que sí.

 

Y de pronto subieron un par de tipos a una especie de escenario que había al fondo de la sala y se pusieron a cantar baladas románticas. Me llamó mucho la atención darme cuenta de que casi todos los rusos bailan las “agarradas” como la pareja que veis en el plano delantero de esta foto. Eso de “achucharse” y poner cara de estar quedándose dormido, apoyar la cabeza en el hombro de él y demás no se estila en Rusia, o por lo menos en Moscú. Buena distancia, pose de baile de pueblo y a dar pasos en círculo. Curiosísimo.

Por cierto, y para que no se me olvide os lo cuento ahora… me explicó mi nueva profesora de ruso que las mujeres aquí son así de lanzadas y descaradas porque apenas hay hombres. Con las guerras, las limpiezas de Stalin y su terrible historia, millones de hombres murieron y solo sobrevivieron las mujeres. Por eso hay tantas y “matan” por encontrar un marido. De ahí que al hombre se le permita hacer muchas cosas que en otros países ni se nos pasaría por la cabeza admitir hoy en día, como la cuestión de la bebida. Eso explica porqué las mujeres son tan esculturales y avasalladoras en la juventud y luego se dejan tantísimo después de tener sus hijos. Es una guerra contra reloj.

Bueno, que ayer me lo pasé genial. Fue una cena de precumpleaños fantástica y muy, muy divertida. Viví cosas nuevas y eso ya sabéis que me apasiona.

Más en breve. Un abrazo, J.

Y esta noche…

 

Posted on March 17, 2012 by Julia Esténoz

Esta noche cena de pre-cumple con un montón de amigos en el Café Margarita de Moscú. ¿Habéis leído El Profesor y Margarita de Bulgákov? Pues eso. Y con música en vivo. ¡A divertirse!

Ya os contaré. Un abrazo, J.

El taller del Bolshoi

 

Posted on March 14, 2012 by Julia Esténoz

Hoy hemos tenido una salida muy especial y que no se puede organizar con frecuencia porque no la suelen organizar. Pero la hemos hecho. Y ha merecido mucho la pena. A ver qué os parece.

Hemos visitado los talleres del Bolshoi…

 

Según la guía, el edificio tiene valor histórico porque no solo es de un arquitecto y de una escuela muy importantes, sino porque fueron muy pocas las casas que finalmente se construyeron en los años treinta a pesar de que se prepararan miles de proyectos sobre el papel. Como Rusia no tenía dinero en aquel momento, esta arquitectura acabó conociéndose como “arquitectura de papel” (por eso del montón de proyectos sobre el papel que no se construyeron.)

 

 

Justo a la entrada del taller nos encontramos con este edificio de hace unos cuantos siglos en lo que llaman el barroco ruso. Está en un callejón, oculto al mundo, y solo lo ves si vas a entrar a los talleres del Bolshoi. La forma de colocar los ladrillos es típica de este país y de esa época (nos ha explicado la guía.)

 

Entrada a los talleres.

En los talleres del Bolshoi es donde se fabrican todos los materiales que se utilizan en los teatros del mismo nombre: escenarios, decorados, trajes, zapatillas…

El edificio está viejo y descuidado y aquí hay personas que llevan trabajando en lo mismo desde hace cuarenta y cinco años. Según nos han dicho, es un orgullo para ellos trabajar aquí y lo consideran como una gran familia. Obviamente, es bastante difícil encontrar nuevos empleados porque los sueldos no son altos y es trabajo artesanal.

 

 

Los pasillos del taller parecían los de un búnquer y las paredes estaban desconchadas en algunos tramos.

Eso sí, casi toda la gente con la que nos hemos cruzado nos ha saludado. Nos han dicho que es tradición en el mundo del teatro saludar siempre. Eso nos lo han comentado como algo especial. No me extraña. Los rusos que no son del mundo de la farándula rara vez saludan.

 

Desde el primer piso hemos podido ver este fondo de escenario que estaban pintando, a mano, los operarios del teatro. Se trata del escenario que se va a utilizar en el próximo estreno del Bolshoi, La Hechicera, de Tchaikovsky. Todo lo que veis está pintado sobre tela a brochazos. Increíble.  En el resto de los grandes teatros del mundo hoy en día ya se ha descartado esta técnica y se utilizan materiales más modernos. Pero no me diréis que este no tiene un montón de encanto. Fijaros en el artista que está en la parte superior derecha y os haréis una idea del tamaño de esta pintura.

 

 

A la izquierda podéis ver a una empleada bordando una tela gigantesca para imitar unas columnas.

Y a la derecha os enseño a uno de los pintores encargados del fondo de escenario de más arriba. Lo que tiene en la mano derecha es el pincel atado a un palo para no tener que agacharse a pintar.

 

Y en esta imagen estaba yo subida a esa especie de pasillo colgante (a pesar de mi terrible vértigo) para poder enseñaros dónde se suben los artistas a ver su obra terminada y corregir cualquier error que se les haya podido escapar.

Hoy en este espacio estaban trabajando en tres proyectos de escenarios diferentes, a cada cual más maravilloso.

 

Después nos han llevado al taller de costura de trajes femeninos. Hay otro para trajes masculinos. Pero no nos han dejado hacer fotos. Hemos visto cómo trabajaban en los trajes para la ópera y el ballet y en un montón de modelos para una nueva ópera en la que las protagonistas van vestidas de unas meninas muy exageradas con unas faldas gigantescas.

 

Donde sí nos han dejado sacar la cámara ha sido en el probador femenino. Allí había algunas prendas de las bailarinas y cantantes.

No se si aprecia en la fotografía pero este tutú está cubierto de pequeños cristales brillantes que lo hacen refulgir.

 

Traje de Don Quijote.

¿Veis el espejo que está detrás? Tiene más de doscientos años de antiguedad y nos han contado que es todo un mito en el teatro, que en él se han mirado todas las grandes primas ballerinas de la historia del Bolshoi.

 

La siguiente sala que hemos visitado ha sido la zapatería donde se fabrican las zapatillas de baile. A la derecha podéis ver los hornos donde se calientan las zapatillas recién terminadas durante 24 horas a 60 grados. Tampoco es última tecnología, ¿verdad?

 

 

Todo el proceso de fabricación de las zapatillas es manual y artesanal. A la izquierda podéis ver uno de los puestos de trabajo de un zapatero dedicado a esta tarea. El pegamento que se utiliza lo fabrica cada empleado según su propia fórmula secreta e incluye una especie de resina que permite cierta flexibilidad en las puntas. Las zapatillas se hacen a medida de cada bailarina. Primero se fabrica un molde en madera del tamaño exacto del pie derecho de la danzante y las zapatillas se hacen usando ese modelo. Ambas se hacen para ese mismo pie. No se fabrican zapatillas tomando el pie izquierdo como modelo.

 

Y por último nos han enseñado las prensas en las que se imprimen todos los carteles del Teatro Bolshoi. Como veis, son antiguas y a solo dos tintas, por lo que toda la cartelería es siempre en rojo y azul y artesanal.

Pero esta imprenta no va a durar mucho aquí. Ya están encargadas las nuevas máquinas. Y esta se irá a un museo en algún rincón. Una pena

 

Como veis, ha sido una visita de lo más interesante. Es increíble que en uno de los más famosos teatros del mundo todavía hoy se siga haciendo todo de forma artesanal. Y es una lástima que vayan a desaparecer. Es muy difícil encontrar aprendices nuevos, nos han dicho, y por eso estas profesiones acabarán desapareciendo y siendo sustituidas por máquinas, como en otros muchos sitios del planeta.

Pero yo he sido muy afortunada y lo he llegado a conocer. Hasta pronto, J.

 

 

San Petersburgo, Leningrado, Petrogrado… podéis elegir, todo es lo mismo

Posted on March 11, 2012 by Julia Esténoz

 

San Petersburgo fue fundada por Pedro I el Grande en un intento por europeizar y modernizar Rusia. Como toda la zona era un enorme pantano, el Zar de entonces cobró un impuesto especial durante varias décadas: todo aristócrata que viajara a la nueva capital debía pagar el impuesto en piedra que luego sería utilizada para la construcción. Obviamente, Pedro I había dado orden antes de que la corte y todos sus seguidores se trasladaran allí a vivir. No era listo, ni nada…

 

Con lo que no contaba es con Lenin, los soviéticos y todos los demás, que se empeñaron en cambiarle el nombre para que no sonara tan poco ruso. Primero le pusieron Leningrado y después optaron por Petrogrado (o al revés) pero el caso es que Petersburgo les parecía demasiado burgués y europeo. No sé si habrá habido ninguna otra ciudad en el mundo que haya cambiado tantas veces de nombre en tan poco tiempo. ¿Saldrá en el libro de los Guiness?

 

 

Catedral de San Isaac. Nuestro alojamiento está entre la Catedral y el Hermitage. Mejor imposible.

Y al final de nuestra calle hay un parque que bordea el impresionante edificio del Almirantazgo, con su punta dorada. El parque es amplio, con zonas de juegos, estatuas y baños públicos como el de la foto, que parecen diseños especiales para que encajen con la zona pero se tratan de pequeños edificios reutilizados.

 

 

El segundo día nos lo tomamos con calma. Nos levantamos relativamente tarde y desayunamos en nuestro original apartamento sin ninguna prisa. Después salimos a la calle a dar un paseo y ver los alredadores. Entre otras cosas nos encontramos con el gigantesco e impresionante edificio de la Biblioteca Presidencial, ese de color amarillo y blanco. Es inmenso. Pero no debería habernos sorprendido. En ninguna otra ciudad del mundo he visto tantas librerías como en esta. Las hay de todos los tamaños y formas, pero están en todas las esquinas. Una gozada.

 

 

Vimos la famosa estatua equestre de Pedro I, más conocida como el Hombre de Bronce. A sus pies nos encontramos con unos novios y su fotógrafo, haciendo un reportaje.

Aprovechamos para hacer algunas fotografías del otro lado de la ría con sus casonas y edificios enormes.

Como la comida y la cena del día anterior nos habían ido tan bien siguiendo las recomendaciones de Andrei, buscamos otro de sus propuestas para comer aquel día. Krokodil es el nombre del sitio…

 

‘Qué decepción! No solo tardaron años en servirnos, sino que las dos camareas que trabajan allí resultaron de lo más antipáticas y frías. Con deciros que pedimos unas patatas fritas que nunca llegaron y que el agua con gas no lo tenía y el agua sin gas parecía cualquier otra cosa… Un desastre. No vayáis.

 

 

Lo más alucinante del restaurante fue, una vez más, los váteres. Ya diréis… pero echad un ojo a las fotos. ¿Cuántos baños así veis en vuestro país? Este no solo tenía una luz verde o roja encima, indicando si estaba o no ocupado, sino que además parecía un búnquer por dentro y tenía una decoración y un pestillo totalmente extraterrestres. Como comprenderéis, ahora siempre voy al baño con la cámara de fotos en la mano. Creo que los rusos son originales en muchas cosas pero en cuestión de baños dan mil vueltas al resto del planeta.

 

Decidimos ir al otro lado del río para hacer turismo. Por el camino nos encontramos con unos cuantos motivos decorativos de leones. Nos llamó poderosamente la atención que todos ellos tenían cara de pánfilos. Mirad si no la cara del de la fachada de la Biblioteca Presidencial, ¿tiene o no tiene cara de pánfilo con esos ojos saltones? Jajaja, nos hizo mucha gracia. Los leones de San Petersburgo tienen todos expresión de bobos.

 

El río Neva está totalmente congelado. Los puentes de San Petersburgo son famosos porque se levantan para dejar pasar a los barcos y en las Noches Blancas hay verdaderas muchedumbres viendo el espectáculo. Uno de los taxistas nos ha dicho que es típico que la gente que sale de juerga se quede “colgada” en el otro lado del puente hasta la mañana siguiente porque los puentes se levantan a eso de la 1 de la madrugada y se bajan a eso de las 6.

 

A ambos lados del río hay barcos anclados que se utilizan como restaurantes. El que está junto al Almirantazgo también nos hizo gracia por el nombre que aparece en su casco: Alien shippings. Se podría traducir como “envíos de extranjeros” o “envíos de alienígenas.” No sabíamos que los rusos se dedicaran a enviar extranjeros o alienígenas como cargas fluviales…

 

 

Cruzamos el puente junto al Museo Hermitage. Pero antes de pasar al otro lado del puente decidimos pisar el río directamente. Bajamos hasta el hielo y caminamos sobre él. No deja de ser curioso estar de pie en mitad de un río junto al puente. Le gente cruza el río caminando. Nosotros no nos atrevimos a tanto pero sí que bajamos para poder decir que habíamos caminado sobre él.

 

 

Y así llegamos hasta la isla Vasiliesky, donde se encuentra la Fortaleza de Pedro y Pablo que no visitamos porque mi marido ya había estado durante todo un día para un curso de su trabajo. Pero vimos la impresionante fachada del Museo Naval (edificio de la Bolsa) cobijada por Neptuno y las dos columnas rostrales que parecen faros marítimos.

 

Tuvimos muchísima suerte con el tiempo. Pudimos ir caminando donde quisimos y no pasamos frío en absoluto. Vimos cielos que, aunque no fueran tan espectaculares como los de las Noches Blancas, tampoco se podían menospreciar. Disfrutamos un montón dando paseos y tomándonos el día con tranquilidad.

 

 

Junto a la Fortaleza está anclado este imponente barco que parece sacado de una película de Peter Pan. También se utiliza como restaurante. Apetecible, ¿verdad?

Y para apetecibles los chocolates que vimos (y compramos) en varias tiendas de San Petersburgo. Parecen tener mucha tradición chocolatera porque vimos multitud de comercio y varios museos del chocolate.

 

 

Desde aquel lado del río veíamos un edificio dedicado a Pushkin. Nos acercamos para comprobar si se trataba de su casa. Así era. Pero no estaba abierta al público. Lo que sí lo está es el último piso en el que vivió y donde murió. Nos animamos a ir hasta allí pero para cuando llegamos ya estaba cerrado al público.

 

Así que dimos media vuelta y continuamos con nuestro paseo por las calles de la ciudad.

Paramos para tomarnos una cerveza en un restaurante italiano cercano a la pensión y cenamos algo rápido en un bufé ruso. Nada espectacular. Fin del día.

La tercera jornada en San Petersburgo iba a ser la última porque el vuelo de vuelta lo teníamos por la mañana del cuarto día. Así que decidimos que había llegado el momento de visitar el Hermitage.

 

Para nuestra sorpresa, había comenzado a nevar. No es que nos importara. También tiene su encanto ver la ciudad nevada. Y además la nieve de ahora es casi primaveral. Se siente y se ve diferente. No es como la nieve de invierno. Da más sensación de agua que de copos y desaparece con mayor rapidez de las calles.

 

 

Tuvimos muchísima suerte, como siempre, y nos escapamos de tener que hacer ninguna cola. Lo habitual en el museo es tener que comprar las entradas con antelación para evitar esperas de un par de horas. Pues nosotros no. Llegamos, compramos y entramos directamente. No, no me voy a quejar. Estábamos encantados.

El edificio es totalmente rococó, tanto por fuera como por dentro. Y su decoración es tipo cuento de hadas. Hay dorados por todas partes y la totalidad de las paredes, los techos y los suelos tienen un motivo decorativo u otro.

 

 

Aunque hoy solo se usa como museo, este era el palacio en el que vivían los zares y fue Catalina II la Grande quien comenzó a atesorar obras de artistas de todo tipo y color. Por eso hay habitaciones que se han conservado como en aquella época y en esos cuartos hay obras de arte por las paredes porque así era como lo tenían los zares. Aquí podéis ver, por ejemplo, una de las salas de música y parte de la biblioteca.

 

 

No pudimos visitar todas las salas. Habría sido imposible en un solo día. Nos dedicamos a buscar las obras más conocidas o las de los autores que más nos gustan. Vimos, por ejemplo, unos pocos cuadros de Picasso, alguno de Gauguin, varios de Cezanne, un par de Da Vinci y nos llevamos una gran decepción porque solo había cuatro de Kandisky. Esperábamos bastante más. ¡Qué pena!

 

 

Si comparo el Hermitage con el Prado o el Louvre me da la sensación de que los dos europeos son más “museos” y que al ruso lo salva el edificio, el entorno y la riqueza que acompaña a las obras de arte. No pretendo ser una entendida en arte, ni mucho menos, pero en mi humilde opinión, hay otros museos donde las colecciones están más completas. En el Hermitage hay de todo y quizá en eso estribe su valor pero si te gusta un autor o un tipo de arte tal vez se te quede corto.

 

 

También es verdad que últimamente hemos visitado varios palacios y construcciones parecidos. El estilo del museo es parecido al del palacio de verano de Catalina la Grande en Moscú y quizá por eso no nos ha deslumbrado como a alguien que venga a visitar el Hermitage sin haber visitado ningún otro de los edificios antes.  Pero mirad esa puerta y ese pasillo. Veas cuantos palacios y construcciones veas de la época, siempre te alucinan.

 

El edificio por fuera me encanta. Los colores de su fachada, verde, amarillo y blanco le dan un encanto que no había visto nunca antes en ninguna otra construcción. Y las salas interiores son magníficas. Quizá por eso no me hayan impresionado tanto las obras de los pintores que alberga el museo.  ¡Mirad qué columnas y qué techos!

Tendremos que volver a San Petersburgo para las Noches Blancas y dedicar algunos días a ver todas las salas. También nos hemos quedado sin visitar otras maravillas de la ciudad como Peterhof o Tsarskoye Selo, por mencionar tan solo un par. Sí, tendremos que organizar otra visita.

 

Al salir del Hermitage nos dirigimos de nuevo al apartamento en el que vivió y murió Alexander Pushkin, el escritor. Aquí podéis ver su biblioteca privada. El apartamento se ha convertido en museo y contiene varios de los efectos personales del autor y su familia. A mi hija mayor le impresionó mucho saber que Pushkin murió en una de estas habitaciones después de batirse en duelo y perderlo.

 

Vimos muestras de sus escritos como las páginas que os pongo a la derecha. Como veis, no es que fuera precisamente ordenado. Me encantó ver que también garabateaba y dibujaba muñecajos en las hojas de sus obras.

 

Cuando salimos del museo de Pushkin nos fuimos a un centro comercial gigantesco que hay cerca de la Catedral de Kazan. Esperábamos encontrarnos con lo mejorcito del comercio y nos topamos con un lugar lleno de pequeñas tiendecitas tipo mercado ruso donde la ropa expuesta, aunque de marca, era horrible y ni siquiera estaba bien conjuntada. Sirva de muestra esta foto que sacamos de la zona superior del centro comercial donde, junto a unos maniquíes horriblemente vestidos, entonaba unos cánticos una cantante de ópera. Supongo que estaba allí para entretener y motivar a los posibles compradores. ¿Habéis visto lo que llevan los maniquíes en la cabeza? Creo que sobra todo comentario al respecto.

 

 

Al salir del centro comercial estaba oscureciendo. Decidimos volver caminando hacia la pensión para cenar cerquita y poder irnos a descansar temprano. Por el camino aún nos llevamos alguna otra sorpresita como esta farola que anunciaba la entrada a un hotel en plena Avenida Nevsky. O ese zorro que está sentado en un restaurante y que se ve desde el exterior…

 

O la galería-tienda de decoración-bar que nos encontramos cuando vimos algo que nos llamó la atención en el escaparate y entramos a cotillearlo. Mirad qué mesa más chula vendían. Porque no me cabía en la maleta, que si no…

 

De noche y nevando. Así no habíamos visto aún el Hermitage. Fue una buena manera de despedirnos de San Petersburgo. Cenamos algo rápido en el restaurante italiano que está junto a la pensión y se nos acabó el viaje.

 

Hoy hemos vuelto a Moscú. Hemos tenido uno vuelo muy fácil y cómodo. Nos ha sorprendido ver que en San Petersburgo las máquinas quitanieves no solo retiran la nieve echándola hacia un lado, sino que usan aire que echan por la parte trasera para secar la pista. Y después de secarla pasan otra máquina que esparce sal. Sí que están acostumbrados estos rusos…

Bueno, espero que el viaje a San Petersburgo os haya parecido interesante. Nos hemos dejado muchas cosas en el tintero porque no íbamos para suficientes días y no ha dado para más. Espero vuestros comentarios.

Un abrazo y hasta la próxima, J.

 

San Petersburgo… otro mundo

Posted on March 9, 2012 by Julia Esténoz

San Petersburgo es una ciudad diferente a Moscú. A pesar de tener una distribución más moderna y una construcción más “ordenada”, a mí me resulta más rusa que la capital. No hemos encontrado ni un Starbucks, para tristeza de mi hija mayor.  Apenas hemos visto extranjeros. Curiosamente, los locales hablan mejor inglés (o les importa menos hacerlo) que sus compatriotas. Y la gente es bastante más abierta y simpática. Nadie nos puso ni una mala cara en todo el día de ayer. Y eso en Rusia es decir mucho.

 

 

Cuando llegamos ayer nos estaba esperando un chófer enviado por los dueños de nuestro alojamiento: Sasha y Andrei. Ella es médico y él es fotógrafo profesional. Tienen dos apartamentos en el centro de la ciudad que alquilan a turistas como nosotros para sacarse un sobresueldo. Ambos pisos mantienen un ambiente bohemio y auténtico. Resultan de lo más chocantes y a la vez geniales. Nos estaban esperando con un té calentito (al que el fotógrafo añadió un chorrito de vodka con pimiento rojo!!!!) e incluso se ofrecieron a ir al Teatro Mariinsky a ver si quedaban entradas para el Lago de los Cisnes y comprarnos cuatro. (No debían quedar porque no nos las trajeron. ¡Qué pena!)

El piso en el que nos hemos alojado está a cincuenta metros del Almirantazgo con su punta dorada, algo que nos ayudará mucho para no perdernos en la ciudad y poder encontrar el piso fácilmente.

 

 

¿Es o no es auténtico el apartamento? Tiene calefacción por el suelo y tantos trastos por todo que apenas podemos encontrar un rincón vacío. En la cocina hay una escalera de mano pequeña colocada junto a una de las ventanas. Andrei nos contó que es para salir al tejado del vecino en el verano (!!!). No os creáis que el tejado del vecino es un tejado preparado para tomar el sol. ¡Qué va! Es un tejado normal y vulgar, del todo corriente. Estos rusos están locos.

¿Veis la chimenea en la fotografía de la izquierda? Nos dijeron que la mejor cena que podíamos cocinar en el apartamento era un salmón a las brasas. Ayer fuimos a un restaurante pero no hemos descartado la idea. Suena bien.

 

 

La habitación más alucinante es la cocina, aunque no la única. Los suelos del apartamento son una amalgama de baldosas diferentes y algunos rincones con parqué. Hay plantas preciosas en todas las ventanas y lámparas de lo más extrañas en docenas de sitios diferentes.

El baño pequeño tiene una de sus paredes en ladrillo sin tratar pero la otra está empapelada con partituras antiguas.

¡Y el portal y el ascensor! El piso está en la sexta planta y subir hasta aquí es toda una aventura. El ascensor fue construido hace no mucho tiempo y sube por la fachada. No da demasiada sensación de seguridad, la verdad. Pero cualquiera se sube las seis plantas a pinrrelillo…

 

 

Ahora, os contaré que San Petersburgo huele mal. No solo huele mal el edificio donde está el piso, sino que varias veces comentamos que las calles huelen mal, a alcantarilla. Será que tienen un problema de desagües o algo porque de verdad que apesta. Una pena.

Andrei nos dio un plano de la ciudad donde nos indicó varias propuestas de sitios para comer y cenar.

Después de dejar las maletas, conocer a los dueños y tomar un café (mi marido fue quien se aventuró con el té con vodka) salimos a descubrir la ciudad.

 

 

Efectivamente, el Hermitage está a la vuelta de la esquina. No entramos porque el día era demasiado maravilloso para encerrarnos en un edificio por muy interesante que sea pero tendremos que visitarlo sí o sí. La plaza del museo es gigantesca, yo diría que aún más grande que la Roja de Moscú. Y pillamos una especie de manifestación en su centro. (¡Cómo no!) Toda esa gente que veis en la foto se estaba manifestando aunque no nos enteramos contra qué.

 

En la plaza había algunas personas disfrazadas de época y una carroza tirada por caballos. Y el edificio que está frente al Hermitage tampoco tiene desperdicio. Todo el entorno es mágico.

 

Seguimos callejeando sin dirección definida, perdiéndonos un poco por la ciudad y disfrutando del ambiente. No hacía frío y era muy agradable caminar sin prisa.

Como podéis ver en la foto de la derecha, esta ciudad es claramente más internacional que Moscú. ¡Hay carteles en inglés! ¿Y habéis visto qué museos tienen aquí? Alucinante. No entramos a visitar el museo pero nos llamó mucho la atención que existiera y que se anunciara en inglés para los turistas. Nunca había visto un museo así.

 

Y callejeando, callejeando, llegamos hasta esta increíble catedral. Es aún más bonita que la de San Basilio en Moscú. Luego nos enteramos que se llama Iglesia de la Sangre Derramada (!!!). Entramos a verla porque el exterior prometía mucho. Y no nos decepcionó. Aunque ha sido totalmente restaurada, los iconos y decoraciones de su interior son muy llamativos porque están todos hechos de mosaico. Increíble. Todas las paredes y todos los rincones están recubiertos de mosaico, todo, todo. Más de 6.500 metros cuadrados de mosaico. Y hay mucha luz. Por eso el interior resulta acogedor y no solemne como en otros lugares.

 

Como los zares estaban ungidos por Dios se consideraban un poco santos. Así que en esta iglesia hay una pequeña construcción que protege el punto de la calle en el que cayó el zar Alejandro II herido de muerte. Bajo la construcción todavía se pueden ver los adoquines originales que constituían en suelo de la calle en su época. El lugar se ha protegido como lugar a reverenciar y está dentro de la iglesia.

 

 

 

La iglesia también es famosa porque una vez le cayó una bomba que no llegó a explotar. Por eso la creencia popular es que esta iglesia está bendita.

 

Las cúpulas de la iglesia están cubiertas de mosaico como el resto. Y aunque el Cristo principal no está mal, hay una pequeña en la que el santo que sea parece un fantasma y da bastante miedo. Igual se inspiraron en Rasputín para decorarla…

El iconoclasto y lugar más sagrado de la iglesia está protegido por esta puerta todavía en construcción. Es preciosa y está tallada toda en mármol.

Comimos en uno de los lugares que nos recomendó Andrei, un lugar llamado Stolle que debe ser una cadena rusa porque nos dijo que había más por la ciudad. Jamás se nos habría ocurrido entrar de no haber tenido su recomendación porque la pinta desde afuera es totalmente anodina. Nos dijo que se trataba de un lugar donde comer pasteles rusos de todo tipo: carne, pescado, dulces… Y lo buscamos. Cuando conseguimos encontrarlo entramos sin grandes expectativas. Y qué buena sorpresa nos llevamos…

 

 

Yo tomé un pastel de carne, mi marido uno de conejo y setas, mi hija mayor uno de cebollas verdes y huevo (porque se ha hecho vegetariana) y la pequeña de pollo. Estaban fantásticos, deliciosos, suaves… La masa es ligeramente dulce y el relleno, sobre todo el mío, es muy sabroso. Merece totalmente la pena. No llegamos a tomar pastel de postre porque nos llenamos pero también parecían ser deliciosos.

Salimos de comer y seguimos paseando.

Llegamos a la Avenida Nevsky, la más comercial de la ciudad. Los edificios son maravillosos y hay un ambiente callejero con gente caminando por todo.

 

 

Y según paseábamos por la avenida escuchamos música. Había un grupo de gente parada en mitad de la calle y al asomarnos vimos una banda militar tocando y gente bailando. Entre los que bailaban había dos hombres claramente borrachos que se lo estaban pasando pipa. El de la derecha de pronto se quitó la camisa y comenzó a besar con gran pasión el crucifijo que llevaba colgando. Como os digo, un ambiente auténtico.

Otra de las cosas que nos ha llamado la atención de esta ciudad, incluso a mi hija pequeña que lo ha comentado en varias ocasiones, es que sus calles están sucias. Hay basura por todos los rincones y papeles, botellas, desperdicios por las calles. Una lástima. El río, congelado, tiene basura desperdigada por toda su superficie. ¡Qué pena!

 

 

Fotografía de la izquierda: vajilla imperial rusa. Este modelo de vajilla es tradicional de San Petersburgo y famosa en toda Rusia. He pensado que os gustaría verla.

Y a la derecha veis a un artista pintando la ciudad desde uno de sus muchos (y famosos) puentes. El hombre también era peculiar. No dejó de fumar ni un minuto mientras pintaba. Creo que no podría dar una pincelada sin un cigarrillo humeante en la mano.

 

 

Izquierda: un cruce de calles. Edificios típicos.

Derecha: un kiosko de flores. Aunque la tradición de las flores no es tan exagerada como en Polonia, donde las floristerías no cierran en 24 horas, en Rusia también se regalan muchísimas más flores que en España. Aquí hay puestos en todas las esquinas y es muy, muy normal ver a alguien con un ramo en las manos, sea hombre o mujer. Ayer se regaló flores a todas las mujeres por ser el día de la mujer. Incluso nuestro conductor nos trajo unas rosas a mis hijas y a mí. Y se respeta mucho el lenguaje antiguo de las flores: no se puede regalar un número impar de flores porque eso indica que te cae mal la persona a quien se las das; el color y la especie también indican cosas distintas, etc. No conozco demasiado ese lenguaje pero sí sé, por ejemplo, que las rosas indican pasión en general y el amarillo envidia, o algo así. Es algo que se ha mantenido en los países del este de Europa como lenguaje adicional. Tendré que investigarlo un poco más.

 

Abandonamos la Avenida Nevsky y nos adentramos por otras calles para intentar volver a la zona de nuestro alojamiento. Y entonces nos encontramos con vías, casas y lugares menos cuidados, claro. Esta fotografía creo que refleja con claridad el tipo de paisaje urbano que vimos. Esto también es Rusia, no solo los palacios, las iglesias y catedrales y demás.

Otra cosa que nos llamó la atención de San Petersburgo es que en las calles no hay ni gota de nieve. Las aceras están totalmente limpias aunque los ríos están congelados y blancos.

 

En esta otra zona de la ciudad vimos muros desconchados, paredes rotas, edificios sin restaurar… No carecen de encanto.

 

 

 

Rincones curiosos de la ciudad.

 

 

El río, como os he dicho, está congelado. Y la gente pasea por él como si de otra avenida se tratara.

Acabamos cenando en un restaurante que nos recomendó Andrei. Se llama Zoom Cafe y está a tan solo unos metros de la pensión. Es un lugar curioso porque la gente juega a juegos de mesa mientras come o cena. Vimos a gente jugando a cartas, al ajedrez e incluso a apilar una montañita de piezas de madera. Nosotros no pedimos ninguno de los juegos porque estábamos cansados. Pero disfrutamos mucho de la cena. El servicio fue especialmente agradable con una camarera enamorada de Barcelona que se empeñó en utilizar el español que ha aprendido en tres meses de clase. Y la comida estaba muy buena. Un fin muy relajante y cómodo para un día interesante y curioso.

 

Llegando a nuestro alojamiento. San Petersburgo de noche. Será interesante volver en verano, durante las llamadas Noches Blancas, en las que el sol nunca se oculta del todo y no se hace jamás de noche de verdad.

Pero eso será otra historia. Por hoy ya vale. Mañana más.

Un abrazo, J.

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Visita relámpago a Pamplona

Posted on March 8, 2012 by Julia Esténoz

Este domingo tuve que viajar a Pamplona para tan solo un día. Debía declarar en un juicio y a eso no se puede decir que no.

 

 

Cuando salí de Moscú estaba nevando. Viajaba por primera ver con Aeroflot y, según los comentarios de mis amigas latinas en este país, me podía esperar un ambiente oloroso y no precisamente perfumado por parte de mis compañeros de vuelo. En fin, había que intentarlo. El viaje en la compañía rusa es infinitamente más barato que en la española y el aeropuerto se encuentra a tan solo media hora de nuestra casa y no a dos, como el otro donde aterriza la aerolínea ibérica.

Allá me fui. Como hacía frío tuve la oportunidad de ver cómo descongelaban las alas de nuestro avión desde la ventana.

 

El viaje transcurrió sin incidente, ni oloroso ni de ningún otro tipo. Llegué a Pamplona sin percance alguno tras una pequeña parada técnica en el aeropuerto del Prat, en Barcelona, donde aproveché para hacer alguna comprilla.

 

En Pamplona no nevaba pero sí llovía y el ambiente era gris y apagado. Apenas se veía gente por la calle.

Al rato me acerqué a la estación de autobuses a encontrarme con mi cuñada. Pasamos una tarde agradable poniéndonos al día. Un par de horas después se nos unieron mi madre y mi sobrina.

Decidimos ir a cenar. Tomamos un taxi por eso de que no se cansara mi madre por tener que ir caminando. Le dimos al taxista una dirección de un restaurante. Nos llevó allí. Cerrado por descanso semanal. Le dimos el nombre de otro restaurante. Lo conocía. Nos llevó hasta allí. Cerrado por descanso semanal. El tercero también lo estaba por descanso semanal. “Si es que aquí cierra casi todo los domingos por la noche porque no hay movimiento,” nos dijo el taxista. El cuarto estaba cerrado por descanso semanal. “Yo he visto un chino abierto frente a la estación de autobuses,” recordé. Y allí nos llevó el conductor, a la puerta del mismo edificio del que habíamos salido hacía veinte minutos. Y allí cenamos. Fue el único sitio abierto que encontramos. ¡Qué tristeza!

 

A la mañana siguiente me fui temprano al Juzgado para declarar en el juicio. Y al terminar volví a la ciudad a encontrarme de nuevo con mi cuñada. Disponíamos de toda la tarde para hacer cosas y resolver algunos temillas que tenía pendientes en España: llamadas de teléfono, visitas al banco, papeles…

El tiempo estaba mejorando poco a poco. Había dejado de llover. Pero la sensación de frío era importante. Os lo juro que sentía menos calor en Pamplona que en Moscú. ¿Serían las malas vibraciones?

 

Mi cuñada y yo comimos en un restaurante de la parte vieja: revuelto de verduras frescas y arroz caldoso con gambas. Eso no se puede comer en Moscú. ¡Qué delicia!

Paseamos e hicimos todo lo que teníamos que hacer: comprar bacalao salado, ir a la farmacia, buscar txistorra… Vimos a un par de amigas y se acabó el día. ¡Qué cortas se hacen las horas a veces!

 

Pamplona nos pareció triste. Las tiendas y sus escaparates no tenían nada de color y la ropa y el calzado eran deprimentes, viejos y trasnochados. Entramos en el famoso Corte Inglés y no pudimos encontrar una triste camiseta que comprarle a mi hija pequeña de recuerdo.

Pero eso no quiere decir nada. Los navarros están muy adelantados. No tendrán ropa alegre ni bonita ni calzado masculino con encanto pero sí que cuentan con espacios para aparcar y recargar los coches eléctricos en mitad de la ciudad. ¡Faltaría plus!

El viaje de vuelta no fue tan relajado aromáticamente hablando como el de ida, tan solo dos días antes. A mi lado se sentaba un ruso con barba a lo Rasputín que emanaba un cierto tufillo a cebolla amarga. Van a tener razón mis amigas latinas… ¡qué rabia!

Mañana San Petersburgo. ¿Os lo cuento?

Un abrazo, J.

Lo llaman el Vaticano ortodoxo…

Posted on March 7, 2012 by Julia Esténoz

SERGIEV POSAD

 

Los ortodoxos peregrinan a Sergiev Posad, centro religioso fundado por el Santo Sergio allá por el 1300. Nosotros hacía tiempo que queríamos ir pero, cómo son las cosas, acabamos yendo por un motivo del todo inesperado.

Cuando Janna me dijo que teníamos que ir a recoger las matrioshkas a su casa, no imaginé que viviera en Segiev Posad. Pero así es. Así que allí fuimos el fin de semana pasado.

Lo que creíamos que iba a ser un pueblecito, más bien tirando a aldea, resultó ser una ciudad en la que no nos perdimos gracias al gps y a la pericia de nuestro conductor. Pero cuando llegamos a la dirección que nos había dado, creíamos que nos habíamos equivocado…

 

Sabíamos que Janna y su madre, Tatiana, no eran precisamente millonarias, pero tampoco imaginamos que fueran tan pobres…

La artista salió a sujetar a los perros para que pudiéramos entrar en la casa.

 

¡Qué lugar más de película! En esta casa, típica del paisaje ruso, vive Tatiana aunque solo ocupa la mitad derecha; la otra mitad pertenece a una tía. El padre de Janna vive en otra casa parecida situada a unos metros de distancia.

En la casa también viven tres o cuatro gatos.

Recuerdo que conocí a Tatiana y a su hija en una de las conferencias que nos dan en la urbanización. Os hablé de ellas. Aunque la madre es pintora profesional y creo que la hija tiene el título de bellas artes, se ganan la vida pintando matrioshkas. Les encargué una matrioshka muy especial para mi suegra. Quería que el conjunto de muñecas estuviera formado por los miembros de su familia: mi suegra, mi suegro y sus siete hijos.

Como eran una familia tan grande, el conjunto de muñecas quedaba bien. No es tan especial si solo son cuatro los miembros de la familia. No luce tanto.

Así que quedamos en pasar a recoger el encargo por su casa y aquí veis el resultado.

 

 

La cabaña (por llamarla de alguna manera) estaba llena de matrioshkas a medio pintar en todas sus superficies. Solo vimos dos habitaciones: la primera era una especie de cocina en la que, además de mucha porquería y unos cuantos trastos, había un fregadero y un hornillo; la segunda era el dormitorio con una cama y las mesas.

Mi hija pequeña luego me comentó: “tenías razón, Mamá, es verdad que en Rusia hay pobres.” Imaginaros cómo era aquel lugar.

Pasamos y nos encontramos con Janna, su hermana y un sobrino. La madre, Tatiana, no estaba.

Las hermanas nos invitaron a un té y nos sacaron unas galletas para acompañarlo. Nos pidieron que nos sentáramos y nos enseñaron su trabajo.

 

Aunque a veces hacen muñecas en equipo, como si se tratara de una cadena de montaje, lo habitual es que cada una de ellas pinte un conjunto a su manera y en su estilo personal. Además de matrioshkas también decoran otros muñecos de madera tallada como Papás Noel y otros personajes del folclore ruso. En el extranjero lo más conocido son las matrioshkas aunque aquí se valoran más las otras muñecas.

 

Aunque Rusia tiene muchísima tradición en la fabricación de juguetes de madera, lo habitual es que no se pinten. La costumbre de pintarlos comenzó hace solo unos años, cuando a un hombre se le ocurrió fabricar y pintar las primeras matrioshkas siguiendo un modelo japonés que había visto.

 

La matrioshka tradicional es la que os pongo aquí a la izquierda. Lleva ropa de campesina tradicional rusa y sujeta una gallina. Las muñecas de dentro llevan ropas también del campo y sujetan otros animales o aperos.

 

Pero la variedad ha ido creciendo. No hay normas y la decoración depende de lo que se le ocurra al artista que las pinte. El huevo lo pintó Tatiana.

Como os decía, en la casa solo vive la madre pero las dos hijas vienen a diario a trabajar en sus muñecas. Todas las superficies están cubiertas de pinceles, pinturas y matrioshkas a medio terminar.

 

Las paredes están cubiertas por un viejísimo papel decorativo y el suelo, originalmente de chapas de madera, tiene agujeros por donde se cuelan los gatos (y no quiero ni pensar qué más). En varios rincones vi platos con restos de comida y la suciedad se acumulaba en muchas de las esquinas. Pero si os fijáis, veréis que Tatiana tiene algunas plantas en el alfeizar de la ventana.

 

Los gatos campan a sus anchas. Había en ese momento dos adultos y un cachorro. Entraban y salían de la casa por una ventana entreabierta. Y los perros, según me contó Janna, los usan para cazar. No sé qué cazarán en Rusia. Ya os he contado en alguna ocasión que en nuestra urbanización viven varias liebres y sé que se aquí se come habitualmente carne de ciervo, por lo que puedo imaginar qué tipo de animales persiguen. Pero no, no lo pregunté.

Después de recoger las matrioshkas familiares y comprarles unas cuantas más, Janna nos acompañó como guía al Monasterio de Sergiev Posad. En Rusia se lo conoce como el Vaticano Ortodoxo por la importancia de sus edificios y porque está rodeado de casas de la curia ortodoxa.

 

Entrada al Monasterio.

Sergio acabó fundando este Monasterio tras venirse a vivir al bosque y erigir aquí una ermita. Se supone que hizo muchos milagros. Con el tiempo la ermita acabó convirtiéndose en el conjunto de monumentos que ahora os presento.

 

El pasadizo de entrada al interior está cubierto de frescos como los que veis a la derecha. En el que fotografié aparece Sergio domesticando a un oso salvaje, una de sus hazañas.

 

Nuestro chófer nos acompañó en las visitas de ese día. (No quiero ni imaginar qué pensó cuando fuimos a casa de Tatiana ni de dónde creyó que podíamos conocer a esas mujeres…) El caso es que era su segunda visita a Sergiev Posad y estaba muy emocionado. A la izquierda lo veis con Janna, que le está dando explicaciones del conjunto monumental.

Además de los preciosos edificios que constituyen el conjunto monumental, Sergiev Posad es famoso por el manantial de agua que surgió en su corazón. Se dice que ese agua tiene propiedades curativas y ha efectuado innumerables curaciones milagrosas. Durante el invierno los peregrinos pueden recoger el agua en contenedores dentro de un edificio gótico construido a tal efecto y en verano lo hacen bajo el baldaquín que cobija a la fuente de la intemperie.

 

 

A la izquierda podéis ver el edificio de la capilla que protege el manantial y a la derecha las manos de mi marido y de mi hija pequeña llenando los contenedores con agua milagrosa. Se supone que te curas de tus males si la bebes.

Pero el agua de los milagros no fue lo único diferente que nos encontramos durante nuestra visita al Monasterio de San Sergio…

Entramos a visitar las iglesias, catedrales y demás edificios abiertos al público y en la Catedral de la Santísima Trinidad nos topamos con una cola de gente que se extendía hasta el exterior. Al asomarnos vimos que había un cura ortodoxo cantando unos rezos muy solemnes. Cuando se callaba le hacían eco tres sopranos desde una esquina que cantaban a capella cuando el religioso no lo estaba haciendo. El ambiente era realmente impresionante y solemne.

P3040537 (No es el mejor vídeo del mundo pero creo que os podéis hacer una idea.)

 

No conseguí ver a Sergio. Me acerqué como todos los demás peregrinos hasta el féretro pero solo vi la tela bordada que cubre sus huesos. Se supone que está allí, en la caja, pero obviamente no se ve nada. Solo la visita a la catedral, el ambiente, las luces (o falta de ellas), las pinturas y la fe de los creyentes merecieron la pena.

 

No hace falta que os cuente que todas las paredes estaban cubiertas de frescos e iconos, como en el resto de las iglesias ortodoxas que hemos visitado hasta el momento.

 

En los templos ortodoxos los creyentes encienden velas. No son como las católicas. Son mucho más finas y largas y se colocan en candelabros generales compartidos por todo el mundo. He visto a varios peregrinos quemarse las manos con la cera que les cae encima al calentar la parte de abajo de la vela para “pegarla” en el candelabro y que no se caiga. Y me pregunto… ¿por qué encienden siempre la parte de arriba primero y no la utilizan para dejar caer algo de cera caliente sobre el candelabro y sujetar con ella la vela sobre el metal? No, siempre encienden la vela y luego queman la parte de abajo para que gotee y pegar así la vela sobre el metal y que se mantenga de pie.

 

 

Otra de las curiosidades de Sergiev Posad es que junto a la Catedral se encuentra la tumba de Boris Godunov, protagonista de la que se considera la mayor ópera rusa de la historia y que se basa en un miembro de una importante familia de tártaros de la época de Iván el Terrible. Casualidades de la vida, es la ópera que estaban preparando en el escenario el día que fuimos a visitar el Teatro Bolshoi.

 

Todos los edificios del conjunto tienen magia, tanto por fuera como por dentro. Hay riqueza en los iconos y en los iconoclastos, pero nada parecido a las catedrales e iglesias católicas que he visto en otros lugares.

 

A mí me encantó el campanario. Me pareció imponente. Se recortaba contra el cielo con fuerza y con unas líneas claras y precisas, como veis en la foto.

 

 

Sergiev Posad impresiona (no sé si tanto como el Vaticano) y envuelve. Es visita obligada si se viene a Moscú. Y tener la suerte de llegar en pleno rezo es fantástico.  Aunque el conjunto no resulta tan rico como los católicos, emana una paz que impregna cada uno de sus rincones.

Al salir del Monasterio nos fuimos a comer a un café local. Necesitábamos sacar dinero, así que me fui a buscar un cajero cercano para poder pagar en metálico. Aquí lo de las tarjetas no se estila en muchos sitios y no nos apetecía llevarnos una sorpresa desagradable. Así que allá que me fui.

 

Os lo creáis o no, la fotografía de la izquierda muestra la entrada al banco donde por fin saqué dinero del cajero. El cajero está en el interior y hay que llegar hasta las oficinas bancarias para poder sacar dinero pero me apuesto el cuello y no lo pierdo a que si alguien viene hasta aquí y no habla una palabra de ruso, no es capaz de dar con el banco. Juzgadlo vosotros mismos.

 

Ya de vuelta nos llamó la atención el concepto del reciclaje que tienen en este país. No se recicla la basura ni los vidrios pero sí las chimeneas de fábricas antiguas que se convierten en improvisadas antenas repetidoras. Guay, ¿verdad?

Bueno, pronto más. Un abrazo, J.

 

 

El legendario Teatro Bolshoi

Posted on February 28, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Hoy he ido a conocer el Teatro Bolshoi con una visita guiada. Como acaba de ser reabierto tras más de seis años de restauración, el edificio está de lo más solicitado. Las entradas para ir a ver un ballet no bajan de los 300 euros por cabeza. Y está todo vendido. Se pueden comprar en la reventa a los especuladores pero para eso hace falta ganas y tiempo, algo que yo hoy no tenía.

El teatro de hoy ya era una restauración de otra restauración. Se quemó un par de veces y el que se alza junto al Kremlin y sobre un antiguo pantano es el diseño de un arquitecto italiano que lo construyó en 1856. En esta última puesta a punto se han mantenido los mismos materiales y se ha intentado preservar al máximo el diseño original. Por ejemplo, todo el interior de la sala principal de conciertos, originalmente creada para escuchar óperas, está construida en picea, un árbol cuya madera, si no se expone a los efectos del viento, tiene la mayor sonoridad de todas, llegando a parecerse al son de una cuerda (de instrumento).

 

 

Y toda esa madera que conforma los diferentes balcones está a su vez recubierta por infinidad de láminas de pan de oro. Por eso brilla tanto. En la restauración utilizaron 4,5 kilos de pan de oro.

Durante nuestra visita estaban montando el escenario para la ópera Boris Godunov y en la foto se puede ver a los trabajadores moviendo parte de las piezas del decorado.

El teatro tiene un aforo de algo más de 1700 personas y un escenario cuyo suelo puede adoptar siete posiciones diferentes. Nos han explicado, por ejemplo, que en una de ellas hay una leve inclinación hacia adelante que fue diseñada por el arquitecto italiano con el objetivo de que los espectadores pudieran ver con claridad las piernas y los pies de las bailarinas.

 

 

En el teatro hay tres palcos. El más importante, situado sobre la puerta de entrada y justo en frente del escenario, es el palco imperial. Supongo que será el que hoy utilice Putin.

Los otros dos palcos están situados a ambos lados del escenario y son menores en tamaño.

Sobre el patio de butacas cuelga una de las lámparas más impresionantes que haya visto jamás. Nos han explicado solo la estructura pesa más de dos toneladas y que en la antigüedad, como no existía la electricidad, colgaba desde el tejado directamente, a través de un espacio abierto por el que salía el humo provocado por sus lámparas de aceite. Las lámparas debían rellenarse durante las funciones porque no duraban el tiempo suficiente, por lo que había trabajadores subidos en el tejado encargados de esa tarea.

 

Con la llegada de la electricidad, las lámparas fueron sustituidas por 480 bombillas y el agujero del tejado se cerró. Después se construyó sobre él una sala para ensayos (de la que no nos han dejado hacer fotografías porque estaba una de las bailarinas ensayando) que tiene un escenario de las mismas dimensiones que el del teatro principal.

La verdad es que las vistas desde el último piso daban bastante vértigo. Y es curioso porque casi no se podía ver el escenario por lo curvado de los balcones. La guía nos ha dicho que en ese último piso, el gallinero, el objetivo no era ver lo que estaba ocurriendo en el escenario, sino escuchar la música de las óperas, por lo que no importaba que no se tuviera visibilidad.

 

 

Después de subir hasta el gallinero y ver la lámpara colgante de cerca, hemos ascendido hasta el ático y visto, como ya os he mencionado, un breve ensayo de una de las bailarinas. En el escenario gemelo había tan solo un piano de cola con su correspondiente pianista y la bailarina con su profesora. Han repasado unos cuantos movimientos y nos hemos tenido que ir.

De allí hemos bajado a la zona de bares y demás salas del edificio. El teatro cuenta en la actualidad con catorce pisos, siete subterráneos. Se ha ampliado su superficie en casi un 250% tras la última remodelación.

 

 

El interior del teatro es muy bonito. Hay un montón de salas que se solían utilizar para audiciones privadas, primero por los emperadores y zares, y después por el partido. Hay salas en las que la acústica es tan espectacular que el mero caminar retumba como si hubiese altavoces ocultos en cada rincón. La sala de la derecha está cubierta de tapices tejidos a mano con los blasones de los zares. En la época comunista se recortaron los tapices y se sustituyeron los blasones con la hoz y el martillo. En las labores de restauración se reconstruyeron los tapices volviendo a colocar lo que se había recortado y arreglándolo puntada a puntada. Un curro muy minucioso.

 

 

 

 Durante la época comunista las salas estaban llenas de sillas y en ellas se organizaban conciertos. Ahora para eso se han construido otras zonas subterráneas donde se escucha a la orquesta y otros grupos de instrumentos. Algunas de las salas de audición de antes se han dedicado a museos. Hay una exposición dedicada a los grandes bailarines del ballet y a su director original.

 

 

 

Como veis, la visita al Teatro Bolshoi es interesante incluso cuando no se va a escuchar una ópera o ver un ballet. Aunque esa será la siguiente. Por el momento no he conseguido entradas y, al precio al que están, me temo que tendré que esperar. Pero por lo menos he conocido el teatro y he aprendido un montón. Ha sido algo único y que no lo podré repetir en ningún otro lugar del mundo.

Un abrazo y hasta la próxima, J.

 

Una de recuerdos

Posted on February 27, 2012 by Julia Esténoz

 

Hoy me he ido de compras porque vuelo a España el lunes para hacer un encargo. Y tengo que llevar algunos regalitos. Así que me he ido a una tienda de recuerdos rusos donde sabía que iba a poder encontrar de todo. Y tan de todo… No faltaban las matrioshkas ni las bandejas y cajitas lacadas pero ya el colmo han sido los conjuntos de vestidos y ropajes tradicionales que tenían a la venta. Como disfraz para carnaval pueden estar bien pero, si no, ¿a quién le compras algo así? Y tampoco es que fueran especialmente baratos…

 

Hablando de otros temas, estoy de la burocracia rusa hasta la coronilla. ¡Qué pelmas son para todo! Pero si el otro día tuve que ir al médico a hacerme un análisis de sangre y unas placas y me hicieron firmar un contrato con nada menos que siete firmas distintas!!!!! Y tuve que darles todos los datos de mi tarjeta de crédito por duplicado, a pesar de que tenían la tarjeta de mi seguro. Y eso que me estaba medio muriendo. Estaba tan mal que, cuando iba a pagar los medicamentos que me habían recetado, me dio un vahído y medio me desmayé. Gran movida. Silla de ruedas, sala de urgencias, análisis de emergencia… tenía la tensión por los suelos, 7–4, y el electro daba cosas raras. Pero al final todo quedó en un susto de la gripe esta tan puñetera que me he pillado. ¡Y aún me estaban haciendo firmar papel tras papel!

 

O también os puedo contar la del samovar. Se lo compré a mi marido de regalo de Navidad. Es una especie de tetera tradicional rusa. Se calienta el agua con carbón. Bueno, pues el que me lo vendió me dijo que me tendría que preparar los papeles para que, en su día, lo podamos sacar de Rusia. Y en eso estamos. Ahora me quiere cobrar otros 1000 rublos adicionales por preparar los papeles que me tenía que haber dado cuando me lo vendió: el certificado de autenticidad, el de impuestos, etc. En fin, que lo que más les gusta a los de este país son los papeles con cuantos más sellos y de más colores, mejor.

Más burocracia… hoy he ido a matricularme para presentarme a los exámenes del Instituto Cervantes. Y claro, también he tenido que firmar un contrato. Luego me han mandado al banco a pagar porque no se podía hacer en metálico. He llegado, había cola y tras TRES CUARTOS DE HORA esperando que me atendieran, no he podido formalizar la matrícula porque no me admitían la copia del pasaporte como documento para hacer el ingreso; necesitaba el original. ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrrrrgggggghhhhhhhhhhhh! Toda la mañana perdida otra vez y yo solo quería hacer un pago. Estos rusos…

 

Y lo de los colores no solo les gusta en los sellos y en los documentos. Así vista la foto, podría ser cualquier barrio marginal de cualquier ciudad del mundo, pero este grafitti está en una de las calles comerciales más conocidas de Moscú, la Vieja Arbat, una vía peatonal que en invierno se nutre de sus tiendas de souvenirs y en verano de las terrazas de los restaurantes que se extienden por toda su superficie. Son los contrastes de esta increíble ciudad: lo más lujoso siempre junto a lo más callejero.

Más mañana, que me voy de visita guiada al famoso Teatro Bolshoi. No, no veré una representación; tan solo voy a ver el edificio del legendario teatro. Pero os lo contaré también.

Un abrazo, J.

Pues va a ser que no…

Posted on February 26, 2012 by Julia Esténoz

 

Si miráis con detenimiento veréis que hay dos tipos subidos al tejado del edificio y que las tiendas de abajo están rodeadas de una cinta que prohíbe el paso. ¿Sabéis que significa? Que los dos valientes de arriba están arrojando la nieve acumulada ayudándose de palas y que la cinta evita que la nieve caiga sobre los transeúntes porque les impide el paso.

Así que va a ser que no, que el invierno no se ha terminado, lo celebren como lo celebren los rusos. Que llevan una semana celebrándolo. De hecho, hoy está nevando otra vez y tiene pinta de seguir durante todo el día. Tortitas o no, la primavera no ha llegado.

Se supone que esta semana es Maslenitsa, o la celebración rusa del fin del invierno. De lunes a domingo esta semana los rusos desayunan, meriendan y comen tortitas, una especie de crepes rusos típicos que rellenan con lo que pillan: queso, miel, mermelada, caviar, salmón, carne, huevos, leche condensada… lo que les apetezca. Comparten las tortitas y se invitan los unos a los otros. Hay puestos de tortitas por toda la ciudad y en todos los restaurantes.

 

Pero yo no entiendo por qué celebran Maslenitsa ahora, que falta tanto para que termine el verdadero invierno. Bueno, eso no es del todo verdad. Sí que lo sé. Es su peculiar “carnaval.” Aquí no se disfrazan sino que comen tortitas. Y hacen otro montón de cosas que, por haber estado enferma, me temo que  me he perdido este año.

 

Hoy es el último día. Se supone que hoy es la jornada del perdón antes de Pascua. Y los rusos se lo perdonan todo entre sí para empezar la Semana Santa limpios de pecado. Pero como ahora es carnaval y luego viene la época de la seriedad, hay que desmadrarse. Y eso es lo que hacen los rusos esta semana de Maslenitsa.

 

Durante el carnaval han prendido fuego a una figura femenina hecha de paja y que representa el invierno, se han puesto hasta arriba de tortitas, como ya os he dicho, llegando a preparar cantidades superiores a las que se pueden comer para poder invitar a los pobres a degustarlas con ellos. Y también es una semana en la que las solteras buscan pareja. Como son los días del desenfreno, los círculos sociales se abren más de lo habitual y los jóvenes y las jóvenes tienen la oportunidad de conocer a gente nueva y buscar pareja. Obviamente, todo se riega bien con vodka, otra de las costumbres en esta época.

Hay un día de la suegra, otro de la cuñada… Incluso está el día de las peleas a puñetazos. Los rusos creen que se pueden pagar los pecados recibiendo puñetazos y se organizan peleas (controladas) para conseguir el perdón. Y mañana, lunes, empezarán lavándose la boca con vodka para comenzar la semana “limpios.”

 

¿Es o no original el carnaval ruso? Hoy nos hemos acercado por la Plaza Roja para ver qué hacían los moscovitas con motivo de la celebración y algo hemos visto. Efectivamente, había tortitas en cada puesto. Mi hija pequeña se ha comido una con nata y ha dicho que estaba fantástica. Pero había más cosas. Había pasacalles y gente bailando al son del acordeón. Los había disfrazados y en la entrada de la Plaza Roja había puestos de policía y detectores de metales. En la pista de hielo que hay en la plaza, la mayor del mundo, según he oído, han colocado un escenario gigantesco y en el rato que hemos estado nosotros había bailes tradicionales preciosos. Supongo que después habrá conciertos de gente famosa por el control policial tan estricto que han montado.

La gente estaba sentada en unas gradas preparadas para ver el concierto pero también había una pequeña muchedumbre de pie en la calle, bajo la ligera nieve que estaba cayendo, disfrutando de lo que veían en el escenario. El ambiente era alegre. La música y los bailes rusos son de lo más vivaracho que conozco. Aquí se suelen quejar de que los rusos son muy serios y poco simpáticos pero un pueblo que es capaz de inventar cánticos y bailes con tanta alegría y movimiento no puede ser realmente antipático. Creo que solo hay que saber llegar hasta ellos.

 

 

Después hemos aprovechado para hacer dos visitas que teníamos pendientes desde hacía tiempo: el mausoleo de Lenin y el interior de San Basilio, la catedral de colorines que culmina la Plaza Roja. Ha resultado ser un día muy especial para visitar ambas atracciones turísticas.

Para ver a Lenin, primero hemos tenido que abandonar la Plaza Roja. El mausoleo está en mitad de la plaza pero, para entrar, te hacen salir de allí y dar la vuelta por otro lado a fin de pasar por una cola especial que solo tiene acceso a la tumba. Y también te hacen dejar fuera todo tipo de cámaras, teléfonos y bolsas de gran tamaño. Durante la visita no te puedes detener ni hablar. Como iba con la peque, me ha hecho alguna pregunta, y los guardias que lo vigilan cada dos o tres metros nos han hecho callar.

 

 

El mausoleo es un edificio pequeño en el que aparece el nombre de LENIN a la entrada en letras cuadradas y no demasiado llamativas. Como construcción no resulta demasiado espectacular. Lo que sí choca es lo que te encuentras al entrar. Yo solo sabía que se trataba de su mausoleo. Luego me he enterado, al verlo, que alberga su cuerpo embalsamado…

Parece un muñeco de cera, como los de Madame Tussaud o los del Museo de Madrid. Pero es él en persona. ¡Qué cosa!

Como ya os he dicho, no nos dejan entrar cámaras, así que las fotos que veis aquí las he sacado de internet.

Lo que sí os puedo decir es que era bastante bajito y poca cosa. ¿Por qué será que hay tantos hombres grandes tan canijos?

 

Hemos dado el paseíllo alrededor del sarcófago de cristal y madera y, caminando, caminando, salido del mausoleo. Fin de la visita.

 

Así que nos hemos dirigido a la otra atracción que nos quedaba pendiente, el interior de la Catedral de San Basilio. Con 450 años de antigüedad, San Basilio ha sido testigo de gran parte de la historia moscovita. Y es visita obligada, por supuesto.

Como todas las iglesias ortodoxas que hemos visitado por el momento, su interior está cubierto de frescos e iconos, algunos con cientos de años de historia. Pero esta iglesia no se parece a las demás porque su interior es un auténtico laberinto de pasillos y salas donde ya no sabes cuáles has visitado y cuáles no. Y hace tanto frío en su interior que algunos de los frescos aparecen brillantes e iluminados por pequeños destellos que los cubren: son pizcas de hielo que les dan una imagen mágica y fantasmagórica.  No sé si lo podréis ver en la fotografía de la derecha. Todos esos puntitos son de hielo. Así os podréis hacer una idea de la temperatura que hacía en el interior de la catedral. ¡Y pensar que la gente reza allí durante un buen rato! Eso es fe.

 

 

Otra cosa que nos ha llamado la atención era la altura de los peldaños de las escaleras. ¡Madre mía, qué esfuerzo! Para subir a la torre había que ir casi de peldaño en peldaño por lo altísimos que son. Me imagino que habrá personas de edad y niños pequeños a quienes les cueste un buen montón subir. Y me resulta curioso porque hace 450 años no eran precisamente más altos que hoy en día. ¿Tendrá alguna razón de ser que se me esté escapando? Igual los moscovitas eran gigantescos y yo no lo sabía…

 

Así que, resumiendo, San Basilio me ha parecido muchísimo más bonita por fuera que por dentro, quizá porque ya he visto otras catedrales ortodoxas que me han impresionado más. Esta es una pena pero no parece tan cuidada como las demás. Y eso que no carece de cierto encanto…

Al salir nos hemos ido a comer a un restaurante chino de esos donde puedes servirte sin parar hasta que ya no quieres más. Se llama UCT Bufet. Por casi 900 rublos, que es un precio bastante normal en menús en esta ciudad, te llenas seguro. Aunque la comida no es espectacular.

Bueno, por fin os he contado alguna cosilla más. Espero no perderme tantas curiosidades de Maslenitsa el año que viene.

Un abrazo, J.

¡Menuda gripe!

Posted on February 24, 2012 by Julia Esténoz

Llevo tantos días sin escribir porque he estado enferma y todavía no me he acabado de recuperar. Pillé la gripe. Sí, la gripe de toda la vida. Pero me atacó con tanta fuerza que pasé días y días sin poder si quiera leer, tirada en la cama sin salir, dolorida, con fiebres altas y muy poca energía. Por eso no os he contado nada nuevo en tanto tiempo. Espero poder retomar mi vida normal en breve.

Un abrazo, J.

Locales, bares, restaurantes, etc.

Posted on February 14, 2012 by Julia Esténoz

Me acabo de dar cuenta que poco o nada hablo de los locales que visito, si no es una referencia de pasada. Y eso no está bien. Debería contaros qué me parece bueno y qué me parece malo de los sitios, por si venís a verme o mejor, para cuando vengáis a verme.

 

 

Veamos. Este sitio se llama OTRADA y es un club hípico. Tiene zona de comedor y zona de estar, con sofás, sillones, mesas de café, etc. El ambiente es muy acogedor y por la noche ponen la chimenea, dándole aún más encanto a la estancia. Según me han dicho, en verano montan unas fantásticas terrazas al aire libre donde se puede disfrutar del calor moscovita hasta bien entrada la noche.

La comida es la mejor que he comido por ahora en Moscú. Aunque el vino no me pareció ninguna maravilla y sí muy caro, tanto la carne como el pescado nos sorprendieron positivamente. Es un sitio perfecto para ir a cenar en pareja o con un grupo pequeño de amigos y disfrutar de la conversación.

 

No voy a ponerme a escribir hoy sobre todos los sitios que ya hemos visitado pero lo intentaré hacer a partir de este momento para que estéis informados. Esta mañana íbamos a visitar una tienda gourmet y el chef se suponía que iba a cocinar para nosotras. Sí, la hemos visitado y no, no ha cocinado para nosotras. Nos lo han cancelado esta misma mañana. En fin. Así que hemos hecho unas compras en el supermercado gourmet (donde, por cierto, he encontrado acelgas. algo totalmente novedoso en Moscú y que ninguna de mis amigas había conocido hasta ahora)  y visitado muy por encima el centro comercial. Las tiendas son del más alto nivel y casi ningún accesorio o ropa baja de los 10.000 rublos en rebajas (230 euros.) Obvia decir que no hemos comprado nada más que en el supermercado.

 

Después un portero se ha llevado nuestro carro hasta el coche para dejar allí la compra y nos ha recomendado el restaurante asiático (Asia Hall) del centro comercial. Ha sido todo un acierto. Las mesas estaban junto a gigantescos ventanales por los que se filtraba el sol invernal y ha habido un momento que teníamos verdadero calor. Se agradece en Rusia.

La comida ha sido muy especial. He probado sabores y texturas para mí desconocidos hasta entonces, como mi nécora blanda o el tartar picante de salmón de mi amiga. Ciertamente merece la pena probar sus platos.  (Eso sí, para poder pedir hay que presentarse en el restaurante con por lo menos media hora de antelación porque el menú es interminable.)

Pronto más. Un abrazo, J.

¡¡¡¡Mi vida social está llena!!!!

Posted on February 11, 2012 by Julia Esténoz

 

¿Cómo se puede llegar a quejar alguien de tener una vida social demasiado llena? Pues yo lo voy a hacer. Tengo tantos desayunos, comidas, cenas, cafés, planes, salidas, propuestas… que no puedo ir a todo. Así de sencillo. Tengo que elegir. Pero eso forma parte de la vida de los expatriados. Como no somos tantos, nos organizamos formando un grupo que se une alrededor de una vida un tanto ficticia, compartiéndola y estrechando esos lazos sin apenas darnos cuenta. Es fácil quedar con tus vecinos de urbanización que, no solo hablan tu idioma, sino que están en circunstancias similares a las tuyas y comparten tus inquietudes y problemas. Nos encontramos en la tienda, en el cole e incluso en los mismos locales de ocio como el restaurante de la urbanización. Y los hay que limitan su vida social a eso. No salen por la ciudad, no conocen a gente que no esté en ese círculo y solo se relacionan dentro de esos límites. Y siguen organizando cafés y comidas. Y relacionándose entre ellos. Y a muchos les entra una especie de depresión. Y no les gusta el lugar en el que viven porque se les “cae encima.”

 

Muchas de las personas que he conocido aquí, por ejemplo, no comen más que en restaurantes de alto nivel. Ni se plantean comer en alguno ruso normalito porque, según dicen, es “demasiado ruso” para ellos. Así que solo salen a restaurantes internacionales o japoneses, sushi.

Yo no soy así. No puedo relacionarme solo con la gente que me rodea en mi urbanización. Me encanta descubrir el país en el que vivo y su cultura y sus gentes. Por eso intento aprender algo de su idioma y comunicarme con ellos. Y visitar sus ciudades y, si puedo, sus pueblos.

Intento combinar las dos cosas pero eso hace que mi agenda esté tan llena que no me queda ni una esquina donde anotar información adicional. Cada día hay varias propuestas o planes. Y a veces toca elegir.

Y no he mencionado el trabajo que hago como voluntaria cuando puedo… No, no me aburro demasiado.

 

Tomemos el día de ayer como ejemplo: tuve un almuerzo para celebrar el cumpleaños de una de las vecinas de la urbanización. (Eso fue después de mi clase de ruso, claro.) Fuimos a un restaurante muy chic del centro de Moscú, Café AIST. (www.aistcafe.ru, por si os pica la curiosidad) Allí almorzamos un grupo de unas 15 amigas, todas de habla hispana, y la verdad es que pasamos un rato muy divertido. La comida estaba buena aunque el servicio fuera  lento en todo excepto en llevarse los platos vacíos (como en otras ocasiones en este país). Creo que se trataba de un restaurante de nouvelle cuisine porque los raviolis del menú se convirtieron en 1 ravioli y los profiteroles del postre en 1 profiterol.

Por la tarde había quedado con una amiga para que su hija y la mía pequeña pudieran jugar un rato juntas. Café de la tarde.

 

Y por la noche teníamos cena en un restaurante cercano con un par de parejas (de fuera de la urbanización) con las que esperábamos divertirnos de lo lindo. Y aunque una pareja falló porque él se puso enfermo, la verdad es que lo pasamos pipa. La pareja con la que cenamos lleva aquí siete años y hablan el idioma casi a la perfección, por lo que nos pudieron contar cosas la mar de interesantes y divertidas.

Lo que tuve que cancelar por falta de tiempo fue una lección sobre cultura rusa que coincidía en horario con el almuerzo y una sesión de voluntaria en el colegio de mis hijas para sustituir a un profesor enfermo. Habitualmente habría escogido esta última opción porque sé que resulta útil pero ya había cancelado otros almuerzos con ese grupo y tuve que elegir. ¿Veis qué complicado es?

Hablando de otras cosas, que ya sabéis que me gustan las curiosidades… ayer me enteré de la última originalidad de los moscovitas (no sé si ocurre en otras ciudades del país.) Os he comentado varias veces que el tráfico aquí es espeluznante, con atascos que duran horas y avenidas enteras cerradas porque va a pasar algún político y tiene preferencia sobre el resto de los mortales. Las ambulancias, los bomberos y la policía pasan con sus luces y sirenas por el centro de las calles, sobre las líneas de separación de los carriles en una y otra dirección,  y más de una vez me he preguntado por qué no vemos más choques frontales con ese tipo de vehículos. Bueno, el caso es que lo que yo creía que eran coches de policía secreta, de esos que van de incógnito y de pronto te sacan una bombilla azul y pisan el acelerador, en la mayoría de los casos son otra cosa distinta. Se trata de (como dijo mi chófer) oligarcas que han pagado (según mis fuentes) alrededor de 200.000 dólares anuales por poder circular por la ciudad sin que nadie les pare y poder saltarse las normas de circulación a su antojo. Tienen carta verde por haber pagado esa cifra. ¿Qué os parece?

 

Y por último, ya que tantos me habéis preguntado… seguimos sin pasar tanto frío como esperábamos. Esta es la imagen de Moscú ayer.  Como veis, ni siquiera queda nieve por las calles. No es que se haya derretido, porque no hemos subido de los cero grados en ningún momento, sino que la limpian tan bien que no queda ni resto. Solo se ve nieve en los parques y sobre la hierba. Y sí, la gente sigue saliendo a la calle y disfrutando de su vida normal y cotidiana.

Hasta la próxima. Un abrazo, J.

Mercado Dorogomilovsky

Posted on February 6, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Hoy hemos ido al mercado donde se supone que compran sus alimentos los grandes restaurantes de Moscú. No os puedo enseñar muchas fotos porque en el puesto de comida española la que despacha no nos ha permitido sacar ninguna y cuando los tenderos sí nos han dado permiso, como veis en la foto, ha venido uno de seguridad y nos ha empezado a reñir. Nos lo ha prohibido. ¿Qué tendrá un mercado de abastos para que te prohíban hacer fotos? ¿Pensarán que voy a enviar las imágenes a algún chef de la competencia internacional y les voy a hacer la guerra fría?

Ya me habían avisado que debía preguntar los precios (que no los ponen por ningún lado) antes de pedir porque sino igual luego nos pretendían cobrar cualquier cosa. Aun y todo tengo la sensación que, siendo extranjeras, los precios se multiplican misteriosamente por diez en cuanto abrimos la boca. He comprado un kilo de ciruelas. Me han costado 12 euros. Y una de las que ha venido conmigo ha comprado una fruta de su país, Colombia, que le ha costado 2,5 euros cada una. Como hacía mucho que no las probaba, lo ha pagado, pero seguro que los del mercado se han puesto muy contentos de vernos por allí.

Pero también debo decir que en Dorogomilovsky he visto cosas que no he encontrado en ningún otro sitio: atún, por ejemplo. También había montones, miles de una especie de cangrejos que se parecían a los de río pero mucho más grandes, vivos. Tan vivos, que uno se ha caído al suelo y lo he recogido para devolverlo a su lugar. También había ostras, almejas, mejillones y docenas de tipos de pescado diferentes. Por no mencionar la carne: para todos los tipos y colores. Y especias…

(Aunque hoy me he quedado de piedra. Una conocida me ha dicho que el otro día estuvo de visita en casa de una vietnamita que en nuestro círculo tiene fama de ser gran cocinera. Y cuando le preguntó qué estaba cocinando la asiática le respondió que perro.” ¿Y dónde lo compra, de dónde lo saca?” le he preguntado yo. “Tienen sus mercados,” me ha respondido mi amiga. Creo que se me han quitado las ganas de conocer a esa señora en cuestión.)

 

 

En el mercado había también puestos de objetos varios. Hemos visto algunas vajillas uzbekas preciosas, por no mencionar los samovares. Los samovares son las teteras rusas. Son tradicionales y se utilizan con carbón para calentar el agua. Los hay preciosos y, como son antigüedades, no te dejan sacarlos del país con facilidad.

El puesto uzbeko era diminuto y estaba llenísimo a rebosar de mercancía, sobre todo jarras llenas de fruta que supongo que estaba en almíbar, y mucho té. Una de mis amigas ha comprado varios vasos especiales para beber té.

 

 

Luego nos hemos ido a comer algo y, cuando ya nos subíamos al coche para volver a la urbanización, hemos visto una farmacia y hemos entrado para comprar unos medicamentos. ¡Qué farmacia! Nunca había visto nada parecido. Más parecía una tienda de cosméticos. De hecho, tenían varias estanterías con productos diversos para el cuidado de la piel y hasta nos han invitado a una especie de batido. Y mirad (a la derecha) lo que tenían expuesto sobre una plataforma giratoria junto a la caja. ¿Sabéis qué vendían en esas cajitas de terciopelo tan elegantosas? The Original Condom.

Hasta la próxima, un abrazo, J.

 

El Club de Jazz

Posted on February 5, 2012 by Julia Esténoz

 

Os dije que os contaría qué tal el Club de Jazz. Como quizá sepáis, ya habíamos estado antes y, aunque la comida no es ninguna maravilla, sí que nos lo habíamos pasado bien. Pero lo de ayer fue una experiencia totalmente distinta.

El Igor Butman Jazz Club está situado en un hotel. Entras al Club y primero pagas una entrada para acceder a la sala que está organizada con mesas para cenar alrededor del escenario. (Curiosamente, antes de irnos ayer pude ver que retiraban esas mesas y preparaban todo lo necesario para un desayuno tipo buffet de hotel para mañana.) El restaurante es tan oscuro y tiene tan poca iluminación que para leer el menú me tuve que levantar y acercarme a una lámpara. Los demás cogieron una de las velas de la mesa y la acercaron para poder iluminar las letras. Además, solo había un menú en inglés en TODO el restaurante, así que tuvimos que pedir que nos lo devolvieran de otras mesas un par de veces. Y el camarero también vino a decirnos que debíamos pedir la cena en tan solo unos minutos porque el espectáculo empezaría pronto y no teníamos más tiempo para decidir. Tuvimos que apresurarnos, apresurarnos, apresurarnos. Pero luego también tuvimos que reclamar porque, a pesar de las prisas, la cena de mi marido tardó casi una hora en aparecer: un filete.

Nos íbamos a juntar seis parejas. Aparecieron cuatro. Por otro lado, mejor, la mesa se nos quedaba un poco pequeña. Y no echamos de menos que hubiera más conocidos en el local porque entraron dos mesas completas de personas de nuestra urbanización, todos griegos, italianos o latinos. Ganábamos a los rusos por goleada. ¡Mira que hay antros en Moscú! Pues allí nos encontramos todos.

 

Los músicos que acompañaban a la cantante eran los mismos que ya acompañaron a la otra cantante que vimos en el Igor Butman. La pianista, (que ya sé que se llama Natalya) era la que con tanta energía nos sorprendió la primera vez. Y anoche se mantuvo fiel a su estilo.

Kassia, la cantante, una mezcla de Camerún y Nueva York, no me entusiasmó. Cantó temas que no me dijeron gran cosa y no me transmitió nada. Una decepción, como os he dicho.

El ambiente del restaurante era bastante bullicioso (seguro que porque había tanto extranjero) pero eso no disculpa el pequeño incidente que tuvo lugar después. En un momento dado estaba cantando Kassia cuando el batería, que parece el líder del grupo, empezó a hacer gestos muy claros y obvios a un grupo de griegos sentados en primera fila pidiéndoles que se callaran, que dejaran de hablar e indicando que se estaban comportando muy mal porque no mostraban respeto hacia la cantante. Incluso a nuestro grupo se acercó una de las camareras para pedir a dos de nuestros comensales que dejaran de hablar. Nos quedamos todos a cuadros. ¡Y los pobres griegos! En Moscú todavía se fuma en casi cualquier lugar y el restaurante no es una excepción. Había varias personas fumando. Pero la cantante eligió a uno de los griegos para, por gestos, pedirle unos minutos después que apagara el cigarrillo porque le molestaba. No sé por qué tengo la impresión de que los griegos no van a volver al Club de Jazz.

 

Y no creo que nosotros tampoco. La comida no fue nada buena y el espectáculo dejó bastante que desear. Y si no puedes charlar mientras cenas… ya me dirás qué vas a hacer. Por mucho que haya un espectáculo en el escenario.

 

Antes de despedirme, un detalle curioso que me llamó la atención cuando íbamos al Club de Jazz. Eran las 7 de la tarde, de noche, estábamos a unos catorce o quince grados bajo cero pero, como igual podáis comprobar en la foto de la izquierda, los rusos siguen trabajando en la calle, en las obras. Había obreros soldando y otros abriendo zanjas. Y no creáis que esto era una excepción de ayer por alguna fuga o algo, qué va. Los rusos trabajan todos los días y, parece ser, a todas las horas.

Un abrazo y hasta la próxima, J.

Una de turistillas totales

 

Posted on February 4, 2012 by Julia Esténoz

 

Hoy hemos hecho algo de turistas totales. Nos hemos ido de crucero y a comer al rompehielos. Lo que hace todo el mundo que viene de visita a Moscú en invierno. Había leído un montón de comentarios positivos y no ha estado mal. Pero tampoco es para echar cohetes. Os cuento…

La ruta dura dos horas y cuarto. Sale de uno de los hoteles más emblemáticos de Moscú, el Radisson Ukraina (y no, no me corrijáis que aquí Ucrania es al revés), uno de los siete edificios de Stalin que marcan la ciudad. Todo el interior del barco está organizado como un restaurante aunque supongo que será en el horario que hemos elegido porque luego los hay durante toda la tarde y también por la noche. Tras hacer un par de fotos rápidas en el exterior y dejar en guardarropía los abrigos, bufandas, y demás prendas de abrigo imprescindibles en esta época, hemos entrado al comedor y se nos ha asignado una mesa.

 

 

Primero hablaré del servicio… una pena. Sé que el pan estaba bueno pero cada vez que le pedía a nuestro camarero que nos trajera pan, nos traía una bandeja con dos bollitos. Le he explicado que queríamos pan todos… otra vez dos bollitos. Al final le he pedido por favor, más pan, pero cuatro, CUATRO, bollitos. Si no hubiesen estado tan buenos…

Han tardado siglos en servirnos. En un momento dado he pedido una segunda botella de agua y os juro que han tardado veinte minutos en servirla. Según mi marido, tienen que alargar las comidas de los comensales para que duren las dos horas y media del viaje. No sé, algo así tiene que ser.

Y luego esa costumbre rusa de quitarte el plato en cuanto te metes el último bocado en la boca… aparecen de repente, de la nada, sobresaltándote, y te quitan el plato que no te ha dado tiempo a rebañar. Si fueran así de rápidos en algo más, en cualquier cosa, la que fuera, no te pillarían con esto tan por sorpresa pero es lo único, solo en eso. Ni siquiera en cobrar son así de espídicos. Es como si la totalidad del buen servicio se resumiera en: “no dejar un plato vacío sobre la mesa bajo ningún concepto.”

 

 

Pero bueno, hemos comido. Y nos hemos dedicado a disfrutar de las vistas.

El supuesto rompehielos no lo es tal. El hielo está roto ya antes de que pasemos y nuestro barco, aunque fuerte, no es lo que esperábamos. Aún así, hemos disfrutado del paseo como unos turistas más. Hemos podido ver Moscú desde una perspectiva diferente y nos hemos encontrado con algunas cosas curiosas que nos han llamado la atención.

 

Como un restaurante en un barco que hay junto a la orilla e imita los navíos antiguos. Nos ha parecido muy bonito y muy en contraste con los edificios que le rodeaban, entre otros, uno de los generadores de agua caliente que hay en la ciudad y que en mi familia conocemos como “fábricas de nubes.”

 

O la pequeña casita azul que, sobre una colina, se asoma al río. (“Me pongan cuatro como esa, oiga.”)

 

También ha resultado curioso comprobar que en Moscú no solo se han quedado algunos petirrojos despistados y unas cuantas palomas y los sempiternos cuervos… ¡todavía hay patos! Y varios de ellos estaban en el río. Lo más divertido ha sido cuando hemos descubierto su sauna particular. No sabía que a los patos les gustara la sauna pero parece ser que así es. Estaban todos juntos disfrutando de una salida de agua caliente que desemboca en el río (tal vez desde la “fábrica de nubes”, quién sabe), la mar de felices.

 

¡Y qué os voy a decir de los pescadores sobre el hielo! Había un buen puñado de ellos. La verdad es que impresiona bastante ver a la gente caminando sobre el hielo con toda la tranquilidad del mundo. Yo no sé si me atrevería. Sobre todo viendo toda la capa rota que, a pesar de tener un grosor de unos 30 ó 40 cms, vemos flotando alrededor del barco. Supongo que estarán acostumbrados y para ellos será de lo más natural.

 

Hemos pasado por el estadio olímpico y la Casa Blanca rusa, la Duma. Hemos visto edificios preciosos y otros más feos.

 

Pero seguro que la imagen que más me ha gustado del paseo de hoy a mí es esta. No sé por qué.

Y ahora a prepararme que nos vamos a cenar al Igor Butman Club. Ya os contaré.

Un abrazo, J

 

Que no, que no es para tanto…

Posted on February 3, 2012 by Julia Esténoz

 

No solo no estoy pasando tanto frío como me temía, sino que este año la ola siberiana se ha ido a otras zonas.  Por lo que leo en la prensa, Europa está pasándolo peor, bastante peor. Hoy, por ejemplo, he salido de casa a las 7 de la mañana con una temperatura de 24 grados bajo cero y vestida como me veis en la foto y ahora, al volver a las 5 de la tarde, tan solo estamos a 12 bajo cero. Y ya veis que hay más gente por la calle, que no soy la única loca que sale.  No os exagero cuando os cuento que la gente hace aquí vida normal.

 

Pero no solo eso. No será tan terrible cuando estoy viendo tres o cuatro petirrojos jugueteando en el jardín delante de mi casa. También he visto un par de ratitas por la calle, una de ellas blanca como la nieve que todo lo rodea. Mis chóferes estaban alucinados. También ellos creían que las ratitas blancas son solo de laboratorio y que no viven de manera salvaje. ¡Qué cosas!

Un abrazo, J

 

 

Europa se muere de frío

Posted on February 1, 2012 by Julia Esténoz

 

Pero aquí no estamos a menos temperatura de la habitual. De hecho, no hemos llegado aún a los -30 ni a lo que la gente espera de un inverno ruso. Por eso ni se inmutan. Siguen con su vida cotidiana normal como si la cosa no fuera con ellos y ves gente por todas partes: en las calles, en las paradas del autobús, de tiendas… Y sí, hace algo de frío, pero yo creía que iba a ser mil veces peor. Cuando pasas de los -17 C, según me comentaba una veterana de la urbanización, lo notas en la calle porque al respirar se te hiela un poco el moquillo dentro de la nariz. Pero, como os digo, los rusos ni se inmutan. En la foto de la derecha veis a uno de los chóferes cogiendo nieve. Lo he visto hacer a todo el mundo. Cogen un par de puñados de nieve de las aceras y los tiran al parabrisas. Así los limpian. Nada de agua ni jabón. Nieve. Y tampoco se ve un coche con nieve encima. Todos están requete cepillados para que no quede nada. Supongo que será para que no se les congele encima.

 

Ayer fui con una amiga a visitar a una artista rusa. Se dedica a restaurar muebles de madera antiguos y pintarlos como se hacía tradicionalmente.

Al llegar, y tras dar un montón de vueltas buscando el edificio, nos encontramos con el típico portal ruso de un barrio cualquiera. Se entra pulsando un código en un panel. Ya veis que no tenía demasiada buena pinta. Pero así viven los moscovitas normales, los que no son tan afortunados o ladrones como los millonarios de los Ferrari. El interior del portal tampoco era fantástico. Al entrar al piso lo primero que me llamó la atención es que las paredes estaban todas forradas de papel que parecía de regalo. No parecía papel de empapelar paredes para nada. Y estaba roto en un millón de sitios. La artista nos dijo que su perro todavía es cachorro y le estaba destrozando la decoración pero nada en el lugar nos daba la impresión de nuevo, sino más bien todo lo contrario. No creí correcto sacarle ninguna foto.

 

 

A lo que sí hice fotos, para que los vierais, es a los muebles con los que trabaja y sus trabajos. Esto es un baúl típico y tradicional ruso antiguo. En el pasado los decoraban con angelotes y figuras folclóricas, todo a mano, claro. Y no os creáis que son baratos. El aparador de la derecha cuesta unos 3.000 euros. Ella se dedica a venderlos de manera privada y siempre tiene pedidos. Viaja por los pueblos buscando los muebles básicos y luego los decora. Lo que está claro es que son “muy de aquí.”

Y obviamente, todo el intercambio con la artista lo tuvimos que hacer en ruso.

 

Como ya os imaginaréis, yo sigo con mis clases (y parece que por fin puedo organizarlas con cierta regularidad) y por eso  hoy he conseguido unos pocos libros de lectura simplificados en ruso. ¡Cómo me he acordado de mis alumnos, que se llevaban los que yo les prestaba a casa! La pena es que aquí apenas hay unos pocos y no son demasiado buenos. Los temas, para empezar, no es que me hayan resultado demasiado atractivos: grandes felinos (el mejor), máquinas, castillos, vikingos… no sé, me vendría mucho mejor algo más cotidiano, ¿no os parece? Pero bueno, es lo que hay. Me he leído todos los que he podido con grandes dificultadas. Los tendré que volver a coger prestados de la biblioteca del cole de mis hijas cuando haya dado alguna clase más.

Mientras, chapurreo siempre que se me presenta la ocasión. Hoy, por ejemplo, me he acercado a una escuela de ballet que hay cerca de casa porque las clases a las que asiste mi hija pequeña en la urbanización no me convencen del todo. Y la información me la han tenido que dar en ruso, claro. Jejeje. Espero haber entendido correctamente. Por de pronto, mañana iremos a una clase de prueba. ¿Os imagináis que me haya equivocado? Ya os lo contaré.

Y ahora nos vamos a la clase de ballet, qué casualidad, a las de la urbanización. Un abrazo y hasta la próxima, J.

P.D: No me lo puedo creer. Tengo que poner esto porque casi me caigo del susto. De camino a la clase de ballet nos hemos encontrado con un grupito de 3 personas paradas delante del supermercado de la urbanización y una de ellas…

 

¡se estaba comiendo un helado!

Ahí tenéis la prueba.

 

Tsaritsyno

Posted on January 30, 2012 by Julia Esténoz

 

 

En Moscú no se ven muchas motos, sobre todo en esta época del año. En verano si veíamos alguna. Pero se ven otras cosas…

Si el Kremlin os gustó, esperad a conocer Tsaritsyno, el conjunto de palacios y casas de verano de la emperatriz Catalina II, la Grande, en Moscú. Los mandó construir en 1770 y se restauraron hace unos pocos años. Es impresionante. No solo los edificios, sino también el paisaje, los jardines, todo. Ya en aquel entonces mandó edificar un pantano para crear los estanques y lagos que se extienden a sus pies en un gigantesco jardín con bosques, praderas y, según he leído, la única zona de naturaleza salvaje original que queda en la zona de Moscú y que se ha podido preservar por formar parte, precisamente, de sus terrenos. Como os digo, todo el conjunto es magnífico y digno de visitarse con calma.

 

Vista general de una parte del palacio. Es tan gigantesco que no conseguí sacarlo entero en una foto. Mi cámara es pequeña y no puedo hacer panorámicas. Pero creo que os podéis imaginar las dimensiones.

El conjunto arquitectónico también incluye la iglesia ortodoxa original que había en estas tierras (conocidas como “Barro Negro” antes de que la emperatriz las remodelara) y otros edificios para el servicio, para el ocio e incluso para el trabajo, como el despacho privado de Catalina.

La mayoría de los edificios están construidos en estilo gótico ruso y los colores son típicos de la zona.

Entramos a la zona por un puente aunque hay varios arcos de entrada que en su época cubrían las puertas de acceso desde diferentes partes de la ciudad. Situado sobre una colina, el palacio mira hacia varios caminos ascendentes en su dirección.

 

 

Esta figura de hielo representa el escudo de Catalina la Grande. En los jardines de Tsaritsyno había otras figuras de hielo para deleite de los niños: un pequeño castillo, varios toboganes, una especie de casita… Y la vera del río seco que desciende hacia el puente la utilizaban grandes y pequeños como rampa para deslizarse con una especie de trineos hinchables. Se lo pasaban cañón porque la pendiente es pronunciada.

El puente de la derecha es el que utilizamos para acceder al conjunto de edificios. Me recuerda al puente de Praga pero en un estilo totalmente distinto. Formaba parte del camino antiguo que unía Tsaritsyno con Moscú y era el que utilizaba no solo la emperatriz, sino todo el mundo.

 

 

Uno de los primeros edificios que te encuentras al entrar, junto a la iglesia, es el de la fotografía de la izquierda. Se trata de uno de los edificios destinados a alojar a los sirvientes de Catalina, como también lo es el de la fotografía de la derecha.

Como veis, todos los edificios siguen el mismo estilo y tipo de diseño y son de la misma época, por lo que resulta todavía más increíble. Algunos han sido totalmente reconstruidos siguiendo los planos de los arquitectos, otros simplemente se han restaurado.

Subimos caminando hasta el palacio, lo bordeamos entero y después entramos a verlo. No pudimos visitar todos los edificios por falta de tiempo, así que nos limitamos al principal.

 

 

 

 

 

A la izquierda, uno de los arcos de entrada a la zona residencial.

A la derecha, una estatua moderna de los arquitectos artífices de todo el conjunto de edificios.

Imaginaros si Tsaritsyno forma parte de la vida cotidiana de los moscovitas, que hay una línea de metro que llega hasta su puerta.

En el interior se pueden visitar varias zonas: una, la mayor, está formada por estancias del palacio conservadas como debieron estar en la época y con exposiciones de objetos de la emperatriz y sus allegados.

 

 

En la fotografía de la izquierda podéis ver uno de sus trajes. Yo había leído que muchos de ellos se confeccionaban con piedras preciosas y, efectivamente, este tiene todas esas líneas verticales blancas, cosidas con perlas. Una pasada. Sus amantes (de los que tuvo colección) también llevaban botones de oro, de gemas, colgantes de pedrería… les encantaba. El traje de bodas de Catalina se confeccionó en tela de plata y estuvo totalmente cubierto de piedras preciosas. El traje y la corona pesaban tanto que apenas se podía mover.

Y a la derecha podéis ver uno de sus retratos. En su vida, mandó que le hicieran gran cantidad de retratos. Fue emperatriz durante muchos años, llegando a Rusia desde Alemania con 14 añitos.

 

 

Uno de los salones. Ahora entiendo de dónde viene el gusto ostentoso de los rusos. ¿Os acordáis de los muebles que vimos en las tiendas y que os enseñé el otro día? Creo que con estas fotos queda claro que se quedaron atascados en aquel estilo.

Fijaros en los techos y paredes…

Vimos muebles de la época, vajillas, cuberterías, joyas, cuadros a montón, objetos de todo tipo… cosas muy curiosas, como una silla para un orinal… Pero no en todas las salas estaban permitidas las fotografías.

Lo que me recuerda que, cómo no, estos rusos son la bomba. Pagamos religiosamente nuestra entrada. Yo pregunté (con mi escaso ruso) qué tipo de entradas había y me vendieron la completa. Al llegar a esta sala, una señora me pidió los papeles. Se los di. Me dijo que faltaba el de las fotos (?!?!?) No, no bastaba con haber pagado la entrada. Para hacer fotografías, también había que pagar una entrada adicional. Pero claro, esa entrada que te permite hacer fotos no se compra en la caja principal, antes de entrar al edificio, sino que hay que ir a la segunda planta, a un lugar determinado, y pagar otros 100 rublos. (!!!!!) Sin comentarios.

 

 

Pero luego lo entendí, esa sala de la segunda planta está situada en un lugar estratégico. No solo te venden la autorización para sacar fotos, sino que te alquilan ropa de la época (de niños y adultos) para que te pasees por la sala y te retrates. Lo bueno es que la ropa no está mal hecha y no es un pingo, como podría ocurrir en otros lugares. Así que merece la pena. ¿No os parece?

A la derecha podéis ver una estatua de Catalina hecha a tamaño natural.

Seguimos caminando por el palacio, habitación tras habitación: maderas, mármoles, cristales tallados, oro, plata… lo que queráis.

 

 

Izquierda: miniatura de Catalina. Mediría unos 25 cm. Cuando la emperatriz quería a alguien, le enviaba una miniatura o un colgante con su retrato rodeado de piedras preciosas.

A la derecha vemos una caja de música. No es un pájaro de verdad ni disecado, sino mecánico. Obviamente, no pudimos escuchar cómo suena pero me pareció un detalle sacado de un cuento de hadas. Recuerdo haber leído historias sobre pájaros mecánicos como este cuando era niña.

Después de pasar por estas habitaciones subimos a almorzar al restaurante, en la última planta.

 

 

 

Había una exposición de tartas, a cada cual más espectacular, y de otros alimentos reflejando, supongo, qué y cómo comían los moscovitas de la corte de Catalina. Observad la fotografía de la derecha. Son todas aves sobre una especie de pasteles. A mí me daba mucho yuyu pero seguro que a los mimados de la emperatriz les parecía de lo más apetecible.

Bajamos a otra zona de la exposición donde ya no se mostraban tanto objetos del Palacio.

 

 

Había algunos trajes tradicionales y tocados de varias épocas. Era también interesante. Pero menos nos lo parecieron las salas restantes, con objetos y piezas de arte más moderno.

Al bajar las escaleras vimos por una ventana un patio interior que hoy está cubierto y en su época tuvo que ser abierto. Estaban preparando un concierto con un piano y sillas dispuestas para el público. Era como el tercero que veíamos aquel día en distintas salas. Os podéis imaginar que a mi marido le apeteció de inmediato. ¡Música! ¡Y en un entorno tan especial!

 

 

 

 

 

Así que al salir nos fuimos a preguntar cómo  nos podíamos enterar de los conciertos que se celebran aquí. Y resultó que ayer había dos. Pudimos elegir. Optamos por uno de Svetlana Beliakova, acompañada por el piano. Resultó interesante y bastante bueno y nos sorprendió con la participación de un coro de adolescentes que cantaron como los ángeles. (Nos trajimos el programa de conciertos para febrero. Todavía no lo he mirado con calma porque está todo en ruso y me cuesta un esfuerzo, pero cuando pille un ratito lo haré. Es un sitio mágico para escuchar conciertos.)

 

Con todo, realmente os recomiendo la visita a este lugar. No solo el interior, con todas sus curiosidades, sino también el exterior. En el verano dicen que es de lo más bonito que hay. Y al anochecer, con todo encendido, el lugar tenía mucha magia. Según he leído, con buen tiempo se organizan un montón de actividades aquí. Tendré que estar alerta e informarme para intentar aprovechar alguna.Os dejo por hoy. Espero que os haya gustado nuestra rápida visita al Palacio de la Zarina.

Pronto volveré con alguna otra aventura.

Un abrazo, J.

 

Visita al Kremlin

Posted on January 28, 2012 by Julia Esténoz

 

Entrada al Kremlin. Bajo esta imponente torre roja se encuentra una de las puertas de entrada al Kremlin. El Kremlin es toda una zona amurallada que data del siglo XIV (aunque ha sido reconstruida y remodelada en varias ocasiones) y consta de varios edificios en su interior. No hemos podido visitar más que unos pocos, como la Catedral de la Asunción, porque los demás todavía hoy se siguen utilizando para funciones políticas y están protegidas por guardias que no permiten el paso.

La zona de libre acceso es la Plaza de la Catedral, que acoge las Catedrales de la Asunción y del Arcángel, la Iglesia de la Deposición de la Túnica, el conjunto del Gran Campanario del Zar Iván, el Palacio Facetado y el Palacio Patriarcal. Ahí es ná.

 

 

Impresionan sobremanera las cúpulas sobre todo si, como hoy, el día es radiante y el sol se refleja en los restos de nieve que aún decoran los tejados. El azul del cielo parecía más profundo en el Kremlin que en el resto de Moscú.

Hay cúpulas para todos los gustos pero todas son magníficas. Coronan unos edificios elegantes y a veces coloridos, rojos, verdes y blancos y se alzan hacia el cielo como si quisieran acariciarlo.

Las construcciones religiosas ortodoxas difieren mucho de las católicas. Hasta el ambiente que se respira en su interior parece distinto. No hay muebles y todas las paredes y techos están cubiertos de frescos e iconos, sin dejar un fragmento de pared sin color. No hay estatuas en el interior. Y lo más llamativo es que son alegres y luminosas, no lúgubres y oscuras. Todavía no hemos podido asistir a ninguna celebración, algo que creo que sería muy interesante.

 

 

Las puertas de entrada a las iglesias y catedrales también estaban cubiertas de frescos y resultaban impresionantes.

No estaba permitido hacer fotografías del interior. Es una pena porque me habría encantado enseñároslo.  Todas las paredes y techos están cubiertos con frescos como los que veis aquí a la derecha, además en tonos parecidos, lo que les da ese aire tan especial.

Hemos entrado a ver también el Palacio Patriarcal. En su interior se guardan ropajes de los antiguos patriarcas, utensilios religiosos y cotidianos y otros objetos como libros. Las casullas que hemos visto están prácticamente cubiertas de perlas en su totalidad; las cucharas soperas son de oro tallado en preciosas figuras; había iconos cubiertos de piedras preciosas y fuentes y figuras de oro macizo… todo un tesoro.

 

 

Como veis, los edificios están bastante bien conservados.

En la Catedral del Arcángel nos hemos encontrado con un fresco de la cara de Cristo que tanto a mi marido como a mí nos ha impresionado por su belleza. De un par de metros cuadrados, emanaba tanta imperturbabilidad que nos lo hemos quedado ambos mirando durante un buen rato, solo por admirarlo. Increíble (de nuevo, qué pena no poder hacer fotos…) Y allí también nos hemos topado con las tumbas de los zares. No sé si todos, pero ciertamente un buen montón. Y solo ellos, ya que ellas no podían ser enterradas allí. Ha sido increíble estar junto a las tumbas de personajes como Iván el Terrible.

 

 

Campanario del Zar Iván. Precioso también. No hemos podido ver la campana de la Zarina, que es descomunalmente gigantesca, como dos personas de altura… una pena.

Pero ha sido muy fácil imaginar a la Zarina Catalina II caminando sobre los adoquines de la Plaza de la Catedral o subiendo los escalones hacia el Palacio. O a su hijo Pablo, después también Zar, corriendo por entre los edificios. Todo el conjunto te transporta a la Edad Media de inmediato. Sobre todo cuando de pronto sales de la Plaza de las Catedrales y te encuentras con el pequeño cañoncito del zar.

 

Jajaja, pequeño, ¿verdad? Alucinante. No sé si lo dispararían de verdad pero, si lo hacían, una de esas bombas tenía que hacer un agujero descomunal. Y cargarlo tenía que ser todo un numerito. ¿Cuántas personas haría falta solo para subir la bola y meterla dentro del cañón? ¿Y tendría retroceso? ¡Cualquiera lo sujetaba!

En fin, que la visita al interior del Kremlin ha sido interesante. Nos hemos quedado un poco decepcionados por no poder ver algo más pero lo que sí hemos visto nos ha encantado.

Y al salir hemos intentado ir al mausoleo de Lenin. Pero tampoco ha habido suerte. Era la 1.00. ¿Os imagináis a qué hora lo cierran? Claro, a la 1.00. Tendrá que ser otro día.

 

Así que nos hemos ido a comer. Y hemos descubierto un centro comercial subterráneo que parte de la zona del antiguo foso del Kremlin (o eso es lo que creemos que es porque hoy está lleno de estatuas de lo más pintorescas.)

 

El centro comercial está bajo las calles que rodean el Kremlin y es como todos los demás centros comerciales que he conocido por ahora en Moscú: las mismas tiendas, los mismos cafés… ¡Cómo les gustan los centros comerciales a los moscovitas! Aunque supongo que es normal, estando como estábamos hoy a 18 grados bajo cero…

 

Como os decía, el centro comercial era como todos. ¿Reconocéis el nombre de la tienda en la foto de la derecha?

Ha sido un día bonito. Hemos dado paseos y nos hemos congelado un poco. Había momentos en que mi marido decía: “si sonrío, sé que no voy a poder volver a ponerme serio, así que mejor no sonrío.” Exageraba un poco, creedme. Como brillaba el sol y no había una sola nube, la luz era muy brillante y daba mucha alegría a todo el paisaje. Sí, lo hemos disfrutado un montón.

Pronto más. Un abrazo, J

Kremlin

Posted on January 28, 2012 by Julia Esténoz

Nos vamos  al Kremlin. ¡Por fin! Luego os cuento.

-17 C

 

Posted on January 25, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Por fin ha llegado el invierno (a finales de enero, no me puedo quejar.) A media mañana el termómetro marcaba -17 C y ahora, a las 19.45, marca -14 C. Vamos mejorando.

Y no se nota tanto. Sí, es verdad que ves el agua helada en los tejados y en las tuberías pero al salir a la calle la sensación térmica no es tan terrible como nos temíamos. Con un buen gorro y guantes, como cualquier invierno en Pamplona o Madrid. Os prometo que todavía no he pasado más frío.

Pero mis pobres perros sí que lo sienten en sus patitas. Al cabo de un rato de paseíto por la calle, uno o los dos comienzan a recoger alguna de las patas porque se les está helando la planta. No me extraña. Una cosa es salir a la calle y abrigarse para que haya la menor cantidad de piel expuesta a los elementos y otra es caminar por el hielo y la nieve, además sin zapatos. Así que les hemos puesto botas. Son de piel, especiales para que no se congelen. No saben andar con ellas y parecen jovencitas adolescentes con sus primeros tacones altos. Están la mar de graciosos. Pero lo agradecen. Se nota.

Por lo demás, la gente sigue saliendo y haciendo vida normal. Los niños juegan en la calle (eso sí, con ropa para nieve completa: botas, abrigo, pantalones…) y las carreteras están limpias del todo.

Ayer me tocó ir a correos a recoger un paquete. La oficina que nos corresponde está en el pueblecito de al lado y consta de una única estancia que cierra de 1 a 2 para comer. Ya os podéis imaginar a qué hora fui la primera vez… Bueno, el caso es que es como una calcomanía de las que había en Polonia. La próxima vez tengo que pedir permiso para hacer una fotografía y enseñárosla. Me dio un poco de corte.

 

 

Donde sí hice fotos fue en el mercado al que voy a comprar la comida. Les hizo mucha ilusión (aunque no sé qué pensarían ni para qué habrán imaginado que quería las fotos.)

El mercado es como los de antes en España y ya me conocen en los puestos. Es donde compramos el pan uzbeko del que ya os he hablado. La verdad es que tiene buenos productos. La carne, la fruta y la verdura son de primera. Sale más caro que los supermercados pero se nota la diferencia. El carnicero, por ejemplo, me consiguió cochinillo lechal la semana pasada para una cena que tenía en casa. Y en navidades me trajeron en la pescadería mejillones vivos y langostinos de una calidad fantástica.

 

Ya vale por hoy, que estoy algo cansada. Esta mañana he tenido a 35 amigas a desayunar (o algo parecido, ya que la reunión era desde las 9.30 hasta las 14.30.) Las mujeres latinas de esta urbanización tienen la costumbre de ir a desayunar a una de las casas de vez en cuando y yo todavía no lo había organizado. Pero, puestos a organizar, he invitado también a las pocas españolas que conozco en Moscú. El caso es que todas aceptaron la invitación, latinas y españolas, así que he preparado unos pocos pintxos y tapas para disfrutar un rato entre charleta y charleta. Nos lo hemos pasado muy bien.

Un abrazo a todos. Hasta la próxima, J.

Un sábado de invierno

Posted on January 22, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Ayer salimos a un paseo por Moscú a más o menos 8 grados bajo cero. ¡Casi ná! Primero visitamos un parque, Sokolniki, porque habíamos leído que había una exposición de figuras de hielo muy interesante. Y allí estaban todos los rusos patinando, esquiando, con trineos, caminando… Hombres, mujeres, niños, ancianos, bebés, con perros, sin ellos… todo el mundo. Y pensar que alguien nos dijo que en invierno nunca había nadie fuera de sus casas en Moscú…

La exposición de figuras de hielo fue de lo más interesante. Es increíble las cosas que consiguen hacer SIN QUE SE ROMPAN.  Con lo patosa y manazas que soy yo, no podría ni esculpir un cubito cuadrado. Allí había de todo: un verdadero iglú, figuras fantásticas como ese pegaso, figuras humanas… para todos los gustos. Y algunas eran gigantescas. Ahora ya he visto estatuas de arena en las playas y estatuas de hielo en la nieve. Buen contraste.

 

Dentro de la exposición había una especie de apartamento completo con una cama, una mesa con sillas, un bar con sus banquetas, una cómoda con espejo y una chimenea. Te podías sentar en los muebles (tapados con pieles para no congelarte el traserillo). Y también encontramos un nacimiento con las tres figuras principales. Precioso.

Al salir nos dedicamos a pasear y ver el parque. Una maravilla. Es como un bosque enorme donde también hay algunos edificios preparados para ferias, congresos o exposiciones. De hecho, nos dijo nuestro conductor que ahora hay un montaje con caballos que tengo que investigar en internet para ver si merece la pena ir.

 

 

A la puerta de uno de los edificios nos encontramos las matrioshkas más grandes que hayamos visto nunca. Eran preciosas.

Continuamos caminando y llegamos a un parque infantil tallado en hielo. Había una especie de laberinto con un tobogán que hacía las delicias de los peques. Y lo más curioso es que aquí las estatuas de hielo estaban cubiertas de pequeñas monedas rusas. Parece ser que la gente les pone dinero como quien echa una moneda a una fuente y pide un deseo.

 

 

Por todo el parque encontramos una especie de hogueras preparadas (con su montón de leña a un lado) para que la gente se calentara las manos si tenían demasiado frío. No eran más que eso, hogueras. Pero se agradecían un montón después de un rato de paseíto.

Y seguimos caminando. Unos metros más abajo topamos con unas rutas que supongo que serán las carreteras cuando no hay nieve pero que ahora estaban tomadas por los patinadores. Todo el mundo llevaba patines puestos y se lo pasaban pipa yendo por todo el parque. Una forma de patinar, en mi opinión, mucho más divertida que en la típica pista.

 

 

La gente sin patines iba por la acera. Como os he dicho, patinaba todo tipo de gente. Vimos algunos padres que llevaban a sus bebés tumbados en trineos que ellos, subidos sobre sus propios patines, empujaban. De hecho, es lo más común por la ciudad.  A los niños pequeños no los llevan en silleta sino en trineos y solo los más peques van en cochecito.

Vimos a una anciana con una especie de “andador-patín.” Pero también vimos a la típica rusa escultural con unos tacones que yo no me puedo poner ni en suelo firme.

 

 

Había gente por todas partes y puestos de té y café, tienditas de mazorcas de maíz calentitas, vendedores de crêpes variados y hasta un par de vendedores ambulantes con sus pinturas y cuadros. Sí, todo eso a -8 grados… El parque también incluye algunos restaurantes y cafeterías donde sentarte y un puesto de alquiler de patines gigantesco.

Más adelante llegamos a una esquina donde podías alquilar trineos tirados por ponis o caballos. Estaban hechos de madera, a la antigua, pero no había ninguna troika (de 3 caballos) que son los que me gustan a mí, por lo que había que ir de uno a uno y no nos montamos. Lo dejaremos para cuando vayamos a algún pueblecito.

 

 

Según he leído, antiguamente el trineo tirado por caballos era la forma normal de viajar. Las ruedas no funcionaban cuando nevaba, claro, así que durante muchos meses solo se usaban trineos. Podían alcanzar bastante velocidad y recorrían distancias considerables. No sé si se seguirán usando en zonas rurales.

Hubo una cosa que nos llamó poderosamente la atención. El poni que veis en la foto de la izquierda no es albino porque tenía un gran mechón de pelo negro sobre la frente. Pero sus ojos eran de un azul intenso y la piel a su alrededor totalmente rosa. Impresionante.

 

 

 

De allí nos fuimos a buscar la casa de Ded Moroz (el Papá Noél ruso), que también está más o menos por esa zona de Moscú.

 

 

Se trata de una especie de aldea con un montón de edificios que visitar (aunque ayer estaban cerrados) como la oficina de correos para mandar las cartas. Es un buen plan para ir con niños y un interesante ejemplo de las cabañas de madera de la zona, que son una gozada.

Y con esto os dejo por hoy. Pronto os contaré más cosas. Un abrazo, J

 

 

Bautismo

Posted on January 19, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Hoy es el día del bautismo de Cristo según la iglesia ortodoxa, como ya os dije. Así que los creyentes se lavan y se rocían con agua como sea. Como veis en estas imágenes, no hacía precisamente calor. De hecho ahora mismo, a las 5.30 de la tarde, estamos a -8 grados. El río está helado y cubierto de nieve y sobre el río vemos los típicos pescadores agachados sobre un agujero que previamente han taladrado. Lo que no sé todavía es si consiguen atrapar algún pez o no. Nunca me quedo mirándoles el tiempo suficiente para averiguarlo. (¿Veis el barco al fondo de la imagen del pescador?)

 

El desfile para sumergirse en las aguas heladas ha sido interminable. Sobre todo hemos visto hombres.

 

Pero no han faltado ancianas e incluso niños. Un despliegue de verdadera fe. Porque hace falta mucha para meterse en ese río o, lo que es peor, meter a tus hijos. La gente, al llegar, se cambiaba en una especie de tiendas de campaña de plástico. Sabías quién iba a sumergirse porque llevaba una bolsa en la mano y quién se había sumergido ya porque, además de la bolsa, estaban rojos como pimientos.

 

 

 

Después de pasar un buen rato de frío en el parque junto al río, nos hemos ido a comer a un restaurante japonés. Lo curioso de este local en particular no ha sido que nos recibieran haciendo sonar un gong (!), sino que nos han servido un curioso té que sabía a vainilla con una tetera de lo menos práctica que uno se pueda imaginar. Juzgad por vosotros mismos.

Hasta la próxima,

J

La casa de España… por ejemplo

Posted on January 18, 2012 by Julia Esténoz

 

Hoy hemos tenido reunión en el Club de las Damas Latinas. Se trata de una especie de asociación que agrupa a quienes su nombre indica y que se dedica a organizar encuentros y alguna actividad. La reunión de hoy ha tenido lugar en la Casa de España. Curiosamente no eran las españolas las que se encargaban, sino las peruanas, por lo que el almuerzo ha sido a base de alimentos y platos de ese país. Ni que deciros tengo lo bueno que estaba todo, ¿verdad?

Antes de disfrutar de la comida nos han presentado a una guía con un español maravilloso que nos ha contado algunas de las tradiciones de esta época en este país. Hay unas cuantas cosas curiosas. Como ya sabéis, la Navidad ortodoxa no es el 25 de diciembre sino el 7 de enero porque aún siguen con el calendario juliano en vez del gregoriano. Y según esos cálculos, hoy es el día en que se bautizó Cristo. ¿Cómo lo celebran los rusos? A partir de medianoche consideran que todo el agua del planeta está bendita. Así que corren a ducharse y lavarse la cabeza y los más osados se acercan a un río o a un estanque, abren un agujero en el hielo, y se “bautizan” de nuevo sumergiéndose en las cálidas aguas de la noche. Sí, sí, mis dos chóferes lo van a hacer. Ya os contaré si siguen vivos mañana.

Y hasta la medianoche de mañana, la gente se acercará a las iglesias con botellas vacías para rellenarlas de agua bendita. Durante todo el año usarán ese agua como jarabe y como pomada para sanar sus enfermedades y sus heridas. La beberán o lavarán sus cortes o lesiones con ella para curarse.

 

 

Inciso: hace un par de días estuve en una tienda de muebles porque necesitaba una mesa para el salón.  Solo os pongo un par de fotos para que os hagáis una idea de lo que a los rusos les parece el colmo de la elegancia. Y eso que he elegido de las más discretas.

Hasta pronto,

J

El sucio Moscú

Posted on January 15, 2012 by Julia Esténoz

 

Los rusos están furiosos porque no hace frío. Estamos a mitades de enero y el termómetro no ha bajado, ni de noche, de los -10 grados, temperaturas habituales cuando se va el sol en invierno en algunos de los otros lugares  donde hemos vivido como Madrid o Pamplona en España. Así que todavía no hemos conocido el típico invierno ruso; no hemos pasado días a -20 ni -30 ni hemos tenido que protegernos al salir porque el agua de la condensación se pueda congelar en nuestros rostros desnudos. Ni siquiera nos hemos sentido obligados a encender la chimenea ni visitar las saunas locales (donde nos han dicho que las familias enteras toman el té desnudas…) No hace frío. Y ya falta menos para la primavera. A los rusos esto no les gusta. Los científicos están realizando estudios porque no es normal que las temperaturas se mantengan tan cálidas.  Y una de las desventajas de estos “calores” es la terrible suciedad que todo lo ataca en las calles de Moscú. Con la humedad de la nieve derretida y la acumulación de obras y caminos de tierra batida, el barro contaminado lo salpica todo. No se ve un coche limpio. En la gran mayoría resulta imposible leer las matrículas. Y subirse a uno de ellos es mancharse la ropa, sí o sí. No hay forma de mantenerse inmaculado. En un invierno normal todo está helado y no hay tanta suciedad, todo se mantiene prístino y blanco o eso nos han dicho.

 

Pero lo sintamos o no, el frío está en las calles. Mirad, si no, cómo pescan sobre el hielo del río en mitad de la ciudad. Eso que solemos ver en algunas pelis me lo encuentro yo todas las mañanas que cruzo el puente para ir al colegio. Parece imposible que la capa de hielo sea lo suficientemente gruesa para soportar su peso, dada la falta de frío, pero ahí están. Mi marido quiere probarlo un día y uno de los chóferes me ha dicho que a él le gusta hacerlo, así que a ver si lo organizamos. Ahora, también tendré que preguntar qué tipo de peces pescan y si los devuelven al agua o se los llevan a casa…

Un abrazo, J

Novodievichy

 

Posted on January 9, 2012 by Julia Esténoz

 

 

Hoy hemos ido mi marido y yo a ver el conjunto monumental formado por el Monasterio y el Convento de Novodievichy, en Moscú. Se trata de Patrimonio de la Humanidad y es un conjunto construido entre los siglos XVI y XVII y que los zares usaban para “alojar” a sus enemigas y a sus parientes menos afortunadas: hermanas que pudieran poner en riesgo el trono del imperio, posibles parientes problemáticas que en caso de tener descendencia supusieran un riesgo… ese tipo de mujeres, ya  sabéis. Por ello el conjunto solía estar bien cuidado y contaba con ciertas comodidades. Ahora ha sido restaurado casi en su totalidad y es un placer visitarlo.

 

 

A la izquierda podéis ver una maqueta de todo el conjunto. Incluye el monasterio, el convento, el campanario, la capilla, el museo y el comedor, donde hoy hay una tienda de libros religiosos e iconos. Todavía hay monjas viviendo en el convento, como las que aparecen en la foto de la derecha y que no son tan mayores. Y también hay diáconos y presbíteros paseando por sus calles.  Ha sido como si el tiempo se hubiese detenido hace un par de siglos.

La catedral está cerrada por obras pero sí hemos podido entrar a ver la iglesia del convento, aunque tampoco se permitía hacer fotos en su interior.

 

 

Los exteriores solamente ya merecían la pena la visita. Me encantan los colores con que los rusos decoraban sus edificios. No son solo de piedra, como en muchos lugares de Europa. Y qué decir de las cúpulas. La catedral tiene un puñado completo que se ven desde muy lejos y llaman la atención por sus dos colores.

En el museo hemos podido ver una colección de iconos. El resto del interior en los edificios no tenía gran cosa, tan solo unas salas con pantallas de televisión y docenas de fotografías que explicaban la historia y el proceso de reconstrucción del lugar.

 

 

Durante la época soviética la religión estaba prohibida porque se suponía que el país era laico, así que todos los templos religiosos se fueron deteriorando. Algunos se usaron como museos, como ocurrió con la Catedral de San Basilio, esa de tantos colorines que parece una casita de muñecas y está en la Plaza Roja. Otros fueron demolidos y más adelante reconstruídos, como la Catedral que visitamos el otro día, la de Cristo el Salvador. Tras la caída del telón de acero, muchas iglesias se han mantenido y restaurado con fondos privados.

Los dos edificios que más nos han gustado de todo el conjunto monumental han sido el campanario  y la capilla , ambos edificios independientes y que solo hemos podido ver desde el exterior.

 

 

Al salir del recinto hemos dado un paseo por el exterior y nos hemos encontrado con un lago totalmente helado en la parte de atrás. Estaba precioso y añadía bastante encanto al cuadro.

También hemos visitado el cementerio que está junto al conjunto monumental. Ya nos habían hablado de él porque hay muchos personajes famosos enterrados allí, como Boris Yeltsin, el de la tumba tan original que imita una bandera rusa. Pero no era la única tumba original. Hemos visto unas cuantas de lo más estrambóticas o simplemente distintas. Las había para todos los gustos.

 

 

Ahora, lo mejor eran los nombres. Primero me he encontrado una tumba a nombre de un tal Potopof. Y os prometo que ni miento ni exagero. Pero cuando me he encontrado después la que veis a la derecha, a nombre de un tal Panfilof, os lo juro que no he podido contener el ataque de risa que me ha entrado, y allí estaba yo, llorando a carcajadas e intentando disimular porque había un puñado de serios rusos visitando todas esas tumbas y quedaba fatal que me estuviera desternillando. ¿Cómo iba a evitarlo, Potopof, Panfilof…? A ver, que una no se puede controlar tanto, tanto.

 

 

Luego nos hemos ido de investigación culinaria, que ya sabéis que nos gusta. El restaurante de hoy era tibetano pero no ha sido para deleitar. Aunque el pollo al curry y el pan estaban buenos no creo que repitamos. Así son las cosas, a veces encontramos lugares maravillosos que archivamos para visitar en otras ocasiones, y otros días probamos y no volvemos a repetir.

Pronto os contaré más cosas.

Un abrazo, J

 

Hemos ido a la pelu

Posted on January 8, 2012 by Julia Esténoz

Mi marido fue a la pelu a que le cortaran el pelo hace un par de días. Y pensé que era cuestión de suerte que le tocara la Sra. Spock aquella tarde, una muy mujer alta, huesuda, con entradas en el estiradísimo cabello azabache que, recogido en una cola de caballo, pronunciaba sus orejas y hacía resaltar sus ojos de un azul tan claro que parecían transparentes. Embutida en una minifalda de cuero negro que apenas le cubría el trasero y taconeando sobre las agujas de sus botas de rodilla por las baldosas de la peluquería, os lo juro que parecía sacada de otro planeta. Por supuesto, nunca sonreía, y el maquillaje solo enfatizaba sus duros rasgos de ama sádica. Pero me marido se dejó. Y ella empezó a cortarle el pelo, una operación que suele costar entre quince y veinte minutos. Una hora más tarde, todavía no había terminado. Cortaba con tijera, luego con maquinilla, recortaba de nuevo con tijeras ahora especiales, con forma, casi  cabello a cabello… Atusaba, levantaba… ahora cogía la cuchilla de barbero y rebanaba cuatro puntas rebeldes de aquí, después con las tijeras de nuevo en la mano volvía a recortar lo que a mí me parecía un piquito inexistente en la zona derecha de la cabeza. Por lo menos hora y media. ¡Increíble! Y le puso esto, y le puso aquello, y yo ya no pude aguantar una carcajada cuando, para horror de mi marido, que no se lo esperaba, le roció la cabeza con un buen chorro de laca. No, no es para los rusos eso de las peluquerías a rebosar, con los profesionales atendiendo a tres clientes a la vez. Sí que se lo toman a conciencia…

Así que ayer decidió ir mi hija mayor  a teñirse, ya que empiezan otra vez el cole mañana. La Sra. Spock no estaba. La atendió una chica joven que, para nuestra buena fortuna, hablaba inglés. Entre ellas consiguieron finalmente acordar qué quería mi hija que le hicieran. Tinte con mechas rojas. No parece tan complicado, ¿verdad? ¿Y si os digo que tardó cuatro horas y media? Yo hice mis recados, volví, me aburrí y, al final se me ocurrió aprovechar y que me tiñeran a mí también. Total, tenía que esperar… Mi hija luego se reía. Me atendió el bombón de la peluquería. Un tipo alto, musculoso, guapo, guapo. Que no lo hizo mal, es verdad. Pero aún tuve que esperar como una hora a que terminaran con el cabello de mi hija. ¡Qué rollo!

Está claro que los rusos necesitan dedicar mucho tiempo a todo tipo de cuidado. Cuatro horas y media para una cita en la peluquería, casi tres horas para una manicura… en fin, prefiero no pensar cuánto tiempo les cuesta hacer otras cosas.

 

Os cuento más detalles que me han llamado la atención. Uno de mis perros se puso enfermo. No sé si se empachó con eso de las navidades o si comió algo que le sentó mal o si se enfrió, pero qué desastre. Y como no se le pasaba, tuve que llamar a la veterinaria para que nos recetara algo, además de someter al pobre chucho a una estricta dieta de agua durante un par de días. Lo que me dijeron que comprara es medicina de humanos, en farmacia. Debía dársela medida en una cuchara sopera. Y ahí la tenéis. Lo que veis es un… ¡jarabe! Sí, es un antidiarreico que lo venden en ese tubo como si fuera pasta de dientes y es denso y espeso como un paté. Nunca se me ocurrió que se pudieran vender los jarabes en este formato. Pero ahora que lo he visto me parece muy buena idea.

Hemos hecho varias actividades distintas y visitado lugares de turisteo para aprovechar la semana.

 

 

El Café Tchaikovsky, junto al Salón de Conciertos del mismo nombre, un lugar cargado de historia donde no te sorprendería ver entrar a un grupo de mafiosos y ponerse a contar pilas de dinero. Allí tomamos un café antes de entrar al espectáculo, el Concierto de Año Nuevo de Strauss interpretado por la Orquesta de Cámara Morphing de Viena. Como veis, la sala de conciertos está toda decorada en blanco. Es ovalada, no redonda, y se supone que cuenta con una de las mejores acústicas del mundo.

La sala se llenó del todo. No quedaba un hueco libre.

 

 

El concierto fue como el que vemos en la tele todos los 1 de enero desde Viena, pero en pequeñito. El sonido, efectivamente, resultaba espectacular, y los intérpretes exquisitos. El director de orquesta era muy divertido, bailoteando mientras dirigía, y lo que menos nos gustó (por elegir algo) fue la soprano que interpretó algunas canciones. El ballet estuvo bien aunque tampoco era el Bolshoi. La música incluyó varias de las piezas tradicionales del concierto de Año Nuevo, como varios de los vales y la Marcha Radetzky. Hubo un bis aunque los rusos pidieron más. Agradable, una velada muy, muy agradable.

 

 

Al día siguiente visitamos el Parque Gorky, que se encuentra en mitad de Moscú. Nos habían dicho que tenía caminitos que se pueden recorrer patinando y quisimos aprovechar que hacía algo más de frío para verlo por nosotros mismos. Nada más llegar nos llevamos la primera sorpresa. En la entrada había un campamento de esquimales. Pudimos acariciar a los renos (que tienen un pelo increíblemente suave), visitar una de sus tiendas e incluso disfrutar de algunos de sus bailes tradicionales. Una delicia.

Después fuimos a recorrer un poco el parque. No mucho porque habíamos llegado a la hora de comer y las cafeterías estaban llenas a rebosar, por lo que no nos íbamos a poder quedar. Tendremos que volver otro día.

 

 

Sí que nos dio tiempo a ver los “caminos” para patinar. No eran lo que habíamos imaginado, rutas en mitad del bosque, pero sí que permitían un tipo de patinaje diferente al habitual. El parque cuenta con varias pistas para deportes sobre hielo: patinaje, patinaje artístico, hockey y no sé qué más.

Y en el paseo también nos topamos con una banda de música de lo más curiosa. ¡Qué pintas llevaban! Iban tocando y bailoteando de manera grotesca, probablemente representando algo que desconocemos. Aquello parecía una versión ártica de Nueva Orleáns.

 

Y luego nos encontramos con los muñecos de nieve. Docenas de ellos, todos juntos en la misma zona. No sabemos si se trata de llegar y hacer un muñeco para añadirlo a la colección o si la dirección del parque prepara el conjunto para los visitantes. El caso es que la gente caminaba entre los muñecos, todos diferentes, como si de un bosque de personajes se tratara.

También había un pequeño conjunto de árboles con los troncos embutidos en una especie de súper medias multicolores pero no pude hacerles fotos porque ya nos íbamos.

Sí, el Parque Gorky merece otra visita, sobre todo por mi hija pequeña, que seguro que se lo pasaría bomba todo un día allí. Tendremos que volver una mañana con bocadillos en la mochila e intentar aprovechar el día.

 

 

 

 

 

Mi marido y yo nos fuimos a comer solos, sin las niñas, el mismo día que fue a la pelu él. Está visto que a los rusos les gustan los lugares íntimos. Estas fotos que veis también son de un restaurante uzbeko (parecen abundar) y los reservados son como un cuento de las Mil y una Noches, ¿no os parece?

También es muy normal encontrar (y alquilar) shishas como las de esta foto. Las hay en muchísimos sitios.

La comida uzbeka está buena, o a nosotros nos gusta (sobre todo el pan, qué maravilla), pero a ver si ahora encontramos algún otro tipo de cocina porque, entre uzbekos, Mcdonalds y japoneses, no parece haber otra cosa.

 

 

La Catedral de Cristo el Salvador. Como veis, se trata de una enorme iglesia ortodoxa. Es preciosa por fuera pero, por dentro, aún más magnífica. No nos permitieron sacar fotografías (así que las que veis de interiores las he copiado de un libro que compré para eso) y, como estamos en época de Navidad, había miles de personas paseando por sus rincones, rezando y besando los iconos. Los ortodoxos no tienen bancos ni sillas en sus templos, todo excepto el altar, que está protegido por un espacio rodeado de unas vallas no muy altas, son espacios abiertos. Y en todas las paredes hay imágenes e iconos. Los fieles se acercan al icono que quieren, y desde una distancia muy corta oran. Cuando han terminado, apoyan la frente en la imagen y luego la besan. Vimos a varias mujeres y niñas limpiando con un trapo los cristales que protegen los iconos y los candelabros múltiples en los que los fieles ponen unas velas largas y espigadas para representar sus oraciones.

 

 

Todas las mujeres deben llevar la cabeza cubierta y todos los hombres deben descubrirse.

La catedral tiene dos plantas. En la de arriba está el altar mayor y es todo oros e iconos. En todo el edificio no hay un hueco libre en ninguna pared ni en ningún techo; todo son frescos o imágenes de un tipo u otro. La planta de abajo es azul. Hay azules impregnándolo todo y el espacio es amplio, relajado, invitador. De techos tan altos como los de la parte superior, impresiona su sencilla elegancia.

 

 

La gente no sube la voz, susurra, y se percibe el respeto en cada gesto y movimiento.  Y eso choca porque por la calle los rusos no son precisamente educados. En las colas empujan, dan codazos, no se cortan un pelo. Pero en la iglesia dejan pasar y hasta se apartan y esperan a que los demás hayan rezado. No deja de ser de agradecer.

Algunos iconos resultan llamativos por lo recargado de sus marcos. Hay uno de la Virgen con el Niño totalmente cubierto de perlas. Otros tienen marcos de oro de no sé cuántos centímetros de grosor. Hay cuadros, también, y candelabros. Nos preguntamos qué hicieron todos estos fieles durante el montón de años que la religión estuvo prohibida en el país. Porque los miles de personas que vimos en la catedral representaban a todas las razas y todas las edades. ¿Quién se encargó de mantener el edificio y su contenido?

 

Este icono nos llamó la atención, ¡pobrecito! por lo feos que han salido la Virgen y el Niño. Por otro lado, debe haber de todo, y no sabemos qué representa exactamente.

Un par de días más tarde nos fuimos de museos. Como también las niñas están de vacaciones, elegimos como primer museo a visitar el del espacio que, con el historial aeroespacial de este país, prometía ser interesante. Lo que no sabíamos es que durante la semana de Navidad, que todos los rusos están de vacaciones, las entradas a los museos son gratis. Así que nos encontramos con una cola descomunal que no avanzaba más que de grupo en grupo y nos tocó esperar unas dos horas de pie en la calle. Criminal.

 

 

Pero cuando por fin conseguimos entrar, había merecido la pena. No solo había un montón de satélites y aparatos de verdad expuestos, sino que vimos trajes espaciales, comida para astronautas, autógrafos de los principales cosmonautas, fotos y efectos personales de Gagarin, una réplica de la nave en la que viajó Laika y fotos de la perrita, restos de cohetes que han aterrizado después de sus misiones… y una de las MIR en la que se podía entrar. Alucinante. La única pena es que estaba todo en ruso y no había traducción. Todavía no hablo lo suficiente para entender textos tan complejos así que tuvimos que conformarnos con ver y tocar.

 

 

Lo que más me sorprendió fue el tamaño de las naves. Sí, sospechas que no pueden ser muy grandes, que cuanto menores, mejor, pero tanto… Resultan bastante claustrofóbicas. Y supongo que incómodas, también. Viajar un montón de horas en la misma postura, sin poder moverte, no puede ser demasiado agradable. Seguro, sin embargo, que la emoción y las vistas lo compensan.

Un museo muy interesante e instructivo. Merece la pena.

Os seguiré contando cosas sobre este país pronto.

Un abrazo, J

 

 

Hoy es el último día del año y nos hemos acercado a Moscú a ver cómo lo viven los rusos. Y hemos visto de todo menos de rusos. O si eran rusos, lo eran de origen tártaro (kazajos, uzbekos, etc.) La Plaza Roja y sus alrededores estaban tomadas por los de ojos rasgados, casi al cien por cien hombres, y mayoritariamente vestidos de negro y gris oscuro. Según nos habían avisado, la gente se iba acercando poco a poco a la zona para poder coger sitio para esta noche.  Hemos visto a algunos con la botella de cerveza en la mano y a otros que ya se habían comido los bocatas en algún parque. Y no podían ser más de las 4 de la tarde. Hay anunciadas grandes nieves pero no sé yo…

 

Y hoy nos ha llamado la atención la figura de una estatua ecuestre que hay a la entrada de la Plaza, donde el Kremlin. Hasta hoy no nos habíamos fijado, lo ha hecho mi hija mayor, pero el caballo está aplastando el nazismo con las patas. A sus pies se ve una especie de animal y la cruz gamada de Hitler (bajo la pezuña delantera derecha.) Supongo que será un recuerdo de cuando los aliados ganaron la guerra.

 

 

Luego hemos hecho turisteo. Hemos entrado a GYM, el mega centro comercial de la Plaza Roja, con todas la grandes marcas. Las niñas alucinaban. Estaba de bote en bote y cada tienda era más elegante que la anterior. A mi me gusta su techo de cristal, con el encanto de alguna estación de tren que no consigo recordar. En la planta baja habían instalado un tobogán gigante  controlado por Ded Moroz (Papá Noel) y su ayudante Sniegurochka, ambos vestidos de azul, el color de la nieve.

 

 

Y por fin la he encontrado. Sabía que tenía que existir. Todo el mundo me decía que no, que pedía demasiado, que el tamaño que yo buscaba era imposible, pero ahí está. Claro que no la he podido comprar porque todo en GYM es impensable, pero la semana que viene esperamos ir a Sergiev Posad (ya os contaré) y con un poco de suerte habrá algo parecido. Estoy hablando de una matrioshka gigante, mucho mayor de las que se suele encontrar en los mercadillos, casi el doble de tamaño. Mi hija pequeña cabría en su interior. Me gustaría tener una como estatua para mi casa. No necesito siquiera que se abra y tenga otras menores en su interior. Solo quiero que actúe como decoración en algún rincón escogido.

 

 

Después de las tiendas nos hemos ido a pasear y a buscar algún sitio en el que comer. Por el camino, oh visión, ¡el edificio de la KGB! Sí, la auténtica. No quiero ni pensar todo lo que ha ocurrido en su interior a lo largo de los años, ni lo que tal vez pueda incluso estar ocurriendo en la actualidad. El edificio de la KGB representa tantos libros leídos, tantas historias en papel y en el cine… Siempre lo imaginas, nunca crees verlo en persona. Y aquí está. Existe. Es.

El café ha sido un tanto surrealista también. Hemos entrado en uno de los múltiples restaurantes que se anuncian como cafeterías en Moscú y le he dicho a la camarera que solo queríamos tomar un café, que no queríamos comer. ‘No hay problema,’ me ha contestado. Es decir, que me ha entendido. Pero cuando nos hemos sentado, ha comenzado a desplegar los menús de incontables páginas de platos variados, entrantes, primeros, segundos, postres, bebidas… sobre la mesa. ‘No, que no hace falta,’ le he dicho. Me ha mirado y ha seguido a lo suyo. ‘No, menú no,’ le ha dicho mi marido en un intento por comunicarse. Como si habláramos con la pared. ¡Y luego dicen que los alemanes son cuadriculados! Ella tenía que ponernos los menús abiertos sobre la mesa, dijéramos lo que dijéramos, y así ha sido. Hemos alucinado bastante. No lo conseguíamos entender. Al final, pobre camarera, nos ha dado la risa a los cuatro. Pero es que era una situación ridícula. ¿Dónde se ha visto que le estés diciendo a la camarera que SOLO quieres un café y te despliegue no uno, sino cuatro menús completos de comidas en la mesa? Pues eso, que nos hemos tomado el café y nos hemos ido.

 

 

Moscú tenía magia hoy. No nos la hemos imaginado, mirad las fotos, mirad la luz. Con las calles engalanadas para la gran noche y todo iluminado, invitaba a dejarse llevar. Y eso hemos hecho. Hemos vagado por sus calles, paseado sin dirección determinada, y nos hemos topado con algunos lugares curiosos. Hemos visto un restaurante sobre un lago helado y un paseo con luces multicolores flanqueándolo en toda su longitud. Y el ambiente, ese ambiente mágico, hoy lo impregnaba todo. El colofón ha sido entrar en una floristería y encontrar una planta no mayor que un poto normal con una piña diminuta creciendo entre sus hojas. Será nuestro centro de mesa esta Nochevieja. Algo especial, algo mágico también.

 

¡¡¡ FELIZ 2012!!!

 

Moscú no está vacía

Posted on December 30, 2011 by Julia Esténoz

 

Antes de venir nos dijeron que Moscú está vacía en inverno, que no hay vida, que no hay nadie por la calle, que nadie sale. Pero aquí nos están diciendo lo contrario. Y es también lo que estamos viendo. Aunque haya nieve, las babushkas (abuelas) llevan a los nietos a los parques y a los columpios; el tráfico no cesa y todas las tiendas y restaurantes están a rebosar. Y hoy especialmente. Además del calor relativo que está haciendo (entre 3 y 5 grados) mañana es la fiesta grande de Moscú y viene Ded Moroz (Santa Claus ruso) a traer los regalos familiares, así que las tiendas y las calles estaban imposibles. Y como los locales no son especialmente finos, se abren camino a empujones, empellones y codazos. No, no es el mejor día para ir de compras.

 

 

Aunque no todas las tiendas están así de llenas. Mi marido y yo hemos parado esta tarde en el Crocus Hill Mall, tal vez el más pijo de toda la ciudad, donde abundan las pieles, el diseño, las joyas y las etiquetas con incontables ceros. Hemos visto unos objetos que parecían recipientes para queimada con un cucharón y unas diez tazas a juego que costaban 10.000 euros cada uno. (Dorados y rojos o azules, de lo más rococó.) Hay restaurantes y cafés elegantes y los pasillos de mármol están decorados con modelos de coches exquisitos. Hay plantas, árboles y hasta riachuelos y puentes chinos. Aquí no había grandes muchedumbres, tal vez uno o dos clientes en los establecimientos más afortunados.

 

Pero, cómo serán las cosas, entre tanto lujo, tanta elegancia, tanto dinero, tanto adorno y tanto querer ser, los aseos son los más sucios y descuidados de cuantos me ha tocado visitar por el momento en este país. Y no es que tuviese mala suerte y uno de los cubículos estuviera así por accidente, no, que he tenido que mirar en varios hasta dar con uno en el que me atreviera a entrar. (Visto todo lo que estoy viendo, tal vez debiera escribir un blog monotemático dedicado a los váteres de Rusia…)

Mañana tenemos previsto salir durante el día para ver el ambiente de la ciudad. No sé qué nos encontraremos y está claro que no podremos quedarnos por ahí de noche, ya que nuestra peque es aún demasiado joven y todo el mundo nos ha dicho que puede resultar muy peligroso. Pero alguna impresión sacaremos.

Y os la contaremos, claro.

Un abrazo,

J

5 grados en Moscú

Posted on December 28, 2011 by Julia Esténoz

 

Ayer hablé con un sobrino que está en Pamplona, España y me dijo que estaban a 3 grados. Aquí estábamos a 5. ¡Y esto es Moscú! ¡Y es finales de diciembre! Si cuando yo digo que tengo suerte… Claro que no han podido poner las pistas de patinaje ni hay estatuas de hielo pero yo no seré quien se queje. La nieve se ha quitado de casi toda la ciudad y en la urbanización las aceras y las carreteras están limpias. Ayer por la mañana sí había hielo, y mucho. Era peligroso caminar por las aceras pero, según avanzó el día, desapareció.

 

Y también ayer estuvimos en la piscina de la urbanización por primera vez. Yo no me bañé pero los niños disfrutaron como locos. Resultaba muy agradable estar en el interior en traje de baño y mirar por las cristaleras hacia la calle, toda blanca y fría. Estuvimos solamente nosotros durante toda la mañana, todo un lujo, y luego comimos algo en el restaurante.

Hoy hemos ido a Mega, el centro comercial que tiene la pista de patinaje en el centro. Los niños han patinado y disfrutado un montón. El caso es no quedarnos en casa. Hay que aprovechar que están de vacaciones.

Un abrazo, J

Navidades en Moscú

Posted on December 27, 2011 by Julia Esténoz

 

Aunque no sé si nuestra primera Navidad en Moscú se puede considerar moscovita puesto que pasamos la Nochebuena en la urbanización, crisol de culturas, nacionalidades y países. Y aunque hubiésemos querido, los rusos no celebran la Navidad. Los días 24 y 25 son como otro día cualquiera en este país. Como siguen el calendario ortodoxo, el nacimiento de Jesús es para ellos el 7 de enero. A partir del 31 de diciembre, fiesta grande con celebraciones, cenas, cohetes y juerga, los moscovitas se cogen vacaciones durante toda la semana y, según nos han contado, la ciudad queda desierta, como Pamplona después de San Fermín.

En previsión de una Nochebuena hogareña y tranquila, aceptamos la invitación de unirnos a otras familias que se han quedado aquí (las menos) para compartir esa noche tan especial. Cada uno debíamos llevar algo a casa de unos colombianos. Nos juntamos cinco familias y la noche comenzó picoteando: frutos secos, aceitunas, pulpo a la gallega (cortesía de mi marido), mejillones al vapor (mi contribución) y tomando una sangría que, según todos, me había salido “espectacular”. Aprovecho para contaros algo curioso que hemos observado: no importa cuánto bebamos, nunca sentimos que el alcohol nos afecte. ¿Será por el clima tan seco, por la presión atmosférica? No sé, algo hay, porque lo que en otras circunstancias bastaría para que a mi querido esposo le cambiara el tono de voz, aquí ni se le nota. No sé, no lo he comentado con los demás. Será interesante ver qué opinan…

Después de las “picaditas,” como decía LH de Colombia, y apenas ya sin apetito, pasamos a mayores: pavo a la americana, arroz árabe, langostinos con alioli (no preguntéis quién lo llevó), lomo de cerdo agridulce… hmmmmm. El alioli arrasó. Gustó un montón. Y luego los postres, claro. MS preparó uno con nubes de clara de huevo, melocotón el almíbar, crema y no sé qué más que acabó con todas nuestras defensas anti-comida de finales de semejante cena, y todos volvimos a caer. ¡Qué delicia!

 

Así nos dieron casi las 3 de la mañana. Una noche agradable y festiva, con buen ambiente y experiencia gastronómica. Al volver a casa dando un paseíto, un cielo rojo, ardiente, increíble, parecía reflejarse sobre la nieve que cubría las calles. No sé de dónde salía ese color teja pero le daba un toque mágico a la escena. Y la nieve… despedía destellos como si la hubiesen sembrado de diamantes. Tampoco habíamos visto nunca nada parecido. No era tan solo el blanco proverbial de su exterior, sino que estaba cuajada de puntitos brillantes que hicieron la delicia de mi pequeña, convencida de que había algo en su interior.

 

Y cuando llegamos a casa, ¡oh, sorpresa! Había venido Ded Moroz (Papá Noel en ruso)… y nos había dejado un montón de regalos, a cada cual más grande. El arbolito de Navidad se nos había quedado diminuto a su lado. Como suele ser habitual, hasta los perros tuvieron sus sorpresitas…

Con todo, una noche memorable. Sí, señor.

Al día siguiente, Navidad, decidimos aprovecharnos de que los rusos no lo celebran para ir a comer por ahí. Tiempo habría de acabar con los típicos restos de Nochebuena… Elegimos el restaurante uzbeko en el que yo había estado con mis amigas hacía unas semanas para que mi familia lo conociera. Les encantó. No solo era un lugar preciosos y con una decoración de lo más exótica, sino que la comida no le quedaba a la zaga. El local está situado en pleno centro de la ciudad, rodeado por un pequeño bosque y, para hacer nuestra experiencia más única aún, estábamos comiendo cuando vimos caer uno de los altísimos árboles que nos rodeaban. No fue hasta más tarde que vimos  a los trabajadores que se estaban encargando de él. A primera vista nos había dado la impresión de que caía solo. Impresionante.

Y es que la escena moscovita ha cambiado. Por fin hay nieve acumulada en las calles, o por lo menos en los jardines porque la de las carreteras y aceras la quitan a tal velocidad que ni tiempo da para verla. En la urbanización sí se ve más blanco. Allí a veces te sobresaltas con el pequeño alud que se organiza cuando de pronto se vacían lados completos del tejado como si se cayera una cortina desde el cielo. A mis perros les encanta la nieve, sobre todo al mayor, que se sumerge en la nieve como si fuera agua y hace una especie de ángel canino la mar de divertido. ¡Y pensar que yo estaba preocupada por si tendría frío! El más joven, listo él, se hunde en la nieve cuando está levantando la pata para intentar hacer pipí y acaba con las cuatro patas en las profundidades sin remedio. Por todas partes ves a los adultos tirando de trineos con los más pequeños sentados encima. Es una forma fácil de llevar niños por la calle. Les resultaría mucho más complicado ir caminando. Y los hombres de verde… además de trabajar sin parar quitando nieve, limpiando tejados, cepillando aceras, aspirando rincones… ¡siguen yendo en bicicleta!

Aunque el frío tampoco es para tanto. Sí que alguna noche llegamos a -7 pero eso ya lo habíamos visto en diferentes lugares de España muchas veces. Ayer, por poner un ejemplo, estábamos a  +3. Y esto es Moscú. A mí no me importa. Sigo feliz de que el termómetro se mantenga.

 

 

Mi peque y yo fuimos a hacer la compra a uno de los sitios habituales donde encontré una escalera por la que no había bajado nunca. En lugar de salir por el exterior, decidí usarla. Conectaba la calle con un restaurante que hay en la planta superior. Y me llevé otra de mis sorpresas… Imaginaros una escalera así en Moscú… Los carteles estaban en inglés y otro idioma que parecía portugués. Tres pisos  completos de carteles. Y ninguno en ruso.

Ahora estamos intentando decidir qué haremos en Nochevieja. Aquí es, como ya os he contado, la gran fiesta. Pero nos han recomendado que no nos acerquemos al centro porque hay demasiada gente y podría incluso resultar peligroso. Nos preocupa el perro pequeño porque los rusos se vuelven locos con la pirotecnia y eso le da pavor. No podemos dejarlo solo. Pero igual contamos con nuestra asistenta para que se quede a pasar la noche y cuide de ellos. Eso nos daría libertad para salir. En un principio pensamos ir fuera de Moscú a dormir pero no encontramos alojamiento. Así que ya os contaré qué se nos ocurre al final…

Un abrazo, J

¡Menudo día!

Posted on December 22, 2011 by Julia Esténoz

 

Aver comenzó como un día normal. Teníamos una invitada, una amiga de mi hija mayor, que se había quedado a dormir, así que preparé las cosas del desayuno y me puse a traducir cuando mi marido se marchó a trabajar. Pero las chicas aparecieron demasiado temprano. Resulta que los padres de la amiga la habían llamado para avisarle que iban a venir a recogerla antes de lo previsto porque debían adelantar su viaje a su país para pasar las fiestas porque hay una huelga que amenaza con dejarlos sin vuelo. Así que a apresurarse. Vino la madre en su coche (llevan muchos años en Rusia) y tuvimos la habitual conversación con los de seguridad para que le dejaran entrar en la urbanización. Escollo superado, la amiga se fue a su casa.

Y yo decidí aprovechar para ultimar algunas compras navideñas. Salí con el chófer y nos dirigimos a la zona de tiendas más cercanas. Ayer sí que había nevado y el ambiente estaba bastante invernal aunque, curiosamente, no se sentía frío. Estuvimos todo el día entre 0 y 3 grados, por lo que la sensación térmica no era mala. Pero había bastante nieve y los pies se hundían al pisar la acera.

Llegamos a uno de los centros de tiendas y me dediqué a comprar regalitos, buscar sorpresas y finalmente llenar un carro con refrescos para la cena de Nochebuena que este año compartiremos con otras cuatro familias que se quedan en la urbanización.

 

Había acordado con el conductor que me ayudaría a cargar la compra en el coche porque las latas y botellas suelen pesar mucho. Pero no conseguí encontrar mi teléfono. No estaba en mi bolso ni apareció en los bolsillos de mi abrigo. Pensé que me lo habría dejado en casa, con esta cabeza despistada que a veces tengo. Así que salí con el carro por la nieve, intentando encontrar dónde había aparcado para que me echara una mano. Al llegar a casa comprobé que tampoco estaba aquí. ¡Maldición, lo había perdido! Al repasar la mañana me di cuenta que seguramente se me cayó al salir del coche para ir a la tienda. Y claro, en la nieve y con la gente que había, difícil recuperarlo. Llamamos pero daba señal de ocupado. Volvimos a llamar un rato más tarde y seguía dando la misma señal. No puedo estar sin teléfono. Había que comprar uno nuevo.

Llamé de nuevo al chófer, que se había ido hasta la tarde, y le dije que tenía que volver después de comer para ir a comprar un aparato nuevo. Más vale que tengo los conductores que tengo. De camino a la tienda consiguió que la empresa de telefonía diera de baja la tarjeta SIM vieja y me prepararan una nueva con el número de siempre. Nos fuimos al centro, a las oficinas principales, a recoger la tarjeta. Y al salir, a punto de entrar en una tienda a comprar el aparato nuevo, sonó el del chófer. Era mi hija mayor.

No le entendía nada. Estaba nerviosa y, según supe después, asustada. Un perro había atacado a los nuestros y el pequeño estaba sangrando nada menos que de un ojo. Ni teléfono ni nada, claro, a todo correr de vuelta a casa. Al llegar me contaron que un perro grande que también vive en la urbanización atacó primero a mi perro más viejo. Partió el bozal y le atacó. Cuando consiguieron separarles, mis dos perros se enzarzaron un poco, seguro que por la tensión, y así se hizo la herida el otro sobre el ojo. Les miramos con calma. Además de la herida del pequeño en el ojo, el mayor tenía una dentellada en el cuello, con el agujero del diente claramente visible. Llamamos al veterinario. Nos dijo que fuéramos a una clínica cercana de urgencias. Subimos a los dos animales al coche y allá que fuimos. Al mayor le tuvieron que afeitar y poner una grapa y a los dos les cubrieron las heridas con un espray de aluminio color plateado que los ha dejado totalmente decorados. Y todo eso en ruso, claro. ¡Pobrecitos míos!

 

 

Agotada, acabé totalmente exhausta. Luego tuve que preparar la cena. Mi marido llegó especialmente tarde y los perros estaban los dos alterados, muy tristones y aún más pegaditos a mí de lo habitual.

 

Obviamente, me compré un teléfono nuevo. Paramos de camino a casa después del veterinario. No debo estar sin móvil, con todo lo que me pasa, ¿no os parece?

Y hoy me he levantado como siempre, temprano. Es el cumpleaños de la mayor y he intentado aprovechar el rato para envolver regalos. Me he encerrado en mi despacho y empezado a preparar paquetes como una loca. En pijama. Con un café junto a mí. Y de pronto ha sonado el teléfono. ¡Mi profesora de ruso! Se me había olvidado por completo que tenía clase. A correr otra vez. Ducha supersónica, ropa… la primera que he pillado, y a intentar centrarme en la lección. Ahora está dándole clase a la pequeña. Como también ha madrugado, yo solo he hecho la mitad del tiempo previsto y le he dejado a ella la otra mitad. En ese rato he preparado el desayuno especial de cumpleaños y en unos minutos empezaremos las celebraciones. Sí que comienza otra vez bien el  día…

Sin embargo, espero que acabe mejor de lo que ha empezado. Mi marido se ha cogido fiesta y nos iremos por ahí a comer y a hacer algo (aunque aún no tenemos muy claro qué.)

Un rato más tarde… Son casi las diez de la noche y acabamos de llevar a casa para llevarnos una sorpresa agradable… pero empiezo por el principio.

 

Nos hemos ido a Moscú a celebrar el cumple de la mayor (otra vez). Quería comer en el Hard Rock Café pero había tanto tráfico que solo hemos conseguido llegar hasta la calle donde está a eso de las 3 de la tarde. Como ha nevado bastante, varios camiones se habían quedado atascados. Las ruedas giraban sin agarrarse al asfalto y no se podían mover. Así que el atasco era importante. Además, había varias calles con el tráfico totalmente detenido porque iba a pasar algún político. Tienen la costumbre de cortar el tráfico el tiempo que haga falta si va a pasar Putin o cualquiera de su gobierno, por lo que es normal encontrarse con esperas de varias decenas de minutos. (Sí, ya sé, sin comentarios…)

Al final hemos llegado a la calle Arbat, zona comercial y de tiendas y restaurantes, a donde pretendíamos dirigirnos. El ambiente era genial. A pesar del montón de nieve acumulado en las calles, había gente por todas partes y las tiendas y restaurantes estaban llenos. Por cierto, ahora entiendo por qué las carreteras están tan limpias. Aunque hemos visto quitanieves, tan solo se limitan a apartar la nieve a un lado de la carretera para prepararla para la siguiente máquina: una aspiradora de nieve. Sí, en serio. Aspiran la nieve de los lados de las carreteras y se la llevan a algún otro sitio en camiones. Por eso no hay nieve en las carreteras. Increíble. También tienen una especie de mini-tractores con cepillos de cerdas ultraduras para cepillar las aceras y acabar de quitar los restos de nieve tras las palas. Igualito, igualito, ¿verdad?

 

 

Bueno, a lo que íbamos… hemos llegado al Nuevo Arbat y decidido comer en un japonés para no retrasarlo más. Luego nos hemos ido a dar un paseo por el Viejo Arbat, una calle peatonal comercial donde se acumulan las tiendas de recuerdos y alguna que otra galería. Todo estaba precioso, lleno de nieve y luces navideñas. Ha sido una tarde de lo más agradable. Y cuando íbamos de vuelta al coche, he visto algo que nunca en mi vida había visto antes: una mendiga pidiendo dinero a la vez que leía un libro!!! La mendiga culta. ¿Y por qué no? Saber leer no es óbice para quedarse en la calle, supongo. Pero me ha chocado mucho.

 

Por cierto, que he vuelto a encontrarme con los váteres dobles en el restaurante japonés. Y no, no son los mismos que los de la última vez porque aquellos estaban en un café del centro, cerca de la Plaza Roja. He preguntado a los camareros si sabían por qué  había dos tazas en cada cubículo y me han dicho que era una cuestión de diseño (!?!?!) Algo así debe de ser, y por fuerza ha de tratarse además del mismo diseñador, ya que hasta el papel de la pared era igualito al del otro café… No sé, será que aquí los diseñadores de interiores son pocos y no quieren romperse mucho la cabeza imaginando nuevos diseños…

 

Y ya nos hemos venido hacia casa. Donde nos hemos encontrado con la sorpresa que os he comentado antes. Nuestra nueva ama de casa, Gema, una filipina encantadora, nos ha preparado un menú completo para cenar y festejar el cumple de la mayor. Ha comprado los ingredientes, ha cocina y hasta nos ha dejado las instrucciones sobre cómo comerlo. Una pasada. Y además estaba buenísimo: pasta con pollo y verduras, rollitos con salsa agripicante y flan de canela. Hmmmmmmmmmmmm, una delicia. ¿Qué más se puede pedir?

Así que ahora me voy a acostar. Misión de cumpleaños cumplida. Mañana empezamos a preparar Nochebuena.  Os seguiré contando.

Un abrazo, J

Es fácil

Posted on December 20, 2011 by Julia Esténoz

 

Ayer la puerta de mi casa estaba así a las 7 de la mañana. Había nevado con ganas durante la noche. En otros lugares del mundo donde he vivido, esto habría paralizado la ciudad y habría provocado unos problemas muy serios de tráfico y movilidad. “Ya verás ahora,” recuerdo que pensé. “A ver cómo hago para salir de casa, ir al cole, de compras… en fin, todo lo que me espera esta mañana.” Karina estaba entusiasmada porque se podría llevar el trineo al cole y jugar con sus compañeros en el patio durante el recreo. A mí no me hacía tanta gracia.

 

Pero, cuando me preparaba por fin para salir tan solo un par de horas más tarde, abrí la puerta y me encontré una muy agradable sorpresa.  Ya habían pasado los Hombres de Verde y en la acera no quedaba nada de nieve y se podía caminar sin ningún tipo de problema. Cuando más tarde fui al centro, las carreteras estaban totalmente limpias, al igual que muchas de las aceras, y no me encontré con un solo accidente. De hecho, vi unas cuantas máquinas limpiando todo tipo de vías con cepillos gigantes, palas y otros muchos instrumentos. Claro, así da gusto. Si en los otros lugares hubiesen contado con esos medios, menos caderas rotas habría.

 

Y ayer también me llevé  otra agradable sorpresa. Una de las vecinas latinas de la urbanización vino a verme por la tarde para regalarme un pastel de calabaza que le había pedido a un amiga americana que preparara para mí porque sabe cuánto me gusta y el tiempo que hacía que  no comía uno de verdad. Qué detalle, ¿no os parece? Está de muerte, dulce, suave, con una masa que se deshace en la boca y un sabor único que no tiene ningún otro pastel en el mundo. Mi amiga me había dicho que la repostera es famosa por aquí por la calidad de sus tartas y la verdad es que no creo haber probado una tan buena jamás. Hmmmmmmmmmmm

Hoy he estado ayudando en el cole de la pequeña. Junto con otras tres madres, dos rusas y una búlgara, hemos tenido que preparar y organizar un bingo navideño para los niños. Nos entregaron un fichero con los “cartones” que debimos imprimir y plastificar. Y hoy hemos tenido que jugar y cantar las ilustraciones (porque en lugar de números tiene dibujitos de Navidad.) Algunas empresas de padres habían donado regalos, desde camisetas y pequeños juguetes a dos cámaras de fotos y dos teléfonos móviles, así que parecíamos Papá Noel. Ha sido genial que después se nos acercaran varios peques a darnos las gracias y decirnos que se lo habían pasado bomba jugando, incluso aunque no hubiesen ganado ninguno de los regalos grandes. Todos se han llevado algún premio de consolación. A mí me ha servido, también, para conocer a algunas rusas del vecindario con quien espero seguir profundizando.

Y así, poco a poco, nos vamos contagiando del espíritu de la Navidad (que aquí no se celebra).

Hasta pronto. Un abrazo,

JPosted in Uncategorized | Comments Off | Edit

Culturas…

Posted on December 18, 2011 by Julia Esténoz

 

Ayer salimos a celebrar el 16º cumple de mi hija mayor. Como le encanta la música, optamos por ir a cenar a un Jazz Bar donde iban a tocar y cantar en directo. El lugar estaba lleno, sin una mesa libre. La comida no fue especialmente suculenta pero se dejaba comer. Tuvimos que pagar una entrada cada uno y luego la cena, claro. La mesa que nos tocó estaba a tres del escenario pero muy centrada, así que se oía y veía perfectamente. El grupo de ayer estaba formado por tres músicos rusos y una cantante estadounidense: Zenia McPherson. El primer número fue musical. Al piano estaba una rusa alta, rubia y flaca, de larga melena rubia y un floripondio negro horrible con plumitas del mismo color sobre uno de los lados de la cabeza. No me extraña que esté tan delgada. Era pura energía. Tocaba el piano y se movía toda ella, se le hinchaba la vena del cuello y no dejaba de tararear, incluso en voz alta, acompañándose mientras hacía música. Nos dijeron que se llamaba Natalia. Al contrabajo estaba un chico joven con visera a lo yanqui y a la batería el jefecillo del grupo, con gorro tipo mafia italiana del Nueva York de los cincuenta. Tocaban con ganas, con gestos, con sentimiento… pero el público no se movía. Sí, aplaudían cuando se acababa un tema o cuando Zenia, la cantante, toda expresividad, nos animaba a reconocer así el trabajo de alguno de sus compañeros. Pero en mi mesa yo movía la cabeza, las manos, los pies al compás, mientras mi hija y mi marido hacían lo mismo. Éramos los únicos. Nadie seguía el ritmo con ningún movimiento. Todos estaban sentados educadamente, escuchando, sin menear una pestaña.¿Cómo se puede escuchar esa música, esa marcha, y no dejarte llevar ni un poquito?

Además, Zenia era todo lo contrario. Bailaba, gritaba, aullaba, se movía como solo los negros saben hacerlo y se reía, ponía morros, balanceaba la cabeza de un lado al otro siguiendo el ritmo de sus compañeros, aplaudía… no estaba quieta ni un minuto. Y los rusos la miraban. Y al final le aplaudían e incluso oí algún que otro “bravo.” Pero no se movían.

 

Y sin embargo les gustó. Porque se acabó y no dejaron de aplaudir rítmicamente hasta que consiguieron un bis.

No sé cómo serán los rusos en las discotecas. ¿Bailarán? Está claro que la movilidad o no movilidad en este tipo de situaciones es cuestión cultural. Tendré que salir más de juerga para descubrir otras peculiaridades.

La que ya vamos conociendo poco a poco es la de los baños de señoras (porque a los de hombres no entro, gracias) y sus curiosas decoraciones. Los hemos visto para todos los gustos: con dos tazas de váter en un solo cubículo, una frente a otra, con luces rojas que más parecían prostíbulos que retretes, con decoraciones parecidas a las mil y una noches… Y ayer me llevé otra sorpresa. Cuando bajé a los aseos en el Club de Jazz me sorprendió el indicativo de cuál era cuál en la puerta. El de hombres era un tradicional sombrero de copa con un bastón. Pero el de mujeres…

 

¿Un abanico? No sé de dónde habrán sacado la idea pero está claro que los rusos nunca llegaron a conocer a Locomía.

El caso es que el Club estuvo bien. Según leímos en internet (no sé cómo podíamos vivir sin internet hace unos años) se trata del principal club de jazz del país, y a él vienen a tocar todos los grandes. Es un sitio a tener en cuenta y seguro que lo visitaremos más de una vez. Eso sí, lo de la cena habrá que pensárselo dos veces.

 

La buena noticia del día… El cachorro, Pushkin, se ha ido ya a su nueva casa con su nueva familia, formada por los padres y tres niños. Creo que van a ser muy felices, sobre todo la peque, que tendrá unos 3 años y se enamoró de Pushkin ya un día que nos vio en la puerta del colegio. Es exactamente el tipo de familia que yo quería para el enano. ¡Qué bien!

Y ahora os dejo, que me tengo que ir de compras.

Un abrazo, J

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Uzbeko

Posted on December 17, 2011 by Julia Esténoz

 

Hmmmmmm. Mi marido todavía lo está disfrutando. Hoy nos hemos acercado un momento a recoger unas alcachofas por el mercado y hemos decidido comprar algo de pan. Yo había ya estado en la tienda pero no me había fijado que allí mismo tienen el horno. Se trata de pan uzbeko. ¿Veis el horno redondo en el suelo? Hacen el pan allí y lo venden recién hecho.

 

Son hogazas redondas, como las de las fotos, y están de muerte. ¡Qué cosa más rica! El panadero se sube literalmente en el horno para meter la masa dentro y luego sacarla. Es un plan blando, sin corteza y muy, muy tierno por dentro. La masa se deshace al masticarla. Una delicia.

También venden una especie de empanadillas casi tan grandes como esas hogazas pero rellenas de multitud de cosas diferentes: cordero con verduras, queso, pollo, frutas diversas… Y todo con especias diferentes. Están muy buenas.

Todo un descubrimiento fortuito el de esta mañana, pero que seguro que aprovecharemos en el tiempo que pasemos en Moscú.

Un abrazo,

J

 

Un poco de todo

Posted on December 16, 2011 by Julia Esténoz

Hay manifestaciones en Rusia. Como las hay en Madrid, en Nueva York y en casi todo el planeta. Aquí se supone que protestan por la falta de claridad y transparencia en las últimas elecciones. Y claro, es que se juegan mucho, porque las presidenciales son en marzo, en unos pocos meses. Ayer también salió en la prensa que se presenta a esas elecciones un magnate de los negocios de este país, en teoría para competir  contra Putin. Pero hasta los más optimistas le dan pocas probabilidades de llegar, no al gobierno, sino a ningún sitio. Hay partidos aquí que llevan años luchando por que les permitan ser oficiales y que se les considere legales, pero las autoridades siempre encuentran una excusa para no legalizarlos, sobre todo si son de la oposición al presi. Y no me extraña… con la burocracia tan endiablada de esta tierra, seguro que hay mil y una triquiñuelas a las que agarrarse. Pero si para cambiar a mi peque de colegio hemos tenido que firmar no sólo el contrato por el que la admitieron originalmente en la escuela en la que está, sino otro papel diciendo que hemos pagado lo correspondiente, un segundo diciendo que estamos contentos con los servicios que nos han prestado por ese importe, un tercero solicitando que se le dé de baja y aún falta otro para confirmar que la damos de baja. Y esos son los que sabemos. Seguro que nos aparece otro papelito más que firmar más adelante, ya os lo contaré.

 

En la urbanización tenemos servicio doméstico. Está casi totalmente dominado por mujeres filipinas que han dejado a sus familias en sus países porque el sueldo aquí es cuatro veces lo que podrían cobrar allí. Pero las condiciones son bastante precarias. Conseguir un visado es harto difícil y con frecuencia caen en manos de mafias que les engañan, les roban y les colocan en una situación de riesgo de ser deportadas y no poder volver a entrar en el país. La nueva chica que vamos a contratar nosotros pasó por eso. La engañaron, la robaron y fue a la policía. Ahora tiene un documento que dice que su visado se está tramitando. Pero tiembla cada vez que ha de salir de la urbanización porque la policía no les tiene demasiado cariño y les para para pedirles los papeles cada 2 x 3. “Mi filipina” (como se suele hablar aquí) tiene dos peques, niño y niña, y lleva dos años sin verles en carne y hueso. Sí, hablan por skype todo lo que pueden pero imaginaros crecer con una madre virtual. ¡Qué vidas! Y eso que ella tiene suerte. La jefa que tiene ahora le ha dado el dinero para que pueda viajar a su país en Semana Santa. Es un regalo porque estaba muy contenta con ella y sentía, como yo, que no deberían ser las cosas como son. “Mi filipina” se supone que se encarga de llevar mi casa al completo: limpia, lava, plancha, cocina e incluso hace la compra. Pero ya me conocéis, yo no suelo dejar que me lo hagan todo. Por ejemplo, me gusta cocinar, así que probablemente siga haciéndolo siempre y cuando tenga tiempo. Claro que no puedo hacer demasiado en cuestiones de limpieza por mis problemas de espalda, pero eso no quita para que me tumbe a la bartola, a ver a otra persona hacer. Últimamente me llaman de continuo del cole de la mayor para que eche una mano cuando algún profe está enfermo, así que me vendrá muy bien contar con ella. Y adora los perros. Su jefa actual tiene dos y eso me garantiza que sabe de qué estamos hablando con los míos. ¡Menudo descanso!

Por eso estoy tan sorprendida por la llamada de ayer. Una mujer me envió un mensaje diciéndome que estaba interesada en el cachorro. Hemos quedado en unos minutos. Pero sí, es filipina. ¿Para qué querrá el perrito? Hmmmm, lo he buscado en internet y en su país también se come ese tipo de carne. No quiero ser mal pensada pero no creo que una asistenta de hogar pueda querer complicarse la vida con un perro, sobre todo conociendo las condiciones en las que están en este país. Tendré que esperar y ver qué me cuenta.

Anoche vino también la veterinaria a echarle un vistazo al pequeñajo y nos confirmó que tiene unos tres meses. Vamos, un bebé. También dijo que está muy sano y que le parece tan especial como a mí. A ver si por esas me ayuda a buscarle una familia adecuada para él.

 

Y anoche pasaron más cosas. No os he contado hasta ahora porque todo está pasando muy rápidamente pero bueno… os cuento ya. Hará unos diez días recibimos un mensaje de la redactora de la revista social de la urbanización informándonos que un grupo de cuatro o cinco adolescentes encapuchados habían atacado y golpeado a un niño en una de las calles del complejo. A los dos días nos remitió otro mensaje la gerencia explicándonos que los empleados de seguridad habían sido informados aquella misma tarde y que, al no salir ninguna persona con esa descripción por ninguna de las cuatro puertas de acceso, habían llegado a la conclusión de que los matones residen aquí. Unos días más tarde hubo un segundo ataque. Los encapuchados no solo iban con las capuchas puestas sino que llevaban máscaras y no hablaban para que no se les reconociera. Los detalles que se filtraron esa segunda vez resultaron bastante más preocupantes. Y anoche nos convocaron a una reunión en el restaurante. La gerencia nos explicó lo que os acabo de contar y dijo que han comprado nuevas (y mejores) cámaras de seguridad y han contratado a una segunda patrulla para que recorra las calles de la urbanización. La reunión se alargó  bastante. La gerencia bla, bla, bla, pero sin propuestas en firme. Ni siquiera se ha recurrido a la policía porque según dijeron, textualmente, eso sería “como abrir la caja de Pandora.” Los padres de los niños atacados, e incluso una de las víctimas, estaban allí. Se habló de una posible rencilla entre adolescentes del colegio americano y del británico, ya que los dos pequeños (10-12 años) son del primero. Pero también se oyeron voces quejándose de que realmente no se había hecho nada porque tal vez los atacantes sean hijos de mafiosos rusos y la gerencia no se puede meter con ellos. Hmmmm. Un representante de una empresa privada cuyo nombre no quiso mencionar (aunque todos supusimos que representaba a la embajada de EEUU) comentó que sus propios servicios de seguridad están ya implicados y no van a dejar ninguna piedra sin mover. Añadió el número de familias de su “empresa” que residen aquí y aseguró que, si no se resuelve de inmediato, empezarán a marcharse. De hecho, ya ha prometido que no vendrá ninguna familia nueva hasta que no haya total garantía de seguridad. Gran lucha de poder: la gerencia no se atreve a hacer gran cosa, mucho ruido y pocas nueces, y los habitantes nos negamos a dejar que el terror reine en las calles. El motivo principal de residir aquí es precisamente que creíamos que nuestros hijos estaban seguros para poder salir solos a la calle. Así que no sabemos qué va a ocurrir. Ya os contaré.

Y hoy ha venido Santa Claus al cole de la urbanización. Pero ha sido una visita bastante deslucida. Venía acompañado de sus elfos y se suponía que llegarían, como otros años, en el trineo tirado por caballos. Esto es lo que ha llegado:

 

Como no hay nieve, hasta Santa Claus ha tenido que improvisar. Este año no hay trineo. Ni pistas de patinaje, ni ríos helados, ni figuras de hielo… Es una pena, y eso que yo estoy encantada de esta ola de “calor” que estamos padeciendo…

No hay nieve pero tampoco es que haya mucha luz. Hoy he salido a las 9 para ir al cole a ver llegar a Papá Noel y este era el panorama:

 

 

 

Un poco triste, la verdad. Luego se ha pasado todo el día lloviendo. Más que lloviendo era calabobos o txirimiri, vamos esa llovizna tonta que parece que apenas llega al suelo pero acaba dejándote empapado. ¿Y esto es Rusia? Esperábamos estar ya a -10 por lo menos…

Bueno, se acabó por hoy. No porque no tenga más que contaros, que hay siempre mil cosas, sino porque es hora de hacer la cena.  Un abrazo,

J

 

Tan ocupada…

Posted on December 10, 2011 by Julia Esténoz

 

No,  no me he olvidado de vosotros es que no llego a todo. Me dijeron que en el colegio de mi hija mayor (que ya a partir de enero será el de la mayor y el de la pequeña) necesitaban ayuda para la sustitución de profesores cuando se pusieran enfermos los titulares. Con mi experiencia, pensé que bien podía ayudar, así que allá me fui y rellené los papeles. Me ofrecí como sustituta de español y alguna cosilla fácil que pudieran necesitar. ¡Corcho, sí que estaban necesitados! Desde que presenté los papeles hará cinco días, ya he trabajado tres. El primero fue sustituyendo al profe de humanidades de 7º durante hora y media, toda una clase sobre las cruzadas. Pero tuve suerte y fue un buen chico y me dejó la lección preparada al dedillo. Allí me veis, con 19 chavales de 12 años, contándoles qué decía el Papa Urbano para reclutar cruzados “voluntarios”. Vimos un trozo de peli, leí un  texto en voz alta, hicimos ejercicios, empezaron un control, resolví sus dudas, vamos, una clase en toda regla. Pero parece que a los chicos les gustó. Alguien le dijo a mi hija mayor después que no les importaría que fuese su profe titular yo.  Como se suele decir, me alegraron el día.

Y ayer y antes de ayer he estado sustituyendo a una ayudante de segundo de primaria. Se supone que ayuda a dos profesoras diferentes y tenía que estar saltando de un aula a otra según una especie de horario. En realidad, una de las titulares era muy maja y me pedía que le echara una mano en llevar y traer a los niños o que les acompañara al comedor, pero la otra… la otra no sé cómo puede dar una clase sin ayuda. Hice docenas de fotocopias, imprimí y recorté fotografías, mandé encuadernar libros, acompañé a los niños, recogí a los niños, atendí a los niños, preparé material para varias actividades, recogí material desde diferentes esquinas del colegio, leí un cuento en voz alta para los peques, les llevé al patio, les vigilé, les atendí… Y la profesora se quedó sin nada que mandarme. El cuaderno en el que anotaba todas mis “instrucciones” se quedó sin tareas pendientes. ¡Qué petarda! Y además le roba horas a la otra titular. Se hace la sueca con el horario y la primera se queda sin ayudante. Pero si el segundo día le tuve que decir que me iba a comer…  Según el horario de la asistenta, mi comida era de 12.50 a 13.35. Pues no quería que me fuera hasta la 1. En fin, una de las que hay en todas partes. Pero también tuve mis recompensas. Cuando me pidió que leyera el cuento en voz alta (un rollazo sobre máquinas sencillas, ruedas y engranajes), varios niños y niñas se sentaron junto a mí en el suelo y se me abrazaban a las piernas o intentaban darme la mano. Casi al final del segundo día, la profesora necesito-que-me-lo-hagan-todo, al ver que uno de los niños que se había venido a sentar junto a mí era Tom, me llamó a parte y me dijo que se trata de un peque muy necesitado de atención porque su madre les ha abandonado y el padre está siempre en el extranjero, que si no me importaría irme con él a dar un paseo para hacerle caso. Así que ahí me tenéis, dando vueltas por el cole con el niño de la mano, sin parar de charlar. Ya veis que hasta en los entornos más acomodados los hay con necesidades básicas. Pobrecito. Es un encanto de chaval de enormes ojos negros.

O como otra niña de la otra clase que el primer día se pegó con dos niños durante el recreo en el que les tenía que cuidar yo. Cuando al final la castigué a que dejara de “jugar” unos minutos, me montó tal pataleta de gritos, lloros y “me quiero ir a mi casa” que cuando sonó la campana para volver al aula se negó a levantarse del suelo. Cuando conseguí convencerla y hacer que anduviera para reunirse con sus compañeros me contó que nunca jugaba con nadie, que no la querían, que a ella nadie la invitaba a ningún cumpleaños, que siempre estaba sola, etc. La jefa de los cuidadores de aquel día me dijo que tenía que informar a la profesora titular de lo que había pasado en el patio. Sí, se lo dije, pero también le dije que la niña ya había recibido su castigo. Al día siguiente, durante el recreo, no se peleó con ninguno y jugó sin mayores problemas. Cuando la felicité por no pegarse y saber jugar bien, se hinchó como un pavito. Y cuando lo mencioné delante de la profesora, creo que creció un par de tallas. Lo dicho, que tener una buena situación o posición no siempre da la felicidad.

Y claro, he acabado agotada. La jornada completa es de 8 a 4. Creedme, a las órdenes de la petarda solo pude parar esa media hora para comer. El resto del día fue más intenso que cuando trabajaba de verdad.

 

Por eso no os he escrito antes. Me levanto a las 6 o antes y no encuentro el rato de sentarme a escribir. Además, aquí sigo, con el cachorro en casa. Hemos puesto anuncios por todas partes y yo se lo he comentado a todo aquel que conozco, aunque solo sea de una vez. Hay un par de familias interesadas pero los papás no acaban de decir que sí. Por lo que aún tengo la vida un pelín más complicada de lo habitual. El cachorro (al que llamamos Pushkin mientras tanto) es un cielo, inteligente y súper cariñoso pero no doy más de mí. Está en nuestra casa desde hace una semana porque mi vecina no podía con él y sus tres hijos (normal, supongo) así que bueno, qué le vamos a hacer. Eso me pasa por no tener más sangre fría.

 

Lo peor es que el enano es un verdadero Houdini. Intenté que se quedara en la cocina para que no me destroce la casa… todos sabéis cómo es un cachorro. Así que aproveché la puerta “antibabies” que había instalado allí para evitar que saliera. Pero qué va. El hueco que queda en una de sus esquinas es suficiente para que se escurra por ahí. Así que llevo días inventándome barricada para evitar que salga. He puesto el cubo del pienso de los perros, un cubo de basura industrial que pesa unos cuantos kilos… lo empuja con la cabeza hasta que consigue arrastrarlo lo suficiente para escapar. He puesto unas bandejas que tengo con cebollas, patatas y ajos… que me encuentro por toda la cocina cuando consigue tumbarla y escapar. He puesto las sillas de la cocina… sobre las que trepa y salta fuera. He puesto… qué no he puesto. Hasta que se me ocurrió atar la bandeja de las patatas y ajos a la puerta antibabies. Así ya no la podía empujar. ¡Qué bien! pensé. Ya está. Ya no se puede escapar. Y recuerdo que subí al dormitorio, donde apareció un par de minutos más tarde. Es imposible, si no puede haberlo roto… qué va. Lo que hace es saltar la valla por encima. No me preguntéis cómo, ya que es el doble de alta que él pero lo hace. Y se lo pasa bomba haciendo caer las decoraciones del árbol de Navidad.

En fin, ya os seguiré contando.

Un abrazo, J

Viejas historias

 

Posted on December 3, 2011 by Julia Esténoz

En un blog anterior (que tuve que dejar de utilizar por los problemas que me daba) os conté una cuantas curiosidades que los lectores de éste posiblemente no conozcáis. Como la existencia de Pepa Pepova. Pepa Pepova es uno de los habitantes de nuestra urbanización que más fascina a adultos y niños. Se trata de una liebre gigante. Todavía no he conseguido fotografiarla con claridad pero han sido muchas las veces que me la he cruzado en alguno de los céspedes que rodean mi casa. No solo llama la atención su enorme tamaño (la hija de una amiga la confundió con un canguro) sino que no parece tenernos ningún miedo. El primer día pensé que tal vez se tratara de una mascota pero no. Es una vecina más de la urbanización. Las dificultades para retratarla vienen de que suele salir justo antes de amanecer y de noche. Es difícil verla de día, aunque no imposible. Así que suelo recorrer las calles que rodean mi casa cámara en mano, por si tuviera la suerte de poder captarla y mostrárosla.

 

Otra de las cosas que llama la atención a los neófitos son estas gigantescas estructuras de metal que brotan en mitad de las calles de las ciudades. Nosotros las conocíamos de Kazajstán. Son los conductos del gas. Rusia tiene calefacción y agua caliente estatales. Todas las casas reciben el suministro excepto durante dos semanas al año, en verano, en que se turnan para desconectarlo y proceder a limpiar esa zona de las tuberías. Las malas lenguas comentan que son quincenas en las que los habitantes locales aprovechan para evitar las duchas y se limitan a una limpieza del todo superficial. Las casas nuevas o de lujo empiezan a incorporar calentadores individuales para evitar esa incomodidad veraniega. Es cierto, además, que el sistema de calefacción es extremadamente potente en la zona. Uno no puede entrar a ningún sitio sin comenzar a quitarse la ropa con rapidez porque el calor interior es solo comparable al frío exterior. En los centros escolares, por ejemplo, los estudiantes van en camiseta e incluso pantalón corto.

 

Mi hija pequeña me preguntó qué eran. “Fábricas de nubes,” le contesté. Y me creyó. No me extraña. Con su edad yo también me habría creído. Otra de las curiosidades de esta gran ciudad es topar con fábricas construidas en mitad de la ciudad, entre rascacielos y edificios de pisos, entre tiendas y avenidas. Y no solo las hay de nubes, también de productos varios. Y aún ayer mi hija  me preguntaba, “¿y para qué querría alguien fabricar nubes?” ¡Bendita ingenuidad! Un día de estos se lo tendré que aclarar pero me encanta dejar que su imaginación vuele y no limitarla a lo cotidiano y obvio. ¿Seré mala madre?

Dicen que Moscú es una gran capital cultural. Y sí, es cierto que todos los grandes conciertos vienen aquí, por ejemplo, y que hay museos y espectáculos en cada esquina. Pero también lo es que la mayoría de la población no podrá acceder nunca a ellos. Hace unos días intenté buscar entradas para ver alguna función en el recién restaurado Ballet Bolshoi. Cuando había alguna disponible los precios más económicos no bajaban de 250-300 euros. ¡Como para ir una familia de cuatro! Y ya por curiosidad busqué otros planes… los precios no eran menores. ¿Cómo puede estar todo lleno, todos los días? No sé, tendré que encontrar la forma de que me las regalen o ver si hay, como en otros lugares, chollos de última hora o algo. De poco me sirve que todos los grandes vengan a Moscú si son inalcanzables.

Y eso es todo, amigos… por hoy.

Un abrazo, J.

 

No cambiaré, no.

Posted on December 2, 2011 by Julia Esténoz

Ya lo siento, pero soy así. Lo hacía cuando era niña, y a mi madre se le ponían los pelos de punta, y lo sigo haciendo hoy. Lo hice en Polonia, en España y lo sigo haciendo aquí. No lo puedo remediar. Me supera. Y mi marido me va a matar.

En los bosques que rodean nuestra urbanización hay muchos perros salvajes. O eso nos han contado. En las naves de los polígonos se ven muchos de razas mixtas y gran tamaño que supongo que se utilizan como guardianes. Un vecino nos dijo hace poco que salió a pasear con su perro por el bosque junto a nuestras casas y se encontró con una verdadera jauría. Cuando ya se había hecho con un palo grueso y creía que se le avecinaba una gorda, oyó un silbido. De entre las sombras de los árboles apareció un ser (todavía hoy no sabe si era hombre o mujer, joven o de más edad) que con una palabra seca consiguió que todos los perros desaparecieran. Mi vecino cree que se trataba de alguien sin hogar que vive en el bosque.

Hoy he ido a una tienda en busca de clavos. Como estaba alejada y el camino era poca carretera, no se veía un alma. En el trayecto he visto un cachorro de pie junto al asfalto. Y me ha mirado. Y la he fastidiado. ¡Qué ojos de pena! He llegado a la tienda, no he encontrado los clavos y , de vuelta, allí seguía el enano, con su mirada perruna. Y, claro, he parado. Y se me ha tumbado. Y lo he cogido. Y se me ha dormido en brazos en el coche. Y mi marido me mata!!!

 

¿Cómo lo voy a dejar? No solo lo van a atropellar sino que, si sobrevive, se morirá de frío y de hambre. Así que lo he metido en el garaje y he llamado a una conocida que tiene dos perras, una recogida de la calle. Como mi mañana estaba más llena que la del propio Putin, se ha ofrecido a quedarse el cachorrito en su casa mientras yo hacía todas mis cosas. Ahora está en casa de otra vecina y tengo a toda la urbanización buscando un nuevo hogar para el peque. ¡Si es que me meto en cada lío! Pero creedme, es un perro especial. He recogido muchos en mi vida, como os decía antes, y no me suelo equivocar. Este también tiene “alma”, algo especial, que hará que sus dueños sean muy, muy felices con él. Cuando se encuentren, claro.

Pero no puedo, me supera. Soy incapaz de dejar en la calle a la criatura. Mi amiga me decía que tengo que aprender a mirar hacia otro lado porque aquí hay muchos así. Pero también los había en Madrid y los que recogí resultaron especiales. Nunca hubo ninguno que diera problemas o no acabara brindando una felicidad singular.

En fin, que si queréis un maravilloso cachorrito solo tenéis que venir a buscarlo. Por mí, encantada.

Un abrazo, J

 

Pues no es tanto el frío…

Posted on November 30, 2011 by Julia Esténoz

 

Hoy he ido al colegio de mi hija mayor para una reunión de padres. Serían las 9 de la mañana. Por el camino  más corto (donde menos tráfico hay) debo cruzar un puente. El agua estaba congelada. Más que hace una semana. Hoy no había patos sobre el hielo. Pero tampoco hace tanto frío. Hace un par de semanas que no pasamos de los 3 grados. Tampoco bajamos durante el día del -1, así que no está tan mal… si tenemos en cuenta que escribo desde Moscú y mañana es 1 de diciembre. Los rusos se están empezando a poner nerviosos. Dicen que no hace el frío suficiente. ¿Por qué será? Cuando vivimos en Polonia tuvimos los dos inviernos más cálidos de la historia del país. ¿Casualidad? Yo más bien creo que es mi buena suerte.

 

 

Mi vecina finlandesa, K., me trajo desde su tierra unos apéndices para los zapatos que tienen unos ganchos para el hielo. Son como mini-botas de hielo que se atan alrededor de tobillo y evitan patinar. Se han puesto de moda en la urbanización. Quienes los han visto también quieren su propio juego, en previsión de las supuestas heladas que están por venir. Así que he escrito a los proveedores de Finlandia. Me han dado el contacto que les representa aquí. ¿Las pondré de moda?

 

 

Luego me he ido al mercado de Izmaylovo. Se trata, como ya he comentado en alguna otra ocasión, de un mercado de artesanía y otras cosas. En esta época lo que más se expone son las matrioshkas, las muñecas rusas que se esconden una dentro de la otra y figuras varias navideñas. Esta mañana me he reunido allí con unas cuantas vecinas de la urbanización. Yo no quería comprar regalos, buscaba una mesa y un banco, pero no he tenido suerte. El lugar estaba bastante lleno de gente y sin duda había infinidad más de puestos que la última vez que estuvimos que, si no recuerdo mal, era domingo. Tampoco hacía tan mal tiempo y se veía más movimiento. Como podéis comprobar en la fotografía, tampoco es que sea un sitio demasiado apetecible. Hemos comido en unas mesas colocadas al aire libre frente a los puestos de pinchos “morunos” de pollo, ternera, cordero o salmón. Lo pongo entre comillas porque los shishkebabs, como se llaman aquí, de moros o árabes tienen más bien poco. Los sirven con unas finas láminas de pepinillos en vinagreta y la carne está sabrosa. También hemos comprado pan. Lo venden en unas hogazas pequeñas y redondas y más bien parecen pitas que barras al estilo europeo. Nos ha encantado.

Fin de la salida y vuelta a casa para recoger a la pequeña, limpiar un poco, preparar la cena, sacar a los perros… no, no os preocupéis que no os voy a contar todos los detalles.

Hasta la próxima. Un abrazo,

Un día en el bazar de Navidad

Posted on November 27, 2011 by Julia Esténoz

¡Uf, qué semanita! Si no tengo clase de cocina saludable, estoy de cenita con amigos o preparando una actividad navideña para hacer con la Asociación de Padres y Profes del cole de una de mis hijas. Imaginaros que es domingo, las 7.30 de la mañana y acabo de entrar de la calle. Sí, claro, todos los días a primera hora, cuando aún es de noche, me pongo el abrigo sobre el pijama (a poder ser oscuro), me calzo las katiuskas con borreguito interior y salgo al jardín trasero a que los perros hagan un pipí rápido. Cosas de tener chuchitos tan mayores. Para asuntos más serios salimos más tarde. Pero ese primer pipí no puede esperar demasiado. Por eso ayer estaba en la calle a las 5.30 de la madrugada. No volvía de la discoteca, qué va…

 

Y después de la breve visita fisiológica canina, a prepararse tocaba. Y además servicio completo con maquillaje, esmalte de uñas… era día de cara al público. Se celebraba el Bazar de Navidad de una de las asociaciones internacionales de mujeres, en el que participan muchísimas embajadas del mundo, y yo estaba en una de las mesas. La cita era a las 7 para preparar los productos en venta. Había un poco de todo: figuras de porcelana, embutidos y alimentos de la tierra, ropa infantil, cuadros, perfumes, souvenirs… Y tuvimos mucho éxito, tanto que casi habíamos vendido la mitad al personal de las demás embajadas antes de que se abriera el bazar oficialmente al público. Fue un día largo. Pero rentable. Nuestras mesas estuvieron rodeadas de gente durante casi todo el tiempo y de muchos de los productos no quedó más que el recuerdo y el dinero recaudado. El aceite desapareció antes de media mañana y el cava salía por cajas enteras.

 

Y tuvimos anécdotas, claro. De pronto nos vimos rodeados de un grupo entero de… ¡sevillanas! Lo increíble es que eran todas  rusas. Se habían acercado a nuestra mesa a saludarnos y eso obviamente atrajo un montón de público. En particular cuando empezaron a tocar las castañuelas. Nos vino de perlas porque era uno de los recuerditos en venta en el puesto y varias niñas se acercaron entonces a comprarlos.

El día pasó en un suspiro. Comimos algo en la sala donde se habían colocado los puestos de alimentos del mundo. Pero llegamos bastante tarde y apenas quedaban cosas que probar. Se había terminado todo lo de países como Nigeria, Madagascar, Singapur… Quedaban pasteles polacos pero esos ya los conozco. Al fina yo opté por una especie de hamburguesa de pollo eslovaca porque parecía lo más fácil de comer en poco tiempo. Y la verdad es que estaba rica. Fue una pena no poder disfrutar de otros productos. Así pasa cuando no estás de visita.

Hacia las cinco de la tarde cerramos caja, hicimos cuentas y fuimos a entregar la recaudación a la asociación. Fue un buen pico. Servirá.

Vuelta a casa, refresco del maquillaje y cena en casa de unos amigos. Hmmmm, sopa de calabaza y cuscús de cordero con pastel de chocolate de postre, todo regado con vinos de Rioja. Genial. Buena compañía, conversación… medianoche. Vuelta a casa. Contentos pero cansados. ¿Veis cómo fue un día largo?

Y hoy tengo algo parecido a una comida con amigos, también. Robert McKee está en Moscú. Para quienes no sepáis quién es, se trata del gran gurú de la escritura de guiones de Hollywood. Está impartiendo su famoso seminario, el que yo ya he traducido tantas veces. Pero, como suele ser habitual, tiene todas las horas del día comprometidas. Así que nos veremos brevemente durante su descanso para comer, una media horita. Para eso tendré que cruzar Moscú otra vez. ¡Horror! Pero esa os la contaré cuando haya pasado.

Hasta entonces. Un abrazo, J.

 

Clase de cocina

Posted on November 24, 2011 by Julia Esténoz

 

La vida aquí da para muchas cosas. Hoy he recibido una clase de cocina saludable. La impartía una vecina venezolana que de eso sabe mucho. Nos ha enseñado a preparar dos platos: chupe (una sopa de pollo de su país) y calabacines rellenos. Para aprenderlos hemos tenido que hacernos con otros conocimientos variados, como por ejemplo, la receta de un buen caldo de pollo sin grasa y cómo deshilachar el pollo sin que se desmenuce. La sopa lleva caldo de pollo y verduras, maíz, cilantro, sal, pimienta, leche, patatas y queso blanco. Curiosa, ¿verdad? Y los calabacines estaban rellenos de una mezcla de sofrito, tomate, pollo deshilachado, aceitunas negras, alcaparras y gratinado al horno. Cada una de las alumnas nos hemos traído algunas raciones a casa para que las podamos probar (y nuestras familias). Ya os diré qué me parecen porque todavía no es la hora de cenar.

 

 

También os puedo contar que me estoy volviendo loca con los bancos. ¡Uf, qué pesadilla! Solicitar una cuenta bancaria aquí lleva un montón de días. Mi marido la acaba de conseguir e incluso le han dado una tarjeta visa. Como teníamos pagos pendientes, hoy he intentado efectuar transferencias bancarias a las distintas cuentas. La primera sorpresa ha sido que hay un límite diario que se puede transferir. Varias de las facturas superan con creces ese límite (!!!) La segunda sorpresa es que hay que dar de alta cada número al que quieres realizar una transferencia y, además de los datos bancarios, te preguntan qué tipo de pago estás efectuando: si es un pago por alguna herencia a un no residente, si es un bien o servicio prestado a un no residente, si es en concepto de sueldo o salario a un no residente, etcétera, pero siempre a no residentes. Como no conseguía efectuar los pagos, he ido a pagar en mano con la tarjeta de crédito. No, no, eso no se acepta. Hay que pagar a través de transferencia. Se me olvidaba comentar que casi todas las facturas están en dólares o euros y hay que consultar con el Banco Central de Rusia el cambio oficial POR LA MAÑANA y POR LA TARDE para realizar el pago. Un error lleva a graves problemas, según me han dicho. En fin, como tampoco podía pagar en mano, he llamado a mi marido. A él le han dicho que podía hablar con el banco y que de esa forma le permitirían realizar las transferencias. Lo que no me ha contado, pero he leído después en el email que ha recibido y que me ha reenviado, es que le  preguntaban con toda sorpresa si realmente me había autorizado a hacer los pagos por internet a mí, su mujer, y que tuviese mucho cuidado, que eso no estaba para nada recomendado y que no era seguro (!!!!) Conclusión, hoy por la tarde, los pagos siguen sin estar hechos. Que se fastidien.

Ya os contaré más cosas otro día. Un abrazo, J.

 

Día social

Posted on November 22, 2011 by Julia Esténoz

Hoy ha comenzado el día temprano, saliendo de casa a las 7 de la mañana para dejar primero a mi marido en la empresa y dirigirme después al colegio de mi hija mayor. Allí teníamos una reunión de la Asociación de Padres y Profesores a las 8.45. Había café, té, zumos, aguas, bollería variada… todo cortesía del centro escolar. Los temas que se han presentado (porque no se han tratado ni discutido, no era un debate) han sido variados pero casi todos tenían que ver, directa o indirectamente, con la recaudación de fondos para actividades benéficas. También se ha comentado que habrá un nuevo director de seguridad del colegio a partir del lunes y que se ha organizado la visita de un autor para otro día de la semana.

Después de la reunión teníamos un bazar navideño en los pasillos del centro. Se trata de una actividad que también se organiza todos los años y que brinda la oportunidad a un montón de artesanos y artistas para que presenten sus productos a la venta. Había un poco de todo: muñecas matrioshkas, tallas de madera, cuadros, muebles antiguos, huevos de Fabergé auténticos y de imitación, gorros, marionetas… Yo he comprado un gorro kazajo para mi peque, un regalito para mi marido y una mantelería, ya que se supone que son de buenísima calidad. Sí, ha sido un buen sitio para algunas comprillas navideñas.

 

Y después hemos tenido comida. Una de las vecinas de la urbanización se marcha a otro país y nos hemos ido a un restaurante uzbeko para despedirla. El lugar era de lo más pintoresco y la comida estaba riquísima.  No nos hemos sentado en los sillones bajitos (tipo japonés) sino en una mesa normal, pero apetecía acomodarse en los primeros, más típicos y originales. Los platos más solicitados han sido la sopa de calabaza y el filaf, un arroz con pasas y cordero que me recordaba un poco a los tradicionales árabes. No nos ha dado tiempo a tomar postre, así que no os puedo contar cómo son. Yo he tomado unas hojas de parra rellenas de carne de cordero y arroz y he compartido un par de platos de carne con las demás. También hemos picado unas verduritas a la plancha. No nos hemos quedado con hambre, no.

 

Como curiosidad os contaré que había un montón de cuadros decorando las paredes (creo que alguno lo podéis ver en las fotos) y que uno de ellos era un retrato de Putin. Cuando lo hemos comentado, alguien ha dicho que suele haberlos en todos los locales y que incluso lo han visto de salvapantallas en la clínica privada a la que van al médico. ¿Será una “recomendación” que haya una imagen suya en todos los establecimientos o pura coincidencia?

Después de la comida hemos vuelto a la urbanización donde nos hemos tomado un cafecito en casa de una de las vecinas.

Sí, ha sido un día de lo más social. No he hecho nada de provecho pero me lo he pasado muy bien. Es agradable salir de vez en cuando y no preocuparse de lo que está por hacer.

Por la tarde he tenido clase de ruso y vuelto a la rutina normal: cenas, casa, familia, etc.

Otro día más. Un abrazo, J.

 

De compras cotidianas

Posted on November 20, 2011 by Julia Esténoz

 

Hoy hemos vuelto al conglomerado de tiendas de electrónica. Sí, ya sé que es domingo, pero es que aquí eso no importa. Se trabaja todos los días. El conglomerado no es un centro comercial ni un hipermercado, sino un edificio en el que se albergan centenares de pequeñas  tiendecitas de productos más o menos relacionados con la electrónica: cámaras de fotos, teléfonos fijos y móviles, videojuegos, electrodomésticos, cables, luces de neón… El edificio ocupa cuatro plantas. En la última hay un espacio con un par de puestos de comida rápida rusa y japonesa, un restaurante indio y un bar con billar. Todo lo demás son tiendecitas. El principal problema es que el edificio tiene  numerosas entradas y su planta no es cuadrada sino muy asimétrica, por lo que resulta muy fácil perderse: nos pasa tres o cuatro veces en cada visita. ¡Cuántas vueltas llegamos a dar! Pero también es verdad que por ahora siempre hemos encontrado todo lo que buscábamos. Están muy surtidos y a la última. Nadie lo diría, viendo la pinta de varios de los establecimientos. Pero así es Rusia. Como este lugar, los hay con todo tipo de productos. Son como mercadillos interiores especializados.

 

Y ya nos han llegado los encargos que hicimos a Tatiana y su hija, las matrioshkas y los Santa Claus. Estoy encantada. Mi Papá Noel queda muy bien en la entrada. Es auténtico. Me parece un recuerdo maravilloso de nuestro paso por Moscú, especialmente porque he conocido a las artistas que lo han hecho. Tuvieron muy buena acogida entre las señoras de la urbanización. Les llovieron los encargos y sé que vuelven dentro de unos días para entregar más pedidos. Es cierto que sus muñecas son mucho más bonitas que las que se ven por las tiendas. Son mates y con un acabado mucho más esmerado. ¡Y pensar que se dedica toda la familia a eso! Así que ya sabéis, si queréis que os encargue verdaderas muñecas matrioshkas rusas, no tenéis más que pedírmelo y decirme con cuantas las queréis: las hay desde tres hasta 16.

Bueno, hoy no os cuento mucho más. Cuidaros y un abrazo, J.

He vuelto con mucho que contar

Posted on November 19, 2011 by Julia Esténoz

Ayer conocí a Vera. Vera tiene 93 años y una mente lúcida, despierta y llena de curiosidad por el mundo. En una reunión organizada en nuestra urbanización, esta increíble señora nos contó un resumen de su interesante y azarosa vida. Hija y nieta de empresarios textiles, nacida tan solo un año después de la revolución, Vera tuvo una infancia privilegiada, de cuento de hadas, donde los telares y las máquinas de la fábrica de su familia hablaban un idioma propio según el trato que recibieran. Siendo aún niña, vio cómo se despojaba a su padre de sus bienes para después recibir la sorpresa del apoyo incondicional de sus antiguos empleados, quienes consiguieron mantener a la familia durante varios años por su devoción ante el querido empresario. Cuando el padre de Vera murió a la edad de 37 años, de un infarto, su entierro fue multitudinario y un reflejo claro del cariño que siempre le había profesado su plantilla.

 

Vera, su hermano y su madre pasaron varios años viviendo en las antiguas tierras de Catalina II La Grande, siempre contando con el apoyo de los trabajadores. Allí la niña disfrutaba del paisaje, del lago, del bosque, de la enorme variedad de fruta que se cultivaba en la zona y de la magia que la rodeaba. Fue una época feliz y bella. Incluso en los días de mayor frío, cuando el hielo formaba escarcha en las ventanas, su madre le animaba a disfrutar de los bellos dibujos que así creaba la naturaleza.

Después llegó el piso compartido en Moscú donde los tres vivían en una única habitación. Y fue allí donde, diez años después del fallecimiento de su padre, se presentó un día una delegación de los escualos de Stalin preguntando por él. Era la época en la que se debían satisfacer las cuotas de arrestos de antiguos afectos al régimen o personas a las que se les pudiera achacar cualquier tipo de relación con el sistema anterior, por frágil e inexistente que fuera. Fue una enorme alegría para la madre de Vera, auténtica aristócrata rusa, poder decirles a los esbirros que su marido no estaba con ella y que no le iban a poder encontrar porque yacía en el cementerio desde hacía años.

Y llegó la Segunda Guerra Mundial. El hermano de Vera murió, al igual que otros 30 millones de compatriotas. Ella se convirtió en profesora de inglés, lengua que dominaba (y aún hoy habla con exquisita belleza y precisión) debido a la institutriz y amiga de su madre.

El día que se terminó la guerra Vera lo recuerda como uno de los más bellos de su vida por la alegría reinante y porque todos los hombres y mujeres que se echaron a la calle a celebrarlo se unieron en el regocijo, independientemente de su origen, raza, color o credo. A Vera le apasionó ver a tanta gente unida sin prejuicio alguno. Aquel día se forjaron, nos contaba, incontables matrimonios entre extranjeros y locales, parejas repentinas y espontáneas que se unieron sin saber qué les esperaba después.

Cuando las aguas se aquietaron, Stalin empezó a temer a los nuevos héroes creados por la guerra y lanzó su segunda campaña de “limpieza.” Fue mucho más sórdida y maquinada que la anterior. Cuando en la primera se arrestaba a las pobres víctimas en mitad de la noche, a manos de un grupo de hombres vestidos de oscuro que se acercaban a la casa de su presa en un automóvil negro, en la nueva ola de represión el cinismo y el disimulo fueron sus estrategias preferidas.

Vera trabajaba de profesora de inglés en lo que hoy es la Universidad. Se encontraba de vacaciones de verano, a punto de reincorporarse para un nuevo curso escolar. Se le acercó un hombre elegante, de traje y modales impecables, que le invitó a acompañarle al Ministerio para que le hicieran una propuesta laboral. Vera no tuvo opción, claro. Fue con él. Y llegó al llamado Ministerio del Interior, sede del antiguo KGB de la época. “Queremos que imparta usted sus enseñanzas a un grupo privilegiado de alumnos cuyo interés por aprender es sobresaliente,” le comentó el caballero. Vera no podía negarse, no podía explicarle a aquel hombre que ella no quería ser profesora de su institución, por lo que intentó zafarse diciendo que era de naturaleza muy despistada y que le preocupaba no saber guardar el secreto de una labor tan importante, lo que acabaría poniéndoles a ellos en una situación complicada. “No se preocupe por eso,” fue la respuesta de su interlocutor. Acto seguido, la guió hasta una habitación donde le presentó a un segundo caballero trajeado y elegante, de modales perfectos. Aquel hombre la interrogó durante un largo rato acerca de sus métodos de enseñanza, materiales, técnicas y después llamó a un tercer empleado del ministerio que resultó no ser ni elegante ni educado sino más bien oscuro, turbio y brusco. “Ven” le ordenó a Vera de malas maneras. Ella le siguió hasta una nueva puerta tras la que se ocultaban un puñado de policías que jugaban a las cartas y charlaban. Uno de ellos, al verla, se puso de pie y le hizo entrega de su orden de arresto por calumnias. Así fue como condenaron a Vera a trabajos forzados.

 

Los primeros días los pasó en una sala de grandes dimensiones donde nunca se apagaban las luces, con el fin de minar la fortaleza psicológica de los arrestados. Y después la llevaron a Siberia.

Pero ya no usaban los coches negros con los esbirros de trajes oscuros. El régimen de Stalin se había hecho con una flota completa de automóviles especiales que habían decorado con todo tipo de publicidad falsa de productos y bienes que transmitían felicidad: juguetes, frutas, instrumentos… y era en esos vehículos en los que transportaban ocultos a los desgraciados prisioneros hasta la estación del tren desde donde partían hacia su exilio.

Vera lo perdió todo, incluido su nombre, y se pasó a llamar 294. “No había demasiada violencia física en los campos,” nos explicaba. “A los que mandaban les interesaba que trabajáramos y fuéramos productivas, no que estuviéramos heridas y sin fuerzas. La comida era escasa y vestíamos un mero jubón deforme pero por las noches disponíamos de la estufa en las cabañas. La temperatura durante el invierno llegaba con facilidad  a los -50 grados. Nosotras rezábamos por que bajara un poco más porque, con dos grados menos, podíamos no ir a trabajar. En verano la pesadilla eran los mosquitos y demás insectos que atacaban sin piedad. Yo era muy afortunada. No les gustaba.” La sempiterna alegría y el inquebrantable optimismo de Vera le hicieron encontrar la belleza incluso allí. “La taiga era maravillosa. Trabajábamos talando árboles y en las minas de mica. ¡Qué bonita es la mica, tan brillante y especial!”

Vera tuvo problemas para trabajar. No es que no quisiera hacerlo, pero lo suyo no eran las tareas manuales. Los mandamases del campo lo intentaron todo: “que la 294 tale árboles.” Imposible. Se le enganchaba el hacha y era incapaz de volver a sacarla de la madera. “Que la 294 recoja las ramas caídas.” Imposible. Como Vera no era consciente del peligro de que uno de los troncos le cayera encima, recogía las ramas sin prestar atención a lo que acontecía a su alrededor. Así los demás se ponían nerviosos y temían por su vida. “Que la 294 trabaje con una compañera con las sierras.” Imposible. Carecía de la fuerza y la destreza necesarias para hacerlo. “Que la 294 vaya a la zona de construcción y ayude en la edificación de la oficina.” La oficina era el gran logro del jefe del campamento. Era un edificio de dos plantas que estaban construyendo las prisioneras en el centro de las instalaciones y del que se sentía tan orgulloso que aquel día había invitado a todos sus amigos a ir a ver  los avances conseguidos.” A Vera le habían encargado que enyesara una pared. Y lo intentaba. Con la espátula en la mano, imitaba a sus compañeras y lanzaba el yeso contra los ladrillos para después extenderlo en una fina capa. Pero no lo conseguía. Cada vez, antes de volver a pasar la espátula, el montón de yeso caía al suelo desprendiéndose de la pared. No lo entendía. Solo estaba imitando lo que veía hacer a sus compañeras. Y así le volvió a ocurrir aquella vez. Con tan mala fortuna que, estando como estaba en el segundo piso, el yeso fue a caer exactamente sobre la cabeza del jefe del campo de concentración. “¡Que se lleven de aquí a la 294!”

Ni siquiera los castigos le funcionaban al jefe con Vera. El más habitual consistía en una celda de aislamiento. Pero la mujer disfrutaba con aquellos ratos a solas, donde podía pensar y descansar la mente unos días después de tanto charlotear con las demás compañeras.

 

En el campo había mujeres de todas las nacionalidades. Vera recuerda con especial afecto a Frau Matilda, una anciana alemana que había sido enviada al Gulag por estar trabajando como voluntaria en un museo al que, supuestamente, podían ir espías. La mujer no hablaba ni una palabra de ruso. Era menuda, de apretados rizos blancos como el algodón que rehacía cada noche envolviendo meticulosamente cada mechón de cabello alrededor de un pedazo de papel. Tampoco le encontraban un puesto de trabajo. Hasta que a uno de los oficiales se le ocurrió que podría dirigir al caballo encargado de tirar del carro o del trineo con los desechos de los váteres al aire libre que todos los días se llevaban al bosque para limpiar la zona. La mujer lo intentó. El primer día se acercó a la bestia y le ofreció un pedazo de pan en la mano. El caballo comió la ofrenda pero se negó a moverse. Ella asió las riendas y tiró. Nada. No se quería mover. “Claro,” exclamó de pronto el oficial. “Este caballo solo responde a las más duras palabrotas en ruso. Es lo único que entiende. Frau Matilda, deberá aprender las palabras.” “No,” le dijo Vera a su amiga, “no lo hagas, es denigrante.” “Pero tengo que trabajar,” respondió la anciana. “Además,” prosiguió, “no entiendo las palabras. No tiene importancia.” Y tras varios días de esfuerzo y tesón, no solo aprendió los términos, sino también el tono apropiado, consiguiendo que el caballo por fin respondiera a sus órdenes.

Vera pasó seis años en el Gulag. Cuando las liberaron, el estado le pagó el billete de tren de vuelta a Moscú y dos meses de sueldo. Se reincorporó a su puesto de trabajo con el consejo (o las instrucciones) de olvidar el pasado y continuar con su vida.

Hoy Vera nos anima a mirar la vida de frente y con alegría. “Los malos nunca ganan,” afirma con convicción y fuerza. “El amor y los buenos siempre triunfan.”

Ha sido un honor conocer a alguien como Vera. Ojalá hubiera más personas con su espíritu y su alegría en el mundo. Quería compartirlo con vosotros.

Un abrazo.

 

Acerca de Jessica J. Lockhart

Humanóloga La vida puede ser muy desgraciada o apasionante. El Coaching en Optimismo®, el coaching de vida, el mentoring, la lingüística... son algunas de las herramientas que me permiten trabajar como en el terreno de la Humanología® y ofrecer a mis clientes caminos que les permiten alcanzar las metas que buscan. Esta página es un punto de encuentro para todos aquellos que hayan perdido su optimismo natural, felicidad y su energía y quieran recuperarlos. Humanologist Life can be a miserable experience or a thrilling one. Optimism Coaching®, Life Coaching, Mentoring, Linguistics... are but a few of the tools that I use in Humanology® to offer my clients new ways to reach their goals. This page is a meeting point for those who've lost their optimism, happiness or energy and want them back!

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